Apartamento de Sarah Talbot. 16:13h

La entrada del edificio de apartamentos estaba custodiado por varios coches patrulla. En el interior del edificio, hervía un bullicio de actividad. Unas dos docenas de policías interrogaban a los vecinos en busca de testimonios y pistas que les pudieran ayudar en la investigación; otra docena transportaba las pruebas que se iban recogiendo en el apartamento de Sarah Talbot, donde la policía científica trabajaba con minuciosidad y precisión quirúrgicas.

En el pasillo que conducía al apartamento de Sarah Talbot, Hotch y Morgan permanecían a la espera de poder entrar en él. El inspector Mattson asomó la cabeza por la puerta del apartamento y les hizo una señal. Los dos agentes se acercaron y Mattson les dio un par de guantes de látex y un par de peales de plástico para cada uno. Morgan y Hotch se los pusieron rápidamente antes de entrar.

— ¿Qué han encontrado? —Preguntó Hotch nada más cruzar el umbral.

— Tal como ha contado la amiga de Sarah Talbot, hemos encontrado la puerta del apartamento abierta —explicó Mattson una vez los tres hombres estuvieron en el recibidor del apartamento—. El dormitorio y el baño están por ahí —señaló hacia su espalda, donde se abría un minúsculo pasillo con dos puertas, una al fondo y otra a la izquierda—. La cocina es esa puerta —hizo un ademán con la cabeza para indicar la puerta entreabierta que estaba frente a la puerta de entrada—. Dentro del apartamento no hay luz: alguien cortó los cables de la luz del cuadro general del apartamento, seguramente con unas alicatas. Por lo demás, todo está en orden. No han tocado ni se han llevado nada.

— Salvo a la propia Sarah Talbot —rectificó Morgan.

Hotch asintió y él y Morgan se separaron: Morgan hacia el salón y Hotch hacia la cocina y las habitaciones. El inspector Mattson siguió a Morgan.

Dentro del salón todavía había dos o tres agentes de la científica recogiendo las últimas pruebas, ya etiquetadas, y sus instrumentos, metiéndolos dentro de sus maletines metálicos. El inspector Mattson se quedó en el centro de la estancia mientras Morgan observaba las ventanas.

— ¿Las cortinas estaban así, abiertas? —Inquirió Morgan sin apartar la vista de los cristales.

— No, los de la científica los han abierto para poder ver —respondió el inspector—. Al llegar estaban cerradas.

— ¿Y las ventanas estaban todas cerradas por dentro?

— Eso creo que no lo han comprobado.

Morgan se dedicó a inspeccionarlo. La última ventana, la de derecha del todo, no estaba cerrada. Morgan la abrió y se asomó por ella. La ventana daba a un callejón lateral, pero no había ninguna escalera de emergencia desde la cual acceder a la ventana, que estaba a cuatro pisos de altura. Morgan volvió a dejar la ventana como la había encontrado y se dedicó a observar el salón, quizás demasiado grande para ese pequeño apartamento de estudiantes: un armario con un televisor, un pequeño equipo de música y decenas de libros de temas diversos; un sofá de dos plazas con algunos cojines anodinos; una mesilla frente al sofá con un jarrón en medio; una mesa de comedor rectangular con cuatro sillas a su alrededor; algunos cuadros en las paredes blanquecinas. Sencillo y acogedor.

Morgan regresó hacia el recibidor. Al cruzar el umbral de la puerta del salón, el reflejo de la luz que entraba por la puerta principal en el suelo, le hizo fijarse en algo. Se agachó para comprobarlo mejor. En ese momento, un par de zapatos aparecieron en su campo de visión.

— En el dormitorio hay un par de libros abiertos con texto subrayado y varias docenas de hojas llenas de apuntes sobre la mesa de despacho —dijo Hotch, que había vuelto de la inspección de las habitaciones. Morgan se incorporó—, y en la cocina hay cena para uno a medio hacer; todavía hay cacharros por poner en el lavavajillas. ¿Morgan?

Morgan miró un instante a su alrededor antes de hablar.

— En el salón, una parte de la mesa está dispuesta para la cena. Es evidente que el sudes atacó a Sarah mientras ésta se preparaba la cena. Como al día siguiente tenía examen, quizás habría cenado más tarde de lo habitual; supongo que entre las diez y las once de la noche...

— ¿Cómo puede saber la hora que se puso a cenar? —Le interrumpió el inspector.

