Lugar desconocido. 12:21h
Miró la reserva de provisiones. Aún tenía suficiente para hoy. Mañana tendría que comprar más. Esa tarde le tocaba ir a trabajar; no podía faltar. A veces le disgustaba ir al trabajo, pero debía mantener las apariencias. No quería separarse de sus chicas, de sus doncellas, pero no había más remedio. Pero antes de irse, lo aprovecharía para dar la bienvenida a la recién llegada. Seguro que sería todo un espectáculo. Después, haría lo de siempre y se iría a trabajar y no volvería hasta bien entrada la noche, casi de madrugada. Debía, pues, prepararlo todo para la tarea que le esperaba, pero sabía que era más fácil de lo que al principio le parecía; el miedo que le tenían las chicas ayudaba notablemente.
Se levantó, reacio, del sillón, echó una última ojeada a las pantallas del circuito cerrado y fue hacia un rincón de la habitación, que había habilitado como cocina. Quizás les prepararía algo especial...
* * *
Comisaría central de Boston. 12:49h
Morgan y Prentiss entraron en la sala de conferencias.
— ¿Dónde están Reid y JJ? —Preguntó Morgan al ver a Hotch solo en la sala.
— JJ está ayudando al inspector Mattson con la rueda de prensa y Reid ha dicho algo de buscar una librería —les explicó Hotch—. ¿Cómo os ha ido?
— El sudes mata a las víctimas en el mismo lugar donde se encuentran después, por lo que las lleva hasta allí con vida. Hemos pedido las cintas de las cámaras de seguridad de la entrada del cementerio para que García coteje las matrículas de las furgonetas o vehículos grandes para ver si encontramos algo que nos ayude.
— Por la forma como actúa —añadió Prentiss—, podría pensarse que es obra de dos sujetos pero, por lo que nos han dicho los de criminalística, sólo hay un par de pisadas; las víctimas estaban descalzas.
— Así que, como pensábamos, nos enfrentamos a un sujeto que trabaja sólo y que es capaz de dominar a dos víctimas a la vez —concluyó Hotch—. En los informes de las autopsias, se han encontrado restos de tranquilizantes en la sangre de todas las víctimas, y de pastillas para dormir sólo en la sangre de las chicas.
— Habrá que averiguar por qué lo hace.
— Voy a enviarle los vídeos a García —dijo Morgan, dirigiéndose hacia la puerta.
En ese momento, entró Reid con un libro en la mano. Dejó la cartera en el suelo y se dirigió hacia la silla que había ocupado antes. Cogió los pedazos de papel, los distribuyó por la mesa, delante suyo, y abrió el libro, pasando las páginas a toda velocidad.
— Vale, Reid, no saludes —le dijo Morgan en tono sarcástico.
— ¿Qué libro es? —Inquirió Prentiss.
— Romeo y Julieta, de William Shakespeare —respondió Reid sin levantar la vista del libro.
— ¿Has encontrado alguna relación con los mensajes? —Quiso saber Hotch, acercándose a Reid y colocándose a su lado, de pie.
— Cuando he leído los textos, he visto que eran fragmentos de Romeo y Julieta. Lo que quiero comprobar es quien dice estos fragmentos y en qué parte de la obra aparecen.
Prentiss y Morgan también se habían acercado a Reid y observaban los textos de los papeles.
— ¿Pueden revelar estos fragmentos de Romeo y Julieta las intenciones del sudes? —Preguntó Morgan.
— Es posible —respondió Reid. Se detuvo en una página del libro—. Aquí está el primer fragmento: "Al placer violento sigue un final violento; / muere en pleno fervor, como el fuego y la pólvora / que se consumen al besarse.". Es de una entrada de Fray Lorenzo.
Prentiss buscó entre las pruebas dispersas por la mesa.
— Es del primer crimen. Estaba atado a la rosa —dijo Prentiss, leyendo la etiqueta de la bolsa.
