Usualmente escribo capítulos más largos pero tenía ganas de publicar este rápido considerando que hace un año tengo pendiente este fic.


Una aguja en el pecho


Por un momento en su mente se desenvuelve un escenario que no le parece para nada espantoso, a diferencia de los muchos que se ha imaginado con el correr de los años. Se deja obnubilar por lo que parece una fantasía infantil y sin darse cuenta sonríe como una niña de quince años. Rubor pintando sus mejillas, una sonrisa apretada y una imagen que debería horrorizarla.

¿Qué tan terrible sería ser su esposa? Se permite preguntarse y echa un vistazo a la fina bolsa que yace entre sus piernas. Acaricia la tela aún sorprendida por la calidad y los colores vibrantes de sus bordados. Este debe ser sin duda alguna el presente más caro que ha recibido en su vida, aunque tal vez no sea el más especial. No, no lo es. Ella aún conserva la daga espiralada que le una vez le obsequió la marioneta de Kokichi Muta.

En una enmarañada red de recuerdos, vuelve a pasar por su mente su deceso y todos los eventos anteriores. Retira entonces su mano de la tela como si sus huellas se hubieran prendido fuego y parece recobrar la compostura.

El efecto Gojo Satoru sigue vigente y se abre paso con cada vez más fuerza. Él mismo es una fuerza natural devastadora que se abre camino en su interior llevándose a todos por delante. Kasumi lo siente como una enredadera que crece incansablemente, no logra deshacerse de ella a pesar del empeño. Gojo puede ser corrosivo, como un cáncer que crece sin parar. ¿Cómo puede alguien tan hermoso ser tan dañino?

Al mismo tiempo, sabe que no tiene escapatoria de su propio corazón. Que la empatía que la caracteriza es tan obstinada como él. Le es inconcebible la idea de dejarlo solo y a cuestas, a merced de los deseos de su clan. Se siente una vez como si estuviera frente a Kenjaku y su imponente Uzumaki. El espiral interminable, abominable, indestructible.

Todos los huecos vacíos de su corazón parecen inexistentes cuando está junto a él. Tal vez sea porque aún no es lo suficientemente fuerte, ni sus técnicas malditas, ni su mente o su corazón. Todo es débil e inútil contra él.

Es una tonta por creer que tal compromiso fingido pueda significar algo real. Después de todo, es el mismo Gojo Satoru que ha salido de la caja, con un par más de problemas. Pero, a fin de cuentas es él, el mismo.

Se esfuerza simplemente arrastrado por la soledad que le ha carcomido la cabeza durante un tiempo infinito, quizás desde antes de ser sellado. Pero, ¿acaso ella no es igual?

Ha tenido años para pensar en esto, para deliberar en la razón por la cual cayó en sus garras con tal facilidad. No ha sido simplemente por su edad, su inexperiencia e ingenuidad. Hay una razón muy clara para que alguien como ella, tan inútil y empobrecida se haya encontrado cegada ante el hombre más poderoso de la tierra. Gojo puede tener lo que desee en la palma de su mano y ella es uno de esos tantos objetos que manipula a la perfección, como su técnica maldita, como su infinito.

No es una coincidencia que le atraiga de él todo aquello de lo que ella misma carece.

Eso en cambio, es algo que siempre ha sabido, pero eligió ignorar. Ella le pertenece a alguien a su altura y él siempre ha sido completamente inalcanzable. Lo que sucede ahora es una mera fantasía infantil que por un segundo la ha vuelto a engañar, otro espejismo.

Miwa se reclina sobre su asiento mientras observa por la ventana de un avión las casas de campo, pequeñas como la uña de su meñique. La vida en un clan no es nada sencilla, y el recuerdo de Mai debería ser suficiente para silenciar todas las voces que la empujan a sus brazos.

Sin embargo, el peso de su propia familia desde hace un tiempo ha comenzado a doblarle las rodillas. La seguridad de los niños estaría garantizada, al menos por un tiempo que le serviría a Satoru para buscar una nueva salida, o una esposa acorde a sus necesidades…

Aquel pensamiento le retuerce las entrañas, duele como un cólico y le obliga a llevarse una mano al abdomen para apaciguar la sensación que le invade.

