24
HIC SUNT LEONES
Fobos es un clamor. Las detonaciones sacuden la luna mientras Holiday y yo corremos por los pasillos. Los dorados y los plateados evacúan las Agujas en sus destellantes yates de lujo al tiempo que, kilómetros más abajo, las jaulas se llenan de pandillas de colores inferiores armadas con sopletes, cortadores de fusión, tuberías, achicharradores procedentes del mercado negro y lanzadores de proyectiles anticuados. La muchedumbre está colapsando los sistemas de transporte y los pasadizos para conseguir acceder al Sector Medio y a las Agujas, así que la guarnición militar de la Sociedad, aún tambaleándose por el ataque contra su cuartel general, se apresura para detener la migración ascendente. Las legiones cuentan con la ventaja del entrenamiento y la organización. Nosotros contamos con la superioridad numérica y el elemento sorpresa.
Por no hablar de la rabia.
Da igual cuántos puestos de control bloqueen los grises, cuántos tranvías destruyan, porque los colores inferiores se filtrarán a través de las grietas: ellos construyeron este lugar y tienen aliados entre los colores medios gracias a Quicksilver. Abren túneles de transporte abandonados, secuestran naves de carga en el sector industrial, los llenan de hombres y mujeres y los encaminan hacia los lujosos hangares de las Agujas, o incluso hacia el Puerto Espacial Interplanetario Skyresh, donde los evacuados están embarcando en trasatlánticos y barcos de pasajeros. Estoy remotamente conectada a la red de seguridad de Quicksilver, viendo a los colores superiores gritándose unos a otros como una manada en estampida. Cargados con maletas, objetos de valor y niños. Alas rápidas y cazas de la armada de Marte vuelan a toda velocidad entre las torres, disparando contra los barcos rebeldes que suben desde el Hueco hacia las Agujas. Los restos de un color inferior destrozado atraviesan el techo abovedado de cristal y acero de una terminal del Skyresh acabando con la vida de varios civiles y con cualquier ilusión que pudiera haber albergado de que esta guerra fuese limpia. Escondidos de una multitud de colores inferiores, Holiday y yo llegamos a un hangar en ruinas de los viejos garajes de carga, que no se han vuelto a usar desde antes de los tiempos de Augusto. Está en silencio. Abandonado. La vieja entrada para peatones está soldada. Los símbolos de radiactividad mantienen alejados a los potenciales carroñeros. Pero las puertas se abren para nosotros con un gemido grave cuando un moderno escáner de retina empotrado en el metal me reconoce los iris, tal como Quicksilver dijo que haría. El hangar es un rectángulo inmenso cubierto de polvo y telarañas. En el centro de la plataforma hay un yate de lujo de setenta metros de eslora. Es plateado y tiene la forma de un gorrión que vuela. Es un modelo construido a medida en los astilleros de Venus, ostentoso, rápido y perfecto para un refugiado de guerra obscenamente rico. Quicksilver lo ha escogido entre su flota para ayudarnos a camuflarnos entre la clase superior emigrante. La plataforma de carga posterior está abierta y el interior del pájaro está lleno de cajas negras con el sello del talón alado de Industrias Sol. Dentro de cada una de ellas, hay varios miles de millones de créditos en armas de alta tecnología y equipamiento.
Holiday silba.
—Tiene que tener los bolsillos bien llenos. Solo el combustible costaría mi sueldo anual. El doble.
Cruzamos el hangar para reunirnos con el piloto de Quicksilver. La joven y esbelta azul nos espera al pie de la rampa. No tiene cejas y lleva la cabeza rapada. Unas líneas azules y zigzagueantes palpitan bajo su piel allá donde las conexiones sinápticas subcutáneas la vinculan remotamente al barco. Abre los ojos de par en par, repentinamente alerta. Está claro que no tenía ni idea de a quién iba a trasladar hasta ahora.
—Señora, soy la teniente Virga. Hoy seré su piloto. Y debo decirle que es un honor recibirla a bordo.
