25

ÉXODO

Ayudo a Mustang a desembarazarse de su armadura de pulsos en la bodega de carga.

—Los equipos para el frío están ahí. —Señalo una enorme caja de plástico—. Las botas, allí.

—¿Te ha dado Quicksilver las llaves de su armería? —pregunta ella al reparar en el talón alado de las cajas—. ¿Cuántos dedos le ha costado?

—Ninguno —contesto—. Es de los Hijos de Ares.

—¿Cómo dices?

Sonrío. Es un alivio saber que el mundo no es un libro abierto para ella. Los motores rugen y la nave se alza bajo nuestros pies.

—Vístete y únete a nosotros en la cabina.

La dejo para que se cambie en privado. Me he mostrado más arisca de lo que pretendía. Pero me resultaba raro sonreír en su presencia. Encuentro a Ragnar recostado en su asiento de la cabina de pasajeros comiendo bombones, con las botas blancas sobre el reposabrazos adyacente.

—No te lo tomes a mal, pero ¿qué demonios estás haciendo? —me pregunta Holiday, que está de pie y con los brazos cruzados entre el puente de mando y la cabina de pasajeros—. Señora.

—Correr un riesgo —respondo—. Sé que puede parecerte extraño, Holiday. Pero la conozco desde hace tiempo.

—Es la mismísima definición de la élite. Peor que Octavia. Su padre…

—Mató a mi esposa —la interrumpo—. Así que, si yo soy capaz de soportarlo, tú también.

Holiday suelta un silbido y regresa al puente de mando, descontenta con nuestra nueva aliada.

Así que Mustang se ha sumado a nuestra expedición —comenta Ragnar.

—Se está vistiendo —le digo—. No tenías ningún derecho a dejar escapar a Kavax. Y mucho menos a decirle dónde estarías. ¿Y si nos hubiera delatado, Ragnar? ¿Y si nos hubieran tendido una emboscada? No habrías vuelto a ver tu casa. Si descubren que estamos allí, jamás se lo perdonarán a tu pueblo. Los matarán a todos. ¿Se te ha ocurrido pensar en eso?

Se come otro bombón.

Un hombre piensa que puede volar, pero le da miedo saltar. Un mal amigo lo empuja por la espalda. —Levanta la mirada hacia mí—. Un buen amigo salta con él.

—Has estado leyendo Perfil Pétreo, ¿no?

Ragnar asiente.

Me lo regaló Teodora. Charles au Arcos era un gran hombre.

—Le alegraría saber que piensas así, pero no te lo creas todo al pie de la letra. El biógrafo se tomó unas cuantas libertades. Especialmente en lo referente a la primera etapa de su vida.

Charles te habría dicho que la necesitamos. Ahora, en la guerra. Y después, en la paz. Si no la ganamos para nuestra causa, no venceremos hasta que muera el último dorado. Y yo no lucho para eso.

Ragnar se pone de pie para saludar a Mustang cuando esta se suma a nosotros. La última vez que se vieron cara a cara ella le apuntaba a la cabeza con un arma.

—Ragnar, no has perdido el tiempo desde la última vez que te vi. Todo dorado con vida conoce y teme tu nombre. Gracias por liberar a Kavax.

La familia es un tesoro —dice él—. Pero te lo advierto. Vamos a mis tierras. Estás bajo mi protección. Si utilizas alguno de tus trucos, alguno de tus juegos, perderás esa protección. Y ni siquiera tú sobrevivirías durante mucho tiempo en el hielo sin mí, hija del león. ¿Lo entiendes?

Mustang agacha la cabeza en señal de respeto.

—Lo entiendo. Y te recompensaré por tu fe en mí, Ragnar. Te lo prometo.

—Basta de cháchara. Hora de abrocharse los cinturones —nos espeta Holiday desde el puente de mando.