Reid pasó unas páginas más. Prentiss separó la prueba de las demás, dejándola a un lado.
— "¿No tendréis un brebaje de veneno, un cuchillo afilado, / nada para una muerte súbita? ¿Nada?". De Romeo —leyó Reid.
— Cuarto crimen. La nota estaba en la mano del chico —dijo Prentiss mientras Reid volvía a pasar páginas.
— "De negros presagios está llena mi alma. / Viéndote ahí... al fondo de una tumba... / Me parece que estás... ahora muerto... / Mis ojos... ¿No me engañan? Te veo tan pálido.". Un fragmento de Julieta.
— Segundo crimen. En la mano de la chica —leyó Morgan de la etiqueta.
— "Procuradme una dosis / de veneno, algo que actúe rápido, / y que se dispare por las venas de modo / que quien lo tome, cansado de la vida, / caiga muerto, huyendo el hálito de sus labios." —volvió a recitar Reid, tras haber encontrado el siguiente fragmento—. Este también es de Romeo.
Reid siguió pasando páginas del libro.
— Tercer crimen. El papel estaba en la mano del chico —leyó Prentiss de la etiqueta correspondiente.
— "¡Dios! ¡Dios! ¿Qué sangre es la que tiñe / el mármol de la entrada del sepulcro?". Ésta es de Fray Lorenzo —señaló Reid antes de pasar página.
— Primer crimen. Estaba tirado en el suelo, cerca de las víctimas —dijo Morgan; después puso esta prueba junto a la otra del primer crimen.
— Y la última —dijo Prentiss, cogiendo la única prueba que les faltaba por comprobar—. "La mañana trae consigo una paz lúgubre; / el sol, apenado, no asoma su cabeza. / Vayamos, que hemos de hablar de estos hechos tristes.". Cuarto crimen; el papel estaba en el suelo.
Reid llegó al final de la obra.
— Es la última intervención de la obra. Son palabras del Príncipe —dijo Reid, levantando la vista del libro.
Todos permanecieron unos momentos en silencio, asimilando y meditando lo que acababan de descubrir.
— Está claro que, de los cuatro temas que trata Romeo y Julieta, el Destino trágico de los amantes, la Acción propiciada por la enemistad de ambas familias, el Amor como contraste al odio, y la Muerte como forma de perpetuar el amor, nuestro sudes sólo se centrado en ésta última, en la Muerte —dijo Reid.
— Los fragmentos que dicen Romeo y Julieta los ha dejado en los papeles que tenían las diferentes víctimas en las manos —añadió Morgan—. Mientras que los fragmentos de los demás personajes los deja en el suelo o atados a la rosa.
— Pero los fragmentos de la obra no los ha dejado en el orden en que aparecen —dijo Prentiss mirando los pedazos de papel organizados por la escena del crimen en que aparecieron—. Así que el orden no es importante para él. Deja aquellos fragmentos de Romeo y Julieta que considera adecuados para expresarse.
— Podemos deducir que el sudes considera a las víctimas como representaciones de Romeo, en el caso de los chicos, y Julieta, en el caso de las chicas —concluyó Hotch—. Por eso el lugar de la muerte y la forma de asesinar.
— ¡Está representando el final trágico de Romeo y Julieta! —Exclamó Reid— Romeo se suicida al lado de Julieta, a quien cree muerta viéndola dentro de la cripta de los Capuleto, tomando un veneno, mientras que Julieta, más tarde, al ver a Romeo muerto a su lado, se mata clavándose el puñal de Romeo. Los asesinatos son una escenificación del final trágico de la obra. Por eso encontraron el frasco que contenía el arsénico y el puñal en la escena del crimen, porque forman parte de esa escena de la obra en concreto.
— Entonces, si como dices, escenifica Romeo y Julieta, primero mata al chico, Romeo, con el arsénico y, después, a Julieta con el puñal, ¿no? —Dedujo Morgan.
