Hospital de Boston. 09:55h
Los pasillos del hospital hedían a lejía, colonia de bebé y enfermedad. La mezcla de olores se impregnaba en las paredes, en la ropa y en los poros de la piel de todos aquellos que permanecían largas horas entre esos muros. A esa hora de la mañana, la actividad se centraba en dar el desayuno a los pacientes, cambiar sábanas y hacer las rondas de visitas.
Los tres agentes del FBI y el inspector se detuvieron un instante en un mostrador de enfermeras para que les indicaran, mientras mostraban sus placas, el número de la habitación donde estaba la chica recogida cerca de la zona industrial la noche anterior. Una enfermera les dijo el número de habitación y la dirección a seguir. Anduvieron durante en tramo corto de pasillo, sorteando enfermeras, médicos y carritos llenos de toallas y sábanas, hasta a una esquina donde el pasillo giraba noventa grados y seguía casi interminable hasta el final del edificio.
En esa esquina había una pequeña habitación, de una sola cama, con una ventana que daba al exterior. La puerta estaba cerrada, pero podía verse el interior gracias a una pequeña obertura vertical acristalada. Hotch fue el primero en echar un vistazo al interior.
Había una chica tumbada en la cama en posición fetal, mirando hacia la ventana y de espaldas a la puerta. Tenía las piernas muy recogidas y pegadas al cuerpo. Con los brazos se protegía la cabeza, ocultando así la cara, y las palmas de las manos tapaban los oídos con fuerza. Llevaba puesto un camisón del hospital; una sábana blanca le cubría la mitad del cuerpo. Estaba muy quieta y apenas se notaba que estaba respirando.
Reid, Prentiss y Mattson también miraron un momento.
— Una actitud extraña —dijo Prentiss—, para alguien que está "loco". Bueno, "loca" en este caso.
— Más bien diría que está en tensión —dijo Reid—. Se tapa las orejas con mucha fuerza, como si quisiera aislarse de todo lo que la rodea.
— Pero si está loca... ¿Por qué no está atada? —Quiso saber Mattson.
— Porqué es imposible acerarse a ella —dijo una voz a sus espaldas.
— Doctor... —dijo Hotch, volviéndose, viendo que su interlocutor llevaba una impecable bata blanca— Él es el inspector Mattson, de la policía de Boston. Soy el agente Hotchner y ellos la agente Prentiss y el doctor Reid, del FBI. ¿Qué puedes decirnos de su paciente?
— No mucho —respondió el doctor—. No sabemos si tiene alguna herida, lesión o enfermedad.
— ¿No la ha examinado desde que ingresó aquí? —Inquirió Mattson— El agente que la encontró dice que, cuando se la llevaron hacia aquí, eran sobre las cuatro y media de la mañana... ¿No ha tenido tiempo desde entonces?
— Lo he intentado unas dos docenas de veces pero... —el doctor no supo como continuar. Tomó aire— Será mejor que lo vean ustedes mismos.
El doctor fue hacia la puerta de la habitación y la abrió con cuidado, apenas sin hacer ruido. La chica no se movió ni un ápice. El doctor hizo un par de pasos hacia la cama...
— ¡¡FUERA!! —Chilló la chica mientras se encogía sobre sí misma aún más.
El doctor se apresuró a cerrar la puerta.
— ¿Lo ven? —Dijo el doctor. Los agentes no respondieron— Lo único que sabemos son los datos que pudieron recabar los sanitarios de la ambulancia que la recogió: desnutrida, algo deshidratada, con poca masa muscular, quizás debido a una muy baja actividad, presión baja...
— ¿El agente que la encontró estaba con los sanitarios cuando la examinaron? —Preguntó Hotch.
— Sí, creo que sí —respondió el doctor—. Los sanitarios también pudieron observar que tenía dos señales de rozaduras bastante marcadas en ambas piernas, a la altura de los tobillos, pero no supieron a qué podía ser debido.
— ¿Cómo si hubiera estado...? ¿Atada o encadenada? —Dedujo Reid.
— Quizás, es posible —dijo el doctor, dubitativo—. Yo no las he visto.
— ¿Podemos entrar? —Pidió Prentiss.
— Si quieren quedarse sordos... —contestó el doctor con sarcasmo— Conseguimos, como pueden haber visto, que se cambiara de ropa, aunque no dejó que nadie la ayudara. Tampoco quiere hablar con nadie. Le hemos dejado un bloc de hojas y un bolígrafo en la mesilla de noche, por si quiere decir algo, pero, de momento, ni se lo ha mirado.
— ¿Sabe que tiene el bloc ahí?
