Mi amor:
Estoy sentada frente al ordenador escribiendo todas las cosas que me gustaría decirte. Me gustaría entender porque mi destino me ha llevado por calles de silencio, donde no puedo recordar como era mi vida antes de que tú llegaras.
Si me dieran a elegir, no cambiaría un solo instante desde el día en que te conocí, excepto el momento en que te perdí. Te quiero como no he querido nunca antes, no había conocido a nadie que me diera tanto amor, tanta pasión. Jamás había recibido lo bastante para entregarme por completo.
Recuerdo como si fuera hoy, la primera vez que hicimos el amor en aquella pradera en Nueva Tierra y quisiera agradecerle a Casandra que me diera el valor para abrirte mi corazón. Aquel fue uno de los días más hermosos que he vivido en toda mi vida…
- o -
Mientras leía la carta de Rose, aquellos pensamientos que sólo él comprendía a la perfección; un sentimiento que creía enterrado en su corazón, volvió a florecer, como un río que renace de las entrañas de la tierra.
Rose estaba allí, tumbada a su lado sobre la verde hierba de Nueva Tierra. Los coches, se movían a gran velocidad por lo alto, sin percatarse de su presencia allí y una raza de humanos comenzaba su andadura por la existencia.
El día era fresco, pero el aire cálido y los pétalos de las flores que volaban alrededor de ellos hacían el ambiente perfecto. Rose estaba callada y el Doctor no era capaz de quitarle los ojos de encima. Se sentía hipnotizado y hubiera podido continuar de esa forma, todo el tiempo del mundo.
Entonces ella se lo quedó mirando, sus ojos grandes y expectantes vueltos hacia él le sorprendieron.
- Has estado increíble. En aquel ascensor dándoles una nueva oportunidad, una nueva vida a esas criaturas que acaban de nacer. - Rose sonrió ampliamente, aunque había un cierto toque de preocupación en su expresión.
- Rose ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? Tal vez quede algo de Cassandra dentro de tu organismo, si quieres…
-No, estoy bien gracias, es sólo que no he podido dejar de pensar."
- ¿En qué?"
- En si soy lo bastante buena para estar a tu lado. - El Doctor abrió la boca para decir algo pero la muchacha continuó hablando y no le dejó hacerlo. - Tienes más de novecientos años y siempre haces cosas imposibles. En la Tierra serías considerado poco menos que un Dios. Y mírame a mí.
El Doctor se acercó a ella y tomó la mano de Rose entre las suyas.
- ¿De que estás hablando? Eres unas de las personas más increíbles que he conocido en mi vida. ¿Crees que a todos los que conozco les dejo viajar conmigo.
- Dicho así, parece que soy una elegida. - Tal y como hacía siempre, el Doctor consiguió hacerla reír. Dejándose llevar él acarició su piel blanca y las miradas de los dos se encontraron un segundo más tarde. Ambos sintieron la electricidad recorrer sus cuerpos, pero ninguno dijo nada, tan sólo se quedaron allí, mirándose, como si estuvieran adentrándose en un espejo mágico.
Muy lentamente Rose llevó la mano hasta el rostro del Doctor y con cierta timidez, unida al deseo de lo que quería hacer a continuación, acarició también su rostro con el dorso de su mano, que la deslizó hasta su cabello, donde enredó sus dedos.
- Rose…
- Shhhh… No lo digas, ahora no. - Se arrodilló delante de él, el Doctor parecía haberse convertido en una estatua, de tacto exquisito para Rose, cálida y aterciopelada al mismo tiempo. Llevó un dedo hasta la boca del doctor. - Deja las palabras para más tarde.
Rodeó el cuello del Doctor con ambas manos y se fue acercando hasta que sus rostros se separaban por un par de centímetros. Rose sonrió nerviosa, estaba a punto de cruzar una línea que había estado allí durante demasiado tiempo y aunque no era la primera vez que iba a hacerlo, si que era la primera en la que iba a poner todo su corazón porque saliera bien.
Por fin, Rose besó al Doctor. Muchas veces lo había imaginado, mientras dormía en la TARDIS, mientras lo contemplaba manejar los mandos de la nave, había imaginado su boca apoderándose de los labios de él y cual sería su reacción. Temía que decidiera rechazarla, pero ahora ya era demasiado tarde para preocuparse por eso.
Aunque le costó unos segundos, el Doctor abrió la boca y dejó entrar a Rose en él, para seguir su juego durante unos segundos que simplemente se volvieron una eternidad de amor y devoción hacia ella.
Él también se había preguntado muchas veces lo que sería besar los tiernos y deseables labios de ella, pero el miedo a perderla y cierto pudor incontrolable, se habían puesto en medio demasiadas veces hasta ese momento.
