Noche de tormenta
Shinsō se mantuvo callado mientras Sky Squirrel hacía el papeleo. La familia de la muchacha vivía lejos y tardaría al menos dos horas en llegar desde que habían conseguido contactarlos, y en el transcurso de ese tiempo el chico, que en realidad era diez años mayor que él pese a la apariencia aniñada que tenía, se había dedicado a explicarle el sistema que empleaban para detectar potenciales suicidas que entraban al bosque.
—Los sensores reaccionan también con ciervos —le dijo —, o cuando un fuerte viento los agita, pero no podemos solo asumir que es eso, todas las alertas se revisan sin excepción.
—¿Y cuántas personas hay para hacerse cargo?
—Bueno, estoy yo, que soy el más rápido, esta Fairy Ring, que puede crear diferentes hongos...
—Ah, como Shemage.
El chico se rio, acentuando sus mejillas sonrosadas.
—Pero tuvo un accidente y le dieron incapacidad.
Shinsō asintió, para que continuara.
—Y Brandenburg por supuesto, es su agencia.
El joven aspirante a héroe intentó no mostrarse sorprendido, pero por la carcajada de su compañero, supo que no lo logró.
—Sí, solo somos tres. Cuatro si te quedas.
Si se quedaba.
Por supuesto que irse no iba contra las reglas, o eso le habían explicado, pero dejar la agencia solo porque era pequeña y desconocida era más soberbio de lo que él mismo consideraba aceptable. Sin embargo, le estaba costando trabajo sentirse motivado o cuando menos cómodo con la idea de trabajar ahí.
Miró de soslayo a la chica que había rescatado, aún en trance. La habían recostado en la camilla y parecía dormitar. Si la hubiera salvado de caer de un edificio, ella simplemente seguiría con su vida después de un chequeo médico de rutina, pero no era su caso.
¿Lo intentaría de nuevo?
Tal vez no volvería a ese lugar, seguramente dejaría de lado cualquier ritual y la siguiente vez directamente se cortaría la garganta en el baño de su casa. Entonces, realmente no habría salvado nada.
Vio a su compañero preparar un fólder con un directorio de terapeutas y clínicas, números de emergencia de la zona en que vivía y que acababa de imprimir, además de una copia de un pequeño libro cuyo título no alcanzó a leer, pero la ilustración de una silueta de un hombre con los brazos extendidos al atardecer, le daba una clara idea de qué iba.
La cantidad de autores que se habían llenado los bolsillos asegurando que todos los quirk son hermosos, crecía cada año, aun cuando no conocía un solo autor -exitoso- de tipo mutante, por lo que dudaba bastante que una muchacha que claramente valoraba su belleza se tomara en serio cualquier consejo sobre lo buena que podía ser la vida con una apariencia apenas humana.
Antes de darse cuenta, ya había suspirado.
El sol de la tarde se ocultaba en el horizonte cuando los padres de la chica finalmente llegaron, pero no estaban solos, los acompañaba un hombre extraordinariamente delgado y alto. Pasaba del metro con noventa, pero seguramente no pesaba más de sesenta kilos, con todo y ropa. Su porte era recto, solemne, tanto como su expresión enmarcada por unas patillas blanquísimas que se fusionaban con una barba espesa completamente encanecida y a su vez con el bigote, dejando, sin embargo, libre el mentón, lo que creaba un efecto bastante curioso que parecía que se trataba de una cuerda que sostenía un peluquín ridículamente negro.
Llevaba ropa tradicional, con un hakama negro que contrastaba el mismo emblema que había visto en la puerta al inicio del camino cuando bajó del autobús, así que concluyó que debía de tratarse de una agencia familiar que había estado en el lugar por bastante tiempo.
—Pasen, por favor —dijo a la pareja luego de abrir la puerta.
Apenas entraron, y vieron a su hija recostada en la camilla, se lanzaron hacia ella.
—¡¿Por qué no la han llevado a un hospital?! —chilló la madre.
—No tiene nada —respondió Shinsō, aunque solo recibió una mirada ceñuda para luego ser ignorado.
Por el movimiento brusco de su padre al tratar de levantarla, la chica volvió en sí, parpadeando varias veces, intentando reconocer en dónde estaba, y apenas comprendió que habían frustrado su intento, emitió lo que debió ser un sollozo que, sin embargo, pareció un bramido.
El chico no pudo evitar sentir pena por ella, todo indicaba que hasta la voz le iba a cambiar.
