Malva pasó toda la noche semiinconsciente, delirando, hasta que el sol despuntó. Entonces se quedó dormida. A las dos horas se despertó por efecto del agobiante calor, que no podía ignorar aunque Wonrey estuviese refrescándola con su magia de hielo.
– ¿Wonrey? ¿Qué ha pasado?
–Has pasado la prueba del Elegido. Has abierto el primer sello.
Malva se frotó la cabeza.
–Sin embargo, es extraño. –siguió Wonrey. –Nunca había visto un Elegido que pasase por pruebas tan… fuertes.
–Quizá sea la forma de comprobar si realmente soy apta. ¡Vencer a los guardianes de los sellos debe ser una tarea más fácil para mí que para el resto porque tengo un ángel a mi lado!
–No creo que sea eso. Tal vez tú tengas algo de lo que los otros Elegidos carecen.
–De todas formas, ¡gracias por estar a mi lado, Wonrey! Sé que haces todo esto por el bien de Cruxis, pero aún así no puedo evitar agradecértelo. Es mi vida la que proteges, al fin y al cabo.
– Pero te guío hacia un camino de muerte… –susurró. Malva se sorprendió ante oír eso de la boca de alguien que se suponía era lo que ansiaba, pero replicó:
–No fui elegida porque yo quisiese, pero quiero dar la vida por mis amigos y Sylvarant, porque es algo que solo yo puedo hacer.
–Malva, no me pidas que te cuente más, ni el por qué de mis palabras, pero… o abres muy rápido el tercer y cuarto sello, o después del segundo sello y hasta que liberes el último pasarás por un camino lleno de sufrimiento.
Malva se quedó callada, perpleja, pero se puso en pie cuando Wonrey lo hizo.
–Hoy no avanzaremos mucho, aún estás débil después de la angelitoxicoxis de ayer. –dijo Wonrey cuando empezaron a andar. Ella asintió sin responder.
No hablaron nada ese día, ni siquiera cuando montaron el campamento a media tarde. Malva, agotada, se durmió enseguida.
A la mañana siguiente Malva sí habló con el ángel.
–Wonrey, ¿por qué me dijiste eso?
–No lo sé. –dijo él. Las veces que en los siguientes dos días Malva le preguntó él, tan obstinado como ella, respondía lo mismo.
A los dos días llegaron a Luin.
Luin era un pueblo situado sobre un pequeño lago. Era un pueblo armonioso y lo llamaban "el pueblo de la esperanza". Siempre acogía a los que conseguían huir de las granjas humanas y les ayudaban en lo que podían.
En cuanto cruzaron el puente que constituía una de las tres entradas a Luin, Malva se volvió hacia Wonrey.
– ¿Por qué no vas a tu casa? –dijo suavemente.
Wonrey estudiaba el pueblo con atención, pero negó con la cabeza.
–No quiero ver a los que serían mis tátara-sobrinos.
–Venga, vamos. –dijo ella, arrastrándole. – ¿Dónde estaba?
Wonrey la miró con horror, pero decidió responder.
–En una pequeña plaza.
Malva, a pesar de lo vago de sus indicaciones, encontró enseguida el lugar. Soltó a Wonrey.
– ¿Es aquí?
Wonrey miró las dos casas incrédulo.
–Parece… imposible, pero… juraría que mi casa…
Entonces echó a correr por las escaleras que llevaban hasta una casa cuya puerta lucía en signo de la Iglesia, el mismo que tenían en sus ropas tanto Wonrey como Malva y les identificaba como servidores de la Iglesia.
– ¡¡Wonrey!!
Wonrey entró de golpe y miró el interior con incredulidad.
La antigua casa de Wonrey era una iglesia.
Se volvió hacia un preste.
–Perdone, pero ¿antes no vivía aquí una familia?
El preste sonrió con amabilidad.
–Sí, pero eso fue hace más de un siglo. La iglesia usó esta casa como sede después de que uno de los miembros de esa familia fuese admitido como ángel.
El preste señaló una imagen.
–Ésa es la imagen del santo. –Malva entró en la iglesia, jadeando, y cerró la puerta. El preste les miró, y su sonrisa se había evaporado. – ¿No os reconocéis… Gwindor?
Wonrey abrió la boca para decir algo, pero finalmente la volvió a cerrar y se quedó callado, mirando al preste.
Éste prosiguió.
–Si no me equivoco, guardas un parecido asombroso con el joven Gwindor. Demasiado. Eres él… y esta joven es la Elegida. Si queréis pasar desapercibidos, quitad esos símbolos de vuestros trajes.
Wonrey le miró en silencio algo más y al fin suspiró.
– ¿Cómo podéis haberos dado cuenta tan rápido?
–Joven Gwindor, soy un hombre observador… y que tuvo la fortuna de conocer a tus hermanos. Ellos hicieron numerosos dibujos de ti que donaron a la Iglesia.
–Ya veo… ¿Qué fue de ellos?
–Tuvieron una muerte digna. Los mismos ángeles les salvaron del ataque de los Desianos cuando luchaban.
–Bien. –asintió Wonrey, y se volvió hacia Malva. –Podemos irnos.
– ¿Ya? –dijeron el preste y Malva al mismo tiempo.
–Sí. Nada hay aquí que requiera mi atención.
Wonrey salió a paso rápido de Luin. Malva le siguió hasta que al fin logró alcanzarle.
– ¡Espera! ¿Se puede saber qué te pasa?
– ¿Por qué? –dijo Wonrey, perplejo.
– ¿Por qué has salido así? ¡Aquí naciste! ¡Y creciste! ¡Aquí está tu vida como semielfo!
–De eso hace mucho tiempo.
–Sí, pero fue tu vida, la única que tuviste. No puedes salir así. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que tengas la oportunidad de volver aquí? ¿Mil años? ¿Y si Luin ya no está? Puede que tus hermanos tuviesen hijos.
–En ese caso, serían casi ancianos. ¿Cómo le dices a alguien que eres su tío, –dijo Wonrey, mirando las montañas–cuando podrías ser su nieto?
Malva se mordió el labio, entendiendo el dilema de Wonrey.
–No lo haces. –reconoció, y una lágrima surcó su rostro. Wonrey se dio cuenta de su llanto.
– ¡Malva! ¿Estás… llorando?
Ella asintió.
–Debe de ser muy duro… que de repente seas inmortal y, en lo que para ti es un parpadeo, es para toda tu familia varias generaciones…
– ¡Pero yo estoy bien! –exclamó Wonrey, perplejo.
–Puede que sientas que es así, pero no es cierto. Solo que no quieres descubrir tus sentimientos, Wonrey. Ni descubrirlos, ni soltarlos… Pero a veces viene bien hacerlo.
– ¿Y a quién le cuento lo que siento? –susurró. Entonces notó la mano de Malva sobre su brazo. Alzó la mirada y se encontró con los ojos de ella, aún húmedos.
–En mí sí puedes confiar. –musitó. Ambos se miraron durante un instante.
–Debería ir a ver. –admitió Wonrey. Malva sonrió ampliamente y, aliviada de que aquel emotivo momento hubiese pasado, se secó los ojos tan verdes con la mano.
–Bien. Te espero aquí.
–Malva… –dijo él, inseguro. –No quiero hacerlo solo.
Ella le miró de nuevo, con sus ojos brillantes. Se colocó a su lado y echó a andar.
