Gesta de la hechicera y el gaijin: El precio de la vida correcta.

Fue hasta que la luz de los primeros rayos del sol hirió sus ojos que Tomoyo pudo volver en sí. Luego de una fugaz confusión, se levantó de un salto de entre los arbustos en los que había aterrizado, a varios cientos de metros del templo.

Esa fue su primera reflexión: El Templo, ¡Aún existía! Aunque según podía ver desde su posición, el patio humeaba.

Torpemente comenzó a correr hacia la colina del templo, en su camino estaba Arashi, que compartía con ella el apremio de volver a la colina sagrada de Tomoeda. En pocos minutos cubrieron la distancia, y pasaron ambas a la carrera por el arco Torii, junto con varios centenares de pobladores y soldados perplejos, que parecían buscar en los alrededores.

Al llegar al patio central, Issa miraba con aprehensión el cráter que había quedado en medio del lugar, único daño evidente a la construcción.

—¡La sacerdotisa Amamiya! —anunció Junichiro al verla llegar.
—¡Sobrevivieron! —Exclamó el viejo a su vez, parecía aliviado, e hizo señas a un pequeño grupo para ir al encuentro de las mujeres.
—¿Qué fue lo que pasó, general?
—Esperaba que ustedes me lo dijeran... hace unas horas vimos una explosión gigantesca y el suelo vibró... por un momento pensamos que la profecía de Kinomoto se había cumplido... y sólo unos segundos después, su barrera desapareció, llevándose todo indicio de la explosión o sus daños.
—Entonces lo logró... —susurró Tomoyo, reflexiva—. ¿Qué hay de los otros feudos?
—Los incendios ya fueron controlados, y al igual que pasa con nosotros, se está haciendo una inspección para confirmar que es seguro que la gente vuelva a sus hogares.
—¿Y ya encontraron a Sakura?

Issa dudó para continuar.

—Tengo a medio centenar de soldados buscando en los alrededores y dragando el río para encontrar sus cadáveres, ustedes son las primeras en aparecer... por fortuna para todos nosotros, vivas.

El color en el rostro de Tomoyo se fue totalmente, al igual que su expresiones. Issa hizo una reverencia y se apartó en silencio, pues según sus propias palabras, aún había mucho que hacer. Tomoyo reflexionó: habían encontrado a dos supervivientes de la batalla... buscaban tres cadáveres.

Ella podía imaginar el resultado, todo usuario de magia deja un rastro que perdura aún después de su muerte por un breve periodo, sabía cómo se sentía eso, lo había experimentado en la muerte de la madre de Kurogane y en la de la abuela Miu... y había en el aire un rastro muy semejante al de Sakura, el de Xiao-Lang, y el de Kurogane. La sacerdotisa caminó distraída hacia el cráter, hasta que un reflejo deslumbrante la hizo mirar hacia abajo. Se deslizó hasta el fondo de la oquedad, seguida de cerca por Arashi, en busca del objeto que había reflejado la luz del sol en sus ojos.

Removió un poco la tierra, y encontró un objeto pequeño y perfectamente rectangular que parecía estar tallado en algún cristal precioso. La sorpresa le quitó el aliento por un momento, al reconocer lo que sin lugar a dudas era una Carta Transparente, y la observó ensimismada por algunos segundos.

Comenzó a gimotear con mucha fuerza, presa de un llanto que le dificulta respirar, entre lamentos largos y profundos. Cayó de rodillas sin dejar de ver el objeto. Arashi se acercó a consolarla, pues imaginaba la conclusión a la que la sacerdotisa había llegado con el hallazgo.

No iban a encontrarlos. A ninguno de los tres.


Distrito de Tomoeda, prefectura de Tokio, Japón. Finales del otoño, en la actualidad.

Escuchó varias veces su nombre a la distancia. Estaba terriblemente confundida, pues había demasiado ruido, entre el canto de las ranas, grillos y las aves nocturnas, pero otros que había pasado un tiempo considerable desde la última vez que los escuchó: automóviles a la distancia, música emitida por una radio o televisor lejanos, y un avión volando a varios kilómetros por encima de ellos... y las voces... voces conocidas, añoradas y que llegó a creer que no volvería a oír.

