Apartamento de Sarah Talbot. 13:33h
— ¡Sarah, sé que estás ahí! ¡Abre de una vez! —Gritaba Andrea mientras tocaba el timbre del apartamento.
Calló un momento para coger aire y tragar saliva. Entonces, se dio cuenta que el timbre había sonado muy bajo. El timbre del apartamento de Sarah siempre sonaba tenue, pero esa vez parecía que había sonado más bajo aún, si era eso posible. Llamó otra vez mientras escuchaba con atención y un escalofrío le sacudió el cuerpo: el timbre no había sonado.
Apoyó la mano en el pomo de la puerta y ésta se abrió sin esfuerzo unos centímetros. Empujó un poco más la puerta, lo suficiente para que la luz del rellano cruzara el umbral e iluminara la entrada del apartamento. Andrea miró, inquieta, el interior, intentando oír algún sonido fuera de lo común, pero todo estaba sumido en el silencio. Cruzó muy lentamente la puerta, temiendo en cada momento que algo o alguien se abalanzara sobre ella. Cruzó el recibidor y se paró en el umbral de la puerta del salón; la luz de fuera no llegaba hasta allí. Buscó a tientas el interruptor y lo accionó. La luz no se encendió. Volvió a intentarlo, pero fue inútil.
En ese instante, se dio cuenta de algo. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra de la estancia, ya que las cortinas de las ventanas estaban echadas, por lo que podía ver los contornos de los muebles que había. Encima de la mesilla de enfrente el sofá había un bolso. Andrea se acercó despacio para verlo mejor. Cuando lo tuvo al alcance de su mano, se le cortó la respiración. ¡El bolso de Sarah! Lo abrió con manos temblorosas para asegurarse que realmente era el bolso de su amiga y buscó el billetero, donde sabía que tenía su permiso de conducir. Sí, allí estaba el carné de Sarah Talbot.
Andrea dejó caer el billetero en el suelo y salió corriendo del apartamento.
* * *
Comisaría central de Boston. 14:31h
— El sujeto que buscamos es un fan incondicional de Shakespeare, especialmente de la obra Romeo y Julieta, ya que en todos sus crímenes ha dejado fragmentos de dicha obra —empezó explicando Hotch a los agentes reunidos en la zona de mesas de la comisaría, al lado de donde estaba la sala de conferencias—. Conoce a la perfección toda la obra, por lo que utiliza fragmentos de ella para destacar el acto de la muerte.
— A través de estos fragmentos podemos ver dos hechos que rigen el comportamiento del sudes —continuó diciendo Reid a un ritmo bastante acelerado—. El primero es que se trata de un individuo que ha fracasado en sus relaciones afectivas. Por ese motivo, necesita retener a sus víctimas durante un período de tiempo, para sentir que tiene una relación con ellas, aunque sea con varias a la vez, ya que sabemos que, al menos, ha retenido dos chicas a la vez en un mismo período de tiempo. Por otra parte, el hecho que los mensajes que deja en los escenarios de sus crímenes sean de una obra de Shakespeare muestra que le apasiona el teatro; para él, el teatro es una manera de destacar entre los demás, aunque sea a pequeña escala, entre aquellos que le conocen.
Algunos de los agentes reunidos iban tomando notas en sus libretas mientras que otros escuchaban con atención.
— Eso nos conduce a la segunda característica de nuestro sudes —ahora fue Morgan quien tomó la palabra—. Este individuo no destaca en ninguno de los aspectos de su vida. Tiene un trabajo corriente y mal pagado pero que él considera que no está a la altura de sus expectativas y capacidades. Vive solo, casi como un ermitaño, sin apenas amigos. Sus compañeros de trabajo dirán de él que es un tipo raro, que apenas habla con nadie y que cuando lo hace es con desdén, como si creyera estar por encima de los demás.