Los niños están en la escuela para cuando llega a su casa, vacía y silenciosa. Por la ventana ve a la abuela Chou regando las opulentas flores en su jardín y por un momento envidia los colores del otro lado de su cerca. Aunque tampoco tiene tiempo para dedicarse a embellecer su hogar. Camina hasta su alcoba y toma un sobre que guarda en el cajón de su escritorio. Su mirada observa de reojo un souvenir rosa, gastado, tan consumido por los años como sus sentimientos por el mismo que se lo obsequió. Tampoco ha tenido la fuerza como para deshacerse de él.

Suspira, se sienta sobre el colchón y relee las instrucciones que encuentra dentro del sobre. Necesita el dinero para pagar las cuentas de servicios, el sueldo de Kano no es suficiente para alimentar tantas bocas y la paga es suficientemente abultada como para quitarle las preocupaciones por tres meses.

Esta noche será su última cena con su familia y al día siguiente empezará una nueva misión.

Kasumi fuerza una sonrisa que logra mantener durante toda la noche. No dice una palabra de todas las que rondan en su mente y prepara la cena. Escucha las anécdotas de los muchachos, los ayuda en sus tareas y conversa con Kano sobre aquella chica que conoció en el trabajo, sacándole las palabras a cuenta gotas. Sochi elige una película apta para todo público y al terminar dos de los niños ya están dormidos. Los arropa, lee un cuento y al finalizar la noche regresa a su cama.

La sonrisa desaparece.

Pasa unos minutos observando la pantalla de su celular, las yemas de los dedos vuelven a quemar. Pero esta vez no es porque quiera alejarse de algo, sino porque se muere de ganas de escribir un mensaje.

'¿Qué haces?' '¿Cómo estás?' '¿Estás durmiendo?'

No escribe ninguno de ellos y apaga el celular para aprovechar las últimas horas de sueño que tendrá en un colchón limpio, entre sábanas perfumadas. Antes de cerrar los ojos por última vez percibe el aroma de Satoru sobre la almohada. Tristemente es de sus olores favoritos… No el de su perfume importado, ni el de su shampoo o el jabón que suele usar. Es el aroma de su piel. Único e inconfundible.

Se despierta al alba, antes que suene la alarma de su despertador. Se da una última ducha caliente y prepara todo lo necesario para su viaje. Lleva un bolso cargado con comidas instantáneas y algunos talismanes que le darán protección contra las maldiciones más pequeñas. Un par de botellas de agua, una linterna, un par de mudas de ropa.

Se viste el traje a medida que le ha dado la escuela y la funda doble de sus katanas. Se acomoda el cabello en una cola de caballo bien apretada y se mira al espejo una última vez antes de salir. No sin antes dejar una nota a Kano con varios recordatorios.

Kasumi suele marcharse antes de que alguien despierte, sólo para evitarse tener que escuchar los lamentos de los niños y retrasarse, o no tener la suficiente fuerza de voluntad como para marcharse sin saber si volverá a verlos.

Cierra la puerta con cuidado tras de sí y antes dar un paso más escucha una voz familiar.

—Sales muy temprano esta vez, Kasumi-chan.

Kasumi se voltea y sonríe. La abuela Chou está en el pórtico de su pequeño hogar sentada en su vieja mecedora. Ella asiente.

—No quería despertar a los niños.

—Ven a casa y bebe un café con esta anciana antes de irte —dice al levantarse, encorvada camina hacia la puerta haciendo un gesto con su mano.

No se puede negar, aunque preferiría no hacer más larga su tan acostumbrada despedida. Camina hasta la casa y entra observando los alrededores esperando encontrar al abuelo Chou, pero no parece encontrarse despierto. La abuela ya tiene una tetera lista y arrastra una silla frente a una pequeña taza, luego camina con premura y le sirve un plato con galletas.

—¿A dónde irás esta vez? —le pregunta después de verla sentarse—. Espero no sea nada muy peligroso —dice casi en un tono de regaño, señalándola con el dedo—, tienes que tener cuidado, ¿quién te acompañara? ¿Irás con ese muchacho que pasó la noche contigo?

Kasumi se sonroja, entierra su rostro sobre la taza y trata con todas sus fuerzas de no escupir el café que se acaba de tomar. Luego niega.

—Otra persona irá conmigo, no se preocupe, no será nada peligroso.

Se siente mal al mentirle, mirándola a la cara, tratando con más ímpetu de no dejarle entrever la verdad en su expresión. Ella sabe que siempre ha sido mala para decir mentiras.

