23

LA MAREA

Raven y yo irrumpimos de nuevo en la sala de mando donde los Aulladores lo han recogido todo y están preparados para marcharse de la estación. Rollo y una docena de los suyos nos miran con nerviosismo desde su lado de la habitación. Saben que estamos a punto de abandonarlos. Quicksilver entra detrás de mí; ha dejado sus ataduras atrás, en su celda. Ha aceptado nuestro plan con unos cuantos ajustes.

—Vaya, fijaos en esto… —dice Octavia señalando nuestros moratones y nudillos ensangrentados—. Por fin habéis hablado las dos. —Mira a Ragnar—. ¿Lo ves?

—Ya hemos arreglado nuestras mierdas —asegura Raven.

¿Y el hombre rico? —pregunta el obsidiano con curiosidad—. No lleva esposas.

—Eso es porque es de los Hijos de Ares, Rag —dice Raven—. ¿No lo sabías?

—¿Que Quicksilver es un Hijo? —Octavia estalla en carcajadas—. Y yo soy sondeainfiernos a escondidas. —Nos mira alternativamente a una y a otra—. Esperad…, lo decís en serio. ¿Tenéis pruebas?

—Siento lo de tu madre, Octavia —dice Quicksilver con la voz ronca—. Pero es un verdadero placer verte caminar de nuevo. Llevo con los Hijos más de veinte años. Tengo cientos de horas de conversaciones con Titus para demostrarlo.

—Es de los Hijos —repite Raven—. ¿Pasamos a otra cosa?

—Vaya, que me parta un rayo. —Octavia niega con la cabeza—. Mi madre tenía razón respecto a ti. Siempre decía que tenías secretos. Creía que se refería a algo sexual. Que te gustaban los caballos o algo así.

Raven cambia de postura, incómoda.

—Entonces ¿nos encontrarás una forma de salir de esta roca, hombre rico? —le pregunta Holiday a Quicksilver.

—No exactamente —responde él—. Lexa…

—No nos marchamos —anuncio.

Rollo y sus hombres se revuelven en la esquina; los Aulladores intercambian miradas confundidas.

—Puede que quieras explicarnos de una vez qué está pasando —dice Muecas con un tono de voz arisco—. Empecemos por quién está al mando. ¿Eres tú?

—Aullador Primero —dice Raven dándome un puñetazo en el hombro.

—Aullador Segundo —digo yo golpeándole el suyo.

—¿Todo bien? —pregunta Raven, y los Aulladores asienten para mostrar su acuerdo.

—Primer punto del orden del día, cambio de política —digo—. ¿Quién tiene unos alicates?

Miro a mi alrededor hasta que Holiday saca los suyos de su kit de explosivos y me los lanza. Abro la boca y acerco los alicates al último molar derecho, donde me implantaron la píldora del suicidio de aclis-9. Con un gruñido, me la arranco y dejo la muela sobre la mesa.

—Ya me han capturado antes. No volverán a apresarme. Así que esto no me vale de nada. No tengo ninguna intención de morir, pero si muero, lo haré con mis amigos. No en una celda. Ni en un podio. Sino con vosotros.

Le paso los alicates a Raven. Se saca la muela y escupe la sangre sobre la mesa.

—Yo muero con mis amigos.

Ragnar no espera a que le lleguen los alicates. Se saca el último molar con sus propias manos y adopta una expresión de regocijo cuando deposita esa cosa inmensa y ensangrentada sobre la mesa.

Yo muero con mis amigos.

Uno a uno, se pasan los alicates, sacándose las muelas y lanzándolas sobre la mesa. Quicksilver no nos quita ojo, nos mira como si fuéramos una pandilla de vándalos locos y sin duda se pregunta en qué demonios se ha metido. Pero necesito que mis hombres se liberen de la pesada carga que llevan sobre los hombros. Con ese veneno incrustado en el cráneo, sentían que sus sentencias de muerte ya se habían leído y se limitaban a esperar a que el verdugo los llamara. A la mierda con eso. La muerte tendrá que ganarse su botín. Quiero que crean en esto. Los unos en los otros. En la idea de que tal vez podamos realmente ganar y sobrevivir.