— Con esto no queremos decir que vaya ser fácil cogerlo —repuso Prentiss—. En todos sus crímenes apenas deja pistas, sólo aquellas que quiere que sean encontradas y que están dirigidas a los investigadores. Por eso es muy probable que tenga antecedentes por pequeños hurtos o robo de coches cuando era joven; de allí que conozca los procedimientos policiales. Tiene acceso al arsénico que utiliza para matar a sus víctimas masculinas, ya sea porque lo ha obtenido de forma ilegal o porque en su actual trabajo es posible que tenga acceso a él. Como todas sus víctimas femeninas iban a la universidad de Harvard, lo más probable es que trabaje en la misma universidad o cerca de ella, cosa que le permite pasearse por ella sin levantar sospechas.
— ¿Y dónde esconde a las chicas que secuestra? —Preguntó el inspector Mattson— A Lauren McGormark la retuvo durante más de tres meses. No puede hacerlo en cualquier lugar.
— Tiene razón. Debe tener o utilizar algún lugar aislado al que sólo pueda acceder él y donde pueda controlar a sus víctimas —respondió Morgan—. Es un sádico sexual. Este lugar... Será aislado y estará oculto a la vista de todos. Un edificio abandonado, un viejo almacén o una antigua fábrica. Un sitio de donde sus víctimas no puedan escapar, ya que con las pastillas para el sueño que les administra las domina por completo.
— Entonces... ¿Qué tipo de persona tenemos que buscar? —Inquirió uno de los policías.
— Teniendo en cuenta lo que les hemos dicho hasta ahora y las edad de todas sus víctimas, creemos que se trata de un hombre blanco, de entre 25 y 40 años y que es lo suficientemente fuerte como para dominar y transportar a sus víctimas —le contestó Hotch—. Mucha suerte a todos.
Los agentes empezaron a levantarse pero el inspector Mattson los retuvo un momento en sus sitios con gesto.
— Aquellos que no salgan a patrullar se dedicarán a buscar sujetos que encajen en el perfil que han recibido y lo pasarán a los agentes del turno de tarde. Manos a la obra, pues.
Los agentes, ahora sí, se dirigieron con presteza a las tareas que tenían encomendadas. Hotch se giró hacia su equipo.
— Reid, tú y Prentiss iréis a la universidad para averiguar más sobre las víctimas, especialmente su relación entre ellas y el grupo de teatro. Está claro que si dos de ellas estaban en el grupo y que el sudes le apasiona el teatro, lo más probable es que las otras tres víctimas también algún tipo de contacto con el grupo. Morgan, llama a García, a ver si ha podido descubrir algo en las imágenes de la entrada del cementerio y que coteje los nombres de los empleados de Harvard con nuestras bases de datos. JJ...
Hotch dejó la frase a medias al notar la presencia de un policía que se había acercado. Se giró hacia él.
— Señor, hay una chica afuera esperando; dice que su amiga ha desaparecido de su casa. Cuando ha ido a verla este mediodía a su apartamento, después de las clases de la facultad, se ha encontrado con la puerta abierta. Está muy nerviosa y asustada.
Hotch asintió y se giró hacia JJ.
— Ve a buscarla e intenta tranquilizarla.
— Sí, señor —le respondió JJ antes de irse.
— Esperemos que no esté relacionado con el caso —suspiró Hotch, dirigiéndose al resto del equipo.
El inspector Mattson se acercó a ellos.
— ¿Qué sucede?
— Ojalá no lo sea, pero es posible que tengamos otro secuestro —le contestó Hotch en tono lúgubre.
* * *
Un sótano oscuro. 14:49h
Sarah dormitaba intranquila, removiéndose en su rincón y lanzando de vez en cuando gemidos apagados en sueños, y Torrence estaba en silencio, sumida en su silencio, preocupándose por su compañera. Pero la tercera chica seguía inmóvil, en la misma posición que había adoptado horas antes, como si fuera una estatua de frío mármol. Mantenía los ojos cerrados y su respiración era suave y acompasada, como si estuviera sumida en un profundo sueño.
O eso parecía.
