Segunda parte

En vista de lo que había pasado, Draco estaba decidido a abandonar su carrera de casamentero. No quería volver a cometer un error semejante y, además, no se le ocurrían más posibles parejas para ella. Por suerte, Astoria no parecía muy inclinada tampoco a volver a fijar sus ojos en McLaggen, así que al menos Draco podía consolarse pensando que la había salvado de una relación inadecuada.

Los fríos días de invierno pasaron tranquilamente entre libros de pociones, charlas con Astoria, visitas de Harry, juegos con Teddy y alguna que otra cena más privada sólo para amigos. Ernie parecía haber desaparecido del mapa, aunque no había dejado Inglaterra; Astoria se iba recuperando poco a poco de su corazón roto. Draco tuvo una aventura discreta con un primo de Ute, la sosa novia de Greg, que había ido a Inglaterra a pasar unos días; el muchacho también era tirando a soso, pero increíblemente atractivo. Draco empezaba a cansarse de él justo cuando el chico tuvo que regresar a su país, así que todo transcurrió sin molestias. Y de vez en cuando llegaban noticias de Blaise, renovando el interés por su visita.

A mediados de febrero, el propio Harry apareció en Malfoy manor con un chisme que, por una vez, sí era una novedad. Ernie Macmillan había empezado a salir con Romilda Vane. Harry pensaba que no podía haber escogido a una chica más estúpida y chalada que aquella. Draco apenas la conocía, pero estaba dispuesto a aceptar el criterio de Harry en ese punto, especialmente cuando oyó que le había enviado bombones rellenos de un filtro amoroso. Una pequeña zorra, eso era lo que probablemente era.

Draco tuvo que darle la noticia a Astoria. La chica pareció entristecerse un poco al oírlo, pero eso era de esperar, ya que había llegado a hacerse verdaderas ilusiones con Ernie y aún lo tenía en muy alta estima. Draco le aseguró que Ernie había cometido un error garrafal al emparejarse con Romilda Vane, aunque aún no la conocía de nada; su opinión no se alteró ni un milímetro cuando por fin pudo hablar con ella, en una cena de presentación en la casa de los propios Macmillan. Romilda era una chica razonablemente bonita y rica, pero tan ignorante, pagada de sí misma y boba que Draco tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por ser cortés con ella. Para empeorar las cosas, Romilda disfrutaba restregándole innecesariamente por la cara a Astoria que estaba con Ernie, como si eso fuera algo de lo que presumir.

-He de admitir una cosa –dijo Harry, que también había sido invitado a aquella fiesta-. Tú le elegiste mejor novia de lo que se ha elegido él solito.

Draco le agradeció el comentario con una sonrisa.

-Vaya, un cumplido hacia Astoria. ¿Te sientes bien?

Harry también esbozó una sonrisa.

-Ahora la conozco un poco más y no es tan tonta como yo creía, tienes razón. Desde luego vale mucho más que Romilda Vane.

Draco se encogió de hombros filosóficamente.

-Hay gente que no sabe qué es lo mejor para ellos. De todos modos, mi carrera como casamentero ya ha terminado.

Harry alzó su copa de champán.

-Y un suspiro de alivio recorre el mundo mágico.


Romilda Vane no era exactamente de su círculo social, así que su llegada causó una pequeña avalancha de chismes que mantuvieron a Draco distraído durante algún tiempo. Le alegraba ver que la mayoría de gente pensaba, como él, que la nueva novia de Ernie no valía gran cosa.

Pero entonces, cuando Romilda ya había perdido el encanto de la novedad, llegó una noticia inesperada. Blaise había adelantado su visita a Inglaterra un par de semanas. Draco se sintió animado al momento. Iba a alojarse en casa de Pansy y Theo, quienes esa misma noche dieron una cena organizada a toda prisa para que todos los viejos compañeros de clase pudieran volver a verse. Draco acudió cuidadosamente vestido y peinado, decidido a causar una buena impresión después de siete años sin verse.