La madre se acercó también, acariciando el cabello de la chica, pero apenas tocó la frente rugosa, se apartó como si se hubiera quemado, y Shinsō no perdió detalle de cómo la expresión de su rostro se contraía en un gesto de asco y se limpió los dedos con el borde del blazer que llevaba.
El humor no mejoró en la sala, el padre rechazó con brusquedad el fólder que Sky Squirrel había preparado y sin volver a dirigirse a ninguno de los tres, ni siquiera al héroe titular de la agencia, como si no existieran, cargó a su hija asegurándole que habían encontrado un médico que le podía hacer una cirugía cosmética.
Para cuando se quedaron solos, y Sky Squirrel fue a cerrar la puerta ya que tampoco se habían tomado la molestia de hacerlo al marcharse, no dijeron nada por unos segundos, al menos hasta que dejaron de escuchar el penoso berrido de la muchacha.
El hombre mayor carraspeó.
—Uno no necesita cambiar su quirk —dijo —, necesita cambiar su entorno.
Luego se giró hacia el joven estudiante.
Alguien de su complexión no debería intimidar, sin embargo, el chico sintió un escalofrío cuando el hombre se inclinó hacia él. Estaba seguro de que el hombre había crujido un poco, y le dio la impresión de que se trataba de un poste de madera intentando doblar su altura.
—Soy Brandenburg, Hitoshi Shinsō, yo he pedido por ti. Gracias por responder.
El chico se levantó para que no debiera inclinarse más, y al tenerlo tan cerca, notó que no se trataba de ningún peluquín.
—Yo... le agradezco por tenerme en consideración —dijo, alejando todo pensamiento sobre lo extraño que le parecía.
El héroe curvó los labios en una tenue sonrisa y volvió a erguirse.
Shinsō medía casi uno con ochenta, así que la diferencia real de altura no era realmente tanta. Sin embargo, no le daba esa impresión. Se preguntó entonces cuál era su habilidad, y si se relacionaba directamente con esa sensación escalofriante que le provocaba.
—Creo que ya tienes claro cuál es el objetivo de nuestra agencia. Difícilmente te harás de una reputación, y ya has visto la reacción del público, las familias decididamente esconden estos eventos, por la vergüenza. Así que, aun si no es la clase de héroe que quieres ser, te pido por favor que nos ayudes una temporada.
Shinsō asintió, pensando bien en su respuesta.
—Pienso que, dadas mis circunstancias particulares, la reputación no es tan importante como aprender a relacionar mi quirk en escenarios reales.
El hombre asintió, complacido en cierta manera.
—El profesor Aizawa realizó las formalidades, incluyendo la organización de tu horario. Si estás de acuerdo, te quedarías este fin de semana, el lunes por la mañana te llevaré a la academia, y regresarías el jueves.
El chico asintió. Ya había leído la programación, así que no era sorpresa, pero en cuanto le indicó que lo siguiera, entendió que "quedarse ahí", era realmente "ahí", en la agencia, en medio del bosque.
Detrás de la pequeñísima área de atención, pasando un sanitario y una sala de archivo, se reveló lo que entendió como una sala de descanso que constaba de tres pequeños sillones, una mesa de centro y en una esquina una estación de café, o lo que era lo mismo, un mueble con tazas, una cafetera eléctrica y un bote de café soluble, uno de azúcar y una cajita de acrílico con lo que creyó, eran sacos de té.
Finalmente, tras una última puerta, estaba una pequeña habitación; una cama individual pegada contra la pared, un escritorio en el que apenas podría poner dos libros y un armario que era apenas más grande que un casillero de los vestidores de la Academia.
—¡Disculpen! —dijo de pronto Sky Squirrel, prácticamente escurriéndose entre ellos para sacar del armario un montón de revistas y papeles arrugados. Notoriamente abochornado solo se disculpaba mientras su jefe le dedicaba una mirada severa.
—Es lo único que me faltó, lo prometo.
—Está bien, tampoco es que me haya traído mucho equipaje.
—Tengo que hacer unas cosas en la ciudad, traeré la cena. No tardaré más de una hora.
—Sí, está bien.
El hombre fue de regreso por el pequeño recorrido, y cuando escucharon la puerta cerrarse, Sky Squirrel se giró hacia el chico con una enorme sonrisa.
—No creo que pase nada más por hoy, de verdad no pasa mucho por aquí, pero recuerda, si escuchas la alarma, sales corriendo.
—¿Cómo? —preguntó Shinsō —¿Te marchas?
Sky Squirrel frunció la nariz, en un gesto genuinamente lastimero.