Abrió los ojos para ver las estrellas ligeramente opacadas por las impurezas del aire y las luces artificiales a su alrededor, sintió de inmediato el cambio de temperatura, hacía mucho frío, y cuando finalmente se sentó, encontró que Xiao-Lang, aún tomado de su mano, se incorporaba también, igual de confundido que ella.

"Sakura" y "Li" eran las palabras que se escuchaban desde unos metros de distancia en tres voces diferentes que iban a su encuentro, Ella se emocionó irremediablemente cuando se puso de pie, y vio correr a su mejor amiga a su encuentro, adelante de Kero y Eriol, con el rostro pálido, pero muy aliviada.

—Xiao-Lang... volvimos…
—Eso parece. —Las palabras de él sonaban ausentes, al parecer no lo estaba asimilando del todo, Sakura misma no parecía haber terminado de comprenderlo o creerlo.

El cetro de la estrella se convirtió en llave, Wu Xing se incendió en azul desapareciendo en la mano de su dueño. Ella y él se miraron, para encontrar en los ojos del otro la confirmación del milagro. Cuando asimilaron que lo habían logrado, la emoción los superó y actuaron en consecuencia.

El plan de Tomoyo era abrazarse de su prima como recibimiento, pero se detuvo en seco a un par de metros, provocando que los otros dos chocaran contra su espalda.

¿La razón? Los recién llegados se besaban, larga y dulcemente, celebrando su regreso y su victoria. Él la levantaba unos centímetros del suelo en el abrazo.

Cuando terminaron la demostración de afecto, regresaron por completo a la actualidad y la realidad, y repararon al fin en las reacciones de sus amigos.

Eriol llanamente miró para otro lado, sonriente, Tomoyo se cubría la boca con ambas manos, con ojos resplandecientes, mientras que Kero, en su forma de bestia del sello, aparentemente era incapaz de pestañear, tenía el hocico tan abierto que daba la impresión de que su maxilar inferior se caería de un momento a otro. Fue el último quien comenzó con el interrogatorio:

—¿Qué pasó con ustedes? ¿A dónde fueron? ¿De dónde sacaron esa ropa? Y más importante aún... ¿POR QUÉ DEMONIOS SE ESTÁN BESANDO? ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO?

Sakura, sin embargo, no respondió. Caminó hasta quedar entre Tomoyo y el guardián, y abrazó a ambos por el cuello, mientras dejaba que las lágrimas cayeran por su rostro. Conmovidos, no tuvieron otro remedio que corresponder al abrazo.

—Qué atuendo tan interesante —dijo casual Eriol al ver la armadura de Li—. Y el cabello tuyo y de Sakura…
—No tiene idea —respondió él.
—¿Soy yo o luces más alto?
—Creo que crecí un poco... es una larga historia.
—Una de mis escoltas es paramédico, ¿deberíamos llamarla para que revise a Li? —preguntó Daidoji, viendo la sangre en la ceja del improvisado samurái.
—No, muchas gracias —respondió él, una vez reubicado en el contexto actual—, pero si pudieras ayudarme con un auto que me lleve a casa... tú sabes... no creo que un Uber quiera llevarme vestido así a la mitad de la noche.
—Por supuesto... pero... ¡Cielos! ¿Él está bien? —preguntó la jovencita, consternada, al ver un punto detrás de los recién llegados.

Sin darles tiempo de reaccionar caminó con premura hasta llegar al lugar señalado, y se hincó al lado de una persona que estaba tirada sobre los adoquines. Sakura y Xiao-Lang la imitaron, y ambos estuvieron por desmayarse.

—¡Señor Kurogane! —exclamó Xiao-Lang al reconocer la negra armadura.

Tomoyo tomó con delicadeza su nuca y con inusitada pericia retiró el kabuto, dejando al descubierto el rostro del antiguo dueño de la Villa de Tomoeda, completamente inconsciente. Eriol se acercó a espaldas de Tomoyo para tomarla por los hombros.

—No deberías tocarlo, Daidoji, no sabemos quién es y... —Su discurso se truncó abruptamente, sus manos se quedaron estáticas a unos centímetros de los hombros de la chica, y cruzó los ojos de forma bastante cómica detrás de sus espejuelos.