Blaise siempre había sido guapo, pero en aquel periodo de tiempo había conseguido volverse espectacular. Su carácter parecía haberse suavizado un poco y ya no sonaba tan estirado, lo cual lo hacía aún más interesante. Draco, consciente de que todos los invitados a aquella cena deseaban verlos juntos, tuvo que admitir para sí mismo que se sentía impresionado por Blaise. Habría sido incluso preocupante de no haber sido porque Blaise parecía sentirse más o menos del mismo modo con él. La química entre ellos era innegable, como también lo era la corriente de mutua simpatía. Draco no se enamoró de él, pero pensó que podría enamorarse, y eso era más de lo que había esperado en un primer lugar.

Y unos días después, Draco descubrió también que Blaise era un buen amante, sin problemas para intercambiar posiciones y con una lengua que hacía maravillas. Encajaban tan bien en todo que resultaba incomprensible que no hubieran sido pareja desde el principio.

Todas las personas que él conocía estaban encantadas con la situación excepto Harry, que no tenía una gran opinión de Blaise. Draco estaba convencido de que eran simples celos por la buena impresión que había causado, aunque no entendía por qué, ya que no era como si él no tuviera su cuota de admiradores.

-No son celos, ¿por qué iba yo a estar celoso? Lo único que pasa es que no me parece trigo limpio. Además, si Zabini te apreciara realmente estaría intentando convencerte para que hicieras algo de provecho con tu vida en vez de gastarlo yendo de fiesta en fiesta.

-Sólo porque esa sea tu obsesión particular no tiene por qué ser la de los demás, Potter. Yo estoy perfectamente bien así. Y no es como si mis servicios fueran muy apreciados allá afuera, ¿sabes? La única manera de conseguir un empleo sería sobornando a alguien, ¿y eso no sería peor?

Harry tardó unos segundos en contestar.

-Draco, tú podrías hacer lo que quisieras. Tienes iniciativa y constancia, sólo te falta creer más en ti mismo.

Pero Draco meneó la cabeza, terco, negándose a escuchar.

-Además, ¿por qué he de trabajar? Soy rico. Esa es la mejor parte de ser rico, que no has de trabajar.

-Puede que no necesites el dinero, pero esa cabeza demoníaca tuya necesita actividad. Y tú necesitas sentirte útil.

La conversación quedó bruscamente interrumpida con la llegada de Blaise, quien saludó a Draco con un cariñoso beso en los labios.

-¿Cómo está mi rubio favorito?

Harry resopló.

-Perdonadme, tengo que irme ya. Nos vemos, Draco. Zabini…

Draco observó con diversión y una ligera sorpresa cómo se marchaba sin más.

-¿Y a ése que le pasa? –preguntó Blaise.

-Gryffindors… No hay quien los entienda.


Todo iba bien hasta que, inesperadamente, Blaise tuvo que volver a los Estados Unidos porque su madre estaba algo enferma, pero le prometió a Draco, con una mirada extraña, que volvería lo antes posible. Su marcha hizo que Draco se sintiera peor de lo que habría imaginado, como si hubiera perdido a alguien, y tuvo que admitir que, después de todo, sí se había enamorado un poco de él. Le gustaba tumbarse y recordar los buenos momentos que habían pasado juntos y lo echaba de menos. Blaise había sido un soplo de aire fresco en un mundo de rutina; sin él, todo parecía previsible de nuevo.

Pero al cabo de una semana su añoranza se había mitigado considerablemente. Se acordaba de él con el cariño tibio que merecían todos sus buenos y antiguos amantes y poco más. Draco comparaba su estado con las largas semanas de suspiros tristones que había sufrido Astoria y tenía que admitir que no parecía lo mismo. Quizás sus sentimientos hacia Blaise no habían sido tan firmes, después de todo.

Draco decidió que, cuando Blaise volviera, no iban a reanudar su relación. Sería un golpe para él, quien obviamente estaba más enamorado, pero era lo mejor. Ahora que podía pensar con más tranquilidad se daba cuenta de que Blaise era, quizás, demasiado superficial. A Draco le gustaba hacerse el superficial de vez en cuando, pero había pasado por demasiadas cosas como para serlo realmente. Y a largo plazo, esa superficialidad podía volverse muy pesada. Draco necesitaba alguien con quien reírse, pero también alguien con quien compartir sus recuerdos más oscuros.

-Cuanto antes, mejor –le dijo a Astoria, mientras iban de compras un día.

-¿En serio no te gusta?

-No es que no me guste. Todas las personas con las que me acuesto me gustan. Pero realmente no es para mí, y no quiero que el pobre se haga más ilusiones, porque después será peor para él, ¿entiendes?

