Decimoctava bala:

Meiday

Joey estaba en el suelo, acostado sobre su espalda. En su hombro sentía un dolor punzante y ardiente, pero no fue suficiente para hacerle soltar el arma. Apretó los dientes para soportar el daño, se aferró a su arma y con su brazo sano intentó reincorporarse. Alzó la cabeza para ver ante él un cuerpo tambaleante que daba sus últimos pasos sin sentido y su boca balbuceaba ruidos incomprensibles. Al poco, el hombre vestido de negro cayó muerto en el centro de la habitación. La bala impactó de lleno en su corazón y de la herida brotaba la espesa sangre con un ritmo que se volvía más lento a cada segundo. Los jadeos del hombre dejaron de escucharse y su mirada terminó clavada en el desgastado techo.

—Julian no me creerá esto… —se dijo Joey en un suspiro incómodo. Estaba sorprendido ante tal golpe de buena suerte, pero el dolor producido por la bala seguía presente. Al menos el ardor se reducía.

Con dificultad y el constante malestar en su hombro, logró levantarse para entrar a la habitación. Solo podía empuñar su arma con una mano, algo peligroso por el retroceso que causaba una detonación, pero debía seguir adelante a pasar de cualquier adversidad. Para su alivio no encontró enemigos dentro, solo tres chicas atadas a unas sillas estropeadas. Bajó su pistola y tras un suspiro de alivio, dirigió una débil sonrisa a las amigas de Yuzu. A pesar del amistoso gesto, Nene lo recibió al borde de las lágrimas e incapaz de articular palabra alguna; era evidente que la menor había sido superada por la situación desde hacía un buen tiempo. Matsuri se esforzaba por mantener su expresión serena a pesar de un constante temblar en sus piernas, evidencia de lo mal que estaba pasándolo y en su mejilla se distinguía la marca dejada por los dedos de Sato. Solo Harumi mantenía una aparente calma, pero en sus ojos se reflejaban los horrores que había sentido a lo largo de las últimas horas.

—Buenos días señoritas —les habló con una voz amable aunque el dolor en su hombro le obligaba a mostrar una expresión de dolor—. Me llamo Joey Horse y seré… au… su conductor por el día de hoy. ¿Se encuentran bien?

—Estamos bien, pero usted… —respondió Harumi mirando con dolor la sangrante herida de Joey.

—No se preocupe señorita, es solo una… em… una herida menor —sostuvo Joey con el optimismo de siempre. Sin embargo, tras esa animada expresión se ocultaba un dolor agudo. Lo único que podía hacer en ese momento era esperar a que este cediera por sí solo.

Al ver que era la más tranquila del grupo, Joey comenzó a desatar a Harumi. Debido a su herida, necesitaba a una persona tranquila para auxiliarle; además, tras pasar por momentos de tanta tensión, era mejor recibir el apoyo de alguien cercano. Una vez que Harumi estuvo libre de sus ataduras, el conductor le pidió su ayuda para liberar a alguien más. Sin pensarlo, Harumi se dirigió ante Matsuri, la única del grupo que no emitía sonido alguno. Joey esperaba que sollozara después de lo ocurrido o al menos se quejara del dolor producido por la bofetada en su rostro. Tampoco miraba a Joey con alguna emoción en particular a diferencia de las otras dos chicas, pero su forzada respiración y el constante temblor en sus extremidades daban una pista de lo que ocurría. Después de tanto, Matsuri llegó a su límite y se sentía incapaz de controlar sus emociones, solo buscaba el momento para dejarlas ir. Nene, en cambio, no tenía ningún problema con expresar su sentir. En cuanto Joey soltó sus brazos, la joven se arrojó hacia él para abrazarle con fuerza y entre lágrimas le agradecía por estar ahí.

Harumi se apresuró. A medida que desataba a Matsuri, esta comenzó a sollozar y las lágrimas al fin brotaban de sus ojos. Despacio, como el inicio de la lluvia, su ropa se mojaba y respirar se tornaba difícil aunque carecía de cualquier restricción. Le rodeó para quedar frente a ella y con cuidado le puso ambas manos sobre los hombros.

—Oye, está bien —le dijo Harumi con una voz tranquila—. Ya estamos a salvo.

Matsuri reaccionó a sus palabras. Tornó la cabeza para verla y parpadeó un par de veces. Las lagrimas se volvieron numerosas y resbalaban sin para par sus mejillas mientras gimoteaba sin parar, resonando por toda la habitación. Harumi le acarició con ternura la cabeza; a veces olvidaba que la pelirrosada era menor que ella. En inmediata respuesta, Matsuri se arrojó a ella y le abrazó con fuerza, rompiendo en un fuerte llanto que en vez de tristeza, expresaba alivio. Ya no tenía que reprimirse más ni temer por alguna represalia, ya fuera contra ella o sus amigas. Joey contempló todo en silencio. Sabía por experiencias anteriores que en ese momento daba igual lo que él intentara decirles, lo mejor para todas era dejarles desahogarse como quisieran mientras avanzaban a un lugar seguro.

—Gracias… —balbuceó Matsuri aun aferrada a Harumi quien, sin que nadie la viera, también comenzó a llorar mientras su pecho se libraba de toda la presión que acumuló en los últimos días.