Por primera vez, yo lo creo.

Después de detallarles las instrucciones a mis hombres y de que estos se marchen a ejecutar las órdenes, vuelvo con Raven a la sala de control de los Hijos de Ares y les pido que preparen una conexión directa no rastreable.

—Con la Ciudadela de Agea, por favor. —Los Hijos de Ares se vuelven hacia mí para ver si me han entendido mal—. Rapidito, amigos, que no tenemos todo el día.

Me planto ante la holocámara con Raven.

—¿Crees que ya saben que estamos aquí? —me pregunta.

—Todavía no, seguramente —contesto.

—¿Crees que se va a mear en los pantalones?

—Eso espero. Recuerda: nada de que Mustang y Bellamy han estado aquí. Ese as nos lo guardamos en la manga.

La holoconexión directa se restablece y la cara de una joven administradora cobre descolorida nos devuelve una mirada adormilada.

—Centro de Comunicaciones General de la Ciudadela —dice con un tono de voz monótono—. ¿A quién quiere que derive…?

De pronto parpadea al mirar nuestra imagen en el dispositivo. Se frota el sueño de los ojos. Y pierde toda capacidad de habla.

—Me gustaría hablar con el archigobernador —contesto.

—Y… ¿podría decirle… quién lo llama?

—La maldita Segadora de Marte —ladra Raven.

—Un momento, por favor.

La pirámide de la Sociedad reemplaza el rostro de la cobre. Un terriblemente predecible Vivaldi suena mientras esperamos. Raven tamborilea con los dedos en su muslo y tararea su cancioncilla en un murmullo.

—«Si como un tambor son tus latidos y en los pantalones te meas, es porque la Segadora ha venido a que saldes tus deudas».

Varios minutos más tarde, la cara pálida del Chacal aparece ante nosotros. Lleva una chaqueta de cuello alto blanco y el pelo peinado con raya a un lado. No nos mira con malicia. Si acaso, parece que la situación le divierte mientras continúa con su desayuno.

—La Segadora y Ares —dice arrastrando las palabras y burlándose de su propia cortesía. Se limpia la boca con una servilleta—. La última vez os marchasteis tan rápido que no tuve tiempo de despedirme. Debo decir que tienes un aspecto absolutamente radiante, Lexa. ¿Está Octavia con vosotros?

—Finn —digo con un tono de voz neutro—. Como no me cabe duda de que sabes, se ha producido una explosión en Industrias Sol y tu socio en la sombra, Quicksilver, ha desaparecido. Sé que la jurisdicción es muy complicada y que las pruebas tardarán horas en analizarse, tal vez días. Así que quería llamarte y aclararte la situación. Nosotros, los Hijos de Ares, hemos secuestrado a Quicksilver.

Deja la cuchara para beber un sorbo de su taza de café blanca.

—Entiendo. ¿Con qué fin?

—Lo mantendremos como rehén hasta que liberes a todos los presos políticos ilegalmente retenidos en tus cárceles y a todos los colores inferiores concentrados en campos de internamiento. Además, debes asumir la responsabilidad por el asesinato de tu padre. Públicamente.

—¿Eso es todo? —pregunta el Chacal sin dejar entrever ni un atisbo de emoción, aunque sé que se pregunta cómo hemos descubierto que Quicksilver era su aliado.

—También tienes que besarme el culo lleno de granos —añade Raven.

—Encantadora. —El Chacal mira hacia alguien fuera de la pantalla—. Mis agentes me comentan que se ha decretado una moratoria para todos los vuelos diez minutos después del ataque contra Industrias Sol y que la embarcación que escapó de la escena ha desaparecido en el Hueco. ¿Debo asumir que estáis todavía en Fobos?

Guardo silencio como si me hubiera pillado con la guardia baja.

—Si no cumples las condiciones, la vida de Quicksilver está perdida.