-Perfectamente –dijo ella, con tono sentido.

Draco la miró.

-A ti ya no te gusta Macmillan, ¿verdad? Porque Astoria, te aseguro…

-No, no, no te preocupes. Ya no siento nada por él, menudo imbécil.

-Mejor. Ya sabes que me siento muy culpable por lo que pasó.

-No tienes por qué –replicó ella amablemente-. Tú estabas convencido de que Macmillan estaba interesado en mí.

A Draco le alegró saber que Astoria había dejado de sufrir por aquel pomposo Hufflepuff, sobre todo porque se rumoreaba que él y Romilda iban realmente en serio. Tanta rapidez era un poco de mal gusto y la gente seguía despellejando sin complejos a la feliz pareja.

Draco había intentado verlos lo menos posible, pero se los tuvo que encontrar en la fiesta de cumpleaños de Pansy, que era a principios de abril. Pansy había invitado a todo el mundo digno de ser invitado, y eso incluía a los Macmillan a pesar del ridículo que estaba haciendo uno de sus miembros. Él fue con Astoria, simplemente como amigos. Harry también estaba allí, de nuevo muy bien vestido. Draco tenía que admitir que su aspecto había mejorado sensiblemente en los últimos tiempos.

-Hola, Draco, hola, Astoria, me alegro de veros.

-Hola, Harry, ¿qué tal estás? –dijo ella-. ¿Has venido con alguien?

-Con Gabrielle Delacoeur, pero sólo como amigos. No estamos saliendo ni nada.

-Obvio –dijo Draco, ya que Harry también prefería a los chicos.

-Eh, salí con Ginny y con Cho.

-Sí, los dos momentos cumbre de la historia del romanticismo heterosexual –replicó Draco, poniendo los ojos en blanco-. Las dos cosas fueron dolorosas de ver, Potter. No tenemos por qué recordarlas.

Harry miró a Astoria.

-No sé cómo lo aguantas.

Ella bajó un poco la vista y rió entre dientes.

-No está tan mal.

Draco chasqueó la lengua, fingiéndose decepcionado.

-Cría bowtruckles y te sacarán los ojos. Con vuestro permiso, voy a ahogar las penas en alcohol.

Pansy sabía dar unas magníficas fiestas y Draco estaba pasando un buen rato. Ernie y Romilda estaban por allí, pero él no tenía necesidad de hablar con ellos, más allá del primer saludo, y desde luego no lo hizo. Aún se lo pasó mejor cuando sus ojos divisaron a un chico desconocido, aproximadamente de su edad; era muy guapo, con el pelo castaño y alborotado. Draco no tenía ni idea de quién era o de dónde había salido, pero le bastaron un par de sonrisas y de miradas para que los dos se escabulleran discretamente en busca de un sitio donde mantener una pequeña fiesta privada.

-¿Y tú quién eres? –canturreó, encantado, en cuanto quedaron a solas.

-Soy Jacob Holowitz –dijo, con acento germano.

-¿Alemán? –preguntó, dando un paso hacia él.

-Sí. Estoy pasando unos días en casa de los Baddock.

Draco dejó escapar un ruido de gato satisfecho.

-Me encantan los hombres que vienen a pasar unos días.

No era cuestión de perder demasiado el tiempo así que Draco se acercó a él del todo y empezó a besarlo con ganas. Jacob no parecía dispuesto a plantear ningún inconveniente y Draco cerró la puerta con la varita para que no les interrumpieran.


Unos diez minutos después, Draco salió de la habitación atusándose el pelo y asegurándose de que su ropa no delataba lo que acababa de suceder. Cuando se juntó de nuevo en el salón de baile con el resto de invitados se llevó una sorpresa al ver a Harry bailando con Astoria. Aquel era un espectáculo tan inusual que, de hecho, varias personas los estaban mirando con curiosidad. Draco, intrigado, se acercó a Pansy.

-Querida, sólo tú podrías conseguir que el Chico-que-no-sabe-bailar se anime a hacerlo.

-¿Te lo has perdido? ¿Dónde estabas?

-En el baño –mintió, no muy seguro de que a Pansy le gustara saber lo que habían hecho en uno de sus sofás-. ¿Qué ha pasado? ¿A qué te refieres?