El motivo era tan extraño como determinante: la punta de la hoja de Dragón de Plata estaba a un par de milímetros de su nariz, en actitud amenazante.

—No te atrevas a tocar a Tomoyo, extraño —amenazó Kurogane con su voz grave y exageradamente varonil, haciendo que la chica que lo sostenía sintiera una palpitación—. ¿Quién demonios eres tú de todas maneras? Tengo suficiente con un gaijin, así que lárgate—. Bajo la espada al ver que Eriol retrocedía, y su gesto se serenó al ver a Tomoyo—. ¿Lo logramos?
—No lo sé... ¿Lo logramos? —preguntó ella a Sakura, que se limitó a exclamar un "hoe" ante el inesperado y raro giro que dio la noche.

No hubo necesidad de aclarar nada de momento, Kurogane volvió a desmayarse, pero parecía mucho más tranquilo.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Sakura, preocupada, mientras usaba a Blade para hacer un rapidísimo corte de cabello para dejarlo como estaba antes de desaparecer—. No... no podemos devolverlo, no creo que siquiera podamos intentarlo…
—Supongo que al menos por el momento lo mejor será que me haga cargo de él... pensaremos luego en cómo solucionar su problema.
—De acuerdo, ¿Te importaría ayudarnos, Tomoyo? Es hora de ir a casa...

Y entonces, otro balde repleto de fría realidad cayó sobre la pareja, en forma de una simple circunstancia: Ahora "ir a casa" no era sinónimo de "juntos".


El vuelo nocturno de Sakura de vuelta a su hogar la hizo pensar en muchas cosas, mientras pasaba sobre el vecindario, que le resultaba exageradamente iluminado por farolas y automóviles.

Kero había tratado de entablar una conversación trivial con ella y obtener así algo de información, sin embargo luego de enterarse que se habían ausentado únicamente por un par de minutos, ella comenzó a evadir las preguntas, al parecer, tenía mucho que pensar antes de empezar a responder, y el guardián decidió darle su espacio.

Una nostalgia desconocida para ella se alojó en su estómago al pasar por encima del parque del pingüino, y eso era porque al tratar de reconstruir el mapa de la villa, encontró que dicha ubicación pudo haber sido la misma de la casita que compartió con el gaijín, en ese ahora muy lejano verano de mil setecientos dieciocho.

Aquello la hacía pensar: ¿Todo había pasado en realidad? ¿Y si fue sólo una alucinación colectiva que Xiao-Lang compartía con ella? Pero... ¿la ropa?, ¿la nueva forma de su bastón?, ¿Wu Xing?

Con sigilo, aterrizó en el tejado de la casa que compartía con su padre y su hermano, y sin mayores inconvenientes se coló por la ventana a su habitación. La duela, la cama, la muñeca que Tomoyo le había obsequiado años atrás... todo estaba igual, no había siquiera acumulación de polvo... ¿todo terminaría así? ¿Qué había de Tomoyo, de Arashi, de Junichiro...? ¿Sobrevivieron a esa noche? ¿Tendría forma de constatarlo?

Agotada, y pensando que necesitaba un receso, extrajo el móvil que Xiao-Lang había resguardado en su armadura, y lo conectó al tomacorriente. Con cuidado se desvistió, y notó que había una cantidad diminuta de sangre en el único corte del traje, a la altura de su hombro, lo trató fugazmente, y luego se puso un pijama de algodón que había puesto sobre su cama meses atrás, al menos, desde su perspectiva.

Se acercó a su escritorio, igualmente confundida, sin saber qué hacer, y acarició afectuosamente la cabeza de su guardián, que la miraba intranquilo.

—Hasta mañana, Kero.
—Hasta mañana... —respondió él, sin poder ocultar su preocupación, al verla recostarse.

La mente de la chica voló mientras el sueño la vencía... estaba feliz de volver a su hogar, pero tenía una agobiante sensación de que no había terminado correctamente todo lo que había iniciado en la antigüedad. Quizás algo de sueño le regresaría el sosiego.


La lujosa SUV que Daidoji les proporcionó, había llevado con celeridad y ejemplar discreción a Xiao-Lang, Eriol y su improvisado invitado hasta su bloque de apartamentos. Por un momento, Eriol pensó en usar algo de magia para transportar al samurái, en especial por su estatura y que traía encima una pesada armadura y una espada.

