Capítulo 2
Huésped
—Shiganshina —suspiró—, al fin.— Pronunció cansada cuando, luego de un par de días de estar viajando casi sin descanso, finalmente estuvo ante la puerta del muro interior del distrito localizado al sur de la Muralla María.
Se ajustó la capucha de su capa para cubrir un poco mejor su rostro; si bien podía seguir manipulando los recuerdos de la gente como había venido haciendo hasta ahora, aún así prefería ser lo más discreta posible en esa travesía.
Pese a querer seguir con esa locura que había emprendido, la realidad es que estaba agotada. Caminó un poco por las calles del distrito hasta que divisó el río que atravesaba la ciudad. Dirigió entonces su andar hasta allá, y se sentó en los escalones que bajaban hacia la orilla del río. Suspiró cansada.
—A ver, ¿cuánto tengo? —tomó el bolso que se había llevado, donde sólo pudo echar un par de cambios de ropa y algo de dinero, el cual tomó para poder contar cuánto le quedaba—. Esto servirá, aunque debí haber tomado más.— No es que el dinero que Frieda llevaba consigo no fuera una cantidad considerable, ¡sí que lo era! Pero tampoco llevaba una gran fortuna consigo, por lo que sabía que lo que tenía en mente debía hacerlo rápido, y más le valía aprovechar bien los recursos con los que contaba si es que iba a echar mano de ellos.
Volvió a guardar el dinero y se recargó en la barda de aquellos escalones, estaba tan cansada que sentía que podía quedarse dormida en ese instante; y si bien ella era la portadora del titán fundador y soberana de los muros, no dejaba de ser una joven de 18 años de edad.
—Será mejor buscar una posada.— Se levantó de las escaleras y volvió a subir; miró al cielo, el atardecer y por consiguiente la noche, no tardarían en llegar. Debía apurarse en encontrar dónde poder descansar por esa noche.
—¡Escuchaste a Hannes, Mikasa!
—Eren.
La discusión de un par de niños que cargaban leña a sus espaldas llamó la atención de Frieda; especialmente un niño de cabello oscuro y ojos verdes que hablaba con tanto apasionamiento y rabia.
—¡No están preparados para pelear contra ellos! —Apretaba los puños mientras observaba hacia la muralla—. ¿¡Qué pasará el día en que los titanes logren entrar!?
Aquel cuestionamiento del pequeño golpeó a Frieda como si le hubieran lanzado una roca. Observó a su alrededor: ella estaba de pie en la calle principal de la ciudad que conducía a la puerta del Muro María. Miró hacia arriba, y los ojos del temible titán colosal se asomaron por encima de la muralla. Hubo un estruendo, y pedazos de la puerta salieron volando para todos lados.
—¿Estás bien?
Aquella vocecilla la regresó a la realidad; la puerta de la muralla estaba intacta, y no había ningún titán asomándose por encima del muro. Todo estaba bien y normal… Excepto porque se dio cuenta que ese sueño sucedía justo donde ella se encontraba en esos momentos: El distrito de Shiganshina.
—¡Oye! ¿Te encuentras bien? —volvió a preguntar el pequeño quien, al ver a aquella muchacha con tal expresión de miedo en el rostro, se preocupó por aquella desconocida.
—Eren, tal vez no deberíamos molestarla.
—Descuida, no me están molestando —pronunció Frieda mientras tomaba aire para intentar tranquilizarse, ¿qué tan mal la debían haber visto esos niños como para que se preocuparan por una total desconocida?—. Estoy bien perdón si los asusté, sólo estoy cansada.
—¿Segura?
—Eren —reprendió Mikasa.
—Sí, gracias por preguntar.
—Eren, se hace tarde.
—Sí —tomó las cuerdas con las que ataba la madera a su espalda para llevar la leña, y volvió a mirar a la joven—, nosotros nos vamos.
Los tres asintieron respetuosamente con la cabeza antes de despedirse. Frieda ya se preparaba para borrar las memorias de esos niños sobre ella, cuando ella misma recordó lo que buscaba hacía unos instantes.
—Antes de que se vayan —sonrió—, verán, no soy de aquí y necesito un lugar dónde quedarme, ¿saben de alguna posada donde pueda alojarme? —Observó a Mikasa apuntar hacia una calle.
—Caminas unos metros hacia allá…
—¡Ven con nosotros a casa! —interrumpió el niño.
—Eren.