—Debería tomarme esto rápido si quiero llegar a tiempo —vuelve a mentir y toma otro largo sorbo de café.

—Come algo, no quiero que te vayas con el estómago vacío. Anda, sírvete, come algo, estás muy delgada.

Es inevitable sonreír a pesar de sentirse tan nerviosa. Kasumi nunca tuvo una abuela y ella es lo más cercano a eso. A veces se pregunta si todas las abuelas serán como ella.

—Uhm… en… en mi ausencia usted podría…

—¿Cuidar a los niños? Claro, ni siquiera tienes que preguntarlo. Esta también es su casa.

Se atreve a tomar una galleta, aunque tiene el estómago hecho una bola de nervios. Algo le dice que no le dará paz hasta que se lleve un bocado.

—¿Y que hay de ese muchacho? Lo noté muy interesado en ti…

—¿Quién? —pregunta— ¿Gojo? No lo creo… él es así —dice y se sonríe—. Él es como una fuerza incontrolable de la naturaleza.

—Como un tsunami.

—Un huracán.

—Uno muy bonito, debo agregar.

—Lo es —admite con pesadumbre.

—Los hombres tan bonitos suelen tener a las mujeres a sus pies, por eso se ven desorientados cuando no obtienen lo que están esperando.

Kasumi asiente.

—Pero… —agrega la abuela—, eso no significa que no tengan sentimientos.

—Gojo… es una persona que nadie puede controlar. Creo que hasta él mismo tiene problemas para hacerlo.

—Kasumi-chan… a mi edad se aprenden muchas cosas, y una de ellas es que cuando uno ama a alguien no se le puede controlar. Solo podemos aprender a aceptar las diferencias entre nosotros, apreciar la libertad de nuestro ser amado y permitirles ser, con sus errores y sus virtudes. El amor hacia ti misma, por otro lado… es aceptar lo que te hiere y abrazar lo que te hace feliz. Las miradas ajenas pueden hacerte desistir de hacer y estar con quien tú deseas, pero al final del día tú eres la dueña de tu vida y la vida no es más que una búsqueda constante de felicidad. La felicidad es efímera y esquiva, no se puede ser feliz en plenitud si no has tenido un sorbo de tristeza… y tú has tenido mucho de eso. Vivir con miedo de sufrir es evitar vivir.

El pecho de Kasumi se llena de nostalgia.

—Quisiera llegar a su edad para ser tan sabia, usted siempre tiene las palabras indicadas.

—Uno no llega a mi edad sin darse unos cuantos tropezones en la vida. Pero, ¿sabes qué? Cuando esos tropezones se dan en el camino en el que nos guía nuestro corazón, no hay arrepentimientos. Porque, aunque al final del camino nos encontremos con que aquello que soñábamos no era lo que esperamos, siempre terminamos ganando algo que no esperábamos. Una lección que nos guíe en nuevos horizontes, nuevos amigos, o bellos recuerdos. La gracia es que debemos llegar al final, ser valientes y seguir adelante siempre y cuando nuestro corazón nos señale la dirección. Tal vez al final tengas algunos arrepentimientos pero, por lo general… uno no se arrepiente de las cosas que hizo por amor.

Probablemente sea el sermón de Maki lo que lo obligó a levantarse de la cama y marchar hacia la primera esfera de energía maldita que encontró. Eliminó una maldición mientras se preguntaba qué caso tendría si de todas formas volvería a aparecer en algún otro rincón de este gran páramo de destrucción.

—Tal vez si hago un gran alarde frente a una cámara… —se preguntó a si mismo—. A Yaga no le hubiera gustado para nada… —dice y se sonríe mientras alza la mano y elimina otra maldición como un simple mosquito—. El contexto ha cambiado mucho como para limitarme… —Estira su cuello hasta hacer click con sus propias vértebras—. Quizás es lo que el mundo necesita, tienen que saber que estoy aquí para ayudarlos a recuperar Japón, quizás así dejarían de tener tanto miedo y la energía maldita dejaría de crecer… Bah… sólo es una idea.

Gojo lleva sus manos a sus bolsillos, patea una piedra en su camino mientras deambula sin rumbo buscando otro cúmulo de energía. Mira el cielo de reojo, gris y triste.

—Lloverá.

