11- BARRIGA

Estaba supervisando un entrenamiento de su equipo y tendría que estar concentrado en eso que estaban haciendo sus jóvenes alumnos, pero lo cierto es que tenía unas ganas horribles de llegar a su hogar y tumbarse a descansar la espalda, le dolía demasiado. Cambio de postura de forma disimulada y se apoyó cargando más su lado derecho, pero enseguida tuvo que cambiar de nuevo mientras suspiraba. Caminó un par de pasos por el campo de entrenamiento mientras les seguía con la mirada, sharingan activo, para no perderse ninguno de sus movimientos. Suspiró de nuevo sintiendo algo de alivio al moverse. Ese crío que cargaba lo dejaba molido, cada día era más grande... Se parecía a su padre.

–Ya podrías haber heredado mi físico.– Musitó mientras respiraba en profundidad y buscaba estirar su espalda para descargar un poco sus acalambradas lumbares.

Él era pequeño y delgado, pero parecía que su bebé iba a ser como su padre Senju: Alto, musculoso, con una buena envergadura. ¡Que si! Que estaba contento de que su bebé estuviera bien y sano y creciera perfectamente y sin problema, que poseyera un buen tamaño... Pero el caso es que era él quien sufría todo eso. Era él quien había de cargar ese peso las 24 horas del día, a quien le dolía la espalda baja y la cadera y, le mataban los pies al finalizar la jornada... Aunque ya no se los veía si miraba hacía abajo por culpa de la envergadura de su vientre.

También sufría de incontinencia, porque cada dos por tres tenía que ir al baño a mear. Y... Y esto le daba mucha vergüenza... Sufría de estreñimiento, aunque Hashirama le había dicho que era normal, y a veces se le escapaban algunos gases... En este caso fue Madara quien le había comentado que era normal, que su princesita se tiraba cada pedo apestoso cuando había estado embarazada. Por suerte Tobirama cuando le sucedía alguna de estas tres cosas no le decía nada, sino sabía que se sentiría dolido en su orgullo por mucho que le dijeran y confirmaran que era algo normal en su estado. Incluso el albino le preparaba alimentos que sabía que combatían el estreñimiento y, él mismo le acompañaba en comerlos, cuando el albino no sufría de eso. Le agradecía tanto que ignorara sus malolientes gases cuando no podía controlar el soltarlos o que no le dijera nada cada vez que le sentía levantarse para ir al baño en plena noche.

Ese día tras el entrenamiento se despidió de sus alumnos, lo cierto es que les dejó marchar antes y todo, cuando siempre les machacaba durante horas, pero es que ya no aguantaba más... Llegó a su hogar y, aunque si fuera por él se habría tirado al sofá de cabeza, lo cierto es que su estado no se lo permitía, así que con cuidado se sentó y un largo suspiro de satisfacción escapó de sus labios por, por fin, poder apoyar la espalda en un suave respaldo y poder apoyar sus lumbares y darles su merecido descanso. Cerró sus ojos satisfecho mientras también subía sus piernas al confortable mueble y se estiraba.

–Bebé, te amo muchísimo pero me matas. Parece que te divierte torturarme...

Y ahí iba de nuevo, demasiado rato en esa postura y ahora la estaba sintiendo incomoda, de nuevo su espalda se resentía. Respiró en profundidad antes de buscar cambiar de postura. De pronto suspiró satisfecho al sentir unas fuertes manos masajearle con suavidad y pericia, levantó su negra mirada y encontró los ojos rojos de su pareja mirándole con preocupación, le miró en agradecimiento por ese suave masaje y jadeó de gusto cuando el Senju encontró un punto que tenía realmente tenso.

–No puedes estar tantas horas de pie, Izuna.

–También me duele cuando estoy sentado mucho rato.

–Pues entonces déjame que me ocupe de ti.– Mientras seguía masajeando la espalda de su doncel, haciendo especial hincapié en su zona lumbar.– ¿Cómo se ha portado hoy Hajime?

–Parece que le gusta que vayamos a machacar a mis alumnos.– Pues su pequeño se quedaba quieto, como a la espera de escuchar a su madre ordenar los ejercicios y levantar la voz cuando sus alumnos erraban.

–Ese es nuestro hijo.– Comentó con orgullo el albino sin dejar de masajear la espalda del Uchiha. Cuando ya estuvo satisfecho se sentó en el sillón y empezó con las piernas y los pies.

Izuna gimió aun más alto y cerró los ojos con placer sintiendo como sus, algo hinchados pies, iban siendo mimados por su Senju.

–Oh kami... Mmmm.. Oh si, ahí... Como te amo Tobirama.– Dijo sin pensar perdido en esa bruma de delicioso placer y gusto por poderse relajar por fin.

El albino se detuvo durante un segundo, feliz de escuchar la confesión improvisada de su cabezota Uchiha.

–Yo también te amo, Izuna.– Le observó con fascinación y ternura. Pero sus ojos se desviaron veloces hacía el movimiento en ese vientre, como si su hijo reclamara. Posó una de sus manos ahí.– A ti también te amo, Hajime.

Ahora fue el turno del azabache de detener todo sonido y actividad. ¿Acababa de confesar su amor por el Senju de forma tan abierta? Pero al mirarle entre sus ojos velados y percibir esa fascinante mirada rojiza con tantos sentimientos dirigida a él y a su hinchado vientre, descubrió que no le importaba haberse confesado de esa forma a su pareja.

–Lo sé... Lo sabemos.– Tanto él como su bebé sabían que ese hombre les amaba y saberlo llenaba su corazón de júbilo y de un agradable calorcito. Unió su mano a la de su esposo allí donde percibían a su hijo moviéndose con ese cuidado.