Su mente estaba inquieta y en pleno funcionamiento. Se negaba a sí misma un descanso, dándole vueltas una y otra vez a toda la información que había acumulado en su largo cautiverio. Buscaba casi con desesperación una forma de escapar de esa pesadilla que había creado ese perturbado. Conocía sus límites lo suficientemente bien para saber que no podría soportar mucho tiempo más esa tortura psicológica que las sometía ese loco. Había presenciado demasiadas palizas y demasiadas elecciones como para saber que no aguantaría ni una más. No, sabía que si él traía a otro chico, la primera en caer, esa vez, sería ella y tenía una idea bastante clara sobre lo que ocurría después de esa tortuosa elección a la que las sometía.
Tenía grabadas a fuego en su mente cada súplica de aquellos pobres muchachos que él encadenaba en el centro de esa sala, cada grito de dolor que emanaba de sus gargantas con cada brutal golpe que recibían. Tampoco podía olvidar cada gemido de terror que chillaban las chicas que él se había llevado; no aquellos que hacían cuando él las arrastraba fuera de esa sala, sino los que venían después, aquellos que le habían helado el alma hasta dejarla casi palpitación. Imaginaba demasiado bien a qué se debían esos alaridos de pánico y dolor. Las demás, por lo que había podido comprobar, no los habían oído. ¡Qué suerte para ellas!
Sabía que ese tipo de pensamientos a cualquier otro le habrían sumido en la más absoluta de las desesperaciones, sin posibilidad alguna de trazar ningún plan de huida, pero a ella le producía el efecto contrario. Conociendo las pocas fuerzas que le quedaban, no tenía nada que perder por intentar escapar. Antes, pero, debía encontrar un modo de soltarse de las cadenas de sus tobillos sin que él se diera cuenta así como también la forma de esquivarle.
Pero, espera un segundo...
Cadenas... Soltarse... Huir... ¡Ya lo tenía! ¡Había encontrado una manera, una posibilidad de escapar! Estaba tan exultante que una pequeña sonrisa se le dibujo en los labios. La borró de inmediato, temiendo que pudiera delatarla. Intentó tranquilizarse, soltando lenta y silenciosamente el aire que inspiraba. Lo hizo varias veces.
Dio resultado. La alegría seguía inflamándole por dentro pero la concentración que la caracterizaba volvió a ella, dispuesta a no dejar ningún cabo suelto en su desesperado plan de huida.
* * *
Comisaría central de Boston. 14:59h
— ¿Quieres tomar algo? ¿Café, agua? —Preguntó JJ a la chica que la acompañaba hacia la sala de conferencias.
— Agua, por favor —respondió la chica con nerviosismo.
Hotch, que estaba dentro de la sala de conferencias junto con Morgan, oyó la respuesta de la chica y fue a buscar de inmediato un vaso de agua a un rincón de la sala, donde había una pequeña fuente junto a una máquina de café medio vacía de café frío. Mientras, JJ le ofreció un asiento a la chica para que se sentara; la chica se sentó de inmediato, como si dudara que sus piernas pudieran sostenerla mucho tiempo más. JJ se sentó frente a ella y esperó que Hotch llegara hasta ellas con el agua. Morgan estaba al otro lado de la mesa, en pie, atento a todo cuanto dijera la chica. Hotch, una vez dado el vaso a la chica, se quedó de pie, entre JJ y la chica.
— ¿Cómo te llamas? —Le preguntó JJ suavemente.
— Andrea. Andrea Platts —respondió la chica con voz trémula, con la vista baja.
JJ buscó los ojos de Andrea, que los mantenía fijos en el suelo. Como no lo consiguió, cogió una de las manos de Andrea para que ésta reaccionara y la mirara. JJ no habló hasta que no tuvo la atención de la chica.
— Andrea, cuéntanos por qué crees que tu amiga ha desaparecido.
Andrea cogió una bocanada de aire antes de empezar a hablar atropelladamente.
— A la una y media he ido a su casa. No había venido a las clases de la universidad, y hoy, además, teníamos un examen...
— ¿De qué era el examen? —Inquirió Hotch.
— Biología molecular —respondió Andrea automáticamente.