Reid asintió.
— Pero entonces... ¿Por qué les da una paliza a los chicos y viola a las chicas? —Preguntó Prentiss— Eso no forma parte de la obra. No tiene sentido.
— La paliza a los chicos tampoco yo le veo sentido, pero creo que sí sé cuál es el motivo por el que viola a las chicas y no como creíamos al principio —dijo Hotch. Todos le miraron, intrigados—. En la obra de Shakespeare, Romeo y Julieta no llegan a consumar el matrimonio antes de morir. Creo que el sudes imagina que las chicas son Julieta y él es Romeo, pero cuando llega el final de la obra, de su particular obra, él se convierte en la Muerte que se abate sobre los enamorados.
— Altera partes de la obra pero reproduce otras al pie de la letra para satisfacer sus fantasías sádicas —concluyó Morgan.
— Es el clásico perfil de un sádico sexual que construye sus fantasías tomando la obra de Romeo y Julieta de Shakespeare como base —añadió Reid.
— ¿Podemos dar ya un perfil? —Preguntó Prentiss.
— Todavía no. Primero tenemos que asegurarnos que en el último crimen ha seguido los mismos pasos y hay que estudiar en profundidad a todas las víctimas —contestó Hotch—. He estado repasando los informes que nos han dejado y, como ya sabíamos, las víctimas no tienen nada en común, excepto las dos primeras, que eran novios. Necesitamos saber si García ha encontrado algo que relacione a las víctimas.
Morgan cogió el móvil.
* * *
Un sótano oscuro. 13:19h
Sarah no hacía más que cambiar de posición, en un vano intento por encontrar una que le resultase cómoda, cosa que provocaba que su cadena no parara de crujir. Torrence aguantaba estoicamente todo ese alboroto. Al final, derrotada, Sarah se tumbó en el suelo, encogiendo las rodillas hacia el pecho.
— Todo lo que me has contado antes, Torrence —dijo Sarah, titubeando—, ¿te lo dijo él?
— No... —respondió Torrence con cautela— Me explicó las normas la otra chica.
— ¿Quién? ¿Maggie?
— No, la que está aquí con nosotras.
— Ah... —Sarah guardó silencio un instante antes de preguntar— ¿Y quién se las contó a ella?
— No lo sé —respondió Torrence con un hilo de voz trémula—. Y tampoco tengo ganas de saberlo.
Ambas chicas se sumieron en un profundo silencio.
— Tengo hambre —dijo Sarah de repente.
— ¿Por eso no parabas de moverte? —Intentó deducir Torrence.
— Sí —asintió su compañera.
— Yo también tengo —admitió Torrence—. Pero he aprendido a soportar el hambre, a ignorarla. Además, como estamos aquí quietas, sin posibilidad de movernos, podemos aguantar más tiempo sin comer.
— ¿Y eso por qué?
— Gastamos menos energía que si no estuviéramos en manos de este loco. Lo único que hace tu cuerpo a consumir las reservas que tiene. Lo sé, es una manera poco ortodoxa para adelgazar, pero muy efectiva —Sarah soltó una pequeña carcajada al oír aquel intento de broma. Torrence sonrió—. Pero eso no quiere decir que este loco nos mate de hambre: nos trae comida una vez al día... Bueno, supongo. Sin un reloj, no sé si estoy en lo cierto.
— ¿Crees que tardará mucho?
— No tengo ni la más remota idea.
Sarah suspiró de resignación.
— Y... ¿Para ir al baño? —Volvió a preguntar Sarah— Es que por aquí no veo ningún retrete ni nada que se le parezca. O, al menos, yo no lo veo. Con esta oscuridad...
— No, de eso también se ocupa ese desquiciado —resopló Torrence—. Antes de darnos la comida, nos lleva una por una al lavabo. Pero si piensas que podrás intentar escaparte, lo llevas claro: te clava una pistola en las costillas para que ni lo intentes.