Virga se ha sincronizado con la nave y la está sacando del hangar. Ocupamos nuestros asientos. Podemos elegir entre unos veinte, pero Mustang escoge sentarse a mi lado en el pasillo de la izquierda. Me roza la cadera con la mano accidentalmente cuando busca el cinturón de su butaca. Nuestro yate sale del hangar y avanza silenciosamente hacia el vacío del oscuro mundo industrial subcutáneo del Fobos. Las tuberías, los muelles de carga y las áreas de residuos se extienden hasta donde alcanza nuestra vista. Cerradas a las estrellas y a la luz del sol. Pocos navíos tan hermosos como el nuestro se han adentrado tanto bajo la superficie de Fobos. Las palabras «Sector inferior» están pintadas con letras blancas sobre una estación de transporte industrial donde los hombres embarcan en las naves como una marabunta, donde las naves se alejan despacio de este mundo en dirección a las puertas del sector que los Hijos han reventado. Nuestro elegante yate adelanta a los lentos camiones de la basura y a los cargueros. Dentro, los hombres y mujeres se amontonan mansamente en sucios cubos de acero sin ventanas. El sudor les empapa las espaldas. Les tiemblan las manos al sujetar unos instrumentos extraños: armas. Rezan para poder ser tan valientes como siempre han imaginado que son. Entonces aterrizarán en algún hangar dorado.

Los Hijos gritarán órdenes. Y las puertas se abrirán.

Rezo por ellos en silencio, apretando los puños mientras miro por la ventana. Siento que Mustang me observa. Calibra las mareas de lo más profundo de mi ser.

Pronto dejamos atrás las jaulas industriales y los recovecos oscuros dan paso a los anuncios de neón que bañan los bulevares espaciales del Sector Medio. Cañones artificiales de acero a ambos lados. Tranvías. Ascensores. Apartamentos. Todas las pantallas conectadas a la red han sido secuestradas por los piratas informáticos de Quicksilver y muestran imágenes de Raven y los Hijos derribando puertas de seguridad y conquistando puestos de control, pintando guadañas en las paredes. Y a nuestro alrededor, la ciudad de los treinta millones de embarcaciones. Transportes comerciales del espacio profundo que adelantan a toda velocidad a pequeños taxis civiles y contenedores diseñados para circular entre estos edificios. A lo largo y ancho de toda la ciudad, los cargueros se elevan desde el Hueco a través del Sector Medio hacia las Agujas. Una flota de alas rápidas caza en las calles por encima de nuestras cabezas. Contengo la respiración. Con apretar un gatillo podrían destrozarnos. Pero no lo hacen. Registran la identificación de color superior de nuestra nave, nos saludan por el intercomunicador y se ofrecen a escoltarnos fuera de la zona de guerra hacia toda una riada de yates y esquifes que resplandecen mientras se alejan tranquilamente de la luna.

—Un discurso muy conmovedor —ronronea Octavia a través del intercomunicador del barco cuando contesto la llamada de la torre de Quicksilver; su voz apática no concuerda con el mundo en guerra que nos rodea—. Payaso y Muecas acaban de tomar las principales terminales de Skyresh. Los hombres de Rollo se han hecho con las cisternas de agua del Sector Medio. Las cadenas de Quicksilver están retransmitiéndolo todo desde aquí hasta la Luna.

Aparecen guadañas por todas partes. Hay disturbios en Agea, Corinto, en cada rincón de Marte. Y nos llegan noticias similares desde la Tierra y la Luna. Los edificios municipales están cayendo. Las comisarías de policía en llamas.

Has despertado a la turba.

—Contraatacarán enseguida.

—Tal como dijiste, querida. Masacramos a los primeros atacantes enviados por el Chacal. Pillamos a unos cuantos Montahuesos, como esperábamos. Sin embargo, ni Lilath ni Cardo estaban entre ellos.

—Maldita sea. Merecía la pena intentarlo.

—La Armada de Marte viene de camino desde Deimos. Las legiones también vienen hacia aquí, y nosotros estamos ultimando los preparativos.

—Bien. Bien. Octavia, necesito que le digas a Raven que hemos añadido un miembro a nuestra expedición. Mustang se ha sumado a nosotros.

Silencio por su parte.

—¿Estoy en una línea privada?

Holiday me lanza unos auriculares desde el puente de mando. Me los coloco.

—Ahora sí. No estás de acuerdo.

La virulencia de su tono es evidente.