Mientras Joey se encargaba de liberar a las rehenes, Sky y Mei avanzaron entre las pilas de basura en el suelo y los muebles abandonados cubiertos de polvo. Sus pasos cuidadosos hacían el menor ruido posible; buscaban tomar por sorpresa a Sato y a cualquier secuaz que quedara vivo. Para su buena suerte, no encontraron algún enemigo en su camino a las escaleras, mismas que pudieron subir sin ningún inconveniente. Mei se mantenía aferrada al bastón, lista para golpear al primer hombre que intentara algo en su contra. El corazón le latía con fuerza y cada paso le obligaba a mirar atrás con cierto temor. Pensaba que alguno de los matones de Sato no estaba muerto y solo esperaba el momento preciso para levantarse y disparar. Ella estaba a salvo, o eso quería creer. En cambio, Sky no vería piedad alguna ante un ataque, cosa que por su andar temerario parecía no preocuparle.

Cuando llegaron al siguiente piso, el sonido de dos disparos simultáneos les obligó a detenerse. Por un momento, Mei imaginó el peor escenario posible, uno en el que la desesperación de Sato le orilló a cometer un acto atroz. Sin embargo, Sky supo de inmediato que los disparos vinieron del nivel inferior gracias a su veterano y entrenado oído. Le pidió silencio a Mei y enseguida asomó la cabeza sobre la barandilla. Además de las detonaciones, se escucharon los gritos de las chicas pero nada que les pudiera dar una pista sobre lo ocurrido. Tras esperar un poco, el pelirrojo hizo un silbido largo y agudo que fue respondido por dos silbidos cortos. Sky dio una cabezada y siguió su camino como si nada hubiese pasado. En circunstancias distintas, a Mei le habría parecido interesante el nivel de comunicación que tenían los mercenarios, pero en ese momento tenía más dudas y miedo como para preocuparse por aquello.

Mei escuchaba sus propios pasos y los de Sky sobre la superficie metálica a la vez que un par de voces daban la impresión de discutir. Una era la voz de Yuzu, cuyas quejas y reclamos dirigidos a Sato no paraban; en cambio, el colérico secuestrador hablaba a gritos potentes con la idea de intimidar a su rehén. Yuzu se sentía capaz de escapar al agarre, pero también era consciente del riesgo innecesario que esto significaba. El arma estaba cargada y cualquier intento por liberarse podría terminar en una fatalidad dado el actuar desesperado de Sato. Eso era lo que más le daba miedo; si ya antes llegó a golpear a Matsuri y encañonar a Harumi, al verse acorralado podría resultar más peligroso. Los pasos a las afueras de la habitación se escucharon más cerca, lo que provocó en Sato una señal de alerta. Apunto hacia la entrada mientras sujetaba a Yuzu con una fuerza que le tomó desprevenida.

—¡Aléjate, gaijin! —ordenó Sato—. ¡Te lo advierto!

—Se acabó Sato, no te queda ni un solo aliado —respondió Sky con voz potente pero calmada—. ¿Por qué no me ahorras una bala y sueltas a Yuzu?

—¡No estás en posición para exigir! —respondió Sato y disparó su arma. La bala se perdió en el aire.

—Nunca quieren hacerlo por las buenas… —murmuró Sky.

—¿Tiene alguna idea, señor Sky? —preguntó Mei, aun aferrada al bastón.

El mercenario se acercó a la puerta con suma cautela y asomó la cabeza por un instante, regresando de inmediato a esconderse tras el muro. La respuesta de Sato fue repentina y disparó su arma en dos ocasiones. Ninguna bala resultó peligrosa, pero Sky demostró el gran riesgo que significaba acercarse. Tampoco pudo evaluar a detalle el lugar, solo distinguió una gran habitación en malas condiciones y que tanto Yuzu como Sato se encontraban aproximadamente a la mitad. Además, solo había un acceso que era peligroso de utilizar.

—Podría seguir asomándome hasta que se le acaben las balas —comentó el mercenario con cierta frustración.

—¡Escúchame, gaijin! —gritó Sato—. Solo entrégame a Mei Aihara y esto habrá terminado.

—Tengo una idea, pero debes actuar rápido —susurró el mercenario a Mei.

Ella asintió, dispuesta a hacer todo con tal de liberar a Yuzu de las manos de aquel hombre. Ya esperaba que su improvisado plan fuera peligroso, igual que todos los que habían hecho hasta ese momento. Tomar un último riesgo bien valdría la pena a esas alturas; las posibilidades de un imprevisto o una complicación siempre estaban presentes, ya fuera algo sencillo y rutinario hasta ocasiones extraordinarias. Mei compactó el bastón para guardarlo en su bolsillo, tomó aire en una larga aspiración y se acercó al umbral.

—Bien Sato, tú ganas —exclamó Mei de pronto—. Me entregaré, pero debes liberar a Yuzu.

—Pero… ¡Mei! ¡No puedes…! —exclamó Yuzu.

—¡Cállate! —rugió Sato aplicando fuerza a su agarre. En su rostro se dibujó una despreciable sonrisa y su voz adquirió un aire de soberbia—. Me alegra que seas una chica tan razonable. Anda, avanza.

—Primero promete que la soltarás —replicó Mei.

—Tienes mi palabra.

Mei apareció en el umbral. Extendió sus manos para demostrar que no cargaba con algún arma y dio un paso dentro de la habitación. Tras ella apareció Sky, con su Beretta lista para disparar en caso de ser necesario. Al mercenario le hubiese gustado atacar a Sato apenas logró verlo, pero su conveniente uso de Yuzu como escudo humano fastidiaba cualquier oportunidad. Sato, al notar la presencia de Sky, endureció su expresión y encañonó a Yuzu.