Abrió los ojos con sorpresa al ver a Li cargar al hombre en sus hombros como se cargaba a un soldado caído, prácticamente sin esfuerzo, caminando hasta el ascensor más cercano. Aturdido, el británico no pudo más que apretar botones y dar vuelta a picaportes el resto del camino.

—Hasta aquí está bien, Hiiragizawa, gracias por tu ayuda. Te llamaré por teléfono mañana.
—¿Estás seguro?
—Sí, descuida, puedo hacerme cargo desde aquí.

Eriol, perplejo, hizo camino hacia el hotel donde se estaba hospedando. Él dejó de ver a la pareja sólo por un par de minutos, pero cuando reaparecieron, tanto por su comportamiento como por su poder mágico, supo que no eran los mismos.

Xiao-Lang, por su lado, llevó a Kurogane hasta la habitación que alguna vez había sido la de Wei, con cuidado lo depositó en la cama, dedicó varios minutos a retirar la armadura hasta dejar al hombre únicamente con kimono y hakama, y al verlo cómodo, lo dejó dormir.

Entró a su propia habitación luego de eso, pero no encendió la luz. En su escritorio vio su ordenador aún encendido, que mostraba el libro electrónico que había comenzado a leer recientemente, y rio para sí mismo al darse cuenta de que no recordaba la temática del mismo.

Habían pasado unos minutos luego de la una de la mañana, su móvil dio la primera señal de vida luego de estar conectado. Observó el sistema operativo del aparato iniciar, y luego de pensarlo mucho, marcó uno de los números frecuentes, esperando que alguien contestara del otro lado. Una llamada de línea directa, sin intermediarios.

—Buenas noches, madre. Lamento la hora... sí, descuida, estoy bien, pero tengo una pequeña emergencia y necesito que me ayudes. —Esperó a que su madre dejara de interrogarlo—. Preferiría que lo habláramos en persona, ¿podrías mandar un transporte para ir a Hong-Kong mañana...? No, no un vuelo comercial... necesito que alguien viaje conmigo sin pasaporte... de hecho, sin ningún documento... por favor, asegúrate que Wei esté presente. Gracias. Descuida, mañana te contaré muchas cosas que pasaron y que debes saber. Nos veremos. —Era la primera vez que sentía que su sangre lo llamaba con tanta fuerza, que oprimía de tal modo su pecho, y dudó algunos segundos antes de colgar. Finalmente se decidió y agregó una nueva frase de despedida—: Te quiero, mamá.

Casi pudo sentir el temblor en las manos de Ieran cuando cortó la llamada, y él mismo se sintió liberado luego de dejar salir esas palabras. Nunca había dado tanta importancia a su familia, pero llegó a una conclusión luego de esa aventura, y por supuesto, la razón estaba en Sakura: si deseaba establecer en algún lugar lejano del futuro una familia con ella, sólo podría darle la importancia a ese compromiso, si le daba el mismo trato a su familia de origen.

Abrió luego su aplicación de mensajería, para buscar la conversación con Sakura:

Perdona que te moleste a esta hora.
Debo viajar a Hong-Kong por un par de días, y a mi vuelta deberíamos tener una larga charla con Hiiragizawa.

Los mensajes se notificaron como recibidos, pero no como visualizados, seguramente la muchachita ya estaba profundamente dormida para ese momento. Al igual que pasaba con su madre, sintió que algo faltaba. ¿Qué más daba de todas maneras? No era algo que ella no supiera. Con esa idea en la mente, escribió un último mensaje, lo envió y luego comenzó a retirarse la armadura.


Kero escuchó la alarma, pensó en que era domingo, y seguramente Sakura la apagaría luego de un par de minutos de luchar contra el sueño matinal que siempre la aquejaba. Esa mañana, sin embargo, la alarma se apagó de inmediato. Desconcertado, el somnoliento guardián asomó la cabeza del cajón que hacía de su habitación.

—Buenos días —saludó Sakura, ya vestida, mientras terminaba de cepillarse el cabello.
—Buenos días... ¿pasa algo?
—¿Por qué?
—Bueno... es que normalmente a estas horas y en domingo estás suplicando por cada segundo de sueño, perezosa como siempre.
—Supongo que mi reloj interno se estropeó —respondió la chica con una sonrisa casual.

