Malva andaba con ímpetu. Seguía a Wonrey, que se guiaba con un sentido de la orientación impecable. Entonces el ángel se detuvo. Malva se detuvo también. Miró hacia las dunas, pues ya habían llegado al desierto, buscando un peligro que no encontró.
– ¿Qué pasa, Wonrey?
–Hace rato que ha anochecido. Deberíamos detenernos.
– ¿Ya estás cansado?
–Yo no, pero tú sí.
–Puedo seguir un rato más.
–Elegida, puedes caminar hasta agotarte y caer al suelo, pero no podrás mantener esa marcha durante días, y nuestro ritmo se acabará resintiendo.
–Ni siquiera tengo sueño…
–No hace falta que duermas, sólo que te pares.
Malva resopló y dejó caer al suelo la mochila. Comenzó a montar la tienda. Cuando acabó y salió de su interior, Wonrey había hecho un agujero en la arena. En ese momento se puso en pie y colocó la mano izquierda sobre el agujero.
– Bola de fuego. –dijo con indiferencia. Una bola de fuego Salió de su mano y chocó contra el agujero. De él salió una llamarada impresionante, que hizo retroceder a Malva, cubriéndose los ojos, pero Wonrey no se inmutó. La llama se redujo hasta la de una hoguera normal.
–No sabía que los ángeles pudiesen lanzar magia.
–Tenemos una magia especial, sólo reservada a los que portan las alas, símbolo de nuestro sino, pero también los elfos y los semielfos pueden ser magos.
–Sí. El hechizo que acabas de usar es el primero que aprenden, de hecho. Pero ¿por qué tú…?
–Antes de convertirme en ángel, yo también vivía en Sylvarant. Era un semielfo. Pero tú no pareces discriminarlos.
Malva lanzó una carcajada.
– Claro que no. Mis padres siempre intentaron inculcarme esa patraña, pero yo jamás la acepté. De hecho, Raine, mi mejor y única amiga, es semielfa.
–Yo vivía en Luin. –dijo Wonrey, alzando la mirada a las estrellas. –Allí creían que era un elfo, como pasa en Iselia con Raine y Genis… pero por mis venas solo corría la mitad de esa sangre, al igual que en ellos.
– ¿Por qué me cuentas eso?
–No lo sé. Me inspiras confianza… Nunca me había pasado eso con nadie, ni siquiera con otros Elegidos.
– ¿Has guiado antes a otros Elegidos?
–Sí. Pero ninguno era tan buena persona como tú, a pesar de que los Elegidos deben ser personas… óptimas, por decirlo de alguna forma. Me temo que en Welgaia hay ángeles demasiado fríos.
–Tampoco tú pareces muy cercano. –dijo Malva, defendiendo sin saber por qué a aquellos ángeles, quizá porque ella misma se convertiría en uno. –Welgaia, ¿qué es?
– Welgaia es el nombre de la ciudad de los ángeles.
–Welgaia… Me sigue pareciendo un nombre hermoso.
–Mucho. –afirmó Wonrey, pero su mirada se oscureció. –Un nombre demasiado hermoso para un lugar así, como ya he dicho.
– ¿No te gusta tu ciudad?
–Welgaia es una ciudad de ángeles, que no comen, duermen y muchas otras cosas. Es una ciudad adaptada a sus necesidades; por tanto, es fría y austera. Carece de la alegría de los niños, por ejemplo, del bullicio de la gente, de color. Es una ciudad fría que da escalofríos por todo ello a cualquier persona que lo ve, sea humano, elfo, enano o semielfo.
– Sí, pero a ti no puede pasarte eso, porque ya no eres semielfo.
–No he dicho que me dé escalofríos, he dicho que no me gusta. Supongo que hace demasiado poco que soy un ángel. De semielfo era muy… humano.
Hablaron poco más; enseguida Malva se quedó dormida. Wonrey la metió dentro de la tienda y volvió a salir. Se sentó junto a la hoguera y se quedó allí, mirando las estrellas.
A la mañana siguiente, tras recoger su campamento, llegaron enseguida a las ruinas de Triet. Malva colocó la mano en la piedra del oráculo. La piedra se movió bajo las miradas impertérritas de ambos. Descendieron por las escaleras y activaron todas las antorchas en el orden correcto, de modo que llegaron hasta el altar. Y apareció el guardián del sello.