—¡Alto ahí, gaijin! —gritó—. Sin armas. ¡Arrójala a un lado!

—Leíste el manual, ¿eh? —dijo Sky con un tono de sarcasmo en su voz.

Lentamente bajó ambos brazos, se inclinó y dejó su arma en el suelo para luego empujarla hacia una esquina de la habitación. El sonido del metal arrastrando contra el dañado piso de madera se escuchó con claridad bajo los cuatro muros hasta terminar en un leve golpe. Tras esto, Sato volvió a hablar con su acostumbrado autoritarismo para exigir a Sky que se tumbara en el suelo con las manos en la cabeza. Con un gruñido de disgusto, el mercenario aceptó y despacio se acostó en el piso. Sin que Sato lo supiera, gracias a que Mei lo ocultaba, Sky tomó algo de su bolsillo antes de llevarse las manos a la cabeza. Entonces el mismo Sato le indicó a Mei que avanzara y con tal de convencerla, soltó a Yuzu y le empujó.

—Ni se les ocurra correr —indicó él apuntando su arma directo a Yuzu—. Caminen lentamente.

Las Aihara se miraron, pero cada una con expresión distinta. Mei mantenía un rostro indiferente que sostenía la mirada directo a donde estaba Sato. Como de costumbre, era imposible saber que pasaba por su mente en ese momento y ni siquiera la rubia podía adivinarlo a pesar de conocerla mejor que nadie. Yuzu, en cambio, se mostraba aterrada y confundida. Cada paso que daba le provocaba un miedo tremendo por la incertidumbre; si en un principio se mostró fuerte ante Sato, el ver de nuevo a Mei y las constantes amenazas recibidas lograron ablandarle. Los pasos necesarios para cruzar la habitación eran pocos, pero le parecieron lo más largos de su vida, misma que sentía pender de un hilo. Cuando a mitad del camino se encontró ante Mei, no pudo evitar dejarse llevar por la emoción y dejó escapar un sollozo acompañado de una lagrima. De inmediato, Mei la miró y le limpio el rostro.

—Tranquila, todo estará bien —le susurró para que solo ella pudiese escucharle.

—Iremos por ti de inmediato —respondió Yuzu. Era evidente que en ese momento era dominada por sus propias emociones—. Lo prometo…

—¡Muévanse! ¡No tengo todo el día! —exclamó Sato tan concentrado en las Aihara que no pudo ver como Sky se movía.

—No hará falta —repuso Mei—. Disculpa si esto es algo rudo…

Antes que Yuzu pudiese responder, Mei la rodeó con sus brazos y giró para darle la espalda a Sato, con lo que aseguraba que este no se atreviera a disparar; de inmediato se arrojó al suelo sin soltar a Yuzu para dejar el campo libre al mercenario que ya apuntaba con su Colt Mustang Pocketlite al hombre que tantos problemas les dio durante las últimas semanas. Sato gritó confundido, no supo de qué manera reaccionar y a pesar de tener su arma lista para disparar, no podía utilizarla por miedo a lastimar a Mei. Sky tiró del gatillo y se escuchó una primera detonación seguida de un alarido de dolor. La bala impactó en el hombro derecho de Sato, obligándole a soltar su pistola. Vino una segunda detonación seguida por otro grito y varias quejas adoloridas. El segundo proyectil dio su la pierna, haciéndole colapsar entre una mezcla de polvo y sangre.

Sky se levantó y corrió directo hacia Sato, que ya intentaba tomar de nuevo su pistola aunque tuviese que arrastrarse. Mei se percató de esto y reaccionó al instante. Tomó el bastón retráctil y lo arrojó contra el codicioso Sato, golpeándole de lleno en la cabeza. Este se detuvo un momento por el dolor y cuando intentó moverse de nuevo, su mano fue detenida por un pisotón del mercenario. Al alzar la vista, distinguió en Sky una mirada que, aunque serena, le hizo sentir inferior.

—No te muevas —ordenó el mercenario apuntándole con su pistola. Sato solo atinó a bajar la cabeza mientras su cuerpo comenzaba a temblar invadido por el miedo. Sky tornó la mirada hacia las Aihara, que seguían en el suelo y alzó su pulgar en señal de victoria—. Buena puntería Mei Mei. Debimos hacer eso desde un principio.

—Se… ¿se acabó? —balbuceó Yuzu aun en el suelo. Mei se negaba a soltarla, por ello ninguna podía levantarse, aunque no le incomodaba permanecer en los brazos de su amada.

—Sí… por fin terminó todo esto —respondió Mei.

Ambas se sentaron en el suelo. Estaban cubiertas del polvillo espeso propio de los escombros y detrás suyo se escuchaban los constantes quejidos de Sato, resultado de una mezcla entre chillidos de dolor y ahogados gritos furiosos maldiciendo a Sky por frustrar su plan. Para las Aihara, nada era un inconveniente en ese momento. Mei se puso de pie primero y extendió su mano a Yuzu, quien la tomó encantada. Se miraron en silencio, contemplando cada rasgo la una de la otra como si les hubiesen separado durante años.