—Lamentablemente, yo no negocio con terroristas. Sobre todo, con unos que podrían estar grabando esta conversación para emitirla para obtener ventaja política. —El Chacal le da otro sorbo al café—. Ya he escuchado tu propuesta, ahora escucha tú la mía. Corre. Ya. Ahora que aún puedes. Pero que sepas que, allá donde vayas, allá donde te escondas, no podrás proteger a tus amigos. Voy a matarlos a todos y a volver a encerrarte en la oscuridad con sus cabezas cortadas como única compañía. No tienes escapatoria, Lexa. Te lo prometo.

Corta la conexión.

—¿Crees que enviará a los Montahuesos antes que a las legiones? —pregunta Raven.

—Eso espero. Hora de ponerse en marcha.

El Hueco es una ciudad de jaulas. Fila tras fila. Columna tras columna de casas de metal oxidado unidas unas a otras en la ausencia de gravedad hasta donde alcanza la vista, aquí, en el corazón de Fobos. Cada jaula es una vida en miniatura. La ropa flota bajo las pinzas. Pequeñas parrillas portátiles chisporrotean con los alimentos de un centenar de regiones distintas de Marte. Imágenes de papel cuelgan de las paredes de hierro de las cajas sujetas por trozos de celofán, y representan lagos lejanos, montañas y familias reunidas. Aquí todo es opaco y gris. El metal de las jaulas. La ropa flácida. Incluso los rostros cansados y exangües de los naranjas y los rojos atrapados aquí, a miles de kilómetros de sus hogares. Las únicas chispas de color brotan de los terminales de datos y los holovisores que resplandecen por la ciudad como fragmentos de sueños esparcidos sobre trozos de metal retorcidos. Los hombres y las mujeres se sientan, penitentes, frente a sus diminutos dispositivos, viendo sus pequeños programas, olvidándose de dónde están en favor de dónde desearían estar. Muchos han puesto papeles o sábanas sobre las paredes para tener cierta apariencia de privacidad frente a sus vecinos. Pero de lo que no puedes escapar es del olor y del ruido. Del incesante estruendo gutural de las puertas de las jaulas que se cierran. De las cerraduras que chasquean. De los hombres que ríen y tosen. De los generadores que zumban. De las holopantallas públicas que ladran y aúllan el lenguaje perruno de la distracción. Todo removido y hervido junto para cocinar una sopa espesa de ruido y luz imprecisa aquí abajo. Rollo vivió hace tiempo en el extremo sur negativo de la ciudad. Ahora es terreno del sindicato. Hace más de dos meses que expulsaron a los Hijos. Vuelo siguiendo las cuerdas de plástico que serpentean entre los cañones de jaulas, dejando atrás a estibadores y trabajadores de las torres que regresan trepando a sus pequeños hogares de metal. Vuelven las cabezas hacia el sonido gutural y vibrante de mis nuevas gravibotas. Es un ruido extraño para ellos, puesto que solo lo han oído en los holovídeos o experiencias de realidad virtual que los verdes del inframundo venden por cincuenta créditos el minuto. La mayoría de ellos nunca habrán visto a un Marcado como Único en carne y hueso. Y mucho menos uno ataviado con la armadura completa. Soy un espectáculo aterrador.

Hace siete horas que mis tenientes y yo nos apiñamos en la sala de mando de los Hijos de Ares y que les conté, a ellos y a Marcus, que está en Tinos, cuál era mi plan. Hace seis horas que me enteré de que Kavax ha escapado de nuestra celda de detención porque alguien lo ha dejado salir. Hace cinco horas que Octavia devolvió a Quicksilver y a Matteo a su torre, donde el plata ha pasado el resto de la noche activando sus propias células y contactos en las Colmenas azules, preparándose para este momento. Hace cuatro horas que Quicksilver reunió a sus equipos de seguridad con los Hijos de Ares y les dio acceso a sus armerías y sus depósitos de armas, y que recibimos la noticia de que dos destructores de Augusto llegaban desde los muelles orbitales. Hace tres horas que Ragnar y Rollo se llevaron a mil Hijos de Ares a los hangares de la basura del nivel 43C para poner sus esquifes a punto. Hace dos horas que uno de los yates privados de Quicksilver está listo para zarpar. Hace una hora que los destructores de la Sociedad desplegaron cuatro transportes de tropa en el muelle del Puerto Espacial Interplanetario de Skyresh, que se secó la nueva capa de pintura rojo sangre de mi armadura y que me la puse para marchar a la guerra.

