El juicio de los justos

La tienda de autoservicio era interesante en muchas maneras. Había un pasillo completo de ramen instantáneo, en todas presentaciones y sabores, y otro más de papas fritas.

Jūgo pensó que la bolsa de crema y especias se veía increíblemente bien, y dentro de un sándwich se le antojaba como algo exótico que probar el siguiente fin de semana. Seguramente Karin le insistiría en que bajara el consumo de sal, pero se había portado bien en las últimas semanas, la enfermera del hospital lo había felicitado por su examen, cada elemento de su sangre estaba en parámetros normales, tanto así que omitió en el reporte los resultados por el alcohol.

Con la compra de la semana en su cesta, se formó para pagar, sin ofenderse por la mujer que cambió a su hijo de sitio para que no quedara cerca de él. Aun así, el niño seguía mirando con asombro su notable altura.

No era la primera vez que la gente reaccionaba con miedo, sucedía desde que era niño y las peculiaridades de su cuerpo empezaban a manifestarse. Si bien le parecía que el rechazo de la aldea tenía mayores fundamentos al saberse que torcieron un poco el camino en los eventos de la guerra, no dejaba de ser incómodo.

—Qué descaro —dijo una mujer dos filas a la derecha —, no deberían permitirle estar como si nada.

Inclinó el rostro, aceptando lo que tenían que decir. Era un criminal, y poco o nada podía hacer para cambiar las decisiones que habían tomado.

—Todos son unos depravados —repuso la mujer con la que hablaba —. Deberían expulsarlos de la aldea antes de que los niños piensen que es normal.

La cajera le sonrió con dificultad, ella también las había escuchado y estaba bastante incómoda.

—¿Encontró todo lo que buscaba?

—Sí, gracias.

La chica se apresuró para no tener que seguir escuchando a las mujeres, y aunque no tenía absolutamente nada que ver con lo que ellas decían y hacían, le deslizó en la bolsa una plantilla de cupones que solo deberían ser para clientes que hicieran compras mayores, además de una barra de chocolate.

—Que tenga un excelente día.

—Gracias.

Jūgo tomó sus compras y decididamente regresó al complejo departamental. Se sentía bien, pero no estaba seguro de mantenerse de esa manera. Estaba convencido de sentir la mirada de todas las personas de la calle.

Entró por el acceso sur del complejo, donde por las noches solía instalarse un puesto de yakitori, y ahí estaban otras dos mujeres que apenas lo vieron, se pusieron completamente coloradas y le dieron la vuelta.

Lo pensó por un momento, eso en particular había sido sumamente extraño, y pese a que no tenía entrenamiento ninja formal, una sensación extraña se anidó en su mente, de que algo no estaba bien o al menos no era normal. Examinó el lugar, y de pronto, le pareció que todos lo estaban observando.

Sacudió la cabeza, no podía darse el lujo de incluir la paranoia en su lista de trastornos mentales, así que decidió ir al departamento de Karin, si alguien podría aclarar si los estaban vigilando o no, era ella.

La encontró limpiando la puerta principal, con la expresión levemente endurecida.

—¿Qué te pasó? —preguntó la chica nada más verlo inusualmente pálido.

Jūgo se invitó solo a pasar, dejó sus bolsas en la mesa de centro de la sala de estar y se sentó en uno de los sofás.

—Creo que me están siguiendo —dijo.

Karin lo miró de arriba abajo, se le notaba realmente alterado y eso la puso nerviosa a ella.

—Te has tomado el medicamento, ¿verdad?

Él asintió.

—Bueno, seguimos a prueba, supongo que de vez en cuando nos van a poner el ojo encima, no me sorprendería que incluso entren en los departamentos cuando no estamos.

El chico movió la cabeza de un lado a otro.

—Creo que yo no me daría cuenta si me sigue un ninja, al menos no cuando estoy normal. Es como si toda la gente de la aldea me estuviera mirando.

Karin torció la boca.

—Quizás tú no deberías tratar de beber al ritmo de Suigetsu —le dijo, acercándose con cautela. Si se alteraba, no tenía ninguna posibilidad de detenerlo. Quizás con las cadenas de sellado de diamantina, pero se llevaría el departamento en el proceso.

—No, eso no tiene nada que ver —le dijo ligeramente exaltado —. Esto empezó hoy. En la mañana, cuando salí para hacer las compras, la única persona de mi edificio que me saluda, ni siquiera me miró a la cara y prácticamente corrió a su puerta, y en el supermercado, las mujeres ni siquiera trataron de ser discretas.

—Pero, ¿por qué te importa? Es decir, hemos cumplido con cada una de sus exigencias, no pueden echarnos o encarcelarnos, lo que digan unas brujas sin vida propia no afecta en nada.

—Es como un presentimiento. ¿Y si saben algo que nosotros no? ¿Y si alguien escucho de alguien que trabaja en oficinas que decidieron que no somos suficientemente buenos para quedarnos?