— Continúa —le pidió JJ.
— Me ha parecido muy raro que no apareciera en la facultad —siguió explicando Andrea en tono nervioso—, porque habíamos quedado en encontrarnos antes del examen, para repasar un poco y eso...
— ¿A qué hora habíais quedado?
— A las ocho en la cafetería que hay cerca de la entrada de la facultad. El examen era a las once menos cuarto; antes teníamos clases pero tenemos asignaturas distintas, así que no podía verla hasta la hora del examen. A las diez y media la he llamado a su móvil, pero no me ha respondido. Me he imaginado que quizás estaba charlando con algún profesor y que no habría podido responder.
— Y cuando ha sido la hora del examen, ¿la has visto antes de entrar? —Quiso saber Hotch.
— No —respondió Andrea con cara de culpabilidad—. Estaba demasiado concentrada en el examen como para fijarme.
— ¿Qué has hecho después del examen? —Preguntó JJ.
— Al entregar el examen, me he fijado que ella no estaba en el aula y le preguntado al profesor si ya le había entregado el examen. Y me ha dicho que no —a Andrea se le empezaron a escapar las lágrimas—. Entonces... Entonces he ido a su apartamento, enfadada, porque me había dejado plantada antes del examen sin decirme nada.
— ¿Falta mucho a clase?
— Só... Sólo cuando está enferma. Tiene bastante facilidad en pillar resfriados muy fuertes; a veces...
— ¿Cuándo la viste por última vez?
— Ayer, sobre las tres de la tarde; pero hablé con ella por teléfono más tarde, a eso de las nueve o nueve y media.
— ¿Qué ha pasado cuando has llegado a su apartamento? —Inquirió Hotch.
— La puerta estaba abierta y las luces no funcionaban; estaba todo muy oscuro —dijo Andrea, temblando sólo de recordar—. Su bolso estaba en el salón; dentro estaban todas sus cosas. He salido corriendo de allí y venido aquí.
JJ se inclinó hacia ella y le puso una mano en el brazo, en un intento por tranquilizarla y transmitirle seguridad.
— Has hecho lo que debías —susurró JJ—. ¿Cómo se llama tu amiga?
— Sa... Sarah. Sarah Talbot —balbuceó Andrea entre lágrimas.
— ¿Sabes si estaba en el grupo de teatro de la universidad?
— S... Sí... Le gustan mucho los musicales de Broadway, pero era bastante tímida para salir al escenario.
Morgan y Hotch intercambiaron miradas: Sarah Talbot encajaba en el perfil del sudes.
— ¿Dónde está su apartamento? —Preguntó Hotch. Andrea le dio la dirección; Morgan la apuntó en un papel— Gracias. JJ, quédate con ella.
— Sí, señor —contestó JJ, sabiendo lo que quería que hiciese: seguir indagando en la vida de Sarah Talbot.
Hotch miró a Morgan y le hizo un gesto con la cabeza para que salieran de la sala. Se dirigieron directamente a ver el inspector Mattson.
— ¿Qué les ha dicho? —Preguntó Mattson, impaciente.
— Creo que sí tenemos otro secuestro y es posible que averigüemos como secuestra a sus víctimas, al menos a las chicas —respondió Hotch—. Tenemos una dirección.
— Voy con ustedes.
Los tres hombres salieron de la comisaría.
* * *
Universidad de Harvard. 15:27h
Prentiss y Reid andaban con paso ágil por los pasillos del edificio central de la universidad, directos al despacho del decano de la universidad; ya le habían avisado de su llegada. Lo encontraron fuera de su despacho, esperándoles.
— ¿Señor Zimberbarch? —Inquirió Prentiss cuando estuvieron frente al hombre. El hombre le tendió la mano, que Prentiss estrechó— Soy la agente Emily Prentiss y él es el doctor Reid.
— Encantado de conocerles, aunque no creo que sea esta la mejor ocasión para hacerlo —respondió el decano Zimberbarch.
— No, ni para nosotros —asintió Prentiss.