Wonrey y Malva retrocedieron, impresionados, pero enseguida se prepararon para luchar. Malva desenfundó su larga espada de combate y, aferrándola con ambas manos, se preparó para luchar. Wonrey retrocedió aún más y juntó sus manos, como preparándose para rezar, pero no era eso lo que se disponía a hacer. De repente, mientras oraba, a su alrededor aparecieron plumas de las alas de un ángel, plumas inmateriales, etéreas. Mientras Malva le lanzaba poderosos golpes de espada al monstruo, con forma de lobo de cinco metros de largo y dos de alto y rodeado de llamas, Wonrey acabó su hechizo angélico. Sacó sus alas, de un blanco inmaculado, y grandes.
– Juicio Final –dijo Wonrey con voz helada, estirando la mano con la palma hacia abajo. Numerosos rayos cayeron del cielo, todos más bien cerca del guardián, la mayoría provocándole gran daño. Malva se alejó de él de un salto, arrastrando su espada, sobresaltada por los rayos.
–No te preocupes, Elegida. –dijo Wonrey desde su espalda. –Ese hechizo es uno de los angélicos de los que te hablé. Es difícil acertar, pero solo afectará a los que yo desee.
Malva miró al monstruo, que rugió recuperado del hechizo de Wonrey. Malva respiró hondo y se abalanzó de nuevo sobre él. Wonrey empezó a rezar otra vez. Esta vez, cuando acabó su oración, volvió a extender la mano, apuntándole con más cuidado.
– Plumas de ángel. –dijo, sin la gran e intimidante frialdad de antes, pero con igual imperturbabilidad. Varias plumas plateadas salieron de él y atravesaron al monstruo. Malva notó que estaba al cabo de sus fuerzas, de modo que aplicaba todas sus fuerzas a cada golpe de su pesada arma. Wonrey comenzó a recitar un conjuro, uno humano y no angélico.
– Carámbano. –dijo como final. Una estalagmita hecha de hielo surgió debajo del monstruo que, debilitado, y al ser el hielo su elemento contrario, le destruyó. Cayó muerto al suelo y enseguida desapareció.
–Ofrece tus oraciones ante el altar. –dijo una voz. Malva se arrodilló y comenzó a rezar.
–Diosa Martel, te pido que me des las fuerzas para salvar tu amado mundo Sylvarant y a mis amigos Raine y Genis. Deseo que todo el mundo sea feliz, en aras de un mundo sin discriminación.
Cuando acabó, se puso en pie. Gurk apareció. La miró con orgullo.
–Bien hecho, Elegida. Los miembros de Cruxis te otorgamos el primero de los símbolos angélicos, el de nuestra raza. La transición no será agradable, pero durará poco.
Una luz de varios colores salió de Gurk y se internó en Malva. Unas alas en forma de brillantes pétalos de color verde se desplegaron a su espalda. Las alas eran más claras en su nacimiento y se oscurecían en las puntas. Malva las batió levemente y miró a Gurk, quien cruzó una mirada con Wonrey. Wonrey asintió y Gurk se desvaneció.
Salieron del sello sin mediar palabra, pero nada más salir, Malva guardó sus alas y se volvió hacia su compañero.
– Wonrey, ¿a dónde tenemos…?
Se interrumpió, con los ojos desorbitados y poniéndose más blanca que una pared. Empezó a temblar violentamente. Habría caído al suelo de no ser porque Wonrey la sujetó. Ella gritó de dolor al notar su contacto.
–Estás… ardiendo. –gritó con los ojos cerrados. – ¡Vas a… quemarme! ¡¡Suéltame, monstruo!!
–Malva, soy yo. No quemo. No te haré daño. No soy un monstruo. –musitó débilmente Wonrey, como si aquello le afectase mucho. Ella dejó de resistirse y se quedó inerte. Wonrey improvisó un lecho con las mantas que llevaban y tumbó en ella a Malva. Le colocó la mano sobre la frente. Malva tenía una fiebre muy alta.
–No dejes… que se acerquen a mí. –dijo entre delirios, temblando. Wonrey se sentó junto a ella.
–No dejaré que te hagan daño, Malva. No dejaré que se acerquen, te lo prometo.
Ella respiró hondo y, en su delirio, pareció calmarse. Apretó los dientes y dejó de gritar en sueños, guardándose sus monstruos para sí. Sin darse cuenta, cogió la mano de Wonrey.
– Confío en ti. –musitó. Wonrey supo que no le hablaba a él, sino que imaginaba que a su lado estaba otra persona, alguien en quien ella había confiado.
–No te preocupes. En mí sí puedes… confiar. -musitó estrechando su mano. Ella pareció relajarse.