—He aquí lo que pienso. No puedes confiar en ella. Mira a su hermano. A su padre. Lleva la codicia en la sangre. Pues claro que quiere aliarse con nosotros. Concuerda con sus objetivos. —Observo a Mustang mientras Octavia habla—. Nos necesita porque está perdiendo su guerra. Pero ¿qué pasará cuando le demos lo que necesita? ¿Qué pasará cuando seamos un obstáculo en su camino? ¿Serás capaz de acabar con ella? ¿Serás capaz de apretar el gatillo?

—Sí.

Las palabras de Octavia aún resuenan en mi cabeza cuando dejamos atrás las gigantes torres de cristal de Fobos, con nuestro puente de mando sobrevolando a unos doce metros de distancia los ventanales del edificio. Dentro se desarrollan pequeños mundos de locura. El Amanecer ha llegado a las Agujas de este distrito de la ciudad. Colores inferiores que avanzan inexorablemente por los pasillos. Grises y plateados que montan barricadas ante las puertas. Rosas que, con un cuchillo en la mano, se ciernen sobre un dorado ensangrentado y su esposa. Tres niños plateados que contemplan a Ares en un holo que ocupa toda la pared mientras sus padres hablan en la biblioteca. Y, por último, una mujer dorada con un vestido de cóctel azul cielo, un collar de perlas en el cuello y la melena suelta y dorada hasta la cintura. Mira por la ventana mientras los Hijos de Ares se diseminan por el edificio, varios niveles por debajo de su ático. Abrumada por su propio drama, se lleva un achicharrador a la cabeza dorada. El cuerpo rígido con una majestuosidad imaginada. Tensa el dedo en torno al gatillo. Y ya no la vemos. Dejamos atrás su vida y el caso para unirnos al flujo de yates y embarcaciones de recreo que huyen de la batalla en pos de la seguridad del planeta. La mayor parte de los refugiados son originarios de Marte. Sus naves, al contrario que la nuestra, no están equipadas para el espacio profundo. Ahora se diseminan por la atmósfera del planeta como semillas ardientes, la mayoría lanzándose de lleno hacia el puerto espacial de Corinto, situado a nuestros pies en medio del Mar Térmico. Otros sobrevuelan la atmósfera sin respetar los carriles de tráfico designados para superar a toda prisa el bloqueo que el Chacal ha establecido apresuradamente y la superficie del satélite en dirección a sus hogares del hemisferio opuesto. Los alas rápidas y naves avispas de las fragatas militares centellean tras ellos para tratar de devolverlos a las avenidas designadas. Pero los privilegios y el caos son una mala mezcla. La locura se apodera de los dorados que escapan.

—El Dido —dice Mustang en voz baja sin dirigirse a nadie en concreto. Tiene la mirada clavada en una nave de cristal con forma de barco de vela que navega a estribor—. La embarcación de Drusila au Ran. Me enseñó a pintar con acuarelas cuando era pequeña.

Pero mi atención está centrada en una zona mucho más alejada, donde unos barcos feos y oscuros, sin los cascos relucientes ni las líneas elegantes de las embarcaciones de recreo, se apresuran hacia Fobos. Es más de la mitad de la flota de defensa de Marte. Fragatas, naves antorcha, destructores. Incluso dos acorazados. Me pregunto si el Chacal irá en uno de esos puentes de mando. Seguramente no. Lo más probable es que sea Lilath quien encabece el destacamento, o algún otro pretor nombrado durante su régimen. Sus naves estarán atestadas de soldados con experiencia. Hombres y mujeres tan duros como nosotros. Muchos cayeron durante mi Lluvia de Hierro. Y destrozarán a la muchedumbre que he reunido en Fobos como si fuera de papel. Estarán furiosos y confiados: cuantos más, mejor.

—Es una trampa, ¿verdad? —pregunta Mustang en voz baja—. Nunca has tenido intención de conquistar Fobos.