Todo está a punto.

Ahora tallo una estela de silencio en el corazón del Hueco. Llevo el filo de color blanco hueso en el brazo. Raven vuela a mi lado, luciendo con orgullo el casco de llamas afiladas de Ares. Es lo único que trajo consigo, Quicksilver le ha prestado el resto de su armadura. Es tecnología de último modelo. Incluso mejor que los trajes que llevábamos al servicio de Augusto. Holiday nos sigue de cerca, junto con un centenar de Hijos de Ares. Los Hijos están incómodos con sus gravibotas. Algunos de ellos llevan filos. Otros puños de pulsos. Pero, siguiendo mis órdenes, ninguno de ellos lleva yelmo durante el vuelo. Quería que estos colores inferiores del Hueco fueran testigos de nuestra traición para que se sintieran envalentonados por los rojos, naranjas y obsidianos que lucen la armadura de los señores. Los rostros son un borrón. Hay unos cien mil que miran en todas direcciones desde las casas. Pálidos y confusos, la mayoría de ellos de menos de cuarenta años. Rojos y naranjas atraídos hasta aquí por falsas promesas, igual que Rollo, con familias en Marte, igual que Rollo. En estos cañones de jaulas faltan los pequeños síntomas de una vida normal. No hay niños. No hay mascotas.

Los vecinos me señalan. Leo mi nombre en sus labios. En algún lugar, los centinelas del sindicato estarán llamando a sus superiores, transmitiéndoles la noticia de que la Segadora está viva y en Fobos a la policía o al aparato antiterrorista de la Seguridad. El Chacal vendrá con sus Montahuesos y sus legiones. Y en algún otro sitio, cerca o lejos, Indra se enterará de dónde se encuentra la asesina de su hermana.

Provoco a las bestias. Del mismo modo que he provocado al Chacal.

Cuando desciendo hasta el núcleo central de la ciudad, rezo una plegaria silenciosa pidiéndole a Costia que me dé fuerzas. Allí, como una especie de palpitante ídolo electrónico rodeado por alambre de espino, un dispositivo holográfico de cien metros de largo y cincuenta de ancho emite la programación cómica de la Sociedad. Baña el círculo de jaulas que lo rodea en una enfermiza luz de neón. Los altavoces ríen cuando les toca. Una luz azul juguetea sobre mi armadura. Los pestillos tintinean cuando los descorren y las puertas de las jaulas se abren para que sus inquilinos puedan sentarse en el borde y dejar las piernas colgando en el vacío mientras me miran sin tener que hacerlo a través de los barrotes de la jaula. Los verdes de Quicksilver enfocan las cámaras de sus cascos hacia mí. Los Hijos se colocan en formación a mi alrededor, mi guardia de honor, y miran con ojos ardientes a los colores inferiores. Sus cabelleras rojas flotan en el aire como un centenar de antorchas furiosas.

Holiday y Ares me flanquean, uno a cada lado.

Flotando a doscientos metros de altura.