— La amiga de Sarah le ha contado a la agente Jareau que, cuando la llamó, Sarah le dijo que estaría una hora más estudiando antes de ponerse a estudiar —explicó Hotch—. Y como la llamada se realizó entre las nueve y las nueve y media de la noche...

— La atacó aquí, en el recibidor —siguió diciendo Morgan—. Si el sudes cortó la luz, debió esperar que Sarah estuviera en la cocina, donde el ruido que producía ella ocultaría el que el sudes hacía. Cuando ella vino a ver qué pasaba con la luz, la atacó, dejándola inconsciente con un golpe o un sedante. Después, la sacó del apartamento a rastras hasta su vehículo; hay unas marcas de unas suelas de goma aquí —señaló Morgan—, al lado de la puerta principal.

— ¿Y por dónde entró? —Inquirió Mattson— Estamos en un cuarto piso y no hay escalera de incendios.

— El sudes es lo suficientemente hábil como para forzar una puerta con una tarjeta de crédito —respondió Hotch observando la cerradura del marco de la puerta—. Está forzada.

— Pero... ¿Por qué la secuestró en su casa? —Se cuestionó el comisario— ¿No habría sido más fácil hacerlo cuando entraba o salía de su casa?

— Es posible, pero teniendo en cuenta el perfil, si identifica a sus víctimas femeninas como Julieta, lo más lógico para él es hacerlo de noche, cuando Romeo y Julieta tienen sus encuentros más emotivos y apasionados. El acto del secuestro, para el sudes, es una "huida" de Julieta de casa de sus padres, una "huida", en definitiva, de Julieta con su Romeo —la inconfundible voz de Reid les llegó a toda velocidad desde el rellano de delante el apartamento; él y Prentiss estaban frente a la puerta del apartamento, un poco apartados del umbral.

Hotch, Morgan y el inspector Mattson salieron del apartamento y se sacaron los guantes y los peales; los dejaron en una pequeña caja de cartón que la policía científica había dejado junto a la puerta del apartamento.

— ¿Qué tenéis? —Preguntó Hotch a Prentiss y Reid.

— Una lista de los últimos diez cursos con todas las personas que se inscribieron en el grupo de teatro —respondió Prentiss moviendo ligeramente el fajo de papeles que llevaba dentro de una carpeta.

— Habrá que cotejarlo con el perfil —dijo Hotch antes de empezar a andar.

Los cinco agentes empezaron a bajar las escaleras.

* * *

Lugar desconocido. 20:38h

Miró por última vez las pantallas que tenía enfrente. Le disgustaba profundamente tener que separarse de ellas, sus Julietas, sus amadas Julietas. Viéndolas allí, a través de las cámaras, vulnerables, desprotegidas, indefensas de todo aquello que conocían y que habitaba en sus anteriores vidas, le daba una sensación profundo y absoluto dominio y bienestar que le hacía vibrar cada fibra de su cuerpo. Eso le hizo recordar lo sucedido poco antes, cosa que le provocó un cosquilleo de placer...

"Entró en el sótano abriendo la puerta de acero de una patada. El estruendo que provocó hizo que las chicas se sobresaltaran, sobretodo la nueva. Cruzó el umbral casi sin hacer ruido y cerró la puerta con la misma fuerza con la que la había abierto; las chicas volvieron a asustarse. Después, se dedicó a pasearse por el sótano, haciendo tintinear su inseparable manojo de llaves a cada paso y moviendo bruscamente las cadenas que reptaban por el suelo con el pie cuando tropezaba con ellas. La nueva ahogó un grito de terror con las manos cuando su cadena fue la primera en moverse; el dulce sabor del poder le recorrió todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la punta de los cabellos.

'Decidió que la nueva tenía que aprender modales; de lo contrario, sería la siguiente en ser la elegida y eso era algo que no estaba dispuesto a que sucediera tan pronto. Escogió la chica más veterana, la niña de sus ojos, para que la nueva supiera qué era lo que esperaba de ella.

'Se acercó a ella al tiempo que se sacaba una pequeña pero potente linterna que emitía una vivísima luz blanca con un tono ligeramente azulado; apuntó la luz hacia el suelo, dejando así so rostro entre las sombras. Cuando estuvo casi a su lado, dejó la linterna en el suelo, boca abajo, dejando que la luz serpentease en haces cortos y difusos por el suelo, y sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta. Acto seguido, y mientras la seguía apuntando, la liberó de sus cadenas. La cogió fuertemente del pelo y la obligó a levantarse. La chica hizo una mueca de dolor, cerrando los ojos con fuerza, pero no dejó escapar ni un gemido de sus labios.

