[As wie Gold]
#13 | Reconciliación
Kanon no se imaginaba que cuando Radamanthys había dicho que podrían cruzar el Aqueronte caminando, lo diría literalmente.
A su cabeza llegó la imagen del hijo del Dios católico, y aquél pasaje de la Biblia en el que camina sobre el agua durante una tormenta. En esos momentos, Kanon bien podría ser Jesucristo.
Su anterior amargura se había aminorado un poco con esta nueva noticia, pero no dejaba de lado que todavía se sentía traicionado por Shion. ¿Qué le pasaba al creerle a Saga que había intentado escapar? Además, ¿a dónde se iría?
Sí, Shion no tenía el mejor pensamiento crítico del mundo.
Dejaron de caminar por el lago, y llegaron rápidamente a lo que (a duras penas) Kanon identificó como la Corte del Silencio. El sitio le hacía obvio honor a su nombre, puesto que no se oía ni el rasgueo de la pluma de Lune, quien en ese momento estaba a cargo de la corte. Alzó la vista, viendo a los recién llegados. Frunció el ceño, pero después de compartir una mirada inquisitiva con Radamanthys, tomó sus cosas y se fue (silenciosamente) del lugar. El juez se posicionó en el sitio que antes había ocupado el aprendiz y sacó otro enorme libro, parecido al de Lune, mientras le hizo señas a Shion de que se adelantara.
—Shion de Aries, huh —mencionó, mientras continuaba leyendo en silencio, torturando todavía más al anciano hombre—. Sí, tu nombre evoca muchos recuerdos. O bueno, quizás no tantos, pero sí que son memorables.
Siguió leyendo, haciendo como que la lectura era entretenida, cada tanto alzando una ceja, cada otro tanto, haciendo una leve mueca.
—Hmm, aparentemente nuestro señor Hades es tan misericordioso que ya les escogió una prisión —cambió de página, notando que en la siguiente venía el nombre "Aioros de Sagitario"—; a ambos.
El menor arqueó una ceja, y sin saber con exactitud cómo comportarse, dio un paso al frente.
—Disculpe, ¿pero a qué prisión sería? ¿Y por qué nosotros dos en específico? ¿Qué tenemos de importante?
Radamanthys se alzó del asiento, descendiendo tortuosamente las escaleras. Shion lo observó curiosamente, y para cuando el Guiverno estaba a la misma altura que Aioros, le sonrió, y alzó las manos, mientras procedía a explicar.
—Niño, aunque hayas vivido con la mayor de las purezas, sin haber cometido pecado alguno; en el momento en el que aceptas capacitarte para el ejército de Athena… estás destinándote a combates, muertes y sangre innecesarios. Por supuesto que hay una consecuencia. Claro, el castigo y la severidad de este depende del rango que el caballero haya obtenido. ¿No lo sabías?
Aioros pareció querer decir que no. Que no sabía. Se contuvo, todavía extrañado, sorprendido, ante todo lo que pasaba a su alrededor.
Por supuesto que lo estaría. ¿Quién se esperaba que la experiencia después de la muerte fuera así? ¿Quién habría dicho que no podría reconciliarse con el más allá?
Aioros lo observó intensamente. Armándose de valor, tragó saliva.
—¿Y cuál sería ese castigo?
Ahí Radamanthys sonrió.