Rodeados de jaulas. La ciudad está sumida en el silencio, salvo por las carcajadas enlatadas de la comedia. Restallan en los altavoces, nauseabundas y extrañas. Les hago un gesto con la cabeza a los verdes de Quicksilver e interrumpen el ruido. Desde la torre del magnate, los equipos de piratas informáticos que ha reunido se hacen con el control de todas y cada una de las emisiones de esta luna y envían órdenes a centros de datos de la Tierra, la Luna, el cinturón de asteroides, Mercurio y las lunas de Júpiter, de manera que mi mensaje arderá a lo largo y ancho de la negrura del espacio, conquistando la red de datos que une a la humanidad. Quicksilver nos está demostrando su lealtad con esta emisión, utilizando una red que ayudó al Chacal a construir. Esto no es como la muerte de Costia. Un vídeo viral que has tenido que rebuscar en los rincones oscuros de la holored. Esto es un rugido imponente por toda la Sociedad, que aparecerá en diez mil millones de holos ante dieciocho mil millones de personas. Nos dan estas pantallas para que sirvan de cadenas. Hoy, las convertimos en martillos. Karnus au Belona tenía sus fallos. Pero no se equivocaba cuando decía que lo único que tenemos en esta vida es nuestro grito al viento. Él gritaba su propio nombre, y yo aprendí que aquello era un disparate. Pero antes de empezar la guerra que me pasará factura de un modo u otro, lanzaré mi grito. Y será algo mucho más grande que mi propio nombre. Mucho más grande que un rugido de orgullo familiar. Es el sueño que he guiado y con el que he cargado desde que tenía dieciséis años.

Costia aparece debajo de mí en el holograma, sustituyendo a la comedia.

Un gigante espectral de la chica que conocí.

Su rostro es sereno y pálido, y más furioso que en mis sueños. Su pelo, sin brillo y fosco. Su ropa, gris y andrajosa. Pero el fuego de sus ojos destaca en el entorno gris, brillantes como la sangre de su espalda destrozada cuando levanta la vista desde la tribuna de los latigazos. Su boca apenas parece abierta. No es más que una rendija plateada entre sus labios, pero su canción brota de ella como una hemorragia, con una voz débil y frágil como un sueño de primavera.

Hijo mío, hijo mío,

recuerda las cadenas.

Cuando los dorados gobernaban con

riendas de hierro

rugíamos y rugíamos

y nos retorcíamos y gritábamos

por un nosotros, un valle

de mejores sueños.

Retumba por la ciudad de metal con más fuerza de la que tuvo en aquella remota y perdida ciudad de piedra. Su luz titila sobre las caras pálidas que la miran desde sus jaulas. Estos naranjas y rojos que no la conocieron en vida, pero que la escuchan tras su muerte. Guardan silencio, entristecidos, mientras la conducen al patíbulo. Oigo mis gritos vanos. Me veo aplastada bajo manos grises. Siento que vuelvo a estar allí. La tierra apelmazada bajo mis rodillas cuando el mundo se cae a mi alrededor. Augusto habla con Plinio y Leto mientras el cáñamo desgastado se enreda en torno al cuello de Costia. Los rostros de las jaulas irradian odio. Al igual que entonces, no soy capaz de detener la muerte de Costia en estos momentos. Es como siempre ha sido. Mi esposa cae. Me estremezco al oír el susurro de su ropa. El crujido de la cuerda. Y bajo la mirada hacia el holograma para obligarme a ver a la chica que era cuando se tambalea hacia Costia para rodearle las piernas que patalean con unas manos llenas de emblemas rojos. La veo besarle el tobillo y tirar de sus pies con sus escasas fuerzas. El hemanto de Costia cae y yo hablo.

—Yo habría vivido en paz. Pero mis enemigos me trajeron la guerra. Me llamo Lexa de Lico. Ya conocéis mi historia. No es más que un eco de la vuestra. Vinieron a mi casa y mataron a mi esposa no por cantar una canción, sino por atreverse a cuestionar su dominio. Por atreverse a tener voz. Durante siglos, millones de personas que viven bajo el suelo de Marte se han alimentado de mentiras desde la cuna hasta la tumba. Esa mentira les ha sido revelada. Ahora han entrado en el mundo que conocéis, y sufren como lo hacéis vosotros.