—¿Sabes cómo mataban a los lobos las tribus esquimales de la Tierra? —pregunto a mi vez. Contesta que no—. Como eran más lentos y débiles que esos animales, afilaban al máximo las hojas de sus cuchillos, los empapaban de sangre y los clavaban en vertical en el hielo. Entonces los lobos se acercaban a lamerlos. Los lamían cada vez más rápido, con tal voracidad que no se daban cuenta de que la sangre que estaban lamiendo era la suya hasta que ya era demasiado tarde. —Señalo con la cabeza las embarcaciones militares que pasan a nuestro lado—. Odian que yo fuera uno de ellos. ¿Cuántos soldados de primera crees que esas naves desembarcarán en Fobos para darme caza a mí, la gran abominación para su propia gloria? El orgullo volverá a ser la perdición de tu color.

—Estás intentando atraerlos a la estación —dice en cuanto lo comprende—. Porque no necesitas Fobos.

—Como tú misma dijiste, voy a las Torres Valquirias en busca de un ejército. Puede que Orión y tú aún conservéis los restos de mi flota. Pero necesitaremos bastantes más barcos. Raven los está esperando en los sistemas de ventilación de los hangares. Cuando las fuerzas de asalto aterricen para recuperar el chapitel militar y las Agujas, dejarán sus lanzaderas en esos hangares. Raven saldrá de su escondite, secuestrará las naves y las devolverá a sus barcos de origen, llenas de todos los Hijos que nos queden.

—¿Y de verdad crees que puedes controlar a los obsidianos? —me pregunta.

—Yo no. Él. —Señalo a Ragnar con la cabeza—. Viven temerosos de sus «dioses», que viven en la Estación Asgard del Consejo de Control de Calidad. Dorados con armaduras jugando a Odín y Freya. Del mismo modo en que yo vivía con miedo a los grises en la olla. Igual que nos intimidaban los próctores. Ragnar va a mostrarles lo mortales que en realidad son sus dioses.

—¿Cómo?

Los mataremos —contesta Ragnar—. Ya he enviado a algunos amigos por delante, hace meses, para que difundan la verdad. Volveremos junto a mi madre y mi hermana como héroes, y yo les explicaré con mi propia lengua que sus dioses son falsos. Los enseñaré a volar. Les daré armas y esta nave los llevará a Asgard, y la conquistaremos como Lexa conquistó el Olimpo. Luego liberaremos a las otras tribus y las alejaremos de esta tierra en los barcos de Quicksilver.

—Por eso tienes una condenada armería ahí detrás —comenta Mustang.

—¿Qué te parece? —pregunto—. ¿Posible?

—Una locura —responde sobrecogida por la audacia del plan—. Aunque podría resultar. Solo si Ragnar es verdaderamente capaz de controlarlos.

No los controlaré. Los lideraré —dice él con una certeza serena.

Mustang lo admira durante unos instantes.

—Creo que así será.

Observo a Ragnar, que vuelve la cabeza para mirar de nuevo por la ventana. ¿Qué habrá tras esos ojos oscuros? Es la primera vez que siento que me oculta algo. Ya me engañó al liberar a Kavax. ¿Qué más tiene planeado?

Escuchamos en un silencio tenso las ondas radiofónicas que crepitan con la voz de los capitanes de yate solicitando autorización de atraque en las fragatas militares en lugar de continuar hasta el planeta. Se usan los contactos. Se ofrecen sobornos. Se mueven los hilos. Los hombres sollozan y suplican. Estos civiles están descubriendo que su lugar en el mundo es más pequeño de lo que imaginaban. No importan. En la guerra, los hombres pierden lo que los hace grandes. Su creatividad. Su sabiduría. Lo único que queda es su utilidad. La guerra no es tan monstruosa por convertir a los hombres en cadáveres como por transformarlos en máquinas. Y ay de los que no tienen mayor uso en la guerra que el de alimentar esas máquinas. Los Marcados como Únicos conocen esta fría verdad. Y llevan siglos preparándose para esta nueva era de guerra. Matando en el Paso. Sobreviviendo a las privaciones del Instituto para poder ser de valor cuando llegue la guerra. Ha llegado la hora de que los florecillas con los bolsillos cargados de dinero y gustos caros aprecien las realidades de la vida: no eres importante salvo que seas capaz de matar. La cuenta, como solía decir Charles, llega al final. Y ahora les toca pagar a los florecillas. La voz de una pretor dorada atraviesa los altavoces de nuestra nave para ordenar a las naves de los refugiados que se dirijan de nuevo hacia los carriles de tráfico autorizados y que aparten su rumbo de los buques de guerra de la armada si no quieren que abran fuego contra ellos. La pretor no puede permitirse que haya embarcaciones no autorizadas en un radio de cincuenta kilómetros en torno a su nave. Podrían ir cargadas de bombas. Podrían ir cargadas de Hijos de Ares. Dos yates ignoran las advertencias y quedan hechos pedazos cuando uno de los cruceros dispara contra sus cascos con cañones de riel desde seis kilómetros de distancia. La pretor repite su orden. Esta vez la obedecen. Miro a Mustang y me pregunto qué pensará de esto. De mí. Desearía que estuviéramos en algún lugar tranquilo donde mil cosas no reclamaran nuestra atención. Donde pudiera preguntarle por ella y no por la guerra.