Mei sacudió el polvo en la ropa de Yuzu mientras ella permaneció inmóvil. Poco a poco, su expresión de incredulidad cedió a los sentimientos y comenzó a llorar. Mei, también dominada por la emoción, correspondió a su hermanastra. Sus lágrimas que expresaban su alivio se mezclaron hasta terminar en una fina lluvia precipitándose sobre sus ropas; sus corazones volvieron a latir juntos tras una noche de incertidumbres y una mañana llena de riesgos. Estaban tan centradas en su reencuentro, que nada a su alrededor les importó; ni siquiera notaron cuando Sky pasó a un lado arrastrando a Sato o cuando fue por su arma. En ese momento, el mundo para Mei y Yuzu se redujo a ellas dos reunidas de nuevo. Cuando las lágrimas cesaron y sus cuerpos volvieron a sentir su calor, cuando el tacto les convenció que su reencuentro era real y el peligro había terminado después de tantos días de ocultarse, los labios de ambas se unieron en un beso que detuvo el paso del tiempo, transportándoles a un lugar intangible al cual solo ellas podían entrar.

—Yuzu… —murmuró Mei tras recuperar la noción de la realidad—. Deberíamos ir con el resto.

—Es verdad —respondió Yuzu, que hasta ese momento estaba perdida en su propio mundo. Tomó de la mano a Mei y con una sonrisa cansada pero deslumbrante le invitó a salir de la maltrecha habitación—. Tenemos que irnos de este horrible lugar.

Salieron juntas de ahí, dirigiendo sus pasos hacia la escalinata y luego a la entrada donde los automóviles de Sato se encontraban estacionados. En ningún momento se soltaron; temían que de hacerlo las consecuencias serían fatales y el destino se encargaría de separarlas una vez más. Por otra parte, querían recuperar de alguna manera la noche que les robaron. Uno de los vehículos negros tenía el maletero abierto y dentro se encontraba el hombre que les causó un sinfín de calamidades. Naoki Sato yacía amarrado de pies y manos, por completo abatido. Su rostro era el retrato de un hombre que acababa de perderlo todo, incluso la esperanza. Frente a él, Sky escribía algo en su celular. Al ver acercase a sus clientas, por primera vez se dibujó en sus labios algo parecido a una sonrisa, arrogante y rebosante de satisfacción. De no ser porque el mercenario trabajaba para ellas, ambas hubiesen temido al verlo.

—Ya era hora —les dijo a las chicas—. Estaba tan aburrido que pensé en dispararle de nuevo a este esperpento humano.

—¡No más! ¡El dolor es terrible! —chilló Sato al instante.

—Ni derrotado dejas de ser una molestia —agregó Sky.

—Señor Sky… ¡no sabe cuánto gusto me da verlo! —exclamó Yuzu; arrastró a Mei con ella y, obligada, se unió al abrazo que le dio al mercenario.

—Por tu culpa agregaré otra clausula al contrato —contestó él.

—También extrañé su sentido del humor.

—¿Dónde están las demás y el señor Horse? —preguntó Mei al notar su ausencia.

—Los mandé por la camioneta, ya volverán. Por ahora tenemos que decidir algo muy importante.

Sky señaló a Sato, cuyo rostro patético clamaba piedad a las Aihara; su piel se notaba más pálida de lo que vio Yuzu la noche anterior debido al miedo y la pérdida de sangre, aunque las hemorragias causadas por las heridas de bala no eran fatales. Su cuerpo no paraba de temblar; con dificultad juntó sus manos en un gesto suplicante a pesar de que sus dedos se torcían de manera nerviosa. El hombre que hace unos minutos cantaba victoria y se daba el gusto de actuar con soberbia fue reducido a un cumulo de lamentable de terror. Ambas miraron aquello con una mezcla incomoda de inmerecida compasión y un resentimiento justificado; debía darles gusto ver a Sato así, temeroso de su provenir al igual que ellas lo estuvieron por su culpa, pero en vez de eso les dolía verle reducido a un manojo de miedo que clamaba piedad y a la vez les provocaba repulsión verle a la cara al recordar su obsesión por la fortuna de la familia Aihara.

—Por favor, chicas… déjenme ir, juro que no volverán a saber de mi… —clamaba el hombre entre chillidos lamentables—. Ya no tengo nada… no seré una amenaza para ustedes.

—Ustedes mandan —les dijo Sky sin emoción alguna—. ¿Qué quieren hacer con este?

—Por favor… se los suplico…

Yuzu no sabía que pensar en ese momento. Despreciaba a Sato por todo lo que hizo: planeó secuestrarla y obligarla a casarse con él, les persiguió por toda la ciudad en más de una ocasión, irrumpió en su hogar además de raptar a sus amigas, golpeando a una y amenazando de muerte a otra. Era difícil perdonar aquello, pero en el fondo de su ser, era incapaz de dictar una sentencia firme en su contra. No tenía el valor suficiente para decidir sobre su destino. Mei le dio un apretón de mano para llamar su atención.

—Yuzu, anoche tomé la decisión de qué hacer con Sato —le dijo con la seriedad que siempre le acompaña—. Espero que estés de acuerdo.

—¿Ya lo decidiste? —preguntó Yuzu sorprendida y temerosa.

—Es cierto que Sato llegó a fastidiarnos la vida —comenzó a hablar con esa serenidad propia de ella. Tornó los ojos a Sky, con lo que manifestó la firmeza de sus palabras—. Cometió actos terribles en nuestra contra y de nuestras amigas, pero ponerle fin a su vida con un disparo no me parece justo. Además, ya murieron demasiadas personas por su culpa.

—Entiendo… —respondió Sky sin expresar emoción alguna.

—Oh… señorita Aihara… no merezco esa piedad…

—Mei… ¿en verdad piensas que es lo mejor? —le preguntó Yuzu aun sin saber la decisión que su amada había tomado, pero por sus palabras se hizo de una idea que la sorprendió—. Él… él podría volver tras nosotras o hacer lo mismo contra alguien más. Además tampoco es seguro entregarle a la policía.