La rodeó con sus brazos y mientras la escuchaba suspirar, la acomodó en la hierba, sobre su gabardina, para protegerla de la suciedad.
- Desde que te conocí supe que eras la elegida.
- He dicho que nada de palabras. - Intentó apoderarse de nuevo de la boca de él, pero el Doctor se lo impidió, tenía que decirle aquello antes de que siguieran adelante. - Por si lo has pensado alguna vez, nunca me he arrepentido de tenerte a mi lado y ahora se, que es la mejor decisión que podía haber tomado nunca. - Sonrió ampliamente, sus ojos castaños se iluminaron con intensidad y antes de que ella pudiera contestar la besó con pasión, como siempre lo había deseado.
Rose dejó caer sus manos por encima de su cabeza y cerró los ojos. Se mordió el labio mientras sentía las manos del Doctor recorriendo su costado, buscando el final de su jersey para poder tocar la piel desnuda de su espalda.
Con mano temblorosa, Rose deslizó la cremallera de su jersey hasta abrirlo por completo y esperó a que el Doctor la mirara y viera aquellas partes de ella que no había visto nunca. Cuando los ojos de él llegaron a su pecho Rose se ruborizó. Él jamás había visto sonrojarse sus mejillas por pudor, pero lo comprendió y para hacerle sentir mejor la besó, recorriendo sus mejillas hasta la comisura de sus labios, mientras se fue deshaciendo de su chaqueta y su camisa.
- Eres absolutamente perfecta. Tal vez yo fuera un dios entre los humanos pero ahora mismo tú eres mi diosa. - Rose se cubrió el rostro entre risas pues nadie le había dicho una cosa a sí nunca. Entonces notó las manos de él acariciando sus senos y suspiró con fuerza.
Poco a poco las manos de él se deslizaron hasta su vientre y allí se detuvieron, esperando a que Rose le mirara de nuevo.
- ¿Qué ocurre? - Le preguntó ella incorporándose.
- ¿Estás segura de lo que vamos a hacer? No quiero que cambie nada entre nosotros. Yo te… quiero sigas a mi lado y no deseo perderte porque lo que vamos a hacer nos cambie a alguno de los dos.
Ahora fue ella la que lo tumbó en la hierba a él, colocándose encima, sin permitir que se moviera, se recostó sobre él rozando sus senos contra el pecho de él.
Nunca en mi vida he estado tan segura de que quiero hacer el amor contigo. Estoy segura que esto no nos va a cambiar, porque nuestros sentimientos están ahí, no tenemos que decir nada.
Pero el Doctor sabía que aquello no era del todo cierto. Sabía entonces igual que ahora, que Rose deseaba que le dijera que le quería; pero de la misma forma que la última vez que se habían visto, no se había atrevido a hacerlo a tiempo y lo que podía haber significado la ratificación de una relación estable, fue una mágica tarde en el campo, haciendo el amor.
Los dos se dejaron llevar por sus emociones y aunque ninguno confesó lo que realmente sentían, ambos demostraron que se amaban profundamente; sus manos se movieron libres por el cuerpo del otro que estaban descubriendo en ese momento, cada hueco, cada lunar escondido, cada pedazo de piel; todo tenía que ser besado, acariciado y guardado en la mente como un momento único y cuando por fin se unieron en un solo cuerpo, tan sólo por un momento, las mentes de los dos dijeron lo que realmente sentían en un íntimo y privado gemido de placer.
…. Yo caí agotada y me quede medio dormida entre tus brazos, después noté como tus labios buscaban los míos y me besabas con ternura, mientras tus manos acariciaban mi espalda haciéndome estremecer. Me sentí realmente deseada y amada. Te quiero.
Te esperare eternamente.
Rose.
- o -
Mientras la TARDIS continuaba su viaje a través del espacio recibió un nuevo mensaje de Rose pero el impacto fue un poco más suave. El Doctor observaba que el corazón de la TARDIS latía suavemente, entonces se acercó al monitor y pudo leerlo. Jack junto a él leyendo, se echó a reír y le dijo:
Doctor… - el Doctor no dijo nada, con la mirada clavada en la pantalla del ordenador. El Capitán sabía que aquello era un momento sumamente personal de su amigo, por lo que decidió tomárselo en serio. - No fui ningún obstáculo, ¿no?
Eso es lo que te hubiera gustado. – Contestó el Doctor mostrando su mejor sonrisa.
Nunca me has dado esa oportunidad y mira que lo he intentado veces contigo. – Los dos amigos desaparecieron, entre risas, recordando los viejos tiempos, mientras Martha sentada frente a los controles, deseaba en su interior saber lo que sentía al ser Rose.