Hubo un breve silencio mientras la chica terminaba de arreglarse.

—¿Qué fue lo que sucedió en esos minutos que tú y el mocoso desaparecieron, Sakura?
—Es una larga y complicada historia, Kero, y te prometo que te la contaré toda, pero por ahora, necesito ir a ver a Tomoyo... te traeré dulces.

El guardián flotó lentamente hasta alcanzarla junto a la puerta.

—Claro. Estaré esperando —dijo, al poner una de sus diminutas patas delanteras en la coronilla de su dueña.

Sakura salió de la habitación y verificó la pantalla de su móvil. Había tres mensajes de texto sin leer, los tres de Xiao-Lang:

Perdona que te moleste a esta hora.
Debo viajar a Hong-Kong por un par de días, y a mi vuelta deberíamos tener una larga charla con Hiiragizawa.
Te amo.

Un poco elevada por un mensaje tan directo a esas horas de la mañana, pasó por el comedor, leyó el pizarrón de actividades para enterarse de que la casa estaría sola por unas horas. Había olvidado la rutina de su padre y lo mucho que se esforzaba. Y entonces vio la siempre cambiante foto de su madre. Pensó en que era hora de que le diera el peso e importancia que ameritaba.


—Buenos días.

Las palabras de Li fueron breves, porque trataba de preservar un ambiente tranquilo al irrumpir en la habitación donde Kurogane había pasado la noche. El samurái, sentado en posición seiza, miraba a la ventana.

—Buenos días —respondió él con la misma parquedad, sin volverse.
—Pensé que querría desayunar algo. Espero que le guste la comida china.

El hombre se giró para quedar sentado frente a su anfitrión, el cual tomó asiento y le acercó una bandeja con comida. Kurogane miró las viandas, y no pudo ocultar que efectivamente moría de hambre. Sin pensárselo mucho, comenzó a comer diligentemente ante la mirada de Xiao-Lang.

—Entonces, ¿Este es tu hogar? ¿El lugar de donde tú y la hechicera llegaron? —preguntó, directo al punto.
—Sí.
—¿Y dónde está ella?
—Supongo que en su casa.
—Entonces era cierto que no son esposos.
—No lo somos. Pero ella es tan importante para mí como si lo fuera.
—¿En dónde estamos de todos modos?
—Esta va a ser una explicación larga... estamos en Tomoeda. La pregunta correcta no es "dónde estamos", sino "cuándo estamos". Yo entenderé si no puede creer lo que voy a contarle a continuación.
—Te sorprendería lo que puedo llegar a creer, chico. Y hablando de creencias... ¿Realmente estaba Tomoyo con nosotros cuando desperté por primera vez hace unas horas o sólo la aluciné?
—No, no estaba. Aunque tampoco podría decir que fue una alucinación. Considerando que son muchos temas a tratar y tenemos el tiempo algo limitado, sugiero que charlemos mientras viajamos. —Dicho eso, salió y en un santiamén regresó con un cambio de ropa nueva—. Ignoro su talla, pero creo que esto le irá bien —dijo luego de dejar sobre la cama unos jeans, una camiseta negra y zapatos deportivos entre otras cosas.
—¿Y a dónde iremos, si es que puedo saberlo?
—A Hong-Kong, debo reportarle los últimos eventos a mi madre.
—Ese será un viaje largo.
—Descuide. Estaremos allá antes del mediodía.

Kurogane frunció el entrecejo, confundido... ¿Hong-Kong en menos de cuatro horas desde la capital de Nihon?

Le bastó sólo un poco de sentido común para averiguar cómo vestirse con la ropa nueva, miró con desconfianza las luces artificiales del edificio, puso cara de susto luego de subirse al taxi, y muy poco le faltó para rehusarse a subir al pequeño avión, que ya los esperaba en una de las pistas privadas del aeropuerto de Narita, sin embargo, su orgullo no le permitió resistirse a subir luego de ver que el gaijin, que era casi un niño, subió sin rechistar.

El viaje para el samurái apenas comenzaba.