—Lo sé, es muy peligroso dejarle suelto. Considero que lo mejor es obligarle a pagar por todo lo que nos hizo así como sus deudas. Por eso, lo entregaremos al dueño del Casino Benio.

—Uy… ese es propiedad de Kimanjiro Inugane, uno de tus acreedores —comentó Sky con toda satisfacción. Al escuchar ese nombre, la poca vida que le quedaba a Sato se le escapó en un instante—. Debe estar buscando al responsable del tiroteo en su casino.

—¿Inugane? ¡No! ¡No! ¡Inugane no! —suplicó Sato en un arrebato de pánico—. ¡Ese no es un hombre, es un demonio en la tierra!

—Es el trato más piadoso que podemos darte —replicó Mei de inmediato. Sus ojos se tornaron un par de témpanos de hielo amatista en cuanto lo miró—. ¿Qué les parece?

—Cada vez me gusta más como piensas —admitió Sky. Parecía sentirse orgulloso de su clienta.

—Bueno… aunque nos hizo cosas horribles y es el hombre más despreciable que conozco, tampoco quiero que lo maten frente a mi —dijo Yuzu al fin—. Por mi está bien.

—Por cierto, hay una última cosa que debes saber, Sato —agregó Mei. Se giró hacia Yuzu y sin pensarlo ni discutirlo, le dio un beso—. Nosotras somos más que hermanastras, somos una pareja y nos casaremos pronto.

—¡M-Mei! ¡No puedo creer que… que hicieras esto! —reclamó Yuzu con las mejillas encendidas en un rojo brillante.

—¿Pareja? ¿Ustedes? —balbuceó Sato. Al principio la idea no lograba entrar en su ya ofuscada mente, pero tras unos segundos logró comprender tanto las palabras de Mei como la escena que acababa de ver. Dejó escapar un grito furioso—. Ustedes… ¡maldita sea! ¡Hice todo esto por unas malditas le…!

La cercana olas de insultos fue interrumpida de pronto por el certero y fuerte puñetazo cortesía de Sky. Sato quedó inconsciente al interior del maletero, con una nariz sangrante que le provocaría un intenso dolor al despertar. El mercenario le acomodó en el compartimiento y lo cerró, dando por finalizada la amenaza que Sato representaba. Miró a sus clientas lleno de satisfacción.

—He querido hacer eso desde hace semanas —admitió con gusto el mercenario.

—No era el único —agregó Yuzu—. Por fin podemos estar tranquilas, no más Sato.

—Regresaremos a nuestra vida normal… —mencionó Mei. A pesar del tono serio en su voz, como ya era costumbre en ella, era evidente que sentía un gran alivio por deshacerse de la constante amenaza que aquel hombre representaba—. Espero haber tomado la decisión correcta.

—Créeme que lo fue —Sky se adelantó a responder—, Inugane sabrá sacarle el mayor provecho a lo que le resta de vida.

—¿No tendrá problemas por lo que pasó en el casino? —le preguntó Yuzu, pues la idea de realizar el intercambio de rehenes fue del mercenario.

—Es mi palabra contra la suya, llevo las de ganar —la confianza del mercenario salía a relucir a cada palabra.

Hizo una pausa y entonces volteó para mirar a sus clientas. Ambas notaron que había un cambio en sus ojos ambarinos, los mismos que por tantos días las miraron con cierta indiferencia, adquirieron un brillo especial en ese momento. Ya no eran dos orbes relucientes y carentes de emoción, había en ambos un rastro de satisfacción por la conclusión del trabajo, mismo que terminó de manera exitosa a pesar de todas las complicaciones. Sin embargo, también se dejaba ver un poco de cariño hacia las dos chicas. A pesar de imponer límites y de prometerse no simpatizar con sus clientas, el mercenario Julian Sky terminó por tomarles aprecio. A su vez, tanto Yuzu como Mei no solo estaban agradecidas por los servicios de aquel sarcástico pelirrojo y su colega conductor; con el paso de los días les tomaron cierto cariño como lo harían con cualquier amigo, pues no solo les protegieron ante el acoso de Sato; compartían la mesa, cocinaron juntos y hasta compartían aficiones.

—Bien, hasta aquí llegan mis labores con ustedes. Tengo que llevar a ese tipo a su nuevo "hogar" —comentó Sky al fin.

—Señor Sky… no sabe cuánto le agradecemos por todo lo que hicieron usted y el señor Horse —dijo Mei. Tanto ella como Yuzu inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento—. Sin ustedes, no quiero imaginar que hubiese ocurrido.

—Sí, siempre les estaremos agradecidas por cuidarnos todo este tiempo —agregó Yuzu—. Creo que no pudimos tener mejores mercenarios para cuidarnos.

—Por supuesto que no, soy el mejor en mi trabajo.

Yuzu no pudo soportar sus impulsos y dejo escapar una risilla simpática. Aunque le tomó tiempo, llegó a comprender el sentido del humor característico de Sky. Mei, que también había entendido el chiste, escondió una pequeña sonrisa tras su mano. Había fingido toser para que ninguno le pudiese escuchar, aunque los dos sabían que en verdad la respuesta del extranjero le causo gracia.

