Malva estaba incómoda. Wonrey se percató de ello en cuanto pisaron la ciudad.
– ¿Estás bien? Si quieres, nos vamos…
–No. –cortó ella. –Necesitamos… necesito comida. Y no nos vendría bien mirar armas nuevas… Bueno, a mí.
–Yo quería comprar unas espinilleras.
–Bueno, al menos las armas es algo en lo que coincidimos. Vamos.
–Si quieres voy yo.
–Te lo agradezco, pero sólo yo sé que espada es mejor para mí, el peso, la longitud… Tengo que ir.
–Deberías ir a ver a tu familia.
–Estarán… enfadados conmigo, y…
–Malva. Me obligaste a ir en Luin. Y probablemente no vuelvas aquí hasta dentro de mucho tiempo, así que…
–Está bien. Aún recuerdo dónde vivíamos, así que espérame aquí.
– ¿Sin hacer nada?
–Ve comprando.
–Si quieres que te acompañe, sólo pídemelo.
Ella no respondió. Se encaminó hacia el este del pueblo. Wonrey contempló su marcha y suspiró.
–Qué mujer tan orgullosa.
Malva abrió la puerta de la casa rezando para que no hubiese nadie, pero no tuvo suerte. Estaba casi toda su familia allí.
Carraspeó sonoramente. Su madre se volvió y gritó de alegría al verla.
– ¡Ireth!
La abrazó con todas sus fuerzas.
–Desde que te fuiste hace un año… Pensamos que habías renunciado a ser Elegida…
–No. De hecho, viajé mucho, pero acabé yendo al pueblo del Oráculo.
–Lo sé. Hemos visto la torre de la Salvación. Ireth, ¿por qué te fuiste?
–No soportaba seguir más tiempo aquí, todos sabemos por qué. –Malva se volvió hacia su hermana pequeña. – ¡Farfan! –exclamó, revolviéndole el pelo. La niña se abrazó a su pierna, exactamente igual que había hecho Raine.
– ¡Ireth! ¡No quiero que te vayas! –sollozó. De repente la visión de Malva se oscureció.
–Ireth tiene que irse otra vez, Farfan. Pero no te preocupes, que volverá muy pronto. –la consoló su madre, sin percatarse de Malva. Al oír la voz de su madre, Malva se dio cuenta al fin de que no era Raine quien sollozaba, sino Farfan. Su visión se aclaró de nuevo.
–Claro que sí, Farfan. Volveré muy pronto.
Entonces llamaron a la puerta. Su madre fue a abrir.
– Buenos días. –dijo una voz conocida amablemente. – ¿Está Malva aquí?
–No conozco a nadie con ese nombre.
–Es una chica joven, de pelo oscuro y corto.
–Mi hija se parece, pero se llama Ireth.
En ese instante, Malva se asomó por encima de su madre.
– ¡Wonrey! –exclamó ella. Él sonrió.
–Hola.
La madre de Malva se apartó para dejarle pasar y cerró la puerta tras él con una sonrisa.
– Conque Malva, ¿eh?
–Sí. Él es Wonrey, y no es lo que piensas.
Wonrey las miró con sorpresa.
– ¿Lo que piensa? –repitió. Ambas rompieron a reír. Entonces Farfan clavó sus grandes ojos violetas en Wonrey.
– ¿Qué eres? –dijo con curiosidad. –Tu maná es diferente al que tiene mamá o Ireth, y tampoco es como el del elfo Aladar…
Wonrey y Malva la miraron, helados, y su madre se arrodilló junto a ella.
– ¡Farfan, no digas esas cosas!
– ¿Cómo se ha dado cuenta? –susurró Wonrey al oído de Malva.
– ¡No lo sé! No debería poder hacer eso.
Entonces todos oyeron un gran revuelo fuera. Wonrey, Malva y su madre salieron a ver.
Había un gran corro de aldeanos.
– ¡Buscamos a un semielfo de pelo blanco y ojos de gato! –berreaba uno. La madre de Malva se volvió hacia él con horror y retrocedió.
– ¡Eres un semielfo!
Todos los aldeanos se volvieron y al verle corrieron hacia él. Wonrey sacó sus alas mientras colocaba las manos y sacaba sus alas. Malva se interpuso a la velocidad del rayo entre ellos. Desplegó sus alas y sacó su espada.
– ¡Alto!
Todos los aldeanos se detuvieron, intimidados.
– Soy la Elegida de Martel y exijo saber por qué atacáis a un semielfo.
– Porque es un semielfo. –explicó uno como si fuera obvio. Aquello solo logró enfurecerla.