-Astoria estaba bailando con Michael Corner cuando esa vaca estúpida de Romilda se lo ha quitado en sus narices, y Ernie, que estaba cerca, se ha echado a reír. Un Hufflepuff atormentando a una Slytherin, creo que ya lo he visto todo. En fin, yo iba a ir a arrancarles los ojos de tu parte, pero Potter se ha adelantado y la ha sacado a bailar. Le ha lanzado una mirada a Ernie que lo ha dejado temblando –dijo, con una risilla despectiva.

Draco, que sabía que Harry odiaba bailar, lo miró con verdadero agradecimiento. Harry era ahora mismo la persona más apreciada del mundo mágico, y significaba muchísimo que hubiera roto su costumbre de no bailar por Astoria. Ahora todo el mundo se fijaría mucho más en ella.

Cuando el baile se acabó, Roger Davies ocupó el lugar de Harry, quien se despidió de Astoria besándole la mano. Pansy hizo entonces un ruidito que atrajo la atención de Draco.

-¿Qué?

-No sé… Últimamente Potter le ha estado prestando bastante atención a Astoria en las fiestas.

Draco arqueó una ceja.

-¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando?

-Bueno, Potter no es exactamente gay, ¿cierto? Y Astoria sería un buen partido para él. Hacen muy buena pareja y sería como… unir dos bandos.

A él la idea le parecía absurda.

-No seas ridícula, Pansy. Potter y Astoria no pegan ni con cola. Ella es demasiado parada para él, Potter necesita a alguien que le sepa plantar cara, que lo mantenga vivo y despierto. Astoria es un cielo, pero no tiene esa clase de personalidad.

-Hum, no sé, no sé.

-Tú no conoces a Potter como yo. Además, te aseguro que él no siente nada especial por ella. Es amable con Astoria porque Potter es así, ya está.

-Ya veremos…

Draco iba a seguir argumentando contra esa teoría, pero el propio Harry se acercó a ellos con una sonrisa y los dos dejaron abruptamente el tema, porque no querían que les oyera. Draco lo recibió con los brazos en jarras.

-Rápido, Pansy, yo lo distraeré mientras tú llamas a los aurores y les dices que alguien ha venido a la fiesta haciéndose pasar por Harry Potter.

-¿Por qué dices eso? –preguntó Harry, risueño-. ¿Sólo porque he bailado?

-¿Te parece poco? O es magia negra o es el Apocalipsis.

Harry meneó la cabeza, un poco menos divertido.

-Ernie y Romilda no tenían por qué hacerle eso a Astoria. Pero ya que estoy… ¿quieres bailar?

-Las sales, Pansy, voy a desmayarme aquí mismo.

Ella se echó a reír y le dio un empujoncito en dirección a Harry.

-Anda, baila con él y no seas payaso.

Draco sonrió, cogió a Harry de la mano y fue a la pista con él. Cierto era que Harry no era el mejor bailarín del mundo, pero tampoco bailaba tan mal, sobre todo con alguien que supiera llevarlo. Y ahora era a ellos a quienes miraban todos. Era natural, porque los dos eran atractivos y quedaban bien juntos (aunque ni siquiera él era tan superficial como para pensar que aquello podía tener algún valor real), y como le encantaba ser el centro de atención, se esforzó en bailar lo mejor que la mediana torpeza de Harry le permitía.

Las palabras de Pansy perdieron el poco sentido que podían tener. A Draco le gustaban así las cosas, la familiaridad con la que se trataban, las visitas que Harry hacía continuamente a Malfoy manor… No quería que nada de eso cambiara, ni que Astoria le importara más de lo que le importaba él.


Draco dedicó el día siguiente a recuperarse del cansancio del baile con masajes y largas sesiones de sofá. A última hora de la tarde su tía Andromeda llegó con Kingsley y el pequeño Teddy y cenaron tranquilamente los seis juntos. Por mucho que a Draco le gustaran las fiestas, también disfrutaba de vez en cuando con las veladas en familia. Sólo echaba un poco de menos a Harry; cuando se juntaban los siete, realmente se sentía feliz.