»El hombre nació libre, pero desde las orillas del océano hasta las ciudades de los cráteres de Mercurio, desde los páramos de hielo de Plutón hasta lo más hondo de las minas de Marte, está encadenado. Con cadenas hechas de obligación, hambre, miedo. Cadenas clavadas a nuestros cuellos por una raza que nosotros levantamos. Una raza a la que nosotros le otorgamos el poder. No para gobernar, no para reinar, sino para sacarnos de un mundo roto por la guerra y la avaricia. Y, en lugar de eso, nos han guiado hacia la oscuridad. Han utilizado los sistemas del orden y la prosperidad en su propio beneficio. Dan por hecha vuestra obediencia, ignoran vuestro sacrificio y acaparan la riqueza que crean vuestras manos. Para aferrarse a su dominio, prohíben nuestros sueños. Aseguran que el valor de una persona depende únicamente del color de sus ojos, de sus emblemas.

Me quito los guantes y aprieto el puño derecho en el aire como hizo Costia antes de morir. Pero al contrario que las de Costia, mis manos no lucen emblemas. Becca me los quitó cuando me talló en Tinos. Soy la primera alma en cientos de años que se ha librado de ellos. El silencio del Hueco da paso a una sorpresa murmurada.

—Pero ahora me presento ante vosotros como una mujer sin ataduras. Me presento ante vosotros, hermanos y hermanas, para pediros que os suméis a mí. Para que os lancéis contra las máquinas de la industria. Para que os unáis tras los Hijos de Ares. Para que recuperéis vuestras ciudades, vuestra prosperidad. Para que os atreváis a soñar con mundos mejores que este. La esclavitud no es paz. La libertad es paz. Y hasta que la consigamos, es nuestro deber hacer la guerra. Esto no conlleva una licencia para el salvajismo o el genocidio. Si un hombre viola, lo matáis en el acto. Si un hombre asesina civiles, superiores o inferiores, lo matáis en el acto. Esto es la guerra, pero vosotros estáis en el bando de los buenos y eso comporta una pesada carga. No nos rebelamos por odio, ni por venganza, sino por justicia. Por vuestros hijos. Por su futuro.

»Me dirijo ahora a los dorados, a los áureos que gobiernan. He recorrido vuestros pasillos, destrozado vuestras escuelas, comido a vuestras mesas y sufrido vuestros patíbulos. Intentasteis matarme. No lo lograsteis. Conozco vuestro poder. Conozco vuestro orgullo. Y he visto cómo caeréis. Durante setecientos años, habéis gobernado el reino del hombre, y esto es lo único que nos habéis dado. No es suficiente.

»Hoy, anuncio que vuestro imperio llega a su fin. Vuestras ciudades no son vuestras ciudades. Vuestros barcos no son vuestros barcos. Vuestros planetas no son vuestros planetas. Los construimos nosotros. Y nos pertenecen, son el fondo común del hombre. Ahora vamos a recuperarlos. No importa la oscuridad que propaguéis, da igual que convoquéis la presencia de la noche, bramaremos contra ella. Aullaremos y lucharemos hasta nuestro último aliento, y no solo en las minas de Marte, sino en las orillas de Venus, en las dunas de los mares de azufre de Ío, en los valles glaciales de Plutón. Lucharemos en las torres de Ganímedes, en los guetos de la Luna y en los océanos tormentosos de Europa. Y si caemos, otros ocuparán nuestro lugar, porque somos una marea. Y estamos creciendo.

Entonces Raven se golpea el pecho con el puño. Una vez, dos, rítmicamente. Los cien Hijos de Ares lo imitan. Los Aulladores también.

