El Club Marginal
Voluntad.
"¡Ánimo! Tú puedes conseguirlo."
La joven de ojos color avellana que se mostraban ocultos tras unas lentes, estaba detenida ante las puertas que flanqueaban la entrada al interior del edificio principal de Shin-Ra Inc., ubicado en el Sector 0 de Midgar. Por un instante cerró sus ojos y profirió un profundo suspiro mientras pensaba premeditadamente ante lo que ocurriría tras traspasar aquellas puertas. Sujetó con fuerza una pequeña carpeta que tenía entre los brazos con el objetivo de darse valor. No estaba allí para cualquier cosa. No, no era así. Ya había dejado de ser aquella inocente jovencita que comenzaba a luchar por sus sueños. La experiencia la había convertido en una persona verdaderamente cualificada para el trabajo que ejercía desde ya muy temprana edad. A decir verdad, con sus entrados veintiséis años conocía perfectamente qué era lo que le convenía como para dar el gran paso hacia su carrera profesional. Era lo único que le importaba y por ello no podía desperdiciar aquella oportunidad. Sin embargo, el miedo a fracasar arremetía una y otra vez en sus pensamientos. ¿Estaría al nivel de las expectativas que requería aquel puesto?
-No. Sin intentarlo no puedes echarte atrás. Y menos ahora, que estás delante de tu objetivo –musitó nuevamente a sí misma mientras que sacudía varias veces su cabeza-. Adelante, Shera…
Sin dudarlo por más tiempo, a paso decidido, entró en el edificio con dirección al puesto de recepción. El interior era realmente extraordinario… ¿Cómo podía haber un contraste tan brusco de lo que era el austero aspecto exterior con aquel decorado? Habían tapices violáceos que cubrían la frialdad de un pavimento elaborado con chapas de metal, mientras que, de los altos techos, colgaban lámparas de araña compuestas por minúsculas piedras cristalinas. Asimismo, se disponían maceteros en donde se alzaban plantas de rasgos exóticos y atractivos, albergando un aspecto más alegre a lo que conformaba el recinto. Pero, no obstante, lo más que llegó a impresionarla fue el arranque de dos enormes escalinatas que se conectaban con el piso superior y los enormes iconos que representaban el símbolo de la empresa. Sin duda, nunca antes había visto tanta magnificencia junta. Ni siquiera en el recinto presidencial de Puerto Junon. El ambiente del lugar era apacible; sólo pocas personas andaban de allá para acá atendiendo sus propios asuntos y algunos guardias custodiaban el puesto de vigilancia. La recepción estaba dirigida por una joven pelirroja muy atractiva que se reflejaba ante un pequeño espejo de mano mientras se pintaba, con sutil destreza, los labios en un tono tan rojizo como el que caracterizaba el de su cabello.
Tan sólo con observarla, pudo deducir fácilmente cómo pudo conseguir aquel empleo. Cualquier chica de buen ver pero de pocas facultades intelectuales podía conseguir un puesto dentro de la empresa si tan sólo hacía a algún superior un pequeño "favor". Y la joven recepcionista era un claro ejemplo de tal evidencia.
-Chica cualificada en llevar rodilleras, sí señor – se dijo a sí misma mientras esbozaba una sonrisa. Seguidamente, llamó su atención para que la atendiese -. Buenas tardes.
Un poco molesta, terminó de repasarse los labios fugazmente. Frunciendo una sonrisa, la comenzó a atender:
- Sea bienvenida a la Central de Shin-Ra Incorporation. ¿En qué tengo el placer de ayudarla?
- Venía por la vacante de supervisor de mantenimiento mecánico que estáis buscando para el proyecto espacial.
La recepcionista la miró estupefacta. ¿Acaso creía que le estaba tomando el pelo? Seguidamente, observó cómo intentaba aquella joven reprimirse una carcajada; hecho que la incomodó bastante. Sin embargo, debía admitir que solicitar un puesto como "ese" no era lo que haría cualquier mujer. Intentando forzar una sonrisa, esperó a que la muchacha terminara de mirar unos datos de su monitor, sin poder evitar lanzarle ésta una irritante mirada.