—Muchas gracias, pero no quisiera molestarlos a ustedes ni a sus padres —rechazó con cortesía, y siempre una cálida sonrisa.
—¡Vamos, no es molestia! —exclamó entusiasta—. Estarás más cómoda con nosotros que en un hostal.
—Eren, tu mamá…
—Estoy seguro que mi mamá estará de acuerdo —volteó a mirar nuevamente a la joven—. ¡Anda, di que sí!
Intentó negarse nuevamente de manera cortés. No quería dar molestias en casa ajena y además, tomando en cuenta que se estaba ocultando y tratando de pasar desapercibida, entre menos personas la vieran, mejor.
—Yo… —miró los brillantes y entusiastas ojos del pequeño, y por un instante se quedó sin palabras—. Está bien.
—¡Qué bueno! —Celebró Eren ante la mirada incómoda de Mikasa.
Los niños guiaron a Frieda a través de las calles de la ciudad, hasta que finalmente llegaron a la casa de la familia Jaeger.
—¡Ya llegamos, mamá! —exclamó Eren en tanto entraron; y tanto él como Mikasa depositaron cerca de la entrada los leños que habían recolectado.
—Eren, Mikasa, me da gusto que estén de vuelta.— Terminó de secar el plato que lavaba, y volteó hacia la puerta de entrada que le quedaba a espaldas, se quedó mirando fijamente a la joven que llegaba junto a los pequeños—. ¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó suspicaz.
—Buenas tardes —saludó Frieda con cortesía, inclinando su cabeza de manera respetuosa ante Carla.
—¡Mira, mamá! —Fue junto a la joven—, ella es… —se le quedó mirando con duda al recordar que no se habían presentado.
—Frieda… —estuvo a punto de decir su apellido, pero recordó su travesía y la misión personal que tenía, así que simplemente extendió su mano de manera amistosa hacia Carla, y sonrió—. Mi nombre es Frieda, encantada.
—Mucho gusto —correspondió al saludo.
—Se quedará con nosotros, mamá —dijo Eren con entusiasmo, a lo que Carla reaccionó con sorpresa.
—¿¡Cómo!?
—No, disculpe —interrumpió Frieda—, no deseo causarles ninguna molestia, Eren fue muy amable en ofrecerme alojamiento, pero en verdad no quiero molestarles; sólo necesito saber dónde queda alguna posada donde pueda quedarme, es todo.
—¡No! —replicó Eren—. Mamá, ¿verdad que puede quedarse? —dijo con ojos suplicantes.
—Eren… —se quedó mirando a su pequeño, y luego a la sonrojada muchacha que sólo sonreía apenada—, está bien —suspiró.
—¡Sí!
—Gracias —inclinó su cabeza con respeto hacia la mayor ante la cortesía de ésta de aceptarla en su casa; aún le daba vergüenza el incomodar, según su punto de vista, a una familia con su presencia, pero estaba muy agradecida.
—Mikasa, Eren, lávense las manos, ya vamos a cenar y tu padre no tardará en llegar.
—Sí mamá —ambos niños se retiraron para hacer lo que la mayor ordenaba.
Frieda se quedó mirando a ambos niños enternecida. ¿Qué estarían haciendo sus hermanos? Ulklin seguro estaría preocupado por ella, ¿cómo estarían sus otros 3 hermanos? ¿Sabrían ya de su ausencia?... ¿E Historia?
—Siéntate —dijo Carla—, te ves cansada, en un momento empiezo a servir la cena.
—¡No! Yo, por favor le suplico me deje ayudarle en algo, ya es mucha molestia la que estoy ocasionando.
Carla asintió con la cabeza y sonrió amablemente, ambas mujeres comenzaron a poner la mesa; y pese a que la mesa de los Jaeger era mucho más sencilla que el acomodo que los sirvientes de los Reiss hacían para la mesa de la casa donde la reina vivía, Frieda en verdad no era nada hábil con ese tipo de labores, ya que colocaba los cubiertos en sitios opuestos en donde se supone que deberían de ir; o incluso sobre los platos. Carla tuvo que indicarle cómo hacerlo correctamente, siempre con amabilidad.
—En verdad lamento las molestias, Sra. Jaeger.
—Descuida, además aprendes rápido —dijo mientras servía el guisado en los platos—. Eres rica, ¿cierto?
—Yo… —La miró con sorpresa.