—Llevo aquí casi tres semanas, desde el accidente de Fairy Ring, Brandenburg dijo que, si aceptabas quedarte, me podía tomar el fin.
El chico se encogió, escondiendo parte del rostro en la bufanda. De pronto le pareció absurdo acobardarse por la idea de quedarse solo con Brandenburg por tres días.
—Sí, entiendo.
Dando saltitos, el otro metió sus revistas en una mochila que llevaba y le entregó la tableta que fungía de control para todo el sistema de alarmas, haciendo el proceso para que reconociera sus huellas. Volvió a repetirle los protocolos, mismos que estaban escritos en una pancarta en la recepción y deseándole suerte, literalmente salió volando.
Completamente solo, notablemente incómodo y cuestionándose sus motivaciones para quedarse, Shinsō, se sentó en la cama, y mientras decidía si meter o no sus cosas en el armario, empezó a llover.
Miró la tableta bloqueada que le devolvía un tenue reflejo y pensó en lo que Brandenburg había dicho antes.
"... si no es la clase de héroe que quieres ser..."
¿Y qué héroe quería ser? ¿Cómo All Might? ¿Con una gran entrada que llamaba la atención de todos? ¿Cómo Aizawa?
No, él no quería ser maestro, él si quería estar en una agencia.
Suspiró pesadamente.
Sus padres habían esperado que se uniera al negocio familiar, ejerciendo como agente de bienes raíces, bromeando con que podría obligar a cualquiera a cerrar una venta. Por supuesto que eso sería ilegal, pero de alguna manera siempre tenían en la mente la imagen de su hijo como un implacable hombre de negocios con lengua de plata que ponía las negociaciones a su favor y forjaba su imperio antes de los treinta años, pasando a la lista de los más ricos del mundo antes de los cuarenta.
Se recostó en la cama, escuchando cómo el golpeteo de la ventana se volvía frenético a medida que arreciaba la lluvia, sin embargo, en lugar de molestarle, se arrulló, y antes de darse cuenta, se había quedado dormido.
El pitido de la alarma a lo lejos lo regresó a la realidad. Estaba completamente oscuro y sentía un poco de frío, sin embargo, apenas su cerebro conectó la idea de que no se trataba de la alarma del despertador, sino la de alerta del sistema de vigilancia, se puso de pie rápidamente.
Gruñó por lo bajo al darse cuenta de que el impermeable no cerraba, tomó la linterna y salió de la cabaña a toda prisa. Aun en la noche pudo orientarse bien, algo que no sabía que sería útil cuando Aizawa insistió en que lo aprendiera.
Aún no podía moverse tan rápido como él. Lo imaginaba saltando entre las copas de los árboles como los ninjas de las películas, pero él no se quiso arriesgar a quedarse enredado solo por intentarlo. Todo estaba resbaladizo, seguía lloviendo y claramente no había caminos debidamente construidos, por lo que estuvo a punto de caerse al enredarse con unas raíces.
La tableta, en su debido protector, marcaba aún una distancia de cuatrocientos metros colina abajo, así que, si ya era difícil moverse en un camino nivelado, ir hacia abajo fue una experiencia casi mortal.
Ciento cincuenta metros.
—¡¿Hay alguien ahí?! —gritó.
Con suerte, si le respondían, ganaría algo de tiempo.
—¡Hey!
Cuarenta metros.
Ya debería poder ver algo. Alumbró a diferentes puntos, pero la lluvia era densa y el follaje de los árboles se agitaba por el viento.
—Por favor, que sea solo por la tormenta —dijo para sí.
—Veinte metros.
—¡¿Hay alguien aquí?!
Un relámpago iluminó de azul toda el área. No pudo evitar tensarse cuando vio algo moviéndose más adelante.
—¡Por favor, espera! —gritó mientras corría.
La luz de la linterna apenas pudo alumbrar al hombre encorvado que trataba de escalar unas raíces. Sabiéndose descubierto, trató de escalar más rápido, sin embargo, resbaló.
Pese a la oscuridad, Shinsō se dio cuenta de que ya se había puesto la cuerda alrededor del cuello, contuvo el aliento, pensó que se había quedado paralizado con la mente en blanco por lo que le parecieron horas, sin embargo, una fuerza en su interior, algo que no había sentido antes y que lo empujó para seguir corriendo, lo enfocó también en lo que tenía que hacer.
Desenrolló la bufanda y la lanzó para pasarla por la cintura del hombre para enseguida tirar hacia arriba, atorándola en una rama, de modo que el peso se concentrara en el torso y no en el cuello.
