Los personajes no me pertenecen, son de la magnífica Stephenie Meyer, a mí solo me pertenece la historia.


Capítulo 11: felicidad eterna.

Apenas hacía un mes que yo era vampiro, pero ya estaba casi del todo controlada, según Edward era porque mi mente era incapaz de albergar ningún mal, según yo, porque pensaba demasiado en él para preocuparme por la sed, porque en lo que se refería a él yo estaba totalmente fuera de control.

Edward y yo fuimos de caza, nos alejamos bastante porque aseguró que tenía que mostrarme algo. Llegamos hasta Alaska sin soltarnos de la mano y entonces Edward me descubrió el lugar más hermoso del mundo. Una gran cascada se presentaba magnífica ante nosotros, podía notar el agua salpicar en mi rostro, a nuestros pies un prado cubierto de flores, podía olerlo todo, era una sensación embriagadora, como el olor de Edward, tan penetrante, tan dulce.

-Es precioso.-aluciné mirando cada rincón a mi alrededor.

-Pensé que te gustaría.-yo le sonreí y el me devolvió la sonrisa, parecía nervioso.

Nos introdujimos en una cueva por detrás de la cascada, aquello era mágico, me sentía en el paraíso.

Estábamos empapados después de pasar bajo el agua, Edward se llevó una gota que resbalaba por mi cuello con sus labios, pero no se detuvo, siguió besándolo. Yo suspiré cuando me apretó contra su pecho y me agarró fuerte por la cintura. Me tumbó sobre el suelo, notaba la presión de su cuerpo sobre mí, me besaba repetidamente, pero entonces se detuvo y me miró a los ojos.

-¿Eres feliz, Bella?-me preguntó.

-Más que nunca.-le aseguré.

-Sé que te lo he dicho un millar de veces en este mes, pero siento haberte obligado a llevar esta vida.-era cierto, se había disculpado tantas veces desde mi transformación y yo no comprendía el sentido de sus disculpas.

-Edward, me has regalado una eternidad entera para amarte, no has hecho nada malo, te lo agradeceré siempre. Me salvaste, genio de la lámpara.-él sonrió.

-¿Algún otro deseo?-me preguntó juguetón.

-Solo déjate llevar por tus instintos.-le contesté pícaramente.

Entonces él se lanzó a besarme de nuevo, noté su mano ascendiendo por debajo de mi camiseta, yo no tenía ganas de esperar así que desgarré la suya, él se rió ante mi gesto. Acaricié su pecho, era tan hermoso, como una escultura, Edward era una obra de arte de un valor incalculable. Noté su mano en mi espalda desabrochando mi sujetador. Él era tan tierno y yo tan agresiva, nos complementábamos bien. Seguimos besándonos hasta que la pasión y el desenfreno se hicieron dueños de nosotros.

Todos nuestros sentimientos afloraron mientras hacíamos el amor, pasión, cariño, necesidad, alegría, ferocidad. Era una sensación totalmente diferente estar así con él, como abrazar una nube o besar una estrella, algo mágico, increíble, fascinante, deseado, un sueño hecho realidad.

El tiempo pasó sin que nuestros cuerpos se despegaran, ni siquiera que el agua de la cascada se hubiera convertido en lava ardiente nos habría detenido.

Había amanecido el día siguiente, estaba abrazada a Edward, él me miraba fascinado, acariciando mi brazo con sus dedos dulcemente.

-Podría vivir así para siempre.-suspiró.

-Lo harás.-le aseguré y él sonrió.

Debíamos volver a casa antes de que nuestra familia se preocupara por nosotros. Nos vestimos despacio, considerando las velocidades que podíamos alcanzar, pero no había prisa. Mi ropa estaba intacta, Edward había sido tan delicado, sin embargo, yo solo había dejado vivo su pantalón.

Cuando pensé que tendría que volver todo el camino viendo el pecho desnudo de Edward intuí que probablemente tardaríamos bastante más en llegar, la idea me hizo reír.

-¿Qué es tan gracioso?-me preguntó.

-Que quizá pueda saciar mi sed de sangre pero no de ti.-él se lanzó a besarme de nuevo.

-No me hagas esto, Bella, no llegaremos nunca a casa.-rogó.-Y antes de marcharnos hay algo que debo decirte.

Eso me provocó curiosidad, ¿había algo más?

-Bella, no hace demasiado que estamos juntos, pero desde el primer momento te he querido. Ahora, comienzas tu vida inmortal, yo quiero vivirla contigo, ¿quieres tú vivirla conmigo?-me preguntó, yo no entendía muy bien a qué se refería, pero entonces clavó su rodilla en el suelo, sacando un anillo de su bolsillo.-Isabella Marie Swan, ¿quieres casarte conmigo?

Me quedé atónita, jamás podría olvidar aquel día, había alcanzado el culmen de la dicha.

-Sí quiero, Edward. Claro que me casaré contigo.-él me colocó el anillo y besó mi manó. Luego me levantó en brazos, y unió sus labios nuevamente con los míos.

Yo tenía razón, íbamos a tardar más de lo que pensábamos en llegar a casa, pero no importaba, teníamos toda la eternidad.


Ya solo queda el epílogo, que es muy cortito, espero que os haya gustado la historia ^^