A la mañana siguiente, mientras almorzaba con sus padres, le llegó una carta de Theo con una noticia que le sorprendió bastante. Blaise había vuelto a Inglaterra, pero con su madre y con Misha, uno de sus medio hermanos. A Draco le extrañó no haberlo sabido directamente por Blaise; no estaba enamorado de él, de acuerdo, pero eso Blaise no lo sabía, y lo correcto habría sido al menos enviarle una nota. Y dicha nota llegó, pero lo hizo tarde, y era bastante corta y sólo decía que esperaba poder verle pronto, pero que ahora estaba muy liado. La nota resultó ser tan decepcionante que Draco se alegró infinitamente de no haber sentido nada demasiado profundo por él. Aun así, no dejaba de sentir curiosidad y de preguntarse por qué su madre y Misha estaban allí con él; la madre de Blaise no solía ir mucho por Inglaterra porque aún había bastantes familiares de un par de sus ex maridos muertos furiosos con ella.

Por si todo aquello no fuera suficiente, sólo un día más tarde tuvieron un nuevo sobresalto. Astoria había ido al callejón Diagon de compras cuando, de repente, un crup rabioso se había abalanzado sobre ella. Como en ese momento Astoria iba cargada de bolsas con las dos manos y no había sido lo bastante rápida como para sacar la varita y protegerse, el crup había llegado a morderle en una pierna. La cosa podría haber sido mucho peor si Blaise no hubiera aparecido milagrosamente y hubiera inmovilizado al crup a toda prisa.

Draco fue a visitarla en cuanto se enteró y llegó a verla aún tumbada en el sofá con el miedo aún visible en sus ojos. Blaise estaba allí también, pero ellos dos apenas hablaron y él se marchó enseguida. Draco casi ni se enteró, más preocupado por Astoria, a quien entendía totalmente porque él también sabía lo que era ser brutalmente atacado por un animal salvaje y estar a punto de morir.

Cuando regresó a su casa, sin embargo, sí que pensó en Blaise, aunque no exactamente como lo haría un enamorado. Le parecía tan providencial que hubiera estado también de compras en el callejón Diagon en ese momento, que hubiera estado allí para poder salvarla… ¿No era una coincidencia espectacular? Draco se preguntó si querría decir algo. Porque bien mirado, Blaise y Astoria harían una pareja de morirse. No entendía cómo no lo había pensado antes. Se complementarían mutuamente, era un enlace perfecto.

Pero después del chasco que se había llevado con Ernie, Draco no se terminaba de decidir a empezar a insinuarle cosas a uno u a otro. No, tenía que mantenerse al margen. Por suerte, Astoria sabía que a él ya no le interesaba Blaise porque era la única a la que le había contado su fugaz affaire con el chico alemán, así que por ahí no había ningún problema. Se trataba de que brotara cierta chispa entre ellos. ¿Y lo que había pasado con el crup no era el detonante perfecto? Era como muy novelesco, con el héroe llegando a tiempo de salvar a su amada. ¿Podría Astoria resistir la tentación?

Por suerte, el mordisco que había recibido Astoria no era muy profundo ni se había infectado. Un par de días después, cuando Draco volvió a pasarse por la casa de los Greengrass, la encontró ya de pie y caminando sin cojear.

-Me alegra mucho que hayas venido, Draco. Quería confesarte una cosa.

-Oooh, confesiones, me encantan –dijo, sentándose a su lado-. ¿De qué se trata?

Astoria dio un pequeño suspiro e hizo aparecer con la varita un pequeño joyero.

-Aquí he estado guardando… algunos recuerdos que tenía de Ernie. Pero quiero deshacerme de ellos. No sé por qué he guardado estas cosas, soy una boba.

-¿Qué cosas son esas? –preguntó, dándole unas palmaditas en la mano.

-Oh, pues… -Astoria abrió el joyero y empezó a enseñarle las cosas más delirantes-. Esta es una foto suya que recorté de un periódico viejo, de cuando la guerra… Esto es un botón que perdió en tu casa… Sé que es suyo porque vuestros elfos nunca permitirían que fuerais con los botones sueltos. Esto es el envoltorio de un caramelo que se comió ese día que estuvimos escribiendo charadas los tres.

Draco no sabía si reír o llorar, pero nunca le había asombrado tanto que Astoria hubiera sido sorteada en Slytherin.

-Sí, quizás lo mejor es deshacerse de todas esas cosas, pequeña cleptómana.