—Gracias por recibirme tan temprano, y disculpa las molestias —comenzó Sakura, apenada, mientras saludaba a su prima con una reverencia, que la recibía en el inmenso jardín de su casa.
—Nunca es molestia —respondió la jovencita con una sonrisa radiante—. Aunque la verdad es que estoy algo preocupada por…
—¿Por?

Tomoyo miró a la nada, melancólica, con una mano en la mejilla, en pose de diva trágica.

—Bueno, tu comportamiento desde anoche... no sé como decirlo, pero siento algo extraño en ti... algo diferente... estás unos cuantos centímetros más alta, y tu corte de cabello es ligeramente distinto.
—¿Cómo te das cuenta de esas cosas?
—Somos mejores amigas desde hace cinco años, y te he vestido desde hace cuatro. No hay modo de que no perciba esos cambios. Sin embargo, sea lo que sea que haya pasado, no voy a forzarte a contármelo, es algo que probablemente te afecte sólo a ti y tal vez a Li, así que…
—Te equivocas, Tomoyo. Lo que pasó, más que a ninguna otra persona, te compete a ti. ¿Te importa si nos sentamos?
—Claro que no.

Tomaron asiento en la mesa de té.

—Te contaré lo que pasó cuando desaparecimos, también sobre una persona muy importante para mí que se llamaba igual que tú, y sobre nuestra herencia compartida. —Pasó algunos segundos en silencio, al tratar de encontrar el modo correcto de iniciar el relato, tenía tanto que quería contar, que los acontecimientos hicieron un cuello de botella en su garganta.
—Siempre es bueno llegar al inicio de todo —anticipó Tomoyo, al ver el desasosiego de su prima favorita.
—Pues... después de que desaparecimos...

Apenas comenzó a contar sobre el primer ataque del Dragón al templo Tsukimine, las palabras comenzaron a fluir con naturalidad. Se esforzó por tratar de no omitir nada, le contó sobre Arashi, Junichiro, Miu y Tomoeda de la antigüedad, sobre las duras pruebas a pasar, sobre la enfermedad de Li, sobre las desventuras enfrentando a los mellizos Dragón y su problemático padre.

Pasó cerca de dos horas haciendo el resumen de los eventos, sólo tomó un par de pausas breves para beber algo de té, y con ello refrescar su garganta; y luego contó más. Y entonces ahondó en aquella parte tan importante para su propia historia personal y la de su prima: la figura de Tomoyo Amamiya Tsukuyomi, que a pesar de sólo tener diecisiete cuando se conocieron, había sido una hechicera de altísimo nivel, con la que ambas compartían sangre y herencia. Le contó sobre su poder, compromiso, entrega y una complicada relación con el dueño de la villa en turno.

—Vaya... no imaginé que nuestro linaje llegara tan atrás en la historia o que fuera tan importante.
—Eso mismo pensé yo... pero ahora estoy convencida de que nuestra herencia va más allá de la historia... nos da una misión, y esta vez me siento muy feliz de poder compartirla contigo.

Sakura tomó la mano de Tomoyo por arriba de la mesa, felices de tener algo que las uniera de forma tan profunda.


Ieran abrió la puerta de su propio despacho intempestivamente, y entró. Detrás de ella se colaron las cuatro hermanas de Xiao-Lang, Meilin y Wei. Kurogane ocupaba un asiento en el antiguo sofá del fondo del salón, mientras que Li se sentaba parcialmente sobre el escritorio de su madre, encarando a los recién llegados.

—¿Qué está pasando, Xiao-Lang? —preguntó la lideresa del Clan Li. Miró a su hijo detenidamente, y notó que había algo radicalmente diferente en él... no era sólo su apariencia, aún cuando sí había variado. Era su comportamiento, incluso su firma mágica.
—Me encanta tu cabello —dijo con ligereza Meilin, con las manos en la cintura, y los ojos en la pequeña cola de caballo que el muchacho había atado en su nuca.
—Gracias, de hecho, esa es una razón por las que pedí que Wei estuviera presente, necesito un corte, y es el único que al que dejaría poner una navaja en mi cara. Por cierto, él es el señor Kurogane Ou —dijo, y apuntó con la mano extendida al hombre, en el cuál no habían reparado.