Entre el agua cayendo, las ramas sacudiéndose y el viento, escuchó un crujido.
—No —jadeó lanzándose al frente mientras el cuerpo caía de espaldas sobre él —. Por favor, no — repitió.
Giró como pudo, revisando al hombre y sintiendo que su corazón volvía a latir al sentir un débil pulso en su cuello.
—Por favor, no se vaya, señor. Voy a llevarlo a la agencia. Quédese conmigo, por favor.
El hombre gorjeó.
—Primeros auxilios primeros auxilios —repitió, recordando que no podía moverlo, así como así.
—Qué imbécil —se dijo, recordando que la tabla de movilización estaba justo al lado de donde tomó el impermeable.
Claramente no podía ir y volver, así que se quitó el impermeable, enrollándolo para formar un muy improvisado collarín con el que asegurar sus vértebras.
Le costó muchísimo más trabajo del que pensaba siquiera acomodarse adecuadamente para el traslado y a medida que los relámpagos se sucedían uno tras otro, su frustración se volvía más evidente. Sin embargo, se aferró a su propia obstinación para no rendirse e ir de vuelta a la agencia.
Sentía que apenas respiraba cuando finalmente entró a la cabaña, y rápidamente lo puso sobre la camilla. Levantó la mirada un instante y ahí estaba una caricatura de Sky Squirrel sosteniendo un botiquín, con un globo de diálogo que le recordaba siempre salir bien preparado.
No pudo evitar gruñir, pero no se entretuvo demasiado. Volvió a revisar al hombre, relajándose solo un poco al notar su respiración.
—Voy a hacer una llamada. Todo estará bien, ¿me escucha?
Shinsō saltó en su sitio cuando un relámpago golpeó de lleno la cabaña. Por el diseño de la misma, la energía solo recorrió los muros, y aunque ellos estaban ilesos, la obscuridad y un olor a quemado le dejó muy claro que toda la instalación eléctrica estaba quemada.
Buscó su teléfono, pero al sacarlo del bolsillo se dio cuenta de que, al quitarse el impermeable, todo había quedado completamente empapado. Lo desbloqueó, pero luego de parpadear, se apagó.
La línea fija tampoco funcionaba.
Se llevó las manos a la cabeza. La única opción viable, era bajar él mismo, pero tendría que dejar al hombre solo. Entonces cayó en cuenta de algo: Brandenburg no había regresado.
No sabía qué hora era, pero ya era más de lo que había dicho que tardaría.
¿Solo lo esperaba?
Volvió a revisar al hombre, cayendo en cuenta de que, tanto como si lo dejaba para salir y buscar ayuda, como si esperaba al héroe, no podía dejarlo mojado, si no tenía complicaciones por la lesión, las tendría por la hipotermia.
—Señor —dijo en voz alta —. Necesito quitarle la ropa, está mojada.
Anunciar claramente lo que tendría que hacer era parte del protocolo básico para evitar malos entendidos, especialmente en casos como ese donde se hacía una flagrante invasión a la intimidad.
Procedió con el mayor de los cuidados, aun así, se sobresaltó al escuchar un leve quejido.
—Lo siento, ¿le he lastimado?
—Muriendo... —susurró.
Aun con todo el ruido de la tormenta lo escuchó. Sintió un escalofrío.
—Por favor, no... no se vaya...
Lo cubrió lo cubrió con la manta térmica. Su pulso era apenas perceptible, al igual que su respiración.
—¿Señor? ¿Me escucha? ¿Está consiente?
Shinsō había acomodado la linterna de mano para que iluminara lo más posible la pequeña área, así que no estaba seguro sobre si el movimiento de los párpados del hombre era real o lo había imaginado. Culpó enteramente a esa deficiente iluminación también al efecto que le pareció notar en su cara, como si los músculos se hubieran relajado súbitamente, incluso entreabrió la boca dejando escapar algo como un sonido vibrante.
El chico se inclinó hacia él para escuchar mejor, recibiendo un aliento fétido que antes no había notado.
—Si... —respondió el hombre, arrastrando esa simple sílaba.
Aquella voz le resultó indescriptible de muchas maneras, aunque se trataba de un estímulo que se recibía por el sentido del oído, su cuerpo reaccionó como si hubiera tocado algo viscoso.
—Pero estoy muerto...
Comentarios y aclaraciones:
Si han leído la historia de Poe sabrán lo que le espera a Shinsō, si no, ¿le darán la oportunidad?
¡Gracias por leer!
