Durante aquella semana ambos disfrutaron mucho de su mutua compañía y de la belleza de Sylvarant. Al haber abierto dos sellos, Sylvarant comenzaba muy lentamente a prosperar.

Ambos vivieron dos semanas como nómadas, sin detenerse apenas en ciudades y sin acercarse a las iglesias. Hasta que, de repente, Wonrey cayó al suelo y no se levantó.

Estaban en el desierto, de camino hacia la base de los Renegados, pero en aquel desierto no hacía excesivo calor.

–¡¡Wonrey!! –gritó Malva, arrodillándose junto a él. Le sentó. – ¡First Aid!

El hechizo curativo no funcionó. Wonrey no tenía ningún mal físico. No era una insolación ni una deshidratación.

– ¿Qué te pasa? Quizá… La debilidad de mi magia sea demasiado para poder sanarte… ¡Sé que soy una maga muy mala, pero no quiero perderte!

Entonces Wonrey abrió los ojos y la agarró de las muñecas.

–No eres tú. Soy yo. Cruxis… Se mete en mi cabeza esa voz… No puedo soportarlo más…

– ¿Llevas así desde que dieron la alarma?

–Sí. Cada momento, cada segundo… Desde ese día, las noches se han vuelto mucho más largas que antes…

– ¿Por qué no me lo dijiste? –gimió ella. Le cogió en brazos sin problemas, debido a la fuerza sobrehumana que el otorgaba el cristal Cruxis. Wonrey no respondió. Mantuvo en todo momento los ojos cerrados.

Llegaron a la base de los Renegados cuando había caído la noche. Un soldado oyó los pasos de Malva.

– ¿Quién anda ahí? –inquirió. Solo estaba él y un compañero. Ambos apuntaron a la oscuridad con sus armas. De repente un fuerte resplandor iluminó las tinieblas de la oscura noche. Ambos miraron sin aliento a la joven que estaba frente a ellos.

–Mi nombre es Malva–dijo con claridad, sin soltar a Wonrey–, y soy la Elegida de Martel.

A la media hora estaban en una habitación de la base renegada. Malva caminaba de pie por la habitación, nerviosa, mientras Wonrey descansaba en la cama. En ese momento se incorporó. Al percibir el movimiento Malva se volvió rápidamente. Suspiró de alivio al ver que los ojos de Wonrey seguían siendo del color de la miel.

– ¿Qué pasa? –dijo él con su habitual falta de emoción. Se quitó el paño mojado que tenía sobre la frente sin apartar la mirada de Malva.

– ¿Estás bien?

–Digamos que estoy mejor. –entonces sonrió, recordando unas palabras de Malva. –Supongo que soy… una flor delicada.

Entonces se abrió una puerta. Entraron dos hombres de apariencia importante, uno de pelo largo y azul y otro de pelo puntiagudo y negro, muy grande, además de cuatro soldados. El de pelo azul les miró a ambos.

–Vaya, has despertado. –dijo. Los ojos de Wonrey estaban muy abiertos desde que le habían visto.

– ¿Yuan? –dijo con tono casi reverencial. El semielfo le miró con sorpresa.

– ¿Cómo es que conoces mi nombre?

Wonrey sacó sus alas con suavidad.

–Porque yo también pertenezco a Cruxis.

– ¿También?

Tras la sorpresa inicial, Yuan les explicó su papel en aquello.

– ¿Qué hace la Elegida de Martel en nuestras instalaciones? –inquirió Botta cuando Yuan acabó.

–No pienso continuar la peregrinación. –respondió Vick, sentada junto a Wonrey. –He abierto dos sellos para que la decadencia de Sylvarant se detenga, pero no quiero implicar a Tethe'alla.

–Entonces nosotros te protegeremos. –dijo, y sus ojos reflejaron alivio.

En ese instante empezó a sonar una alarma.

– ¿Qué es eso? –preguntó Malva.

– ¡Los Desianos se han infiltrado en nuestra base! –exclamó Botta, y se volvió hacia Yuan a la espera de órdenes.

–Impide que avancen en nuestra base, Botta. Yo me encargaré de proteger a la Elegida.

Malva se preguntó cómo podría protegerla Yuan, con lo delgado y frágil que parecía. Enseguida pensó que el cristal Cruxis que llevaba tendría algo que ver; por alguna razón el descomunal Botta obedecería al frío Yuan.

Botta asintió y salió con dos hombres. Yuan se volvió hacia Malva.

–Sígueme.

– ¿Y Wonrey?

–Cruxis puede utilizarle para localizaros, Malva. No puede venir.

–Yo no voy sin él. –afirmó ella, cogiéndole como si fuese un ligero muñeco. Yuan suspiró y guió a Malva por la base. Finalmente se encerraron en una sala cuyas paredes eran de pesado acero y en la que había una serie de pantallas y botones. Mientras Malva dejaba a Wonrey apoyado en una pared, Yuan empezó a pulsar botones y a mirar las pantallas con el ceño fruncido.

A Malva se le rompía el corazón ver a Wonrey tan mal.

–Yuan. Tú eres uno de los ángeles más importantes de Cruxis. ¿No puedes… ayudarle?

–No. Lo único que puedo hacer es… que pueda oírte. La alarma de Cruxis es tan fuerte para él que nubla sus sentidos. Yo puedo hacer que te oiga con claridad. Yo también te oirás, pero sólo asimilará tus palabras cuando finalices el hechizo que usaré.

–Hazlo. –dijo Malva, agradecida. Yuan sacó sus alas y cerró los ojos. De repente, Malva se sintió más ligera.

–Wonrey. –susurró. Se estremeció al oír su voz resonar por toda la base.

Se acercó a él.

–Wonrey. –repitió con dulzura. –Eres lo más importante para mí. Más que mi propia vida. Sé que no podrás resistir mucho más las órdenes de Cruxis. Sé que morirías antes que apresarme y que, una vez lo hayas hecho, pues yo no lucharé contra ti, morirás… por tu propia voluntad, pues sabes que yo no soportaré ser la marioneta de nadie… Por eso he elegido yo misma. Estoy orgullosa de mi decisión, y siempre… volvería a escoger mi camino.

Se agachó junto a él.

– ¿Confías en mí? –susurró en su oído.

–Sí. –musitó él.

–Entonces necesito que me jures una cosa.

–Lo que sea.

El rostro de Malva resplandeció de alegría.

–Me haces muy feliz. La promesa es… que vivirás…

Se separó de él y sacó sus alas. Dio dos pasos hacia atrás, y al tercero, sus pies se despegaron ligeramente del suelo. Malva voló por primera vez, con cierta sensación de libertad, hasta el techo de la sala.

–Es curioso que sea ahora cuando realmente soy feliz… Porque ya no siento el peso de mis decisiones. Ya no siento el peso de mis alas.

Sus alas brillaron con extraordinaria intensidad.

–Recuerda tu promesa, Wonrey. Y recuerda que, pase lo que pase, yo siempre elegiré… seguir este camino.

Una lágrima corrió por su mejilla, pero su sonrisa de felicidad no desapareció de su rostro. Extendió los brazos en forma de cruz, con las palmas hacia fuera y, al tiempo que los Desianos entraban en aquella sala, musitó una única palabra.

–Sacrificio.