Las cosas sin importancia.

El polo norte no parecía haber cambiado mucho, salvo tal vez porque las edificaciones no estaban semiderruidas por lo bombardeos y porque Aang no estaba cubierto por una mega coraza de agua salvando a mundo una vez mas.

Zuko contemplaba la línea de la costa y la ciudad amurallada mas allá, tras esas murallas al otro lado del sistema de esclusas estaba Katara; comenzó a nevar suavemente, levanto su rostro hacia la luna, ya le habían dicho que en aquella época era invierno, su tío hablaba mucho del profundo desasosiego que provocaba aquella larga noche de cerca de seis meses, no podía evitar recordar la ultima vez que estuvo en ese lugar, la furia contenida que ocupaba antes su alma no le había permitido apreciar el paisaje, inhalo profundamente el aire salado de la bruma marina… tantas historias tristes habían quedado atrás en medio de aquella guerra.

Una sonrisa dulce se dibujo en su rostro, no podía evitar sentirse henchido de alegría ahora que Katara estaba tan cerca de él, en esa circunstancia poco importaba la larga noche ártica, la ultima visita que hizo a aquel lugar, o su compromiso con Mai; allí nada eso importaba.

Cuando desembarco, enfundado en su grueso abrigo de piel, se dirigió al lugar donde Katara le esperaba, se suponía que aquello era una reunión del equipo pero ya lo había internalizado como una visita particular, hasta tal punto que no se tomo la molestia de programar una reunión con los líderes de la tribu.

Para cuando entro en la casa donde el grupo se quedaba ya la nevada se había convertido en ventisca, afuera el viento arrojaba andanadas de granizo y escarcha contra las edificaciones y adentro el espacio se hallaba invadido por el olor de la foca ártica asada, de las especias que él mismo trajo como regalo y todos le esperaban efusivos, felices de volver a verlo.

No perdió el tiempo y fue a sentarse al lado de Katara, desde donde saludo a todos, excepto a Aang, según lo que entendió lo habían mandado a lavarse las manos… afortunado, el puesto que había ocupado era el que Aang había dejado al salir de la habitación; casi de inmediato Sokka inicio la conversación.

-¡Oye, que buen abrigo ese que traes puesto.

-¿Te gusta? Es piel de ciervo-visón, mi tío y yo lo cazamos el verano pasado- Zuko estiro los brazos para mostrar el abrigo aprovechando la mimbra para abrazar la cintura de Katara.

Ella se sonrojo un poco y se puso a mira la foca ártica asada que soltaba su vaho lentamente formando espirales, mientras Zuko y Sokka narraban historias de cazadores les sirvió a todos; tanto el avatar como Toph pasaron la velada taciturnos y silenciosos, la maestra tierra contrariada por no "ver" nada y el avatar por verse desplazado, una vez mas por el Señor del Fuego.

Despues de la cena, Zuko fue a su habitación, un lugar caldeado y un poco estrecho tan bien aislado que las voces fuera parecían leves murmullos, no tardo en dormirse recordando el olor dulzor de Katara.

-¿Señor de fuego Zuko?- se oyó una voz cristalina a través del sopor del sueño.

- ¿Señor de Fuego Zuko?- continuo la voz un ay otra vez hasta que el velo del sueño fue rasgado.

El Rey abrió los ojos, estaba rodeado por tinieblas, aquella casa dormía hacia horas, escucho con atención y en pocos segundos volvió a oír aquella voz cristalina, casi infantil que le interpelaba.

- ¡Soy yo!... ¿Quién es?... ¿Katara?

- ¿Eres tú el señor de Fuego Zuko?

Aquel debía ser Sokka, en verdad era muy persistente para levantarse aquella hora de la noche a gastarle una broma de tan mal gusto; entonces decidió castigar a Sokka por despertarlo a tales horas, se levanto sin hacer ruido y se aposto al lado de la puerta dispuesto a hacerle pasar un susto al cazador.

-Soy Zuko el Señor de Fuego… ¿Quién eres tú?

Espero escuchar la voz, pero esta se hizo esperar, ¿Qué ocurre ahora?, ya sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, podía ver su lecho delante de él y sus propios pies descalzos como dos ojos blanco sobre la piel oscura que cubría el suelo de su habitación, contuvo la respiración, no se oía nada aún del otro lado, Zuko espero como un tigre que se prepara para saltar sobre su presa.

-¿Eres el Señor de Fuego, Hijo de Ozai y Ursa?

Aquel era el momento, salto con un grito terrible al otro lado de la puerta solo para encontrarse el pasillo vacío; ¿Y esto? Se pregunto un poco decepcionado; miro a ambos lados del pasillo, estaba vacío y solo se oía el sordo rumor de la ventisca que se empeñaba en cubrir de nieve la ciudadela, arrugo el ceño ¿Cómo podían burlarse así de él?, molesto echo a andar por el pasillo hacia el comedor.

-Soy Zuko el Señor del Fuego, hijo de Señor de Fuego Ozai y de la Princesa Ursa y te exijo que me digas ¿Quién eres y que quieres de conmigo?

Había llegado al final de pasillo y se había asomado al comedor cuando la estancia se lleno de ruido que parecían provenir de todos lados y de ninguna parte a la vez, eran risas, llantos, gritos desesperado, gemidos dulce y resignados; frente a sus ojos sobre la mesa donde habían cenado un bulto oscuro empezó a crecer latiendo espasmódicamente como un corazón recién arrancado de un cuerpo vivo. La adrenalina recorrió el cuerpo de Zuko, se tenso como un arco, previendo el peligro en cada rincón de aquella casa, levanto los brazos en busca de sus espada gemelas, aquella cosa sobre la mesa ya casi alcanzaba el techo y llenaba el lugar, pero solo encontró el aire, la guerra había terminado, el mundo ya no tenía amenazas para él, ya no dormía armado.

Zuko solo pudo mirar con estupor como aquella cosa se echaba sobre él, sumiéndolo en una oscuridad extraña en la que ya no podía oír su propia voz, en donde su boca soltaba gemidos que no eran suyos, donde su cuerpo no era mas que un recipiente rebosante de dolor, ya no podía saber si lo que ocurría en verdad le estaba pasando a él, o le pasaba a otro ser desgraciado en otro lugar, de lo ultimo que tuvo consciencia fue del sabor ferroso de la sangre que inundaba su boca y un dolor inmenso que venía de algún lugar de su cuerpo que ya no podía localizar.