Tras las mallas de metal de las jaulas, los hombres y las mujeres hacen chocar sus puños contra las paredes hasta que suena como un latido que se alza desde las entrañas de esta luna vampírica; asciende por las Colmenas de los azules, que están sentados tomando café y estudiando matemáticas gravitacionales bajo las cálidas luces de sus comunas intelectuales; por los barracones de los grises en todos los distritos; entre los platas tras sus mesas de operaciones; entre los dorados en sus mundos de mansiones y yates. Atraviesa la tinta negra que separa nuestras pequeñas burbujas de vida antes de lanzarse en picado hacia los pasillos de los solitarios dominios del Chacal en Ática, donde este ocupa su trono invernal rodeado por un mar de cabezas agachadas. Allí, nuestros golpes resuenan en sus oídos. Allí escucha el corazón de mi esposa, que sigue latiendo. Y no puede detenerlo cuando continúa hundiéndose cada vez más en las minas de Marte, retransmitiéndose por las pantallas mientras los rojos golpean sus mesas, los magistrados cobres los contemplan con un miedo creciente y los mineros los miran con odio a través del durocristal que los mantiene prisioneros. Su corazón late como un motín a través de los atestados paseos marítimos de los archipiélagos de Venus mientras los barcos de vela flotan orgullosamente en el puerto, y las bolsas de las tiendas de moda cuelgan de manos asustadas, y los dorados miran a sus conductores, sus jardineros, los hombres que hacen funcionar sus ciudades. Palpita sobre las casas de techo de hojalata de los latifundios de trigo y soja que cubren las Grandes Llanuras de la Tierra, donde los rojos utilizan máquinas para trabajar hasta la extenuación bajo el inmenso sol y alimentar así las bocas de personas a las que nunca conocerán en lugares a los que nunca irán. Late incluso a lo largo de la columna vertebral del imperio, retumba a través de los chapiteles de la ciudad de Luna, pasa junto al elevado refugio de cristal de la soberana para seguir adelante y sacudir los serpenteantes cables eléctricos y cuerdas de tender la ropa hasta la Ciudad Perdida, donde una chica rosa desayuna tras una larga noche de trabajo desagradecido. Donde un cocinero marrón se aparta de sus fogones para escuchar mientras la grasa le salpica el delantal y un gris mira desde la ventana de su esquife de patrulla a una chica violeta que hace pedazos la puerta principal de una oficina de correos y su terminal de datos le reclama que vuelva a la comisaría para iniciar los protocolos antidisturbios de emergencia. Y late en mi interior esta terrible esperanza cuando tomo conciencia de que el fin ha comenzado y al fin estoy despierta.

—Rompe las cadenas —rujo.

Y mi pueblo me devuelve el bramido.

—Ragnar —digo por el intercomunicador—. Abajo.

Los verdes cambian a una emisión distinta mientras los puños golpean y las jaulas se agitan. Y vemos una imagen lejana del chapitel del ejército de la Sociedad en Fobos. Un edificio gigantesco con muelles y atrios para armas. Eficiente y feo como un cangrejo. Desde él, el Chacal mantiene su presa sobre la luna. Allí, los grises y los obsidianos estarán poniéndose las armaduras bajo luces pálidas, corriendo por los pasillos de metal en formación, cargando los cinturones de municiones y besando fotografías de sus seres queridos para poder bajar al Hueco y hacer que este corazón deje de latir. Pero jamás llegarán hasta aquí.

Porque mientras los puños golpean cada vez con más fuerza en las jaulas, las luces de ese edificio militar se apagan. Rollo y sus hombres han cortado la electricidad gracias a las tarjetas de acceso que Quicksilver les ha proporcionado. Podríamos haber bombardeado el chapitel, pero yo quería una victoria de la osadía, del logro, no destrucción. Necesitamos héroes. No otra ciudad de cenizas.