—Es fácil de deducir —la tomó de las manos, y ambas mujeres se sentaron frente a frente en la mesa—. Tus manos están muy bien cuidadas, te ves una muchacha bastante fina y, y el que no sepas poner la mesa me hace pensar que tu sirvienta lo hacía por ti.
—Bueno —suspiró y bajó la mirada.
—Tranquila, no tiene nada de malo —dijo con una sonrisa, para después tornar su semblante a seriedad total—. Pero sí me da curiosidad, ¿Porqué una muchacha rica y bella como tú está en Shiganshina sin un lugar para quedarse?
—Pues… —dudó unos instantes, y entonces acomodó un mechón de cabello que colgaba de la sien de Carla—. Olvida tus dudas acerca de mí, soy tu huésped, no soy una amenaza, y todo está bien con respecto a mí, sólo estoy de paso.— Bajó su mano y acomodó un tenedor.
—Está bien, iré por los niños —dijo Carla antes de levantarse de su silla.
Aliviada por haber podido evadir los cuestionamientos de su anfitriona, Frieda se recargó en el respaldo de la silla donde estaba. Suspiró cansada y entrecerró los ojos un instante, estaba en verdad agotada.
—Distrito Orvud al norte de la muralla Sina —guardó su pequeño cuaderno en el bolsillo interno de su saco—. Serán al menos dos días de viaje.
Subió las escaleras que conducían a la entrada de su casa, ajustó sus anteojos, y posó su mano en la perilla de la puerta.
—Por Eldia —dijo antes de abrir la puerta e ingresar a la vivienda—. Carla, Eren, Mikasa, ya llegué.
Cuando la puerta se abrió, Frieda en automático volteó a ver; sus ojos azules se abrieron con sorpresa y horror, su piel blanca se tornó aún más pálida, y apenas podía respirar: Frente a ella se encontraba el hombre que noche a noche veía en sus sueños transformándose en titán para asesinarla a ella, y a su familia.
—¡Querido! —dijo Carla al llegar a recibir a su marido.
—Doctor Jaeger, bienvenido.
—¡Papá!
Dijeron Eren y Mikasa respectivamente, quienes llegaron enseguida de Carla.
—¡Mira, Frieda, él es mi papá!
«¿Frieda?» La mirada del jefe de familia se enfocó en la joven que lo miraba como si acabara de ver a un fantasma.
«Frieda, ese nombre… No, ¡imposible!»
—¿Frieda estás bien? —preguntó Eren al ver a su nueva amiga tan pálida y con aquella expresión en el rostro.
—No sabía que tendríamos invitados —volteó a mirar a su mujer.
—Es amiga de Eren —respondió Carla—, ¿te encuentras bien? —se acercó a Frieda al ver que no se movía ni respondía.
—Si… —se llevó una mano a la frente y, sacando fuerzas que ni ella sabía de dónde; sonrió a los presentes como si nada ocurriera—. Lo lamento, de pronto me sentí un poco mareada.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste, muchacha? —preguntó Carla, preocupada.
—Pues… —se quedó pensativa. Era cierto, si bien todo había sido a raíz de la sorpresa de ver a Grisha; la realidad es que desde que dejó su casa, no se había estado alimentando bien—. Esta mañana.
—Serviré la cena —dijo Carla—. Tomen asiento.
«Él… Ese hombre es el portador del titán atacante, ¡es el papá de Eren! ¿Cómo alguien de este distrito podría entrar a los territorios de la muralla Sina?»
—Frieda, mi papá es doctor.
«¡Médico! ¡Así podrían dejarlo pasar en las puertas de control sin problema!»
—El mejor en todo el mundo —complementó Carla mientras miraba con orgullo a su esposo—. Hace años hubo una epidemia en Shiganshina, incluso yo enfermé; pero Grisha nos salvó a todos de esa peste.
«Debo… ¡Debo asesinarlo! No puedo permitir que mate a mi familia; y si toma mi titan, de nada habrá servido haber llegado tan lejos.»
La cena continuó de manera tranquila con charlas casuales entre la familia; mientras que Frieda escuchaba, observaba, y seguía pensando en qué hacer con Grisha. Y si bien, la opción más lógica en su situación sería matarlo, ante sus ojos veía cómo Carla lo miraba y le hablaba con amor, la admiración de Mikasa y Eren; y cómo este último hablaba emocionado con su padre.