El yate tiene tres pisos, el superior y el inferior para uso de los dorados. El del medio para los cocineros, sirvientes y tripulación. Hay cuatro camarotes de lujo, una sauna y asientos de cuero color crema con refinados bombones y servilletas colocadas con delicadeza sobre los reposabrazos en la cabina de pasajeros del extremo más alejado del puente de mando. Me guardo uno en el bolsillo. Luego otro par. Mientras Holiday y Virga preparan el barco, me quito la armadura de pulsos en la cabina de pasajeros y desembalo un equipo de invierno de una de las cajas. Me pongo un uniforme de nanofibra ajustado que se parece mucho a una piel de escarabajo. Pero no es negro, sino blanco moteado y parece oleaginoso excepto por los parches con textura que lleva en los codos, los guantes, las nalgas y las rodillas. Está diseñado para las temperaturas polares y la inmersión acuática. También pesa unos cincuenta kilos menos que nuestras armaduras de pulsos, es inmune a los fallos de los componentes digitales y cuenta con la ventaja añadida de no necesitar baterías. Por mucho que me guste usar tecnología por valor de cuatrocientos millones de créditos para convertirme en un tanque humano volador, a veces unos pantalones calentitos son más útiles. Y siempre podremos recurrir a la armadura de pulsos si la necesitamos en un apuro. Cuando termino de atarme las botas, me sorprende el silencio de la plataforma de carga y el hangar. Según el cronómetro de mi terminal de datos todavía quedan quince minutos, así que me siento en el borde de la rampa, con las piernas colgando, a esperar a Ragnar. Me saco los bombones del bolsillo y los desenvuelvo poco a poco. Doy un pequeño mordisco y sitúo el chocolate sobre la lengua mientras espero a que se derrita, como hago siempre. Y, como siempre, pierdo la paciencia y lo mastico antes de que se haya deshecho siquiera la mitad. A Costia un caramelo podía durarle días, cuando teníamos la suerte de conseguirlos. Deposito mi terminal de datos en el suelo y veo lo que transmiten las cámaras de los yelmos de mis amigos mientras libran mi guerra por Fobos. Sus conversaciones tremolan a través de los altavoces del terminal de datos y retumban en la ingente nave de metal. Raven está en su elemento, corriendo por la unidad de ventilación central con cientos de Hijos que se internan en los conductos de aire. Me siento culpable por estar aquí sentada mirándolos, pero cada uno debemos interpretar un papel. La puerta por la que hemos entrado se abre con un gemido y Ragnar y dos de los Aulladores obsidianos entran en la nave. Recién salida del campo de batalla, la armadura blanca de Ragnar está abollada y manchada.
—¿Te has divertido jugando con los bufones, buen hombre? —le pregunto con mi más cuidada alta jerga.
A modo de respuesta, me lanza un curul: un cetro de poder dorado y retorcido que se les da a los oficiales militares de alto rango. Este está coronado por una banshee que grita y una salpicadura carmesí.
—La torre ha caído —anuncia Ragnar—. Rollo y los Hijos acabarán mi trabajo. Estas son las manchas de la subgobernadora Priscila au Caan.
—Bien hecho, amigo mío —respondo al coger el cetro entre mis manos.
En él están talladas las hazañas de la familia Caan, que era dueña de las dos lunas de Marte y que una vez siguió a los Belona a la guerra. Entre grandes guerreros y hombres de Estado, reconozco a un joven de pie junto a un caballo.
—¿Qué pasa? —pregunta Ragnar.
—Nada —contesto—. Solo que conocía a su hijo. Príamo. Parecía un tipo bastante decente.
—Decente no es suficiente —dice Ragnar con tristeza—. No en su mundo.
Con un gruñido, doblo el curul contra mi rodilla y se lo devuelvo lanzándoselo por el aire para mostrar mi acuerdo con sus palabras.
—Dáselo a tu hermana. Hora de marcharse.
Tras volver la cabeza para mirar hacia el hangar con el entrecejo fruncido, Ragnar comprueba su terminal de datos y pasa a mi lado para entrar en la bodega de carga. Intento limpiarme la sangre del curul de la pernera del traje blanco. Pero solo consigo que se extienda sobre el tejido oleaginoso y crear una raya roja sobre el muslo. Cierro la rampa a mi espalda. Dentro, ayudo a Ragnar a quitarse la armadura de pulsos y lo dejo poniéndose el equipo de invierno. Me uno a Holiday y Virga, que inician el lanzamiento anterior al vuelo.
—Recordadlo, somos refugiados. Acercaos al convoy más grande que se aleje de aquí y pegaos a él como una lapa.