'La arrastró fuera del sótano y la condujo por un corto tramo de pasillo hasta el lavabo, donde la introdujo sin contemplaciones; la chica tropezó al cruzar el umbral y cayó al suelo. Él cerró la puerta, dándole un poco de intimidad.

'— Cinco minutos —susurró a través de la puerta.

'Mientras esperaba, se dedicó a escuchar si algo andaba mal en el sótano. Nada; la nueva, en ese aspecto, tenía bien aprendida la lección. Transcurridos los cinco minutos, abrió la puerta, cogió otra vez a la chica del pelo y la devolvió a su sitio, arrojándola al suelo.

'— Ponte los grilletes —le ordenó en un murmullo.

'La chica obedeció al instante, buscando casi a tientas las cadenas. Unos segundos más tarde, escuchó el clic frío y característico de los grilletes. Se agachó para recoger la linterna y lo aprovechó para sacudir las cadenas, asegurándose así que estaban unidas a los tobillos de la chica. Después se levantó y fue directo hacia la nueva. Siguió el mismo proceso, sin encontrar apenas resistencia; se sintió poderoso y se dio el gusto de ser condescendiente con ella, lo que provocó en la chica nueva un medio aún mayor. Al terminar, le tocó el turno a la tercera chica; era un intermedio de las otras dos: estaba menos asustada que la nueva pero menos serena que la veterana. Todo ocurrió sin problemas.

'Una vez todas estuvieron otra vez en sus respectivos sitios, fue a buscarles la cena: un plato con un bocadillo de bacon y un sándwich vegetal, y un gran vaso de plástico lleno de naranjada.

'— Comed en silencio —les dijo a media voz.

'Las tres chicas se abalanzaron sobre la comida, ávidas. Masticaban y sorbían la bebida en silencio. En un momento dado, una de las chicas empezó a toser, como si se hubiera atragantado. La iluminó al instante: era la veterana. Se acercó a ella con grandes pasos.

'— ¿Te has atragantado? —Le preguntó en un murmullo. La chica asintió, temblando— Ya conoces las normas. Si vuelve a ocurrirte...

'La chica volvió a asentir con miedo y siguió comiendo en silencio.

'Cuando terminaron, recogió platos y vasos y se fue hacia su refugio, su santuario, a esperar... "

Ahora estaba allí, observando cómo los somníferos iban haciendo su trabajo, durmiendo a sus queridas doncellas en un dulce y apacible sueño. Sonrió al contemplar, en las pantallas, sus rostros llenos de belleza pero también de terror: una combinación perfecta.

Comprobó que las cintas de grabación estaban funcionando, cogió las llaves de su vehículo y salió de allí, apagando la luz.

* * *

Comisaría central de Boston. 09:23h

La comisaría bullía de actividad, y los agentes de la UAC ya estaban reunidos en la sala de conferencias, continuando la tarea que les había ocupado casi toda la tarde anterior: encontrar posibles sospechosos en las listas del grupo de teatro que encajaran con el perfil. Iban más o menos por la mitad de la lista, ya que tenían que comprobar muchos datos antes de descartarlos o no. García ya les había puesto al día sobre lo que había averiguado sobre los vídeos del cementerio.

En las cintas, García había encontrado una furgoneta que había entrado y salido del recinto llevando matrículas falsas y había visto el aspecto del conductor, pero no su cara; también había visto al conductor entrar en el cementerio después de haber salido del cementerio con su vehículo pero, al igual que en las imágenes de la furgoneta, García no había podido captar su rostro. Lo único que había averiguado por ahora era que era blanco, medía 1'80m y debía pesar entre 70 y 80 kg.

*

El inspector Mattson, por su parte, estaba en su despacho y seguía ocupándose de los asuntos de la comisaría, además del caso del asesino shakespeariano; en esos momentos, revisaba los informes que habían redactado los policías del turno de noche: robos, peleas, accidentes de circulación, escándalos públicos... Nada que se saliera de lo normal. Un policía con cara de agotamiento picó un par de veces en la puerta, pidiendo permiso para entrar, llevando un informe en la mano.

