[As wie Gold]
#17 | Enfermedad
Después de aquél pequeño momento, ambos se quedaron mirándose mutuamente. Ninguno de los dos podía decir que no habían estado esperando aquello (de ser así, Radamanthys no habría entrado en su habitación, ni Kanon habría sido quien diera el primer paso), y sin embargo ninguno daba el siguiente paso.
—Yo… —lo que sea que haya intentado decir el juez, murió rápidamente en su aparentemente ronca garganta. Kanon no intentó incentivar la conversación, y siendo sincero, no se sentía curioso por lo que sea que haya querido decir el otro adolescente. Quien sabe, eventualmente lo sabría (si es que alguno de los dos se acordaba de esa noche, seguro).
—Creo… buenas noches —el Guiverno asintió rápidamente con la cabeza. Con pasos torpes se hizo a un lado, y encontrando finalmente la perilla, abrió la puerta. Se rascó la nuca, no sabiendo todavía qué es lo que podría hacer al respecto.
—¿Y si lo discutimos mañana? O hoy, pero ya descansados. Supongo que al menos merecemos aclarar las cosas, ¿no?
Kanon le respondió con otro asentimiento de la cabeza, igual de bruto que el que había recibido. Era como si desearan deshacerse del otro, aún cuando quería volver a probar los labios de Radamanthys.
—Claro, descanso nos hará pensar más claramente.
Las palabras sonaban atropelladoramente falsas en sus labios. Con una última mirada al interior de su habitación, Radamanthys se salió. En su ausencia, una especie de sensación enferma se apoderó de Kanon. No tenía con qué explicarlo, era como si hubiera hecho una travesura al patriarca, pero esta vez no tenía de dónde librarse.
Después de descansar sus horas y entrar a la cocina se sentó frente a Radamanthys, quien fingía seguir leyendo los papeles sobre su pasado. Kanon, por supuesto, sabía que sólo los utilizaba para desviar sus ojos al momento de que entrara Kanon.
—Entonces… —comenzó, todavía no encontrando una forma de iniciar la conversación.
Radamanthys al menos ahora no fingió no prestarle atención, puesto dejó los documentos de lado y lo observó a los ojos. En estos había un brillo curioso, ansioso. Uno que sólo los ojos de Kanon eran capaces de reflejar.
—¿Fue… qué fue? —Kanon no era realmente la persona más perceptiva del mundo. O quizás sí lo era, pero no era una niña, no podía percibir los sentimientos de las personas ni de sus intenciones como la intuición femenina lograba (su mayor referencia eran los grandes pergaminos del patriarca), en especial si eran dirigidos a él. Es decir, sí a terceros, no a él.
—Un beso.
Kanon le observó con cara de pocos amigos.
—Gracias por sacar a flote lo obvio.
Radamanthys se encogió de hombros, como si el que Kanon no quisiera entender su explicación no le importara.
—Mira, no soy una persona sentimental, pero admito que hay algo contigo que me vuelve loco —Radamanthys se vio sinceramente sorprendido por esta confesión, pero le permitió a Kanon continuar—.Y si lo que hiciste anoche es verdadero, creo que quizás podríamos hacerlo funcionar.