Virga asiente. Es un hangar viejo, así que no dispone de campo de pulsos. Lo único que nos separa del espacio son unas puertas de acero de cinco pisos de altura. Se estremecen cuando los motores comienzan a replegarlas hacia el techo y el suelo.
—¡Parad! —exclamo.
Virga ve lo que me ha llamado la atención un segundo después que yo y su mano vuela hacia los controles para detener las puertas antes de que se separen y abran el hangar al vacío.
—Que me parta un rayo —dice Holiday escudriñando desde el puente de mando la pequeña figura que intercepta el camino de nuestra nave hacia el espacio—. Es el león.
Mustang está delante del barco, iluminada por nuestros faros delanteros. La luz cegadora le tiñe el pelo de blanco. Parpadea cuando Holiday apaga los focos desde el puente de mando y camino hacia ella a través del hangar sombrío. Su mirada de ojos bailarines me disecciona mientras me acerco. Salta de mis manos desnudas de emblemas a la cicatriz que me he dejado en la cara. ¿Qué ve? ¿Ve mi determinación? ¿Mi miedo?
Yo veo muchas cosas en ella. La chica de la que me enamoré en la nieve ha desaparecido, reemplazada por una mujer a lo largo de los últimos quince meses. Una líder delgada, intensa, con una fuerza colosal e imperecedera y un intelecto alarmante. De ojos cinéticos rodeados por sombras de agotamiento y atrapados en un rostro empalidecido por días eternos en tierras privadas de sol y salas de metal. Todo lo que es anida tras sus ojos. Tiene la mente de su padre. La cara de su madre. Y un tipo de inteligencia distante, de presentimientos, que puede darte alas o aplastarte contra el suelo. Y a la altura de su cadera descansa una espectrocapa con una unidad de refrigeración. Nos ha estado observando desde que llegamos.
¿Cómo ha entrado en el hangar?
—Ave, Segadora —dice con un tono de voz bromista cuando me detengo.
—Ave, Mustang. —Registro el resto del hangar con la mirada—. ¿Cómo me has encontrado?
Frunce el ceño confundida.
—Pensé que querías que viniera. Ragnar le dijo a Kavax dónde podría encontrarte… —Se interrumpe—. Vaya, no lo sabías.
—No.
Vuelvo la mirada hacia las ventanas de espejo del puente de mando, tras las cuales Ragnar debe de estar observándome. Se ha pasado de la raya. Mientras yo organizaba la guerra, él ha actuado a mis espaldas y ha puesto mi misión en peligro. Ahora sé exactamente cómo se sintió Raven.
—¿Dónde has estado? —me pregunta Mustang.
—Con tu hermano.
—Entonces el ardid de la ejecución pretendía que dejáramos de buscar.
Hay muchas cosas que decir, muchas preguntas y acusaciones que podríamos lanzarnos la una a la otra. Pero yo no quería verla porque no sé dónde empezar. Qué decir. Qué pedir.
—No tengo tiempo para charlas triviales, Mustang. Sé que viniste a Fobos para rendirte a la soberana. Así que, ¿por qué estás aquí hablando conmigo?
—No me menosprecies —replica con brusquedad—. No iba a rendirme. Iba a firmar la paz. No eres la única que tiene gente a la que proteger. Mi padre gobernó Marte durante décadas. La gente de este planeta forma parte de mí igual que de ti.
—Dejaste Marte a merced de tu hermano —digo.
—Dejé Marte para salvarlo —me corrige—. Sabes muy bien que todo es una solución de compromiso. Y también sabes que no estás enfadada conmigo por haber abandonado tan solo Marte.
—Necesito que te apartes, Mustang. Esto no tiene nada que ver con lo nuestro. Y no tengo tiempo para peleas. Me marcho. Así que o te apartas o abrimos la puerta y te atravesamos con la nave.
—¿Atravesarme con la nave? —ríe—. Sabes que no tenía que venir sola. Podría haber venido con mis guardaespaldas. Podría haberme escondido y tenderte una emboscada. O haberle facilitado tu posición a la soberana para salvar el acuerdo de paz que te has cargado. Pero no lo he hecho. ¿Puedes dedicar un solo segundo a pensar en el porqué? —Da un paso al frente—. En aquel túnel me dijiste que quieres un mundo mejor. ¿Acaso no ves que te escuché? ¿Que me uní a los señores de las Lunas porque creo en algo mejor?