- ¿Lleva el currículum y todo lo necesario? – le preguntó mientras se atusaba varias veces el cabello –. Si no es así, dudo mucho que pueda presentarse…
- Sí. Aquí está todo – y respondiéndola, señaló a la carpeta que llevaba consigo –. ¿Se lo debo entregar a usted o al que se hará cargo de realizar la entrevista?
- Exactamente. Eso lo entregarás en la entrevista. Por cierto… – garabateó algo en un papel y seguidamente se lo extendió para que lo cogiera –, ten esto. Debes subir a esta planta y entrar en la habitación que tenga este número en la puerta. No te será difícil encontrarlo.
- Gracias.
Tras observar con detenimiento las instrucciones del papel –que le hicieron esbozar una irónica sonrisa al observar los puntitos de la "i" en forma de corazón–, se dirigió al ascensor y subió a la planta indicada. Sorprendida observó la amplia sucesión de plantas; sintiendo a su vez cierto alivio por el hecho de no sufrir vértigo pues gracias a las paredes de cristal que componían el ascensor podía ver desde allí el paisaje metropolitano del que se caracterizaba Midgar. Cuando las puertas del ascensor se abrieron finalmente y ella pudo entrar a la estancia que la rodeaba, comenzó a sentir los primeros indicios de agitación debido al miedo a fracasar. Y sobre todo, por presenciar el ambiente del lugar. Prestó atención al elevado número de hombres que permanecían esperando al comienzo de la entrevista. Muchos estaban sentados, manteniendo conversaciones amenas entre ellos. Otros, sin embargo, estaban tan agitados como ella: no hacían sino ir de un sitio a otro mientras premeditaban lo que debían tratar en la entrevista.
Nada más ser vista por ellos, las conversaciones cesaron rápidamente, quedando un tanto asombrados ante aquella presencia femenina. Centrada y sin pararse a mirar a los presentes, buscó asiento en el lugar más apartado. Los primeros murmullos volvían a surgir en el recinto, y se acrecentaron nuevamente a los pocos minutos. El ambiente retomó el aspecto que había antes de que hiciera acto de presencia. Eso la tranquilizó considerablemente; quería pasar desapercibida. Dejó la carpeta en el asiento contiguo mientras apoyaba su cabeza en la pared. Se sentía agotada debido al viaje que había realizado desde Puerto Junon, su ciudad natal. Quizás, por el hecho de haber nacido allí, era evidente su interés por la mecánica y por el funcionamiento de maquinaria…
Sin duda alguna, su padre fue el primero que incentivó su vocación ya que regentaba un humilde puesto de reparación de vehículos pertenecientes a Shin-Ra. En realidad, no ganaba el suficiente dinero como para sustentar a su familia. Como consecuencia, no tardó demasiado en que prevaleciera más el valor del dinero que la concepción de la unidad familiar: su madre acabó por divorciarse de su padre y largarse con un empresario poderoso que trabajaba en las oficinas de Shin-Ra ubicadas en Midgar. Este hecho hizo que odiara a sobremanera el vergonzoso comportamiento de su progenitora, por lo que jamás tuvo deseos de irla a visitar.
A veces solía pensar en ella. En lo incompatibles y dispares que eran. Su madre, cuya figura era objeto fetiche por parte de muchos hombres y, asimismo, motivo de envidia para muchas de su mismo sexo, era una mujer hermosa. En cambio, cuando observaba su propio reflejo que profería el espejo de su habitación, se veía a sí misma como una mujer delgada; sin esas vibrantes curvas que tanto favorecían a su madre. Su piel blancuzca, llegando incluso a tener unos reflejos casi fantasmales –síntoma de las largas horas que permanecía en casa imbuida en sus estudios y en el taller-, no tenían nada que ver con aquella piel aceitunada que recordaba cada vez que la veía reflejaba por el astro rey. No; eran como la noche y el día. Completamente diferentes.