— Sí. Un guarda de seguridad lo dejó allí y consiguió decírselo antes que ella le pidiera bastante educadamente que se fuera —el doctor consultó su reloj—. Si me disculpan, tengo que seguir atendiendo a mis pacientes.
— Gracias, doctor —dijo Hotch. El doctor asintió y se fue. Hotch miró a Prentiss y Reid—. ¿Qué opináis?
— Se siente relativamente tranquila estando cerca de un policía o un guarda de seguridad —dijo Reid—, pero se pone histérica cuando esa persona es un médico, una enfermera o un sanitario: alguien relacionado con la medicina. No creo que el sudes esté relacionado con el ejercicio de la medicina; más bien es como si ella odiara o tuviera miedo a los médicos o a los hospitales.
— ¿Insinúas que les puede tener fobia? —Interpretó Prentiss.
— Creo que sí —admitió Reid—. Si os habéis fijado, la posición en la que está es para aislarse lo más posible del ambiente que la rodea, del hospital.
— Yo volveré a comisaría y llamaré al agente que la encontró por si puede decirme algo más sobre ella —dijo el inspector—. Avísenme si tienen cualquier novedad.
— De acuerdo, inspector —aceptó Hotch.
Mattson se fue.
— ¿Entramos? —Preguntó Prentiss.
— Vamos a ver qué sucede —dijo Hotch—. Habla tú con ella, Prentiss. Seguramente se sentirá más segura y tranquila si lo haces tú.
— De acuerdo.
Prentiss abrió la puerta cautelosamente, casi esperando en cualquier momento un chillido agudo de la chica. No ocurrió nada. Entró despacio: un paso, dos pasos, tres pasos. La chica continuaba quieta en su posición fetal. Detrás de Prentiss entraron un Reid que no las tenía todas consigo y un Hotch atento a todos los movimientos de la chica; éste último cerró la puerta de la habitación. Prentiss se acercó a la cama por el lado más cercano a la puerta mientras que Reid, más cauteloso, lo hizo por el lado contrario, en un intento por llegar a la mesilla de noche, donde estaba el bloc del que había hablado el doctor; vio que la chica tenía los ojos cerrados con fuerza. Hotch se quedó a los pies de la cama.
— Hola, me llamo Emily Prentiss y soy del FBI. Estos son mis compañeros, el agente Hotchner y el agente Reid. Le contaste al policía que te encontró que habías estado secuestrada, y querríamos hacerte algunas preguntas. ¿Cómo era el lugar donde estuviste encerrada? ¿Había alguien más contigo allí?
La chica no contestó ni se movió; parecía incluso que no había oído nada de lo que Prentiss le había dicho. Reid llegó hasta la mesilla y miró el bloc; había algo escrito en él. Al leer el escrito, abrió los ojos de la sorpresa y se acercó a toda prisa a Hotch. Prentiss vio el gesto de Reid y también se acercó a ver qué ocurría. Reid les mostró la primera hoja:
Maggie está muerta, ¿verdad?
Los tres se miraron entre sí un instante, en el silencio más absoluto.
— ¿Se referirá a Margaret Fing, la última víctima, quizás? —Dijo Reid a media voz.
— Es posible, pero tendremos que confirmarlo —respondió Hotch, mirando a la chica.
De repente, el móvil de Hotch empezó a sonar. Reid y Prentiss se giraron hacia la chica, casi temiendo que aquella interrupción terminara en desastre, pero lo único que hizo la chica fue contraerse, como si hubiera recibido un calambrazo en todo el cuerpo. Hotch salió a toda prisa de la habitación para responder a la llamada, dejando la puerta ajustada.
— ¿Te encuentras bien? —Le preguntó Prentiss a la chica, acercándose otra vez a ella. La chica no respondió. Prentiss miró a Reid, preguntándole con la mirada. Reid se encogió de hombros— Estamos investigando la desaparición de un chica, Sarah Talbot. Pensamos que alguien se la llevó de su casa anteayer. ¿La conoces?
La chica no hizo ningún movimiento, pero Prentiss pudo apreciar que parecía estar pendiente de algo... O de alguien.
— Es posible que estés en estado de shock post-traumático y que éste quizás te impida recordar con claridad lo que sucedió —dijo Reid en un intento para que la chica hiciera algún gesto hacia ellos—. Hay distintas formas en las que se manifiesta este shock a corto plazo: nula percepción de control de la situación, depresión, crisis de ansiedad, pesadillas, amnesias disociativas...
— Reid —le cortó Prentiss—, no creo que así la ayudes.
Ambos miraron la chica, que seguía inmóvil. Hotch entró en ese momento con el móvil aún en la mano.
— ¿Quién era? —Quiso saber Reid, girándose hacia Hotch.
