IX

Shoto se quedo observando como a pasos pesados Kirishima, su nuevo Alfa, entraba junto a su compañera al auto que considerando su nuevo puesto debería pertenecerle; pero apostaba lo que fuera a que su padre se le aferraría con uñas y garras para impedirlo, al igual que hizo con Ashido. Una suave mano se posa en la suya y lo hace desviar la mirada. Yaoyorozu, su hermosa novia, se encontraba a su lado con una gentil sonrisa.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó débilmente la chica para no ser escuchada por el resto, aunque sus compañeros ya hubieron entrado y el resto se encontraban a un par de metros. Todoroki afirmó con la cabeza, y después de cerciorar que nadie los estuviera viendo, beso su frente.

—Sí, solo lamento no haber sido elegido —mentía— esto podría aletargar nuestros planes.

—Todo saldrá bien, estoy segura de ello. —Le dedicó una pequeña sonrisa que el correspondió, y tras observar de nuevo hacia el auto y que ella fingiera que no lo notará, dejo un pequeño beso en sus labios para luego separarse—. Nos vemos, llámame en la noche.

—Lo haré —dijo acercándose al auto.

Yaoyorozu lo despidió con la mano, como a sus invitados. Pero no lo veía a él ni a los dos líderes, sino al chico que recibía a su prometido con una sonrisa. Aquél a quien su pareja siempre observaba antes de besarse, o mostrar alguna muestra de afecto. Cuándo este levanto la vista y le devolvió el saludo, ella le sonrió como si nada pasará. Realmente no tenía tiempo para preocuparse de ello.

Ya con el auto habiéndose ido, dio media vuelta dirigiéndose a la mansión. El olor era abismal, y tenían dos Alfas con quienes quería crear confianza que pasaron el tiempo dentro de ella. ¿Los encantamientos estarán perdiendo su efecto?, por las reacciones de Todoroki, o de cualquier miembro de su clan que entrara a hacer las labores domesticas el olor era camuflado. Pero no pudo evitar ver ciertas caras que hacía Ashido mientras tomaban el té, o el vomito de Kirishima; hasta Inasa presentaba un temblor en sus manos.

Sus pasos se fueron acelerando, recorriendo pasillos, bajando largas escaleras. Finalmente descansando al apoyar su mano y escribir un código para abrir una puerta. Las nauseas y el olor a putrefacción la atacaron como un torbellino. Dio un paso hacia dentro, donde la encontraron las escaleras que seguían largos metros hacia abajo. Sus pasos se multiplicaron al adentrase en la oscura habitación que desde pequeña la aterraba. Los sirvientes ya estaban empezando a hacer la limpieza del lugar.

—Madre.