Aún con los brazos cruzados, se sentó en el sofá contiguo, queriendo convencerse a sí misma de que habían hecho todo bien, sin embargo, no podía idealizar la palabra de honor de una aldea que obligó a un muchacho a masacrar a todo su clan y torturar psicológicamente a su hermano menor.

—¿Te gusta vivir en Konoha? —preguntó Karin, súbitamente molesta al recordar lo que le habían hecho a Sasuke.

Jūgo, sin embargo, tardó en responder.

—Me gusta sentirme normal.

Volvieron a quedarse en silencio.

—Si no nos permiten quedarnos —retomó el chico, recargando los codos en las rodillas, mirando el piso —, ¿a dónde iremos? Konoha fue la única aldea que en primera instancia no nos rechazó. ¿Buscaríamos un pueblo pequeño para vivir como granjeros con nombres falsos? ¿Iríamos a alguno de los escondites de Orochimaru a vivir como ermitaños? ¿En la cárcel?

Karin dejó escapar un suspiro.

Recordaba los pasillos oscuros, con olor a humedad y desechos humanos a falta de drenaje en aquellas madrigueras. Levantó la mirada, delineando el perfil del muchacho. Él, de hecho, había vivido como un prisionero casi toda su vida, en oscuridad y soledad, apenas con las condiciones humanas mínimas, para después solo correr detrás de ellos como un perro callejero que se siente adoptado, consciente de que su única utilidad era la prodigiosa habilidad de destruir todo lo que se pusiera por delante.

Dormir en el piso, pasar días sin bañarse, comer lo que encontrara.

Parecía inconcebible la idea de algo más que lo que tenían en ese momento. Miró la bolsa de sus compras, aún no las hacía bien, a veces de olvidaba de cosas importantes por meter aquellas que se le antojaban de momento, como esa bolsa de papas fritas de crema y especias. Se estiró para tomarla, abriéndola sin permiso y comiéndose una.

¿Qué iban a hacer si los echaban de la aldea?

No sería el fin del mundo, todos ellos eran supervivientes, y un rechazo no los iba a desmoronar.

Jūgo le quitó la bolsa para comer también.

—Iré a ver a Kakashi. No creo que sea nada importante, esta misma mañana le pidió a Sasuke que fuera con Naruto y Sakura a una misión. Tal vez nos pidan otro requisito, no sé, usar uniformes o algo. En serio, si seguimos cumpliendo con todo podremos participar en los exámenes a chūnin dentro de unos meses y de ahí todo seguirá normal.

Jūgo, no obstante, no parecía más tranquilo.

—¿Y si lo que saben es la clase de monstruo que soy?

Karin se giró levemente, aunque al hacerlo, no pudo evitar mirarlo directamente a los ojos.

Estaba honestamente afligido, y la sensación que le provocó, le hizo fruncir el ceño. Se sintió molesta por la forma en la que empezaba a sentir empatía por él, cuando en un inicio le había dicho seriamente a Sasuke que lo mejor sería matarlo mientras dormía, antes de que los estrangulara a ellos.

—Dudo mucho que haya en esta aldea un solo ninja con saldo blanco —dijo —, y si insisten en señalarnos, con gusto les recuerdo lo que sus heroicos ninjas hicieron en Ame durante la guerra.

Llamaron a la puerta, pero antes de que Karin se levantara, Suigetsu entró con una expresión seria.

—Cuatro idiotas me arrojaron un puñado de condones, que espero, no estuvieran usados —dijo apretando los dientes —. Y me llamaron marica, ¡no sabes el trabajo que me costó no romperles la puta cara!

Karin frunció aún más el ceño y se giró hacia Jūgo.

—Lo que dijeron las mujeres del supermercado —dijo despacio, uniendo ciertos puntos que ni siquiera le hubiera pasado por la cabeza momentos antes —. La palabra exacta fue ¿depravados?

Jūgo asintió.

—Y que temían que los niños lo vieran como normal.

Suigestu miró a uno y otro, notablemente molesto. Karin dejó escapar un suspiro.

—Esta mañana encontré pintado en la puerta un anuncio de servicios sexuales, y la aseveración de que hago de todo.

Jūgo respingó, recordando que la había encontrado precisamente limpiando la puerta, solo que no entendía cómo se relacionaban una y otra cosa, al margen de que los estaban hostigando. Suigetsu, por su parte, sí pareció entender y se llevó las manos a la cara.

—La ventana estaba abierta.

Karin sintió que se podía completamente roja y no pudo evitar cerrar los ojos.

Claramente, todos los vecinos los habían visto y ahora al menos media aldea estaba al tanto de lo que había pasado la noche anterior.


Comentarios y aclaraciones:

Tengo pruebas canónicas de cómo son las personas de Konoha cuando de ser crueles se trata.

¡Gracias por leer!