Los tres entraron en el despacho. El decano cerró la puerta. Prentiss y Reid se quedaron en pie frente a la mesa del despacho. El decano la rodeó para sentarse en su sillón.
— Señor Zimberbach —dijo Reid—, querríamos preguntarle algunas cosas acerca del grupo de teatro que hay en marcha en la universidad.
— ¿Puedo saber el porqué? —Preguntó el decano.
— Supongo que está al corriente de las muertes ocurridas en los últimos meses en los cementerios —dijo Prentiss. El decano asintió—. Todas las chicas eran estudiantes de esta universidad y algunas de ellas formaban parte del grupo de teatro. Estamos intentando averiguar si las demás víctimas también tuvieron relación con el grupo.
— Tendría que mirarlo en los archivos de grupos y asociaciones de la universidad —dijo el decano volviendo su mirada hacia la pantalla de ordenador que había en una punta de la mesa mientras sus dedos se deslizaban por el teclado.
— Esperaremos —dijo Reid.
En ese momento, el móvil de Prentiss empezó a sonar. Lo sacó de su bolsillo y descolgó.
— Dime, Hotch... Sí, ya estamos aquí... Sí... ¿Dónde...? De acuerdo, venimos enseguida... —Prentiss colgó. Reid la interrogó con la mirada—. Otro.
Reid iba a formular la pregunta pero Prentiss le disuadió con un movimiento de cabeza, señalando al decano. Reid asintió, comprendiendo.
— Aquí está —dijo el decano sin apartar los ojos de la pantalla—. La lista de los integrantes del grupo de teatro —miró a Prentiss y Reid—. ¿De veras les ayudará en la investigación para atrapar a ese asesino?
— Sólo estamos siguiendo pistas —respondió Prentiss evasivamente—, pero esperamos que así sea.
— ¿Podría darnos las listas de los integrantes actuales y las de los últimos diez cursos anteriores? —Pidió Reid. El decano asintió— Gracias.
El decano dio la orden al ordenador para que imprimiera las listas. Al cabo de un momento, la impresora, colocada en una mesa auxiliar detrás del decano, empezó a escupir las hojas impresas. El decano las recogió de la bandeja de salida y se las entregó a Reid.
— Espero que cojan a ese asesino lo más pronto posible —dijo el decano—. Los estudiantes empiezan a estar inquietos. Y, la verdad, el profesorado también.
— Lo comprendemos —asintió Prentiss—. Gracias otra vez.
Prentiss y Reid se dirigieron hacia la puerta. Prentiss estaba con la mano en el pomo cuando Reid se volvió hacia el decano.
— Señor Zimberbach, ¿quién puede apuntarse en el grupo de teatro?
— En teoría, todo aquél que trabaje o estudie en la universidad; al fin y al cabo es un grupo amateur que representa una o, como mucho, dos obras durante el curso, por lo que no hay ningún otro requisito en especial —respondió el decano—. La mayoría de los inscritos son estudiantes, pero a veces también se apunta algún profesor o personal de la universidad: mantenimiento, limpieza, administración... ¿Por qué quiere saberlo?
— Era sólo curiosidad —dijo Reid—. Gracias.
Prentiss y Reid salieron del despacho y tomaron el camino hacia la salida, directos hacia su vehículo.
— ¿En qué piensas? —Inquirió Prentiss tras haber dado unos pasos.
— Creo que el sudes forma parte del grupo de teatro —respondió Reid, echando una ojeada a las hojas de papel que tenía en la mano—. Le encanta Shakespeare, está obsesionado con él. Seguro que está en estas listas; no habrá podido resistirse a la tentación.
— Pero hay muchos nombres —replicó Prentiss, ojeando también las listas.
— Lo más probable es que su nombre esté varias veces —dijo Reid mientras buscaba con rapidez los nombres repetidos—. Por cierto, ¿qué quería Hotch?
— Ha habido otro secuestro con el mismo tipo de víctima; otra chica —contestó Prentiss—. Vamos a su apartamento, donde la secuestró.