Con un chirrido agudo, Sky abrió la puerta metálica del edificio. Frente a ellos estaba la camioneta blanca de los mercenarios; Joey estaba reclinado sobre la puerta del conductor y las chicas rescatadas esperaban dentro en sus asientos. Nene, que parecía tener una fuga importante de agua en los ojos, se lanzó sobre Yuzu para abrazarle con fuerza. Más despacio, Harumi y Matsuri bajaron del vehículo y caminaron hacia el grupo. Para sorpresa de Yuzu, su mejor amiga no rechazaba el firme agarre con el cual la pelirrosada se aferraba a su brazo. También llamaba la atención que la mejilla de Matsuri tenía un parque que ocultaba el golpe propinado por Sato.

—¡Yuzu-senpai! —chilló Nene—. ¡Estás bien! ¡También la presidenta lo está! ¡Me… me da mucho gusto!

—Jamás pensé que ser amiga de la familia Aihara resultara tan peligroso. Lo esperaba de Shiraho, pero no de ustedes—bromeó Harumi a lo que Yuzu solo respondió con una risa nerviosa.

—Demoraron tanto que pensé en entrar —les dijo Joey acercándose al grupo. La herida ya no sangraba y se inmovilizó el brazo con trozos de ropa que arrancó a los esbirros de Sato—. Pero veo que tienen todo bajo control.

—Eso es evidente —respondió Sky—. Y tú eres un idiota, te dejaste disparar.

—¡Señor Horse! —exclamó Yuzu al verle herido—. ¿Se encuentra bien?

—Descuiden, no es nada. Ya encontraré una clínica clandestina para atenderme —comentó Joey esbozando una sonrisa que no lograba ocultar del todo el dolor de su herida.

—Inugane podría darnos lugar en una de sus clínicas —le dijo Sky.

—Nada de eso —replicó Mei con toda autoridad. Por un momento parecía que en vez de dirigirse a un mercenario, le hablaba a una alumna de la academia—. Mi abuelo es accionista en un hospital, me encargaré de que le reciban ahí. Es lo menos que podemos hacer por usted.

—Wow… eso es ser influyente —señaló Sky.

—Sabía que en algún momento vería algo de nepotismo en Mei —comentó Matsuri tras varios minutos de silencio. Aunque en otras circunstancias su broma hubiese resultado una molestia para las Aihara, resultaba un alivio escucharla después de lo ocurrido.

—¿Y que hicieron con ese tipo? —preguntó Harumi. Con la vista intentó buscarlo entre todos los cuerpos que yacían por todo el almacén.

—El señor Sky lo entregará a… la persona adecuada —respondió Yuzu—. Y nunca más sabremos de él.

—Hablando de eso, debemos irnos de inmediato —señaló el mercenario de cabellera roja—. Antes de tener compañía policial.

—¿Eso no sería bueno? —preguntó Nene con inocencia.

—Nene-chan… La policía es lo peor que podría pasarnos ahora —le respondió Matsuri—. ¿No has visto películas sobre eso?

Sin perder el tiempo, una a una subieron a la camioneta, misma que Joey conduciría de regreso a la ciudad para entregar personalmente a cada joven a su respectivo hogar. En cuanto a cómo justificarían su desaparición, Joey se encargaría de inventar una excusa lo suficiente creíble para evitar todas las preguntas que podrían llegar. Para algo debían servir las numerosas identificaciones falsas que conservaban en su cartera. Cuando llegó el turno de Mei y Yuzu, ambas se detuvieron frente al vehículo y tornaron la mirada hacia el mercenario que por tantas noches veló por su seguridad. Era cierto que no se trataba del ser humano más amable sobre la tierra, pero admiraban la determinación con que les defendió. Y aunque era su trabajo, ambas notaban que tal compromiso no fue solo una cuestión de dinero, cosa que él nunca admitiría. Él estaba sentado sobre el automóvil donde encerró a Sato, quien ya estaba despierto. Pudieron saberlo gracias a los gritos apagados que se escuchaban desde el maletero y unos débiles golpes. Sky notó que sus clientas lo observaban. Torció los ojos al cielo para exhalar un suspiro y se acercó a ellas.

—Es mejor que se vayan —les dijo—. Mamá las espera.

—Solo queremos estar seguras de… de que estará bien tratando con Inugane —respondió Yuzu.

—Descuiden, sé lidiar con tipos así.

—También queremos agradecerle por todo —agregó Mei—. Siempre les estaremos agradecidas por lo que hicieron para protegernos. Nunca los olvidaremos.

—Ya dijeron todo eso…

—Señor Sky, ambas sabemos que no volveremos a verlo después de que suba a ese auto —admitió Yuzu. Había un rastro de tristeza en sus palabras.

—Es mejor así —respondió Sky.

—Al menos, déjenos despedirnos —repuso Yuzu—. ¡Es una orden!

Mei asintió con la cabeza. Sin decir nada, ambas le abrazaron a pesar de la negativa del mercenario. Al ver que ninguna cedía, Sky se dio por vencido y correspondió a ellas. De nuevo un par de chicas de preparatoria pudieron vencerlo. Nunca lo admitiría, pero extrañaría a las Aihara, aquellas chicas que podría llamar sus clientas favoritas, con quienes compartió tantos días y llegó a cuidar como si fueran de su familia. Tanto Yuzu como Mei también extrañarían al par de extranjeros que cruzaron el planeta solo para protegerlas de un hombre desesperado que ideó un descabellado plan para enriquecerse. Les costaba asimilar la idea de alejarse de aquellos que dieron su vida por ambas, porque más que actuar por el dinero acordado, les demostraron un auténtico interés por su integridad.

