Wonrey apretó la mano de Malva.

–Tranquila. –susurró Wonrey a su oído. Ambos estaban en la entrada del géiser de Thoda. –Cruxis aún no tiene ni idea de lo que hemos planeado.

Ella asintió y entró en el sello. Wonrey la siguió.

Vencieron sin problemas a todos los monstruos hasta que llegaron al altar.

Allí lucharon contra los guardianes del sello.

Wonrey se quedó atrás haciendo hechizos, aunque ahora ya tenía una espada –comprada en Asgard–, mientras Malva avanzaba. A ratos intercambiaban sus puestos: Wonrey atacaba delante con su nueva arma y Malva descansaba brevemente detrás. De repente, Wonrey se encontró en apuros. Mientras Malva comenzaba a descansar, se fijó en la batalla. Súbitamente, Wonrey apartó la espada y abrió mucho los ojos, como si acabase de recordar algo.

– ¡¡Wonrey!! –llamó ella, pero él la ignoró. Malva se puso de pie y corrió hacia ellos, pero supo que no llegaría para evitar el golpe. Tiró su espada a un lado y juntó ambas manos, como si rezase. Luego extendió los brazos, sin separar las manos, hacia el monstruo, todo muy rápido, y gritó:

– ¡¡Plumas de ángel!!

El guardián del sello retrocedió por el golpe, y Malva corrió junto a Wonrey. Comenzó a luchar, defendiéndole, hasta que Wonrey luchó junto a ella.

– ¿Qué te ha pasado?

–Nada. Solo estaba… Olvídalo. No te preocupes.

– ¡Casi te matan! ¿Cómo quieres que no me preocupe? –bufó ella, y en ese momento el guardián del sello murió. Wonrey sonrió y la abrazó. La envolvió también con sus alas.

–Lo siento. No quería preocuparte.

– ¡El problema no es que me hayas preocupado, es que podías haber muerto! –gruñó ella, separándose bruscamente. En ese momento apareció Gurk. Les miró fríamente.

–Bien hecho, Elegida.

Malva tragó saliva.

–Gracias, mi Señor.

–Te hago entrega de otro de los dones de los ángeles. Gurk vio que Wonrey se tensaba casi imperceptiblemente, y le preguntó–: ¿Algo que objetar?

–No, señor. –dijo Wonrey sin emoción. Gurk asintió. Una luz de seis colores se internó en Malva.

–Debéis dirigiros al tercer sello, situado en el mausoleo de Balacruf.

–Allí iremos, mi señor. –dijo Malva dócilmente. Gurk asintió y se esfumó.

Wonrey y Malva salieron del géiser sin hablar. Solo cuando llegaron al aire libre se miraron.

– ¿Y ahora qué?

–Ahora… –dijo Wonrey, con los ojos brillantes– nos toca vivir.

De repente, Wonrey palideció y apretó el brazo de Malva.

–Malva.

Ella se volvió y se alarmó al ver su expresión.

– ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Él indicó con un gesto que callase. Al cabo de un rato la miró con gran preocupación.

–Cruxis ya ha dado la alarma. A partir de ahora nos perseguirán, Malva.

– ¿Y cómo es que a ti no te han… apartado de toda esa red?

–Probablemente pensarán que me has despistado o matado, o algo por el estilo. No creerán que me haya aliado contigo. Y ahora que ha llegado el momento, debemos despedirnos.

– ¿Qué? –dijo Malva, perpleja.

–Si me quedo a tu lado, podrán localizarme y así llegar hasta ti. Soy un peligro para ti, por eso me voy.

–No, Wonrey. En parte, dejé la peregrinación para poder pasar mi vida mortal junto a ti. Sé que es probable que no sobreviva mucho tiempo, porque la Iglesia está en todas partes, por eso quiero pasar lo que me quede de vida contigo.

–Malva, esto también es difícil para mí. No me lo pongas peor. Yo tampoco quiero irme, pero haré lo necesario para protegerte.

– Entonces te odiaría. Lo sabes, ¿verdad?

–Prefiero que me odies y sigas a viva a que estés muerta.

– ¿Qué será de ti?

–Acataré el castigo que Cruxis me imponga.

–La muerte.

–Probablemente.

–Entonces yo me entregaré.

– ¿Qué?

– ¿No lo ves? Al igual que tú quieres que yo siga viva, yo también quiero mantenerme contigo. Por eso, si vas a Cruxis, yo completaré la regeneración de Sylvarant. No me importa que eso cueste la vida de Tethe'alla.

–No podrás. El camino se volverá mucho más duro. –dijo Wonrey, asustado.

–El amor puede con todo. Si tú te entregas a Cruxis, nada me impedirá que Sylvarant sea regenerado. Lo conseguiré y lo sabes. Pero… yo no quiero un mundo regenerado en el que no estés tú. –dijo al fin, y ahora no pudo contener sus lágrimas. Le abrazó con suavidad. Él devolvió su abrazo con ternura.

– ¿Por qué? –sollozó ella. – ¿Por qué hemos tenido que amar en un mundo dividido? Yo soy la Elegida para morir, y tú eres un ángel. Son demasiadas diferencias. Y sin embargo, voy a luchar por ello, por algo que sé que no durará. ¿Por qué es todo tan duro?

Wonrey la abrazó con más fuerza aún.

–No lo sé. No sé por qué hemos tenido que existir en un mundo así, es cierto, pero sí sé que yo también te quiero. Si te pasara algo, jamás me lo perdonaría…

– ¿Qué vamos a hacer ahora?

–Podemos hablar con los Renegados. Te hablé de ellos. Son un grupo que quiere asesinar a la Elegida para evitar la resurrección de Martel. Les diremos que también nosotros queremos evitar la resurrección de Martel. Sé que no les importa matar a las Elegidas, pero tampoco es una tarea que les agrade. Por ello, si te mantienen con vida, no tendrán que matar a más Elegidas hasta tu muerte… Una muerte tardía, ya que ahora que tienes un cristal de Cruxis vivirás más tiempo.

–Supongo que es un buen plan. ¿Cómo saben que he abandonado la peregrinación?

–Porque hace mucho que no tienen noticias tuyas.

–Podemos haber tenido problemas.

–Tienen puestos de vigilancia en cada iglesia y en cada refugio del peregrino. También hace mucho tiempo que no pasamos por uno de esos puntos clave. La alarma ha saltado. Y no me pidas que piense con claridad, porque esa alarma ofusca mis sentidos y me ordena que te coja. Si de repente ves que mis ojos se vuelven de color gris, huye de mí, porque eso significará que han doblegado mi conciencia.

–Eres una flor delicada, Wonrey. Lo siento mucho. Por mi culpa, no podrás volver a Welgaia más...

–Ya te dije que esa ciudad no me gustaba. Además, fui yo el que te pidió que no lo hicieras.

–Oye, Gurk, el ángel que aparece cuando abro los sellos… Tenía los ojos grises.

–Gurk era un amigo mío. Era el único amigo ángel que tenía. Y él se reveló también contra Cruxis. Pero le doblegaron. Sus ojos… son grises por ello. Es el símbolo de la rebelión. Pero aún se conserva algo de tu propia voluntad. Por eso Gurk eligió mandarme a mí para ayudarte. Supongo que tenía la esperanza de que esto pasara y yo me decidiese a ayudarte, porque él ya no podía.

–Eso es horrible.

Wonrey se frotó la sien.

–Supongo que sí. –admitió. – ¿Nos ponemos en marcha?