— Sólo hablaré con el agente que ha salido a hablar por teléfono con alguien llamado Haley —dijo de repente la chica con voz un tanto débil.
Los tres agentes se quedaron paralizados por la inesperada petición durante unos segundos. Hotch fue el primero en reaccionar.
— Sí, por supuesto —se acercó a la cabecera de la cama.
Prentiss y Reid se retiraron a una esquina de la habitación, en silencio.
— A solas —volvió a decir la chica, como si hubiera visto lo que hacían; algo imposible, ya que mantenía los ojos bien cerrados.
Hotch se giró hacia Reid y Prentiss y asintió con la cabeza. Reid arrancó la hoja escrita del bloc, dejó el resto a los pies de la cama y salió justó después de Prentiss. Cerró la puerta tras de sí. Hotch se volvió hacia la chica y se fijó que, si bien mantenía la posición fetal, con las manos en las orejas, ésta ahora no era tan rígida, tan tensa.
— Soy el agente Aaron Hotchner, del FBI. ¿Por qué quiere hablar conmigo?
La chica tardó un poco en contestar.
— Su voz me recuerda a la de mi padre —en la voz de la chica parecía haber un punto de emoción contenida.
Era la última respuesta que esperaba oír Hotch. Se quedó tenso de la sorpresa, incapaz por un instante de comprender el motivo. Pero, al instante siguiente, lo comprendió: había asimilado el significado de esa frase como padre antes que como agente del FBI. Trató de centrarse en la chica y dejar a un lado sus preocupaciones personales, pero aquellas nueve palabras parecían impedírselo por momentos.
Vio como la chica abandonaba su postura encogida, retirando los brazos de delante la cara, y se acomodaba lo mejor posible en la cama; en ningún momento, pero, abrió los ojos. Se fijó en su rostro: estaba mustio y demacrado, casi consumido, y en él se mezclaban el miedo y la esperanza. Era una chica joven, de entre veinte y veinticinco años, como mucho. Su piel era blanca y apagada, como si hubiera pasado largo tiempo sin que le tocara el sol.
— ¿Por qué lo dice, que mi voz le recuerda a la de su padre? —Preguntó Hotch con delicadeza.
— Porqué ahora es el único recuerdo que tengo de él —fue la triste respuesta de la chica.
— ¿Murió?
— Hace años —la chica bajó la cabeza, triste.
El ánimo de Hotch se encogía por momentos.
— ¿Y por qué dice que ahora sólo le queda el recuerdo de su voz? ¿No tiene fotografías de él que le recuerden como era?
— Ahora no me sirven para nada, las fotografías. Ahora... Ni nunca.
La chica levantó la cabeza y abrió lentamente los párpados. El iris del ojo izquierdo era de color ámbar intenso, pero estaba dividido por una finísima línea irregular, semejante a un rayo cruzando el cielo, que atravesaba la pupila en diagonal de arriba abajo para después dividirse en dos, cual cristal resquebrajado partido en tres trozos. El ojo derecho era de un marrón oscuro lechoso, como si delante tuviera una tela blanca que apagaba el iris.
Hotch le sostuvo fijamente la mirada y se quedó sin habla.
* * *
Un sótano oscuro. 10:07h
El miedo no podía ser más palpable en el ambiente. Torrence y Sarah estaban cada una en su sitio, casi inmóviles, intentando recuperarse de los pocos pero brutales golpes que él les había dado con una rabia desmedida. La causa de esa rabia tan intensa era bien clara: el lugar donde debía estar la tercera chica estaba vacío.
— Crees... ¿Crees que habrá conseguido huir? —Preguntó Sarah con un hilo de voz.
— Es... Espero que sí —fue la respuesta de Torrence.
Volvió a reinar el tenso silencio entre ellas. Más allá de los muros, podían oírse los ahogados gritos de cólera de ese loco, sus puños golpeando las paredes y los destrozos que sufría todo cuando se cruzaba en su camino.
— ¿Le habías visto así alguna vez? —Volvió a preguntar Sarah— Tan enfadado, quiero decir.
— No, nunca —contestó Torrence—. Cuando ató a aquel chico en medio de la sala, no dejaba de reír con cada golpe que le daba. Te aseguro que era peor escuchar su risa que los gritos de dolor del pobre muchacho. Pero esto... Me hiela la sangre.
— ¿Qué crees que pasará ahora?
— No... No lo sé. Sólo espero que... —Torrence no pudo terminar la frase.
Pero no hacía falta. Sarah sabía exactamente como terminaba: "... la otra chica pueda ayudarnos a salir de aquí". El silencio cayó entre ellas, roto solamente por los gritos de su captor, lo que les demostraba que las cosas podían estar cambiando. Porque, aunque ninguna de las dos chicas lo admitía, la esperanza empezaba a volver a ellas.