—Se acaba el tiempo, chicas —murmuró Sky, rompiendo el abrazo y empujando a las Aihara hacia la camioneta—. Saluden al abuelo de mi parte.

—Adiós señor Sky —le dijo Yuzu antes de subir al vehículo.

—Gracias por todo —fueron las últimas palabras que le dirigió Mei. Hizo una reverencia y subió a la camioneta. Pero antes de acomodarse en su asiento y para sorpresa de ambas, Sky les dio un último mensaje.

—¡Oigan, noviastras! Más le vale ser felices. No invertí tanto tiempo en ustedes para nada.

—¡Por supuesto! —gritó Yuzu en respuesta. Desde su asiento agitaba las manos para despedirse y a pesar de lo alegre que quería mostrarse, tanto el cansancio como sus propios sentimientos eran evidentes, dándole un aspecto melancólico a su mirada.

Mei no esperaba tal comentario, pero aun con su asombro y una ligera vergüenza, alcanzó a asentir. Inclinó la cabeza en una pequeña reverencia que significaba todo, un agradecimiento por los buenos deseos, por el trabajo hecho y por acogerles en un momento de necesidad. Además, era una despedida para aquel quien dio todo por ellas y se aseguró de que permanecerían juntas por mucho más tiempo. Cuando la puerta de la camioneta se cerró, Joey arrancó, dejando atrás a Sky junto a ese bajo mundo de crimen al cual ninguna de ellas pertenece. Ahora debían regresar a sus vidas cotidianas, lejos de las balas y el olor a pólvora quemada.


—¡Ya nos vamos! —se despidió Yuzu de sus padres al salir del departamento.

—Con permiso —se excusó Mei antes de salir.

Por iniciativa de la misma Mei, ella y Yuzu regresarían a sus actividades habituales a la brevedad posible, aun cuando la rubia pensaba en usar su incidente con Sato como excusa para conseguir algunos días de asueto. Quería pasar más tiempo a solas con Meis a quien un fin de semana extendido le bastó para recuperarse. Ese mismo lunes, ambas regresarían a la Academia por decisión propia. Mei le dijo a Yuzu que podría descansar más sí así lo necesitaba, pero la joven rubia no estaba dispuesta a dejar sola a su amada hermanastra. Caso contrario con Harumi, Matsuri y Nene que decidieron tomarse más días para reordenar sus ideas.

Si bien, los primeros días tras regresar a casa fueron difíciles pues tenían miedo de cualquier represalia por lo ocurrido y no tenían ninguna intención por abrir la puerta así se tratase de una entrega de comida, junto al apoyo de su madre, las Aihara lograron reponerse del golpe que significo toda su aventura. Incluso el padre de Mei, que no se había enterado de nada hasta el día que el trabajo de Sky terminó, canceló su agenda de viajes y voló en el primer avión a Japón que encontró. Las atenciones que recibieron llegaron a sentirse abrumantes y Mei lo resintió al notar que Kumagoro no estaba para ella. Después de tantos percances, lo olvidó en la bodega que usaron de refugio. Ante tal situación, Yuzu le prometió comprarle un oso de felpa igual de grande apenas tuviesen oportunidad.

—Tal vez Harumi regrese a la escuela mañana o pasado mañana —le decía Yuzu a Mei al salir del edificio donde viven—. Ella dice sentirse bien, pero su abuela sigue preocupada.

—Aunque fue creíble la excusa del señor Horse, solo generó más preocupación en sus familias.

—Lo sé… decir que fuimos tomadas como rehenes de un traficante de armas ruso fue excesivo —admitió Yuzu.

—Oigan, fue lo mejor que se me ocurrió —les respondió una voz familiar a sus espaldas. Cuando ambas dieron la vuelta se encontraron a Joey Horse—. Tenía una identificación del FBI, me pareció lo más creíble.

—¡Señor Horse! —gritó Yuzu sumamente emocionada—. ¿Qué hace aquí?

—Aún tenemos un par de asuntos pendientes con su abuelo —contestó Joey. Sobre su ropa casual llevaba un cabestrillo que inmovilizaba su brazo herido—. Una renta pendiente y cosas de ese estilo.

—¿Y cómo está su hombro? —preguntó Yuzu.

—Sanará pronto, o eso espero. La herida resultó ser inofensiva, solo es dolorosa. ¡Por cierto! Debo entregarles algo.

Ambas le siguieron hasta la calle donde esperaba un automóvil Nissan verde, muy distinto a los vehículos en los cuales se transportaron durante todo el tiempo que Sato les siguió. Tras un pitido, los seguros se levantaron y Joey pudo abrir la puerta del pasajero. Tras esta apareció un gran oso de felpa.

—Es… Kumagoro —dijo Mei con ambos ojos iluminados. De inmediato se acercó a este y lo tomó en sus brazos.

—Sé lo importante que es este amigo para ustedes. Así que, lo traje de vuelta a casa —explicó Joey sonriente.

—Muchas gracias —le respondió Mei con una reverencia.

—No es nada chicas. Y Julian les manda esto.

Joey tomó un paquete delgado que estaba debajo del oso gigante y lo entregó a Yuzu. Era ligero, del tamaño de un cuaderno. Lo envolvía un papel sencillo de color rosado con pequeños dibujos de regalos. Motivada por la curiosidad y temerosa de que aquello fuese una broma, Yuzu retiró los pliegos con sumo cuidado con la intención de evitar alguna mala pasada. Al retirar un trozo grande, sintió un gran asombro que le hizo sonreir. Mei se acercó para ver el regalo; se trataba de una fotografía enmarcada de aquella vez que se disfrazaron durante su escape de Akihabara.