Bastó con que se pusiera de pie para que las cuatro hermanas mayores contuvieran el aliento. Xiao-Lang y Ieran tuvieron el impulso de darse una palmada en la frente, y Meilin puso los ojos en blanco.

—Huele a desesperación por aquí, ¿no, tía? —ironizó Meilin, mordaz.
—Sí, un poco... ¿mamá? —preguntó Xiao-Lang, y a una mirada de la interpelada, las cuatro chicas abandonaron el recinto entre reclamos.
—¿Y bien, hijo? ¿Cuál es la emergencia sobre la que querías hablar?
—Primero y antes de comenzar a contarles todo, deseo que el señor Kurogane reciba todo el respaldo de esta familia. En mi tiempo de necesidad procuro mi bienestar y hasta mi aprendizaje. Le debo mucho y quiero retribuirlo.
—Dalo por hecho.
—Bien, gracias. —Sin saberlo, se enfrentó al mismo predicamento que Sakura: ¿Por dónde comenzar? Y pensó que una imagen valía más que mil palabras—: Recuperé una de nuestras reliquias familiares.
—¿En serio? ¿Y cuál es?

Li se adelantó un par de pasos, unió sus palmas y generó el resplandor de llamas azules bien conocido por todos. Un instante después, Wu Xing quedó exhibida ante su familia.

Ni Ieran, estoica y acostumbrada a ver cosas sorprendentes todo el tiempo, pudo evitar mostrar un gesto de asombro. Xiao-Lang depositó la espada en las manos de su madre, y retrocedió unos pasos. Ieran sopesó la espada sin comprender a cabalidad lo que sucedía. Era una espada Wu Xing cuyo poder podía sentirse a la distancia, también la forja era exquisita, pero, ¿por qué el lobo decía que era una reliquia familiar? La respuesta a esa pregunta la abofeteó al leer la inscripción a un lado de la hoja.

—No es posible... Esta es la espada Wu Xing de...

Se quedó muda al volver a ver a su hijo, de pie unos pasos delante del óleo que trataba de hacer una representación del mítico Hogo Okami Li.

El personaje histórico en cuestión había nacido y fallecido antes de la invención de la fotografía, por lo que no se conservaban más que aproximaciones a su apariencia física, pero algunos elementos coincidían, como la estatura, la complexión, el color de cabello, y la edad a la que su leyenda comenzó.

—Tenemos mucho de qué hablar, madre.


La comida había sido servida para cuando el relato de Sakura concluyó. Tomoyo apenas si la había interrumpido con alguna expresión incidental, según el momento del relato, que podía ir desde la risa hasta la preocupación.

—Entonces... ¿tú y yo...?
—Sí. Somos la décimo sexta generación de la familia Amamiya Tsukuyomi partiendo desde mil setecientos dieciocho, aunque en realidad, yo ya no soy una Tsukuyomi, sino la primera Hoshinomegami. Y eso es muy importante y valioso, porque me hace ver que no estoy sola. La magia es sólo una circunstancia en mi caso, pero la herencia que nos une a Tomoeda y a nuestra familia es lo que realmente pesa. Tal vez lo estoy haciendo todo demasiado grande, pero tengo la impresión de que tenemos una inmensa responsabilidad a causa de nuestro linaje.
—Ya veo... mamá me llegó a contar alguna vez que nuestra familia era muy importante para Tomoeda, pero francamente pensé que era algo relacionado al dinero del abuelo... nunca imaginé que tendría que ver con un título o herencia mágica... ¿Y cómo es que no sabemos nada más sobre la protección de Tomoeda o Tokio?
—Al parecer, mi mamá debió haberme contado, siendo que la estafeta pasa de madres a hijas, pero yo era muy pequeña cuando ella falleció, así que…
—De acuerdo, entonces... investigaré todo lo que pueda sobre nuestra familia, pero hay algo más importante que debemos discutir justo ahora —enunció Tomoyo, completamente seria, y deslumbró a Sakura con el resplandor que lanzó por los ojos.
—¿Y qué es...?
—Pensando que fingieron ser esposos por esos meses, y que incluso vivieron juntos… ¿Hasta dónde llegaste con Li?
—¡HOE!

Capítulo 25.

Fin.