—Da la sensación de que es el fin del mundo —comenta ella.

—No. —Niego con la cabeza—. Es el comienzo de uno nuevo.

Mientras fingimos seguir las coordenadas designadas a lo largo del hemisferio occidental por el ecuador, a nuestros pies, el planeta es azul espolvoreado de blanco. Unas minúsculas islas verdes rodeadas de playas tostadas nos guiñan el ojo desde las aguas añiles del Mar Térmico. Los barcos se agitan y arden cuando entran en contacto con la atmósfera ante nosotros. Como los petardos de fósforo con los que Costia y yo jugábamos de niños, se sacuden espasmódicamente y lanzan chispas primero naranjas y luego azules, cuando la fricción del calor aumenta sobre sus escudos. Nuestra azul hace virar el barco para seguir a otra serie de embarcaciones que se alejan del flujo general del tráfico, camino de sus propias casas. Pronto, Fobos está a medio planeta de distancia. Los continentes se suceden por debajo de nosotros. Uno por uno, los demás barcos descienden y nos quedamos solos en nuestro viaje hacia el polo incivilizado, dejando atrás varias docenas de satélites de la Sociedad que monitorizan el continente más meridional. Los piratas informáticos también han accedido a ellos y los alimentan con información reciclada que data de hace tres años. Somos invisibles, de momento. No solo para nuestros enemigos, sino también para nuestros amigos. Mustang se aparta del respaldo de su asiento y escudriña el puente de mando.

—¿Qué es eso?

Señala la pantalla del sensor. Un único punto nos está siguiendo.

—Otro barco de refugiados de Fobos —contesta la piloto—. Una embarcación civil. Sin armas. Sin embargo, se acerca muy rápido. Nos persigue a unos ochenta kilómetros de distancia.

—Si es un barco civil, ¿por qué acaba de aparecer en nuestros sensores? —inquiere Mustang.

—Podría tener un escudo antisensores. Amortiguadores —dice Holiday con cautela.

La nave se acerca a cuarenta kilómetros.

Algo va mal.

—Las embarcaciones civiles no tienen esa aceleración —asegura Mustang.

—Desciende de inmediato —ordeno—. Atravesemos la atmósfera, ya. Holiday, al cañón.