Astoria asintió solemnemente y las hizo desaparecer todas con la varita.

-Ya está… Ya me siento mejor.

-Tendrías que haberlo hecho antes –dijo Draco.

-Sí, desde luego. Macmillan no se lo merece. Pero… no es eso lo que quería contarte.

-¿Ah, no? ¿Qué es?

Astoria vaciló un poco y se ruborizó.

-Hay alguien… alguien que me gusta. Alguien mucho, mucho mejor que él.

-¡Astoria! –exclamó, gratamente sorprendido.

Ella cerró los ojos un momento.

-Cuando pienso en cómo me salvó, en lo caballeroso que fue…-Oh, ¡era Blaise! Draco tuvo que contenerse para no soltar una exclamación triunfal. Sabía que una chica como Astoria no podría resistir una aparición heroica como aquella-. Fue el peor momento de mi vida y de pronto, él…

-Te entiendo, te entiendo… ¿Quién podría resistirse? Y tienes muy buen gusto, Astoria, te confieso que yo también había pensado en él para ti.

-¿En serio?

-Sí, pero vamos a andarnos con cuidado, ¿de acuerdo? Después del chasco de la última vez quiero que vayamos poco a poco. No digas más, basta con que sepamos de quién se trata. Te prometo que haré todo lo que pueda por ti.

-Gracias, Draco –dijo ella, dándole un pequeño abrazo-. ¿De verdad no te importa?

-No, claro que no. Puedes quedártelo, siempre y cuando prometas cuidármelo bien.

Ella sonrió.

-Prometido.


Cuando Blaise y él tuvieron ocasión de hablar por fin, la conversación no fue exactamente como Draco esperaba, pero tampoco salió mal del todo. Blaise se veía ligeramente tenso, con la cabeza en otro sitio. Draco, imaginando lo que le pasaba, le hizo ver que no albergaba deseos de reanudar la relación. Aquello pareció calmarlo un poco y el trato entre ellos se hizo más relajado, casi como si nunca hubieran tenido una aventura. Draco se preguntó si el cambio en los sentimientos de Blaise no estaría relacionado con Astoria, pero no se atrevió a preguntárselo directamente.

Igual que no habían anunciado que habían empezado a acostarse, tampoco anunciaron que habían dejado de hacerlo. Además, no podían evitar tener todavía cierta complicidad. Draco imaginaba que algunas personas podían suponer que aún lo hacían, pero no le importaba lo que pensaran los demás. Lo que contaba era que Astoria lo sabía, y eso era suficiente. Además, su confianza con Blaise lo colocaba en el lugar perfecto para unir a la futura feliz pareja.

Aprovechando el buen tiempo, Daphne organizó un día de picnic. Aparte de ella, Astoria y Adrian, también estaban Theo, Pansy, Blaise, Harry, Greg, Ute, Neville, Hannah, Luna, Millicent y él. La mañana salió lluviosa, pero despejó rápidamente y para cuando partieron hacia el lugar escogido ya brillaba un bonito sol de mayo.

A Draco le gustaban las excursiones y se las prometía muy felices, pero por alguna razón la cosa no terminó de cuajar. Blaise estaba de nuevo de un humor extraño y protestó por la presencia de Hannah, Neville y Luna un par de veces, cuando sólo Draco podía oírlo. Como se había marchado a los Estados Unidos tras la guerra no se había podido acostumbrar poco a poco a la concordia que existía ahora entre ellos. No había estado allí cuando todos habían comprendido por su cuenta que la única manera de conseguir realmente una paz duradera en el mundo mágico consistía en mejorar las relaciones entre ellos.

-En un baile de sociedad lo entiendo –dijo Blaise-. Pero esto tendría que ser sólo para los amigos.

-Harry y Luna son mis amigos –explicó pacientemente Draco-. Daphne y Astoria también aprecian a Harry. Theo y Neville son amigos y Hannah es la novia de Neville. Las cosas han cambiado.

-Ya lo veo.

Draco tenía la sensación de que no era eso lo que estaba molestando a Blaise en realidad. Le había preguntado por su madre, así que sabía que ella seguía mejorando. ¿Habrían discutido? Al menos con él y Astoria estaba igual que siempre. Astoria, además, había aprendido de su error con Ernie y se mostraba menos abierta con sus sentimientos; eso parecía funcionarle, ya que los dos charlaron en alguna ocasión a solas, como buscando un aparte, y en un momento dado Blaise soltó una sonora carcajada por algo que ella había dicho.