— ¡Qué horror!
— Tampoco hace falta que te molestes en intentar averiguar qué lugar es éste: todo está sumido en la oscuridad y, además, huele fatal.
— No habrá ratas, ¿verdad? —Preguntó Sarah, encogiéndose.
— No, no hay. Al menos, no aquí en esta sala.
Sarah dejó escapar una exhalación de alivio.
— ¿Sabes qué, Torrence? Creo que voy a intentar dormir, aunque sea sólo un sueño ligero.
— Pues buena suerte...
* * *
Comisaría central de Boston. 13:24h
— Restaurante del Saber y la Información. ¿Cuál es su pedido? —Dijo García a modo de saludo desde un extremo de la línea.
— Mmm... Un menú completo sobre ocho jóvenes muertos en Boston, por favor —respondió Morgan al otro extremo.
— ¡Ay! Yo pensaba que ibas a pedirme las llaves de mi apartamento.
— Creo que no hace falta. Seguro que un día de éstos me las das sin yo pedírtelas.
— Como me conoces, encanto...
— No lo sabes tú bien... Bueno, ¿qué has encontrado? Espera, que pongo el manos libres.
— A ver... —la voz de García se oyó por toda la sala de conferencias— Susan Lessen, de New Bedford, Massachusetts, Charles Gornold, de Boston, y Emma Herns, de Peoria, Illinois, estudiaban Ciencias Políticas en la facultad de Derecho de Harvard. Susan y Charles iban a la misma clase; según los expedientes académicos, Charles no era muy buen estudiante, mientras que Emma Herns estudiaba gracias a una beca y sacaba muy buenas notas. Las demás chicas también estudiaban en Harvard: Jessica Arnols, de Detroit, Michigan, estudiaba Derecho, en la misma facultad que Susan, Charles y Emma; Lauren McGormak, de Richmond, Filadelfia, cursaba Filología Inglesa, y Margaret Fing, de Fall River, Massachussetts, estudiaba Arquitectura, ambas en la facultad de Artes y Ciencias. Todas sacaban bastantes buenas notas. Se denunciaron las desapariciones de Susan Lessen, Emma Herns, Lauren McGormak y Margaret Fing.
— ¿Y de Jessica Arnols no? —Preguntó Morgan, extrañado.
— No... —respondió García lacónicamente.
— ¿Cuándo se produjeron las desapariciones? —Quiso saber Prentiss.
— Lauren McGormak desapareció el 17 de junio y un día más tarde lo hizo Susan Lessen; la denuncia de Susan la puso su novio —respondió el inspector Mattson, que había entrado en la sala junto con JJ sin que los demás se diesen cuenta—. La denuncia de Emma Herns se puso el 7 de septiembre, el mismo día en qué fue vista por última vez. Y la desaparición de Margaret Fing se produjo el 18 de octubre.
— ¿Y qué hay de los chicos? —Inquirió Hotch.
— Adam Jones... —oyeron como García tecleaba en sus ordenadores— Era de Nueva York y provenía de una familia de clase media. Empezó a estudiar Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, pero lo dejó en el segundo curso para ponerse a trabajar en una empresa de material eléctrico. Jonathan Robins... De Quincy, Massachusetts. Detenido varias veces por posesión y venda de droga y robo de coches. Acababa de salir de la cárcel donde había cumplido veinte meses de prisión cuando murió. Frederick Downs... Era de Kirksville, Missouri. A los doce años se trasladó con su familia a Gloucester, Massachussets. Trabajaba como ayudante en una biblioteca pública de Boston. Y de Robert Spells, de Memphis, Tennessee, sólo he encontrado que se había empadronado en Boston una semana antes de su muerte. Antes había estado en Nueva York trabajando en el puerto de mercancías.
— ¿No has encontrado nada más? —Preguntó Prentiss.
— Todo esto ya lo sabíamos —cortó el inspector Mattson.