* * *
Hospital de Boston. 10:10h
Reid y Prentiss esperaban en el pasillo, arrimados a la pared, lanzando miradas de vez en cuando hacia la puerta cerrada de la habitación, preguntándose qué podría estar pasando dentro. Estuvieron así unos minutos.
— ¿Por qué me has presentado como agente Reid? —Dijo, al fin, el doctor, rompiendo el silencio— Gideon y, de hecho, todos me presentáis como doctor Reid.
Prentiss le observó un segundo antes de contestar.
— ¿Qué crees que habría pasado si te hubiera presentado como doctor, eh, genio?
— Ah, ya... —fue la única respuesta de Reid al comprenderlo.
Volvieron a estar unos momentos en silencio, viendo pasar por su lado a enfermeras y médicos. Reid se puso a mirar la hoja escrita del bloc.
— ¿Cómo pudo saber la chica que Hotch había hablado con Haley? —Se preguntó Prentiss en voz alta, incapaz de comprenderlo aún— La puerta estaba cerrada, bueno, ajustada, y la chica tenía las orejas tapadas con las manos —miró a Reid—. ¿Tú viste si quitaba la mano de la oreja que tenía contra la almohada?
— No, no se movió en absoluto. No sé como lo hizo para oír a Hotch. Ni nosotros, que estábamos más cerca de la puerta, no lo oímos —Reid seguía mirando la hoja del bloc. Estuvo unos instantes observándola atentamente, sin decir nada. Frunció el ceño—. No lo entiendo.
— ¿Qué no entiendes? —Inquirió Prentiss.
— Este texto —dijo Reid, mostrándole la hoja de papel pero sin dejar de mirarla. Prentiss la miró también—. La grafología de esta chica no tiene sentido. Los palos de las t y los puntos de las i están desplazados del lugar que les corresponde, pero cada vez está en una posición distinta, como si no estuviera segura del lugar en el que van; por el contrario, la escritura de las propias letras es firme y segura.
— No te sigo —se excusó Prentiss.
— Que el significado grafológico de la escritura de esta chica es contradictorio.
— ¿Y dónde ves esa contradicción?
— Las grandes aspas descendentes de las g, la fuerte presión en los trazos y la escritura ligada indican un gran sentido práctico, mientras que las altas astas ascendentes de las t y las d señalan fantasía e idealismo —explicó Reid, mientras lo iba señalando en el papel—. Escribe dejando amplios espacios entre las letras y entre las palabras, cosa que muestra generosidad, comprensión, altruismo hacia los demás; en otras palabras, que es buena comunicadora. En cambio, el hecho de hacer una escritura totalmente caligráfica indica claramente incomunicación, una deficiente cultura y una sensibilidad mediocre. La escritura pesada, además, denota fuerza de voluntad y entusiasmo, pero el hecho de escribir con lentitud...
— No te esfuerces, Reid —dijo Hotch a sus espaldas. Reid se giró hacia él, interrogativo—. No vale la pena.
— ¿Por qué? —Quiso saber Prentiss.
— La chica es ciega —respondió Hotch.
— ¿Ciega? —Repitió Reid, incrédulo.
— ¿Cómo puede escribir, entonces? —Preguntó Prentiss.
— Por lo que he visto —dijo Hotch mostrando otra hoja del bloc—, escribe de memoria.
— ¿Y cómo pudo escapar? —Inquirió Reid.
— No lo sé. De hecho, ha dicho muy poca cosa. Lo único que quiere ahora es irse cuanto antes del hospital, pero he podido convencerla que se deje hacer una revisión para que los médicos comprueben su estado de salud.
— Al menos, has conseguido algo —suspiró Prentiss—. Pero dudo mucho que nos pueda decir algo útil sobre el sudes o sobre el sitio donde estuvo secuestrada que pueda sernos de utilidad.
— No lo creo —rebatió Reid—. Las personas ciegas desarrollan sus otros sentidos para compensar la falta de visión, especialmente el oído y el tacto. Es posible que algo de lo que nos diga pueda ayudarnos.
— Es posible, pero no lo sabremos hasta que podamos hablar con ella —dijo Hotch—. Y eso no será hasta que salga del hospital, que es cuando pueda que esté más tranquila.
— ¿Te ha dicho el motivo por el cual odia los hospitales? —Preguntó Prentiss.
— No —contestó Hotch, enseñándoles lo que había escrito en la hoja que llevaba en la mano—, pero me ha dado lo que necesitamos para averiguarlo.
En la hoja había escrito un nombre:
Samantha Kaplance
— Llamaré a García —dijo Prentiss sacando su móvil del bolsillo.