La azul inicia los protocolos de defensa, aumenta nuestra velocidad y fortalece nuestros escudos traseros. Entramos en contacto con la atmósfera. Me entrechocan los dientes. La voz electrónica del barco sugiere a los pasajeros que ocupen sus asientos. Holiday se dirige a toda prisa y tambaleándose hacia la artillería de cola. Entonces una sirena de advertencia estalla cuando la nave que nos sigue se transforma en la pantalla del radar y los contornos afilados de armas ocultas brotan de su casco, hasta ahora liso. Penetra en la atmósfera tras nosotros, y dispara. Nuestra piloto mueve las manos ligeras sobre los controles de gel. Se me revuelve el estómago. Los proyectiles hipersónicos de uranio empobrecido arañan el lienzo de nubes y terreno helado, sobrecalentándose al pasar. El barco se agita conforme vamos penetrando en la atmósfera. Nuestra piloto continúa maniobrando, haciendo revolotear los dedos sobre el gel eléctrico, con el rostro sereno y perdido en su danza con la embarcación perseguidora. Sus ojos parecen estar alejados de su cuerpo. Una única gota de sudor le perla la sien derecha y le resbala por la mandíbula. Entonces un borrón gris desgarra el puente de mando y Virga estalla en una lluvia de carne. La sangre salpica los ventanales y mi cara. El proyectil de uranio le arranca la mitad superior del cuerpo y después continúa surcando el suelo. Un segundo proyectil del tamaño de la cabeza de un niño atraviesa el barco con un alarido, pasando entre Mustang y yo. Hace un agujero en el suelo y el techo. El viento aúlla. Las mascarillas de emergencia caen sobre nuestros regazos. Las sirenas de alarma ululan mientras nuestra nave pierde la presión y nuestro pelo nos fustiga. Veo la negrura del océano a través del agujero del suelo. Las estrellas a través del agujero del techo por el que se escapa el oxígeno. La embarcación que nos persigue continúa disparando contra nuestro yate moribundo. Me ovillo, aterrorizado, con las manos sobre la cabeza, los dientes apretados y todo lo que hay de humano en mí gritando. Una carcajada maligna e inhumana resuena con tanto estruendo que creo que surge de los embates del viento. Pero procede de Ragnar, que ríe con la cabeza echada hacia atrás, mirando a sus dioses.

Odín sabe que vamos a matarlo. ¡Ni siquiera los falsos dioses mueren con facilidad!

Se levanta con brusquedad de su asiento y echa a correr por el pasillo, riéndose como un loco, sin prestarme atención cuando le grito que se siente.

¡Ya voy, Odín! ¡Ya voy a por ti!

Mustang se pone la mascarilla de emergencia y aprieta el botón de apertura de su membrana de seguridad antes de que yo pueda poner mis pensamientos en orden. El barco corcovea y la empotra contra el techo y el suelo con fuerza suficiente para partirle el cráneo a cualquiera menos a un áureo. La sangre que le brota de un corte profundo en el nacimiento del pelo le empapa la frente, y Mustang se aferra al suelo para esperar a que el barco gire de nuevo y pueda servirse de la gravedad para caer en el asiento del copiloto. Aterriza torpemente sobre el reposabrazos, pero consigue arrastrarse hasta el asiento y abrocharse al sistema de seguridad. Sobre la consola cubierta de sangre se iluminan cada vez más luces de emergencia. Vuelvo la mirada hacia el pasillo para ver si Ragnar y Holiday siguen vivos, pero lo único que veo es un trío de proyectiles que arrasan la sala que hay a nuestras espaldas. Me castañetean los dientes. Mis entrañas vibran al ritmo de las flautas para champán que hay en la vitrina de mi izquierda. No puedo hacer más que agarrarme con fuerza mientras Mustang trata de detener nuestra caída a través de la órbita. La membrana de gel del asiento se tensa sobre mi caja torácica. Siento que las fuerzas me aplastan. El tiempo parece ralentizarse a medida que el mundo que hay bajo nosotros se hace cada vez más grande. Estamos atravesando las nubes. En el sensor veo que algo pequeño sale volando de nuestro barco e impacta contra el que nos sigue. Una luz resplandece detrás de nosotros. La nieve, las montañas y los témpanos de hielo se expanden hasta que son lo único que alcanzo a ver a través de la ventana rota del puente de mando. El viento aúlla, devastadoramente frío sobre mi cara.

—Preparados para el impacto —grita Mustang por encima de ella—. En cinco…

Caemos en picado hacia un pedazo de hielo que flota en medio del mar. En el horizonte, una franja de color rojo sangre tiñe el cielo crepuscular hasta la escarpada costa de piedra volcánica. Un hombre gigantesco se alza sobre las rocas. Negro y enorme recortado contra la luz roja. Parpadeo, preguntándome si mi mente no me estará jugando una mala pasada. Si estoy viendo a Titus antes de mi muerte. La boca del hombre es un abismo abierto y oscuro del que no escapa ninguna luz.

—¡Lexa, agáchate! —grita Mustang. Escondo la cabeza entre las rodillas y me la cubro con los brazos—. Tres… dos… uno.

Nuestra nave perfora el hielo.