Recordó en especial a sus hermanas más pequeñas, Florian y Abel, y la emoción de ambas niñas cuando su padre llega a casa. Y en ese momento recordó a su otra hermana, Historia. ¿Cómo estaría ella en esos momentos? Le rompía el corazón cada que recordaba la situación en la que se encontraba su media hermana, y en esos instantes deseó que su hermano hiciera lo que tan encarecidamente le pidió en su carta de despedida: proteger a Historia.
Cuando la cena por fin terminó, Carla llevó a Frieda a la habitación que habían designado para Mikasa cuando la pequeña se mudó a vivir con ellos.
—Gracias y, de nuevo, disculpen las molestias que les estoy causando; prometo que sólo será por esta noche.
—No te preocupes —dijo la mayor mientras acomodaba unas sábanas extras sobre la cama—. No es ninguna molestia.
—Gracias —sus ojos azules pasaron de Carla, hacia la niña—. Muchas gracias.
«Debo matarlo, pero… Eren, Mikasa, Carla; ¿Cómo pueden ellos estar emparentados con el que planea masacrar a toda mi familia y matarme? Mamá, papá, Ulklin, Dikr, Abel, Florian… ¡No puedo permitirlo!»
El amanecer finalmente llegó a Shiganshina, y como en todos los hogares, también en el de los Jaeger se servía el desayuno.
—¿Pero porqué tienes que irte? —preguntó Eren, decepcionado.
—Seguro Frieda tiene cosas importantes qué hacer —dijo Grisha, ajustando sus lentes al momento de fijar su mirada en la joven que se sentaba al lado de Mikasa—. ¿No es así?
—Es verdad… —titubeó un momento antes de volver a hablar—. Debo ver a unas personas antes de volver a casa.
«Debo hacerlo...»
Mikasa recogía los últimos platos de la mesa mientras Eren ayudaba a Carla a lavar los platos. Por su parte, Grisha hacía anotaciones en el pequeño cuaderno que guardaba siempre en el bolsillo interno de su saco.
—¡Aahh! —exclamó Frieda al fingir un desmayo cuando se levantó de la mesa, provocando la preocupación generalizada de los Jaeger.
—¡Frieda! —exclamaron Carla y los niños—. Grisha, ayúdala por favor.
Se levantó ante la petición de su esposa y la preocupación de los pequeños. Tomó a la joven en brazos y la llevó hasta la habitación de Mikasa, depositándola en la cama de la pequeña.
—¿Está bien? —preguntó Eren mientras veía a su padre tomar la muñeca de la joven para revisar su pulso.
—Niños, por favor esperen afuera, Carla, ¿podrías traerme agua y mi maletín?
—Sí —dejó la habitación para ir por lo que su marido le solicitaba.
—Lamento —dijo Frieda casi en susurro cuando supo que estaba a solas con Grisha en la habitación—. Lamento dar tantas molestias.
—Estarás bien —dijo Grisha, ayudándola para que su cabeza quedara más elevada.
—Aquí tienes, querido —le entregó el maletín de doctor a su esposo, y se retiró para que éste pudiera revisar a la joven.
—Una pregunta, Frieda —tomó su estetoscopio, y lo colocó en el pecho de ella—. ¿Hay alguna posibilidad de que puedas estar en cinta?
—¿¡Qué!? ¡Claro que no! —Exclamó totalmente ruborizada, desviando la mirada hacia un lado—. Me ofende que pueda pensar tal cosa de mí.
—Me disculpo —revisó con una pequeña lámpara las pupilas de Frieda—, pero como médico, debo hacer esas preguntas para poder descartar cualquier opción.
—Comprendo —dijo aún molesta, mientras permitía que Grisha siguiera examinándola.
Guardó de nuevo sus instrumentos en su maletín. Tomó el vaso de agua que su esposa había traído. Frieda tomó a Grisha de la muñeca cuando le entregaba el agua, y la otra mano la colocó en la frente del médico.
—Olvida —dijo en voz baja—. Tú no sabes nada de la familia Fritz, ni de la familia Reiss; no sabes dónde viven, quiénes son, ni la relación entre ellos. Olvida todo sobre el titán progenitor, olvida también lo que sabes del rey de las murallas. Olvida tu vida fuera de los muros. Sé un buen padre y esposo, hasta el día en que mueras.
Frieda tomó el vaso de agua antes de que éste se derramara, mientras Grisha retrocedía confundido. Sacudió la cabeza un par de veces, y finalmente se recargó en la pared, desorientado.