Camina por más tiempo del que debería, pudiendo hacer esta misma ruta desde los aires. Recorre calles desoladas con un rumbo que comienza a delimitarse con mayor claridad con el pasar del tiempo. Por supuesto, el rastro de energía maldita lo lleva directo hasta Shibuya. Pero, incluso él es cauto y rodea el perímetro. Si va a limpiar el epicentro de este desastre deberá hacerlo haciendo gala de sus atributos y no aquí, a ciegas de todo Japón.

—¿Qué opinaría papá? —se pregunta en tono sarcástico imaginando su desmedida reacción.

Una primera gota cae sobre él, pero no lo toca.

Eventualmente decide revisar el interior de los edificios más cercanos. Nada que no pueda manejar, pero la cantidad de maldiciones logra impresionarlo. Son como un enjambre de avispas listas para atacar. Quién sabe cuánto tiempo llevan esperando un alma humana.

Al llegar a la cima se da unos minutos para pasearse por la azotea y buscar su próximo destino. Edificios colapsados, vegetación que intenta crecer para morir tempranamente probablemente por la cantidad de energía maldita que emana de cada rincón.

Sus seis ojos captan un rastro conocido y se levanta las gafas.

Kasumi está ahí. Ha llegado a reconocer el rastro de su energía maldita como una huella digital. La curva de sus labios se extiende en una sonrisa que se desdibuja cuando su corazón acelera el paso y logra verla en la distancia. A pesar de los kilómetros, a pesar de la lluvia, puede verla claramente.

Una aguja muy pequeña se hinca sobre su pecho, justo en el medio y lentamente comienza un proceso corrosivo. Se extiende cual ponzoña, como un millón de manos arrastrando su carne al interior de su pecho.

Esa persona sostiene su rostro, acaricia sin tapujo su piel y luego corre de su rostro un mechón húmedo de cabello. Le sonríe, la mira a los ojos con una familiaridad que le vuelca por completo el abdomen.

Satoru se vuelve un espectador silencioso, completamente mudo e incapaz de parpadear. Repentinamente parece hipnotizado por las manos ajenas que revisan con cuidado y delicadeza el rostro que le quita el sueño.

La idea de interrumpir este íntimo momento cruza por su mente, más que una idea se vuelve un impulso monstruoso que lo arrastra a llevar un pie a la cornisa, listo para caer al vacío y hacer un espectáculo de su llegada. Tomarlo por sorpresa y saludarlos como si nada estuviera pasando, como el fanfarrón que siempre ha sido.

Sin embargo, algo lo detiene. Su pie derecho permanece en el aire. Una expresión sombría en el rostro. Los puños bien cerrados dentro de los bolsillos de su pantalón.

La lluvia lo cubre por completo y escurre a través de su frente hacia el puente de su nariz y cae al suelo, cientos de metros bajo sus pies. Su camiseta empapada, su cabello pegado a sus mejillas.

Suspira.

El pie que estaba listo a emprender una caminata iracunda vuelve a su base y se encuentra a sí mismo contemplando a Kasumi sonreírle a este extraño.

—Entonces… así es como te hice sentir.

En aquella ocasión Kasumi salió huyendo y ahora entiende por completo la razón. A pesar del malestar y la energía que comienza a arremolinarse en su estómago. A pesar de la terrible sensación que le quema la piel, Satoru comprende que debe dar media vuelta y dejarla en paz.