Finalmente, decidió ganarse la vida siendo la ayudante de su padre, dejando así los estudios. Éste fue él el primero que observó su innata habilidad a la hora de atender por sí sola el motor de un enorme tanque de batalla o la suspensión de una motocicleta. Incluso, podía reconocer el problema de una avería escuchando únicamente el sonido que producía el vehículo. En cierto modo, desde aquel tiempo emprendió un camino diferente al que podía tener cualquier otra chica de su edad: en vez de llevar bonitos vestidos y perfumada con aromas afrutados, llevaba un mono siempre manchado de aceite y grasa. No obstante, era feliz trabajando junto a la persona que más apreciaba. Muy pronto fue reconocida por personalidades superiores acerca de su eficiente trabajo; por lo que acabó siendo instruida por importantes mecánicos afincados en Junon. Con el transcurso de los años, se vio inmersa ente tantos y tantos proyectos: Había participado en la creación de los primeros diseños del parque de atracciones situado en Corel, como también en la estructuración del Cañón de Junon y la creación de las primeros vehículos aerodinámicos empleando la energía Mako. Una trayectoria impresionante no sólo por su juventud, sino también por ser mujer. Pero a decir verdad, ninguna de las dos cosas llegó a favorecerla a lo largo de su carrera profesional: Para llevarse la aceptación de otros tenía que hacerlo factible, demostrar su talento. Y lo logró. Pudo demostrar su valía las veces que hicieron falta. De ello estaba segura.
Hará varios meses que había oído hablar por vez primera del magnánimo proyecto espacial que se estaba llevando a cabo en las praderas situadas a varios kilómetros de Nibelheim y, desde luego, financiado por Shin-Ra. Desde un principio se abstuvo a probar suerte, prefiriendo permanecer en su hogar, junto a su padre. Y así transcurrieron semanas, hasta que él, a despensas de lo que ella tenía pensado hacer, la había inscrito en las listas de prescripción en donde tendría que pasar una entrevista y si, tendría suerte, conseguir el empleo.
"Como tú no te decidías, ya lo he hecho yo por ti."
Eso mismo le había dicho su padre una vez que le dio la noticia.
"Es hora de que hagas uso de tu voluntad para construir tu propio camino. No dejes que los sueños sean tan sólo eso, Shera."
Esbozó una escueta sonrisa al recordarlo. Incluso ya lo echaba de menos…
"Disculpa, señorita. ¿Le tengo que pedir permiso a usted o a la carpeta para poder sentarme ahí?"
De repente, aquella mordaz pregunta hizo despertarla de sus pensamientos. No se había dado cuenta de la presencia de aquel hombre que en ese instante estaba frente a ella. Un poco avergonzada, se dio cuenta de que había dejado su carpeta en el asiento contiguo. Por su aspecto, pudo observar que era otro tipo dedicado en cuerpo y alma a su trabajo; no obstante irradiaba gran espontaneidad y seguridad en sí mismo. Lo quitó rápidamente para que éste pudiera sentarse; sin dejar de mostrar una señal de disculpa mediante un escueto ademán con la cabeza. Lo observó una vez más y lo primero que le llamó la atención fue su amplia sonrisa.
-Gracias.
-Déselas a la carpeta –le respondió con el mismo tono burlón que había recibido anteriormente.
Escuchó una desenfadada carcajada salir de éste tras escuchar su ocurrencia. Tras unos instantes, sintió el chasquear de un mechero. Aquel hombre fumaba. Efectivamente, el humo se hizo presente; entre los tantos que se percibían en aquella amplia sala de espera. Sin embargo, aquel cigarrillo desprendía un olor diferente. Si bien conocía el ambiente dentro de un taller mecánico, el tabaco era una de las cosas que más se alcanzaba percibir. Era un olor fuerte, incluso insufrible para el que no estuviese acostumbrado. Además, su propio padre fumaba esa misma marca. Aquel olor tan familiar le hicieron recordarle; como también en las esperanzas que había puesto en ella a la hora de conseguir un trabajo tan importante como aquel. Si bien lo reconocía, no era mérito único de ella el estar allí. Casi todo se lo debía a él; a su padre. Sin saber por qué, agradeció la presencia de aquel tipo tan cínico que se hallaba sentado a su lado, fumando despreocupado mientras observaba con detenimiento a los presentes que allí se encontraban. Gracias a él, o mejor dicho, al humo que desprendía el cigarrillo se sintió como si estuviese en su hogar.