– ¿Y estáis orgullosos de actuar sin razones? ¡¡Sois…!!
–Malva. –dijo una voz tras ella. Se volvió. Wonrey la miraba con tristeza en sus ojos dorados.
–A los humanos les inculcan ese odio hacia nosotros desde que nacen, y nosotros lo recibimos desde nuestro nacimiento… No podemos evitar luchar.
– ¡Sí que podéis! ¿Os parece justo que os matéis sin oportunidad? ¡Deberíais daros mutuamente una ocasión de explicaros y relacionaros! ¡Yo soy la prueba de que se puede rechazar tanto odio! A mí también me han educado así, pero no he obedecido.
–Si la Elegida lo dice, quizá debamos intentarlo. –dijo uno, y todos asintieron. Cuando ya se retiraban, una elfa comenzó a gritar.
– ¡No! ¡Fueron los semielfos los que destrozaron este mundo! ¡Y yo no permitiré que se vuelva a cometer el mismo error!
Apuntó con las manos hacia Wonrey.
– ¡¡Maxymum Fireball!! –gritó. Una única bola de fuego brotó de ella y se lanzó contra Wonrey demasiado deprisa para que pudiese defenderse.
– ¡No! –gritó Malva. Sin pensar, se interpuso entre ambos y recibió el hechizo destinado al ángel.
– ¡Malva! –exclamó Wonrey, arrodillándose junto a ella. Cuando se dio cuenta de que su vida estaba a salvo, se puso en pie y comenzó a conjurar con rabia.
– ¡Juicio Final! –gritó finalmente. Sus alas brillaron. De repente todo se nubló y comenzaron a caer haces de luz del cielo; sin embargo, éstos ignoraban a los aldeanos y buscaban ansiosamente un único cuerpo al que debían destrozar y matar: la elfa.
Cuando el primer rayo estaba a punto de alcanzarla, algo se interpuso entre ambos. Una barrera de color verde.
– ¡Cancerbero! –gritó alguien. Wonrey interrumpió el hechizo mientras se volvía hacia Malva.
– ¿Qué haces?
Ella se sentó en el suelo, agotada.
–No quiero violencia en mi mundo.
–Mi Señora, ¿qué hacemos con ella? –dijo alguien. Wonrey y Malva se volvieron, y vieron que se refería a la elfa, inerte, que habían capturado por el ataque a la Elegida.
Malva miró a Wonrey. Sonrió y se apoyó sobre su hombro. Le señaló con la cabeza.
–Que decida él.
– ¿Yo?
–Sé que harás una buena elección. –dijo con dulzura, mirándole.
Wonrey vaciló.
–Dejadla en libertad. –dijo finalmente. Escribió algo en un papel y se lo entregó a uno. –Dádselo cuando despierte.
Cuando salieron de Asgard, Malva se volvió a él.
– ¿Qué escribiste?
– «Los semielfos no destrozaron el mundo, sino unos semielfos, madre. No todos los elfos son buenos ni todos los que lleven la mitad de vuestra sangre serán malvados.»
–Esa elfa… ¿Era tu madre?
Él asintió.
–Ella era embajadora de la Iglesia de la Iglesia. Viajó a Luin por ello. Los elfos saben la verdad sobre la Iglesia, pero ella necesitaba dinero, por eso aceptó el trabajo.
–Mi padre era un humano felizmente casado y con varios hijos. Para ellos, las elfas son irresistibles, y cayó rendido a sus pies. Pero a ella también le gustaba él, de modo que aceptó tener relaciones con él. Pero le advirtió muy seriamente: las elfas son menos fértiles que las humanas, pero si quedase embarazada, él se encargaría del niño. Mi padre no sentía cariño hacia los semielfos, pero súbitamente comprendió por qué seguían naciendo semielfos en un mundo que los odiaba: porque eran la fusión de dos almas enamoradas. Y accedió.
–Qué bonito. –suspiró Malva, apoyando su cabeza en el hombro de Wonrey. Él sonrió.
–Supongo que sí. Efectivamente, ella quedó embarazada. Le dio el niño a mi padre y se fue para siempre. Mi padre le confesó a su mujer su amor hacia la elfa y hacia ella misma, pues amaba a ambas, y ella accedió a adoptar al niño. Siempre me trató igual que a mis hermanos, y recibí todo el cariño de esa familia. De mi madre solo sé que su nombre era Helena y que también había amado a otro elfo con toda su alma. Su nombre era Gwindor, el mismo nombre que me pusieron a mí.
– ¿Cuál era el nombre de la humana?
–Nara.