—Pero… —comienza a decir un instante después de voltearse—. ¿Quién carajo es este tipo? ¿Y por qué la toca con tanta naturalidad? Kasumi ni siquiera me deja tocarle la mejilla sin recordarme que soy un idiota… No, no debería seguir mirando, eso es justamente lo que no debería hacer, no debería estar espiándola de esta forma, no, no, no estoy respetando su intimidad. Entonces, ¿por qué carajo no puedo dejar de mirar? Es como un choque en cámara lenta… Mierda, no puedo quitarle los ojos de encima. ¿Qué tiene ese idiota que yo no tenga? Soy más alto, más guapo y muy probablemente más poderoso que él, ¿por qué está tomando mí lugar? Yo debería estar ahí, arreglando su cabello y acariciándole la espalda. ¡No! —dice y se da media vuelta—. Seguramente hay una razón lógica, quizás es un pariente lejano que ella nunca me ha mencionado. Pero, si lo tuviera yo sabría sobre él, Ijichi no se hubiera olvidado de mencionarlo… ¿o sí? —se vuelve sobre sus pasos y vuelve a observar con más discreción—. ¿Qué tal si tiene una técnica maldita que la ha manipulado y ahora está bajo una especie de maldición? Suena lógico, suena a que debo intervenir de inmediato… ¿cierto? —se pregunta, alza una ceja y los observa—. Suena a que estoy inventando una excusa muy conveniente para entrometerme en sus asuntos que es justamente lo que no quiero hacer. ¿Dónde está la abuela Chou cuando uno la necesita? Basta, voy a intervenir. No, no, debes controlarte Satoru, estás sonando como un loco, ¿qué hay de malo en que Kasumi reciba un poco de atención masculina? Después de todo es muy bonita y… con los años se le añadió un atractivo… Basta, detente, estos pensamientos no te están llevando a un buen lugar. Estás comportándote como un payaso. Tranquilo, tu sabes la clase de mujer que ella es, ella no se acostaría contigo para luego irse a por otro que no te llega ni a los talones. Aunque… ella me rechazó después de acostarse conmigo y me dijo que todo fue un error, aunque luego me confesó que aún siente algo por mí. Mierda, esto es muy confuso… Tal vez sólo una pequeña conversación para asegurarme de que todo está bien, ¿qué daño puede hacer? Oye, pasaba por aquí y… ¡Mierda! —se dice a sí mismo tras sentir una mirada sobre sí mismo. Satoru se agacha sobre la cornisa. Suspira—. Puedo despedirme del factor casual —se recrimina con una mano sobre el rostro—. Carajo… estoy escondiéndome de Kasumi y su nuevo amante. ¿Seré muy evidente si simplemente me levanto y los saludo? ¿Por qué no puedo levantarme? Estoy… ¿avergonzado? Creo que me siento fuera de lugar, mierda, ¡mierda! Eso es algo nuevo… ¿Y si él es la razón por la que Kasumi usa anticonceptivos? Si fuera ella tampoco querría embarazarme de alguien tan feo —Satoru se sonríe—. ¿Qué es eso, Satoru? ¿Acaso estás celoso? Creo que sí, supongo que así se siente —levanta levemente la cabeza para poder verlos, caminando hacia algún sitio que desconoce—. Se siente como arrancarle la cabeza a alguien que ni siquiera conoces.

Se sienta, deja que la lluvia lo cubra y observa su mano completamente empapada de gotas de lluvia. ¿En qué momento desactivó su técnica? Todo se ha vuelto más complicado de lo que debería ser. Siempre imaginó que las relaciones eran algo complicado, al menos para él, pero esto ha llegado a otro nivel.

—¿Cómo se quita esta sensación? —se pregunta e intenta buscar la respuesta en sus recuerdos—. Nanami jamás mencionó algo parecido. Shoko fuma, pero lo hace todo el tiempo, ¿cuál es la diferencia? ¿Utahime? Bah, dudo que alguien pudiera enamorarse de tanto mal humor… ¿Yaga?...

Es un despropósito para él sentarse a quejarse de su situación sin buscar una solución rápida y caer en cuenta de que no la hay no le hace demasiada gracia. Ahora entiende, mientras baja rápidamente del edificio hacia uno abandonado que recuerda haber visto unos kilómetros atrás.

Apenas le sorprende ver un par de motocicletas fuera del pequeño bar que vio de reojo unas horas antes. Escucha un ligero bullicio dentro, música rock and roll. Empuja la puerta frente a él, una nube grisácea de humo de cigarrillo por doquier, le recuerda los peores momentos de la adicción de Shoko. Le echa un ojo a la rocola vintage, 'Missisipi Queen' suena a todo volumen. Ignora las miradas del resto, aunque se sonríe al notar sus vestimentas. Le recuerdan un poco a la película Mad Max. Estos sujetos sí que han llevado al extremo el concepto post apocalíptico.

—Sírveme un trago —le dice al de bigote que está en la barra.

—Niño, esto es un club privado, por si no lo habías notado —le responde poniendo una escopeta sobre la mesa.

Satoru la observa con cierta tranquilidad, aunque su gesto es frío. Levanta una mano mientras los demás comienzan a rodearlo y sin sudar una gota la escopeta rechina hasta volverse una bola irreconocible de metal y madera.

—No manejo bien el alcohol, ¿qué tal si empezamos con algo ligero?