- Vaya… – musitó entre dientes mientras exhalaba con deleite a la par que el humo emergía por su nariz –, se ve que la cosa está difícil. Muchos de estos tipos han desperdiciado mitad de su vida entre máquinas.
- ¿Desperdiciar? – le preguntó un tanto desconcertada – ¿Acaso usted no ha llevado la misma vida que muchos de ellos? Sí, puede que uno no tenga una amplia experiencia, pero – hizo una pausa mientras lo observó de arriba abajo – déjeme decirle que usted no difiere en absoluto para con ellos. Sobre todo en el semblante.
- ¡Pues vaya, jovencita! No pensé que tuviese esa idea preconcebida de un tipo como yo – y tomando brevemente una calada al cigarrillo y con una sonrisa estampada en su rostro, le respondió: ¿Acaso no le han dicho alguna vez que las apariencias engañan?
- ¿Acaso me quiere decir que usted es novato? – le inquirió extrañada ante las ideas de su interlocutor – Y si usted no cree que puede llegar a la altura de sus contrincantes, ¿qué motivos le hacen realizar la entrevista?
- ¡Demonios! ¡Claro que no soy un jodido novato! – la miró fijamente a los ojos – Pero créame, esos bastardos no tienen nada que ver conmigo. A diferencia de mí, todos los que tienes delante sólo pretenden llenarse los bolsillos de giles – dijo a su vez que extendía una mano y la llevaba de un extremo a otro para designar a los presentes –. ¡JA! ¡Mírelos! No hay ilusión, no hay vivacidad ni brillo en sus ojos, no tienen una pizca de interés por los logros que se podrían alcanzar con este proyecto. ¡Maldita sea! ¡No! ¡No es así, jovencita!
Pensó con detenimiento en los motivos tan extraños de aquel hombre, que cada vez se le hacía parecer más estrafalario y raro. En parte, se sentía identificada con él en cuanto a lo buscaban ellos mismos frente a todos los demás rivales. La palabra exacta era el reconocimiento del trabajo; el aportar lo mejor de uno mismo para dar origen a algo verdaderamente relevante: la conquista del espacio.
Miró el reloj digital que estaba colgado en la pared. Aún faltaban varios minutos para que comenzara la entrevista. En algún momento la llamarían. Deseó ser la última, aunque el tiempo le hiciese perder los nervios. Intranquila, comenzó a moverse inquieta en su asiento mientras observaba a sus contrincantes: ya había visto algunos en proyectos anteriores, y conocía de antemano la amplia experiencia de éstos… A despensas de los motivos que le llevaran a cada uno de los candidatos a presentarse, sabía que no le sería nada fácil conseguir aquel puesto. Hecho que le hizo sentirse más agitada e intranquila.
De pronto, el joven extendió la cajetilla de cigarrillos delante de su cara, despertándola así de sus pensamientos. Aquel gesto hizo que se quedara un tanto atónita pues no se lo esperaba.
-No, gracias… – se disculpó a la vez que negaba con la cabeza varias veces –. No fumo.
- ¿Enserio? Vaya, pues quién lo diría… – la miró con grata sorpresa –. No todo el mundo soporta esta mierda.
- A decir verdad, mi padre fuma lo misma marca que usted. Me he acostumbrado a ello… - dijo mientras sentía su corazón acelerar debido a su agitación nerviosa.
- Pensé que te vendría bien un uno para que te calmaras de una buena vez – le respondió mientras volvía a colocar con agilidad la cajetilla bajo la tira elástica de sus gafas de pilotaje que permanecían sujetas sobre la frente –. ¡Con ese jodido meneo haces mover los asientos! ¿Se puede saber a qué vienen tantos nervios? Vamos, tampoco es para tanto – le puso una mano sobre su hombro con intención de animarla sin que se desvaneciera la sonrisa de su rostro –; sólo es una absurda entrevista en la que te harán preguntas estúpidas y tú simplemente tendrás que quedar bien y sonreír un poco. Lo que verdaderamente importa es la experiencia que tengas. Y eso ya aparece en tu currículum.