— Espere un momento —le pidió Hotch—. García... ¿Algo más?
— Sí... He encontrado un artículo del diario de la universidad de finales de marzo donde se mencionan los nombres de dos de las chicas: Susan Lessen y Jessica Arnols. El artículo habla de la estrena de una obra de teatro por parte del grupo de teatro de la universidad. Las dos chicas salen como parte del reparto.
— ¿Y qué obra representaban?
— La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde.
— Busca si las otras chicas estuvieron también en ese grupo de teatro —dijo Morgan.
— Dalo por hecho, cielo —contestó Penélope antes de colgar.
Y colgó. Morgan también colgó y se puso el móvil en la funda que llevaba en su cinturón. Todos se quedaron callados durante unos instantes.
— ¿Qué relación tiene que tres de las víctimas estuvieran en el grupo de teatro de la universidad? —Preguntó, al fin, el inspector Mattson.
— Mucho —respondió, de inmediato, Reid—. Los fragmentos que el sujeto deja en los escenarios son fragmentos de Romeo y Julieta, de Shakespeare, lo que lleva a pensar que ve a sus víctimas como encarnaciones de Romeo y Julieta o de actores que interpretan a estos personajes.
— Ahora hay que ver si sigue la misma pauta en el último escenario —dijo Prentiss—. ¿Tiene ya todas las pruebas de ese escenario?
— Sí —respondió el inspector—, acaban de llegar.
Se agachó, cogió una caja que estaba en el suelo, a sus pies, y la dejó encima de la mesa. Reid se apresuró a buscar en ella los pedazos de papel con los textos de Shakespeare.
— "Juntad vuestras manos con palabras santas, / Y que la muerte, destructora del amor, actúe"* —leyó Reid—. Es... Es un fragmento de Romeo que está justo antes que el de Fray Lorenzo que dejó en el primer crimen.
— Pero en este caso, deja este fragmento de Romeo unido a la rosa en vez de hacerlo en la mano del chico —objetó Prentiss—. ¿Ha cambiado su firma?
— No, creo que lo hemos planteado mal —repuso Reid.
— ¿Qué quieres decir? —Quiso saber Morgan.
— Deja los fragmentos de la obra en los lugares del crimen con los que tienen relación. Si tiene relación con Julieta, lo dejará en la mano de la chica; si tiene relación con Romeo, lo deja en la mano del chico.
— Vale, eso lo entiendo. ¿Pero y los demás trozos?
— Aquellos que tratan del amor, sin especificar a Romeo ni a Julieta, los deja en la rosa, mientras que el resto los deja en el suelo. Como éste último hace referencia a las manos y al amor, lo deja en la rosa. El quien lo dice en la obra no tiene importancia para él.
— Es decir, que lo deja para nosotros —dijo Hotch—. Somos los espectadores de su obra.
— Eso parece —asintió Reid.
— ¿Qué dice el otro fragmento? —Preguntó JJ.
— "¡Una copa sujeta entre las manos de mi amado! / Ahora lo entiendo... el veneno fue su muerte prematura..."** —leyó Morgan, que había cogido el otro fragmento de dentro de la caja, aún dentro de la bolsa de pruebas—. Estaba en la mano de la chica
— Éste es de Julieta —dijo Reid—. Es del final de la obra. Está entre el fragmento de Fray Lorenzo que dejó en el primer escenario y el fragmento del Príncipe del cuarto.
— Entonces parece que sigue el mismo modus operandi que en los casos anteriores —concluyó Prentiss.
— Inspector Mattson —dijo Hotch girándose hacia él—, reúna a sus hombres. Les daremos el perfil del sujeto.
*Versos originals de Romeo and Juliet: "Do thou but close your hands with holy words, / Then love-devoring death do what he dare."
** Versos originals de Romeo and Juliet: "What's here? A cup, closed in my true love's hand? / Poison, I see, hath been his tímeles end."