Las gafas de aviador del de bigote se caen sobre el puente de su nariz. Sus ojos como dos huevos hervidos a punto de salirse de sus cuencas señalan a cada uno de los que estaban listo para atacar.

—Con que un chamán… —dice luego y coloca un vaso pequeño frente a Satoru.

El vaso vuela despedido y se estrella contra la pared, entre dos cabezas que tiemblan irremediablemente.

—Lo siento, no me medí. Quiero un vaso grande, ¿qué es eso de niño? Tengo treinta años, maldita sea, dame un vaso de adulto.

—¡Okay! ¡Tranquilo! —se disculpa levantando las manos—. No quise ofenderte, de hecho, nos gustan los chamanes, ¿no es cierto, chicos? —Mira al resto asintiendo con vehemencia y poco a poco se escuchan voces afirmando—. Gosaki es uno, ¿cierto?

Gojos se voltea y lo ve, demasiado tímido para su gusto. Levanta una mano y Satoru regresa el gesto.

—Bueno, ¿quieres ginebra? —pregunta y observa las letras borrosas de su envase—. ¿37.5… creo?

—¿No hay cerveza? Eso no tiene tanto porcentaje de alcohol. No quiero salirme de control con ustedes, son mis amigos, ¿no?

—¡Claro!

—Por supuesto.

—¡Sí!

—Bueno, oigan y cómo hicieron funcionar este lugar —pregunta observando la luz encendida sobre su cabeza.

—Tenemos un equipo que cargamos con gasolina y… ya nos acabamos toda la cerveza.

—Bien, ginebra será.

—Trae una soda para nuestro nuevo amigo —ordena el de bigote—. Por cierto, me llamo Tatsuo, ¿cuál es tu nombre?

—Gojo Satoru —contesta con su mano firme sobre el vaso en el que sirven un trago para él.

—El Gojo Satoru —le dice Gosaki acercándose lentamente y Satoru asiente—. Vaya, creí que eras un mito. Algo que inventó el gobierno para tranquilizar a la gente.

—Hace un tiempo no hubiera creído que un chamán no conociera mi nombre.

—Es que… me hice chamán después del 2018.

—Eso lo explica.

—¿Y qué te trae por aquí, Satoru Gojo? —pregunta Tatsuo.

—Estoy… —contesta observando el gin, preguntándose qué tanto daño podrá causarle—, intentando ahogar mis penas en alcohol. ¿Ustedes?

—Nosotros no ahogamos penas, nos divertimos. Saqueamos, bebemos, somos piratas.

—¡Eso quiero! Necesito divertirme un poco, ¿saben? Quitarme un momento la carga que llevo en los hombros y olvidarme por un momento de la chica que me rechazó. Un viejo amigo solía beber bastante, pero lo hacía con una dignidad que yo nunca podré. Solo he visto que hacen esto en las películas e imaginé que podría servirme. ¿Ustedes qué opinan?

—Muchacho, solo bebe. Mañana sólo tendrás tiempo para pensar en lo mucho que te duele la cabeza. Ni siquiera recordarás el nombre de esa muchacha.

Tal vez esto funcione, se dice a si mismo. Mueve la cabeza al ritmo de la música, cada vaso que pasa por su mano lo deja más y más entumecido. Los muchachos se acostumbran a su presencia pasados unos minutos con solo verlo allí sentado. Cierra los ojos y sigue el ritmo. Se voltea de vez en cuando a observarlos jugar al pool y de vez en cuando cierra un ojo para guiar sutilmente una esfera de color hacia el agujero más cercano.

El alcohol le deja el cuerpo caliente, tanto que no se da cuenta que sigue empapado.

Escucha la letra de la canción que suena en la rocola y sólo puede pensar en ella a pesar de que le aseguraron que el alcohol ayudaría.

'Don't you lover her madly? Don't you need her badly? Don't you lover her ways?'

—Mierda, esa canción me gusta mucho —dice entre palabras amontonadas. Ni siquiera sabe cuántas copas se ha tomado, sin embargo, sigue el ritmo y menea su cabeza tarareando la canción.

'Now tell me what you say. Don't you lover her madly? Wanna be her daddy? Don't you love her face? Don't you love her as she's walkin' out the door? Like she did one thousand times before.'

—Esa persona sabe exactamente como me siento —dice antes de que su rostro caiga contra la barra del bar.


Quienes quieran escuchar la canción que escucha Gojo, es Love her madly de The Doors.