- Bien. Yo le aseguro que tampoco soy como todos ellos – suspiró mientras premeditaba un tanto temerosa a lo que le podría decir –. No es mi objetivo ganar dinero, si fuera por ello hubiera seguido con cualquier otro trabajo más fácil y menos productivo, sin que se exigiera tanto como lo requiere este. Este empleo es lo que necesito para conseguir mis propósitos - acertó en responder mientras le dirigía una segura mirada –. Llevo toda mi vida preparándome para mejorarme, para ser reconocida por mi esfuerzo y dedicación. Es esta la oportunidad que necesito para alcanzar mis sueños... Y como comprenderá, no puedo tomármelo como un simple juego.
Ante su respuesta, éste quedó absorto mientras daba una profunda calada al cigarrillo. Durante unos minutos, no volvieron a dirigirse ni una sóla palabra; manteniendo ambos la mirada perdida entre la multitud de hombres que encabezaban la sala. Algo que la había comenzado a incomodar. Quizás, le había parecido una completa incompetente al mostrarse tan agitada a diferencia de la inminente tranquilidad que éste desprendía, llegando a aventurar que sería aquel tipo tan estrafalario el que se llevaría el tan preciado puesto. Ya que no se lo podría llevar ella, que al menos, lo lograse él.
- Tienes razón. Siempre hay que luchar por los sueños… – le dijo a ella, rompiendo por fin el silencio que mantenían –, hay que hacerlos factibles. No se pueden dejar en eso, en simples y meros sueños pues podrían convertirse finalmente en anhelos imposibles fijados dentro de la memoria de un viejo.
Por un instante le hizo recordar a las palabras que le había dicho su padre. Siempre le había aconsejado a que se aventurara, que arremetiera con fuerza cual marinero defendiéndose en una mar tormentoso del bravo oleaje que golpeaba con fiereza el casco del barco. Si no luchaba también perdería; debía afrontar y utilizar su voluntad: esa parte del ser que impulsaba a conseguir lo que se propusiese; esa parte constante que la levantaba las veces que hicieran falta del suelo. Más que consuelo, lo que siempre podría quedarle a cualquier persona era la voluntad; mientras ésta existiese se podría asegurar la existencia del individuo.
Sin poder evitarlo, hizo brotar una irónica risa por entre sus labios. Apoyando ligeramente su cabeza en la pared metálica, se giró lentamente hacia el rostro de aquel hombre que la había hecho sentirse tan identificada. Este hecho hizo extrañarlo pues fruncía el ceño mientras sacaba su cigarrillo de la boca. La sonrisa permaneció durante varios segundos más, percibiendo aquella vitalidad que éste desprendía; seguramente tendría una voluntad tan férrea como el más correoso metal. Quizá, esa misma actitud la hizo calmarse; sentirse bien consigo misma. Por unos instantes, deseó ser como él.
- Oh, disculpa –le dijo para desaparecer la extrañeza de su actitud para con él–. Simplemente… me has hecho recordar cosas que me decían, cosas que me han hecho llegar hasta aquí. ¿Sabe? No me importa marcharme con las manos vacías si he podido competir con alguien como usted.
El joven se acercó a ella, mirándola fijamente y mostrando cierta seriedad en su actitud.
-¿Acaso no recuerda lo que le dije? – tal acercamiento le hizo sentir un tanto incómoda– Las apariencias engañan. Y no he venido aquí para competir con usted.
-¿Qué intenta decirme con eso?
Tras esa seriedad que atisbada de él, volvió a tornarse en un gesto de simpatía. Como si disfrutara de su incomprensión. Esperó varios segundos para recibir respuesta alguna. ¿A qué se quería referir? Sin más, éste tomó con soltura su carpeta y se levantó del asiento cual resorte. Luego, tras volverla a mirar adoptó una postura un tanto chulesca y le dijo sin ningún miramiento:
-¿Y si le digo… –buscó en la parte frontal de la carpeta en donde había colocado su nombre cuidadosamente en una esquina – señorita Shera, que está contratada?
Ahora, era él quien sonreía.
Fin del capítulo.
Próximo capítulo: Cicatrices.