— ¡Adelante! —Dijo Mattson sin levantar la vista de la carpeta que tenía enfrente.

— Inspector Mattson... —dijo el policía, dubitativo.

Mattson levantó la cabeza, sorprendido por el tono de voz del policía.

— ¡Strings! —Exclamó el inspector— ¿Qué hace aquí, todavía? Su turno terminó hace horas.

— Lo sé, señor —admitió el policía—. Pero quería venir personalmente para entregarle mi informe...

*

— ¡Ah...! Esto es de locos —exclamó Morgan, recostándose en la silla y cogiendo su vaso de café, ya medio vacío—. No sé si estamos enfocando bien el caso.

— ¿Por qué lo dices? —Quiso saber Reid, sentado a su lado— De momento, es el único modo que tenemos para intentar averiguar quién es.

— Ya lo sé, tío. Pero ese loco tiene a una chica, quizá dos, encerrada en alguna parte y quien sabe lo que puede hacer con ella —Morgan suspiró.

— Lo único que podemos hacer ahora es centrarnos en las listas e irlas reduciendo, tanto a sospechosos como a potenciales víctimas —dijo Hotch, de pie en un rincón, sin apenas levantar la vista de la carpeta que sostenía abierta.

— Lo sé —asintió Morgan—. Pero no me gusta. Parece como si ese tipo fuera varios pasos por delante de nosotros.

En ese instante, el inspector Mattson entró como exhalación en la sala de conferencias, llevando consigo una carpeta.

— ¿Qué ocurre, inspector? —Inquirió Hotch al verlo entrar de esa forma.

— Esta noche, una de las patrullas ha encontrado una chica cerca de una zona básicamente industrial, casi a las afueras de Boston —contestó Mattson—. Estaba perdida y desorientada y balbuceaba todo el rato sobre un sótano, unas chicas secuestradas y que ella misma había estado secuestrada pero que había conseguido huir.

— ¿Dijo algo más? —Preguntó Reid visiblemente interesado.

— No tuvo tiempo de decir mucho más, sólo que estudiaba en Harvard y que llevaba secuestrada desde el 20 de julio —respondió el inspector mientras le entregaba la carpeta a Hotch; éste se puso a mirarla de inmediato.

— ¿No dijo su nombre? —Quiso saber Prentiss.

Mattson negó con la cabeza.

— Eso fue justo después de la muerte de la primera chica —recordó JJ—. Podría encajar con la victimología del sudes. Después de matar, secuestró otra chica.

— ¿Dónde está ahora? —Preguntó Morgan.

— En el hospital —contestó Mattson—. Pero dudo que puedan sacarle algo más...

— ¿Y eso por qué? —Quiso saber Prentiss.

— Porqué, desde que la metieron en la ambulancia, se volvió loca —dijo Hotch, leyendo directamente del informe. Levantó la cabeza—. Morgan, JJ, quedaos aquí y continuad con las listas. Los demás iremos al hospital.

* * *

Calles de Boston. 09:46h

El todo terreno circulaba un poco por encima de la velocidad media, esquivando los otros vehículos con agilidad.

— Pero... ¿Por qué dice el informe que se volvió loca cuando la entraron en la ambulancia? —Preguntó Prentiss, desconcertada.

— Por lo que me ha contado el agente que la encontró, entre los dos sanitarios, el conductor de la ambulancia y él mismo tuvieron que introducirla a la fuerza en la ambulancia porque se negaba a subir —le explicó el inspector sin despistarse mientras conducía—. Aunque parecía que estaba bastante débil, no se lo puso nada fácil a los chicos de la ambulancia; ni tan siquiera pudieron inyectarle algo que la tranquilizara. El agente me ha dicho que oía sus gritos mientras la ambulancia se la llevaba.

— Quizá el sudes tenga algo que ver con la medicina —intentó razonar Reid—. Por eso la chica no quería subirse a la ambulancia: por miedo a volver a encontrarse con su secuestrador.

— Pero eso no encaja en el perfil —le contradijo Prentiss.

— Quizá el sudes tiene otro empleo, además del de la universidad —argumentó Reid—. Además, recuerda que en todas las víctimas se encontraron tranquilizantes y somníferos. Para conseguir estos medicamentos se necesita receta médica.

— Bueno, sea lo que sea, lo averiguaremos pronto —cortó Hotch en el momento que el vehículo se internaba hacia la entrada principal del hospital.