—Dele las gracias cuando lo vea —pidió Mei a Joey. Aunque estaba sorprendida por el gesto, también sintió un profundo agradecimiento.

—Señor Horse, ¿dónde está el señor Sky? —preguntó Yuzu.

—Me dijo que Inugane lo contrató para un trabajo urgente en Tailandia. Debió ofrecerle buen dinero, porque aceptó de inmediato.

—Espero que se encuentre bien —murmuró Yuzu con auténtica preocupación.

—Sabes que lo estará —le respondió Mei.

—Chicas, ¿qué tal si las llevo a la escuela? No estaría mal un último viaje.

—Por supuesto —contestó Yuzu abriendo la puerta trasera y ofreciendo a Mei entrar primero.

—¿No es una molestia? —preguntó la pelinegra sin soltar a su oso.

—Para nada, ya les dije que debo hablar con su abuelo —dijo Joey con gran simpatía, esa que incluso en los momentos más difíciles supo mantener.

Mei entró al automóvil y en ningún momento dejó de abrazar a Kumagoro. Yuzu le siguió para de inmediato experimentar una sensación de ternura al ver como su querida Mei lucía tan inocente en ese momento, aunque no podía evitar los celos que el oso de felpa le provocaba; era ella quien debería ocupar ese lugar privilegiado entre los brazos de Mei. Solo por esa ocasión lo dejaría pasar, se lo debía por los días que estuvieron separados, pero en cuanto volvieran a su hogar ella reclamaría su posición.

El automóvil arrancó apenas produciendo ruido. Sus ruedas giraron con suavidad sobre el asfalto, contrario a los recorridos frenéticos a los que se acostumbraron. Resultó asombroso como Joey, un conductor que siempre parecía participar en una carrera o era perseguido por un grupo de matones, era perfectamente capaz de manejar con calma. Los edificios, las señales de tránsito, incluso los otros vehículos a su alrededor, todo parecía desplazarse tan despacio que la sensación al interior se volvió relajante. No había peligro alguno que pudiera acabar con esa paz que por tantos días extrañaron.

Una suave pero animada melodía de jazz llamada Morning Smile sonó en la radio para amenizar el momento. Joey miró por el retrovisor a sus pasajeras; quizá su lento avanzar, la comodidad que brindaba el tacto con Kumagoro y el cálido hombro de Yuzu fueron la formula perfecta para sumir a Mei en un sueño que, desde el espejo, parecía reconfortante. Yuzu permaneció despierta admirando el rostro dormido de Mei y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Por el resto del camino no apartó la vista de su amada. Recordó que antes de separarse, le prometió a cierto mercenario pelirrojo ser muy feliz junto a la chica que amaba, tal y como se sentía en ese momento contemplando el bello rostro de Mei. Yuzu pensó en todas sus rivalidades amorosas, en cada lagrima que lloró y todas las confusiones que sintió al enamorarse de una chica, contó cada intento de expulsión, recordó como atravesó la ciudad para evitar una boda que no debía realizase. Por último, se enfrentaron a un hombre ambicioso que buscaba hacerse con la fortuna familiar. Yuzu sonrió mientras acarició el cabello negro de Mei, pues sabía que nada ni nadie podría separarlas.

FIN


Hey tú. Sí, sí, tú.

¡Hemos llegado al desenlace de Bullet Days! Después de tanto tiempo, la aventura de Yuzu y Mei junto a los mercenarios Sky y Joey ha llegado a su fin. Vaya que me tomó tiempo llegar hasta este momento. Por eso quiero agradecerte por brindarme unos minutos para leer, comentar y votar (en las plataformas donde se puede) esta historia. Sin tu apoyo esto seguramente sería solo un archivo más guardado en mi PC.

Hay otras cosas que quisiera comentar… supongo que es mejor empezar por la noticia "mala". Ahora que he concluido esta historia, he decidido tomarme un tiempo de descanso. Uno real, sin preocuparme por tener que actualizar historias. He sido un ficker activo desde 2011, he pasado de una a otra plataforma, experimentado tipos de historias; unas con más éxito y otras que… bueno, ni para que comentar. Pero en los últimos años, he notado que a veces se tornaba difícil escribir estas historias. Claro que aun las disfruto, me gusta hacerlas y siempre me vienen nuevas ideas, aunque eso no quita que por momentos me cueste mucho sentarme frente al teclado y escribir. Hay días en que puedo escribir una o dos páginas sin problema, pero también hay ocasiones en que no puedo teclear ni una sola línea. Sé que esto es normal, sin embargo, por momentos me pesa demasiado. Por ellos he decidido parar actividades de fanfics.

Lo anterior no quiere decir que dejaré de escribir. Solo que quiero trabajar proyectos originales que tengo detenidos por el fanfiction. Hay cierta calma en estos porque no está la constante presión de "debo actualizar tal y tal", es un ritmo más relajado. Obviamente, entre esos proyectos originales hay algunos relatos protagonizados por Julian Sky. Y sí quieres leer otra de sus misiones, puedes pasar por mi perfil de Wattpad y buscar "Nido de sirenas".

Y sin más, me despido por el momento. ¿Cuándo nos leeremos de nuevo? No lo sé, pero espero que eventualmente ocurra. De todas maneras podrás encontrarme en mi página de Facebook /esteeselmundodeAl , en Twitter ( Al_Dolmayan) y de vez en cuando en mi blog

¡Hasta la próxima historia!