Pero Blaise no era el único que tenía el día más o menos atravesado. Harry también se mostraba más callado de lo normal y andaba pegado a Neville. Si alguien se acercaba a él y le hablaba hacía esfuerzos por ser amable, pero Draco le conocía bien y sabía cuándo era sincero y cuándo no. Lo que no sabía era qué diablos le pasaba. Y mientras tanto, Ute tenía el día especialmente parlanchín y aburrido, cosa que era mucho decir en su caso.

-Qué bien que se haya arreglado el día. ¿No hace un sol precioso? No hay nada mejor que pasar el día con los amigos, ¿no es cierto? No podríamos estar mejor. Y este mantel es una monada, Daphne. Sí, una auténtica monada. Tan elegante y a la vez tan apropiado para un picnic, ¿no crees, Pansy? Y la comida, y la compañía. Todo es perfecto. No esperaba que fuera a hacer este sol tan maravilloso. Estoy encantada de que nos hayamos podido reunir todos, lo digo completamente en serio. Greg sabe cuánta ilusión me hacía venir a este picnic, ¿verdad, Greg?

Blaise se inclinó ligeramente hacia Draco.

-O la matas tú o la mato yo.

Draco soltó una risilla.

-Sólo Greg podría aguantarla. ¿La oíste el otro día en casa de los Bletchey? Habló de la cristalería durante media hora, te lo juro.

-Pobre Greg… Aunque él tampoco es precisamente el entretenimiento andante.

Blaise y él siguieron despellejando a la pareja, ignorando algunas miradas de aviso de Harry y Pansy, hasta que llegó un momento en el que Ute se dio cuenta de que se estaban riendo de ella y calló casi en seco, mortificada. Greg la miró sin entender. Draco se sintió algo culpable, porque al fin y al cabo Greg era un amigo de la infancia y Ute nunca le había hecho nada, aparte de ahogarle en su parloteo, e hizo callar también a Blaise.

Entonces Neville intercambió una mirada rápida con Hannah y le preguntó a Greg y a Ute si querían dar un paseo con ellos. Harry, algo envarado, se unió a ellos, y los cinco se alejaron caminando. Draco sabía reconocer una retirada en toda regla cuando la veía y su vergüenza aumentó un poco. Daphne, Adrian y Astoria se esforzaron en disipar la tensión que había en esos momentos en el aire, pero Blaise se había quedado taciturno y Draco estaba malhumorado. Al cabo de unos minutos, Blaise se puso en pie y anunció repentinamente que iba a marcharse ya, aduciendo un dolor de cabeza. Daphne y los demás intentaron hacerle cambiar de idea, pero no lo consiguieron, y Blaise se marchó de allí. Draco no sabía qué pensar de aquella marcha intempestiva, y aún estaba ocupado rumiando lo que había pasado con Ute, y el modo en que Harry se había ido con Neville.

Unas nubes grises asomando por el oeste fue la excusa que necesitaban para poner fin a la decepcionante excursión. Como no habían llevado elfos con ellos, empezaron a recoger las cosas. Cuando ya se disponían a marcharse, Harry se acercó a Draco con expresión adusta y miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie podía escucharles.

-No puedo quedarme callado –dijo entonces-. Greg es uno de tus mejores amigos, Malfoy. ¿Tenías que meterte con su novia sólo para hacer la gracia con ese imbécil de Zabini?

-Bueno, ¿y a ti qué más te da? –replicó Draco, irritado sobre todo porque se sentía mal consigo mismo, pero también por la hostilidad que Harry había mostrado hacia Blaise desde el principio-. Es un coñazo de mujer.

-Puede, pero ahora estamos hablando de ti. Te conozco, Malfoy. Sé que eres uno de los que más se ha esforzado desde la guerra por que todos nos lleváramos bien. ¿Y ahora insultas a tus amigos sólo por aburrimiento? ¿O por seguirle la corriente a Zabini? –Meneó la cabeza, sin ocultar su disgusto-. A ver si creces de una vez.

Harry no esperó a que Draco contestara nada, simplemente sacó su varita y se Desapareció, dejándole aturdido y humillado.

Continuará