—Pero aun así te rendiste.
—Porque era incapaz de permitir que el reinado del terror de mi hermano siguiera adelante. Quiero la paz.
—Este no es el momento de la paz —digo.
—Demonios, qué corta eres. Eso ya lo sé. ¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por qué crees que he estado trabajando con Orión y he mantenido a tus soldados en sus puestos?
La estudio con detenimiento.
—La verdad es que no lo sé.
—Estoy aquí porque quiero creer en ti, Lexa. Quiero creer en lo que me dijiste en aquel túnel. Hui de ti porque no quería aceptar que la única respuesta era la espada. Pero el mundo en el que vivimos ha conspirado para arrebatarme todo lo que quiero. A mi madre, a mi padre, a mis hermanos. No permitiré que también se lleve a los amigos que me quedan. No permitiré que te lleve a ti.
—¿Qué estás diciendo? —pregunto.
—Estoy diciendo que no pienso perderte de vista. Me voy contigo.
Ahora me toca a mí reírme.
—Ni siquiera sabes adónde voy.
—Llevas una piel de foca. Ragnar va a bordo. Has declarado una rebelión abierta. Y ahora te marchas en medio de la mayor batalla que el Amanecer haya visto. De verdad, Lexa. No hace falta ser un genio para deducir que vas a usar este barco para hacerte pasar por un refugiado dorado, escapar y marcharte a las Torres Valquirias para suplicarle a la madre de Ragnar que te proporcione un ejército.
Maldita sea. Intento no dejar traslucir mi sorpresa.
Esta es la razón por la que no quería implicar a Mustang. Invitarla a formar parte del juego es añadir otra dimensión que yo no puedo controlar. Podría destruir mi estrategia con una sola llamada a su hermano, a la soberana, diciéndoles adónde voy. Todo depende de las distracciones. De que mis enemigos piensen que estoy en Fobos. Mustang sabe lo que estoy pensando. No puedo permitir que abandone este hangar.
—Los Telemanus también lo saben —dice leyéndome el pensamiento—. Pero estoy cansada de tener pólizas de seguro contra ti. Harta de juegos. Tú y yo nos hemos apartado la una de la otra por falta de confianza. ¿No estás cansada de eso? ¿De tener secretos entre nosotras? ¿De la culpa?
—Sabes que sí. Yo te revelé todos mis secretos en los túneles de Lico.
—Pues deja que esta sea nuestra segunda oportunidad. Para ti. Para mí. Para el pueblo de ambas. Yo quiero lo mismo que tú. Y cuando tú y yo trabajamos juntas, ¿cuándo hemos perdido? Juntas podemos construir algo, Lexa.
—Me estás proponiendo una alianza… —digo en voz baja.
—Sí. —Tiene los ojos en llamas—. El poderío de la Casa de Augusto, de la de Telemanus y de la de Arcos unido con el Amanecer. Con la Segadora. Con Orión y todas sus embarcaciones. La Sociedad temblaría.
—Morirán millones de personas en esa guerra —le recuerdo—. Ya lo sabes. Los Marcados como Únicos lucharán mientras queden dorados. ¿Serás capaz de soportarlo? ¿Podrás ver cómo sucede?
—Para construir debemos abatir —dice—. Te escuché.
Aun así, niego con la cabeza. Hay demasiadas cosas que superar, entre nosotras, entre nuestra gente. Sería una victoria restringida, basada en sus condiciones.
—¿Cómo podría pedirles a mis hombres que confiaran en un ejército de dorados? ¿Cómo podría confiar en ti?
—No puedes. Por eso me voy contigo. Para demostrarte que creo en el sueño de tu esposa. Pero tú también debes demostrarme algo a mí. Que tú, a tu vez, eres digna de mi confianza. Sé que eres capaz de abatir. Necesito ver que puedes construir. Que la sangre que derramaremos es por algo. Demuéstramelo, y contarás con mi espada. Fracasa, y tú y yo iremos cada una por nuestro lado. —Ladea ligeramente la cabeza—. ¿Qué me dices, sondeainfiernos? ¿Quieres intentarlo una vez más?