—¿Qué? —estrechó los ojos—. ¿Qué pasó? —preguntó confundido.
—Señor Jaeger, no tengo cómo pagarle sus atenciones —dijo Frieda, esbozando una sonrisa maliciosa—. De hecho me siento mucho mejor, usted es un gran médico.
Grisha la miraba confundido, pestañeando una y otra vez e incluso, se retiró los anteojos un instante.
—Me da gusto haberla ayudado —dijo, barriendo las palabras, aún un tanto desorientado.
Tras despedirse de los Jaeger, Frieda emprendió camino por la calle principal de Shiganshina; siempre procurando que la capa le cubriera lo más posible el rostro y cabeza para no llamar la atención.
Finalmente ante ella, se encontraba la puerta del muro María, el cual se quedó mirando por unos instantes. Era imponente.
«Aquí voy»
—¿Qué haces aquí, preciosa? —preguntó un soldado de estatura media, acercándose a Frieda de manera intimidante.
La reina lo miró de pies a cabeza, sin titubear pese a la actitud del soldado.
—Abra la puerta, saldré del muro.
De más está explicar lo inverosímil que era la solicitud de Frieda, tomando en cuenta que se desconocía quién era ella realmente. El guardia se echó a reír.
—¿Qué acabas de decir? —volteó hacia donde se encontraban sus compañeros de turno—. ¡Oigan! ¡Vengan a ver esto! ¡Esta chica quiere que le abramos la puerta para salir a cortar margaritas!
Frieda observó a los guardias riéndose de ella; señalándola, haciendo todo tipo de bromas acerca de su poca inteligencia debido a su condición como mujer. Y aunque no le agradaba eso en lo más mínimo, no movió un músculo ni dijo nada.
—A ver, otra vez, linda —dijo el mismo guardia de antes—. ¿Qué deseas?
—Que abran la puerta del muro María para que me dejen salir —pronunció firme mientras pasaba su mano con la palma hacia ellos, de un lado, hacia el otro.
Las burlas y carcajadas cesaron de pronto; los guardias se miraron entre ellos con seriedad, y fueron hacia los mecanismos para abrir la puerta del muro. No pronunciaron palabra alguna, simplemente acataron la orden de la reina.
La luz del sol fuera del muro María pegó en los pies de Frieda, y poco a poco fue iluminando a la Reina; hasta que frente a ella estaba, por fin, el paisaje del exterior de las murallas. Tomó aire y se encogió de hombros, alzó la mirada y dio unos pasos hacia afuera del muro; volteando hacia atrás, y extendiendo la palma de su mano.
—Olviden.— Tragó saliva y aclaró su garganta; y nuevamente habló elevando la voz—. ¡Cierren la puerta de la muralla! ¡Olviden todos lo que ha sucedido! ¡El muro nunca fue abierto! ¡Nadie de ustedes jamás me ha visto, escuchado mi nombre ni sabe nada sobre mí! ¡Yo jamás he estado aquí!
La puerta del muro se cerró finalmente tras de ella. Y así, Frieda es que finalmente se encontraba fuera de las murallas y en territorio de titanes.
—Más vale que esto funcione —apretó los puños, y tragó saliva—. Debo hacerlo.
La tierra comenzó a temblar, y de pronto una sombra cubrió a la joven reina quien fijó sus ojos azules ante el titan que estaba frente a ella.
CONTINUARÁ...
Quiero mencionar que, en cuanto a la manipulación de memorias; si bien es cierto que Mikasa no será afectada, Frieda no sabe que ella es una Ackerman, y sí sospecho que puedo jugar con esto en el futuro del fanfic, pero ya veré qué se me ocurre. Por otro lado, a Historia parecía borrarle los recuerdos al tocarla en la frente, por eso es que usé este elemento con Carla y Grisha; pero como dudo que los usuarios del TF se hayan puesto a toquetearle la cabeza a cada Paradisiano (xD) para borrar las memorias de toda la población, así que por eso utilicé lo que, a mi parecer, puede encajar más en cómo tal vez se usa la manipulación de recuerdos de masas de gente.
Bueno, aquí tienen el capítulo dos. Frieda ha salido de los muros... ¿Será el sushi de algún titán? ¿Qué planes tiene la reina?
Pronto la continuación de esta historia... No me enojo si me dejan algún Review.
Besitos!