Y así, un pequeño escuadrón de una docena de esquifes de mantenimiento aparece ante nuestros ojos. Naves gordas y feas diseñadas para trasladar a los rojos y naranjas como Rollo a sus puestos de trabajo en la construcción de las torres. Peces raya hoscos y cubiertos de percebes. Pero en realidad no son percebes lo que llevan pegado. Otra cámara muestra un ángulo más cercano y vemos que cada uno de los esquifes está envuelto en cientos de hombres. Rojos y naranjas con burdos trajes espaciales, casi la mitad de los Hijos de Ares de Fobos. Con las botas sobre la cubierta, arneses sujetos a hebillas exteriores en las naves. Cargan a la espalda sus equipos de soldadura y llevan las armas de Quicksilver adheridas a las piernas con cinta magnética. Entre ellos, más de medio metro más alto que los demás, está su general, Ragnar Volarus, con una armadura recién pintada de blanco hueso y una falce roja en el pecho y otra en la espalda. Cuando los esquifes se acercan al chapitel militar de la Sociedad, se dividen a lo largo de la altura del edificio. Los Hijos disparan arpones magnéticos para anclar los esquifes al acero. Y luego se deslizan con una calma ensayada por las cuerdas, volando a velocidades inverosímiles mientras los pequeños motores de sus hebillas los impulsan uno a uno hacia el edificio. Es como ver a los rojos en las minas. Su elegancia y destreza a pesar de los aparatosos trajes espaciales deslumbra. Más de mil soldadores se cuelan en el enorme edificio como hicimos nosotros en la torre de Quicksilver, pero ellos no pretenden ser sigilosos y se les da mejor que a nosotros moverse en ausencia de gravedad. Las botas magnéticas se aferran a las vigas de metal y los hombres se distribuyen por el edificio, fundiéndose a través de los ventanales y entrando con gran prejuicio. Docenas de ellos quedan hechos pedazos cuando los grises del interior disparan sus cañones de riel a través de los cristales, pero los Hijos también abren fuego y entran en tropel. Una patrulla de alas rápidas planea alrededor del exterior del edificio y derriba dos de los esquifes con cañones de cadena. Sus ocupantes se transforman en una neblina.

Un hijo lanza un misil contra el alas rápidas.

El fuego estalla y se desvanece y el barco se parte en dos entre llamas púrpuras.

La cámara sigue a Ragnar mientras irrumpe por una ventana, entra en un pasillo y se abalanza a toda velocidad contra un trío de caballeros dorados. Reconozco en uno de ellos al primo de Príamo, el hombre al que Raven mató en el Paso y cuya madre es dueña de las escrituras de Fobos. Ragnar supera al joven caballero sin siquiera detenerse. Hace oscilar sus filos como si fueran tijeras y entona el grito de guerra de su gente, seguido por un grupo de soldadores y trabajadores armados hasta los dientes. Le dije que quería el chapitel. No le dije cómo tomarlo. Se marchó acompañado de Rollo con un brazo por encima de los hombros del rojo.

Ahora los mundos ven a un esclavo convertirse en héroe.

—Esta luna os pertenece —brama Raven a la agitada ciudad de jaulas—. ¡Alzaos y tomadla! Alzaos, hombres de Marte. Mujeres de Marte, ¡alzaos! ¡Malditos cabrones! ¡Alzaos!

Los hombres y mujeres comienzan a salir de sus casas. Se ponen las botas y los abrigos. Se lanzan hacia nosotros obstruyendo por miles las avenidas de aire, trepando por la parte exterior de las jaulas. La marea ha crecido. Y siento un terror profundo al preguntarme qué arrastrará a su paso con exactitud.

—La violación y asesinato de inocentes es castigable con la muerte. Esto es la guerra, pero vosotros estáis en el bando de los buenos. ¡Recordadlo, pequeños caraculos! ¡Proteged a vuestros hermanos! ¡Proteged a vuestras hermanas! Todos los residentes de las secciones 1a a 4c debéis tomar la armería del nivel 14. Los residentes de las secciones 5c a 3f debéis tomar el centro de depuración de agua de…

Raven se hace con el control de la batalla y los Aulladores y los Hijos se dispersan para organizar a la multitud. No es un ejército, sino un ariete. Muchos de ellos morirán. Y cuando mueran, otros se alzarán en su lugar. Esto no es más que una de las ciudades de jaulas de Fobos. Los Hijos les suministrarán armas, pero ni por asomo habrá suficientes para todos. Su espada es el empuje de la carne. Raven los liderará, los agotará. Octavia los guiará desde las torres de Quicksilver, y la luna se rendirá a la rebelión.

Pero yo no estaré aquí para verlo.