Comisaría central de Boston. 10:22h
— He encontrado otra de las víctimas —dijo JJ al tiempo que lo comprobaba con los informes esparcidos por la mesa.
— ¿Quién? —Inquirió Morgan levantando la vista de los papeles que tenía delante de la mesa.
— Emma Herns —JJ señaló un punto en medio de la página que estaba revisando—. Se apuntó al grupo de teatro el curso pasado.
Morgan se acercó a ver el nombre que señalaba JJ; en efecto, otra de las chicas asesinadas aparecía en las listas de miembros del grupo de teatro.
— Ya veo —asintió Morgan—. Se apuntó a principios de curso pero, a finales del primer semestre, lo dejó.
— Quizás no podía compaginar las clases con el teatro —sugirió JJ.
Morgan asintió.
— Así que tenemos a tres de las cinco víctimas relacionadas con el grupo de teatro —suspiró Morgan—. A ver si podemos encontrar a las dos víctimas restantes...
— Lauren McGormak y Margaret Fing —apuntó JJ.
— Y confirmar que también está la chica desaparecida, Sarah Talbot —terminó Morgan como si su compañera no le hubiera interrumpido. El móvil de Morgan empezó a sonar. Éste lo descolgó—. Sí, dime, preciosa.
— Bombón —le saludó García al otro lado del aparato—, te envío las fotos de las chicas a tu PDA, como me has pedido.
— ¿También la de Sarah Talbot, la chica desaparecida? —Preguntó Morgan.
— Por supuesto.
— Gracias. Oye, ¿sabes algo de Hotch?
— Acaba de llamarme Prentiss. Me ha pasado un nombre para que busque información sobre él.
— ¿Un nombre? —Repitió Morgan, sorprendido.
— Es el de la chica que han encontrado esta madrugada. Samantha Kaplance.
— Eres un tesoro, García. ¿Qué haría yo sin ti? —Quiso saber Morgan, con una sonrisa en los labios.
— ¿Aburrirte? —Respondió García, también con una sonrisa, antes de colgar.
Morgan se giró hacia JJ.
— García me envía las fotos de las chicas muertas y de Sarah Talbot, la desaparecida.
— ¿Por qué las quieres? —Preguntó JJ.
— Hay que ver si físicamente se parecen para establecer si el sudes tiene algún rasgo físico que prefiera a otro.
JJ asintió, comprendiendo.
— ¿Te ha dicho algo sobre Hotch?
— Prentiss la ha llamado desde el hospital —JJ miró a Morgan, expectante—. Han averiguado el nombre de la chica que han recogido: Samantha Kaplance.
— Veamos si también está en estas listas —dijo JJ volviendo hacia los papeles que tenía enfrente suyo.
Morgan la imitó.
* * *
Lugar desconocido. 11:01h
Profirió un último grito antes de enmudecer. Tenía la respiración agitada y el pulso latiéndole con fuerza en las sienes. Se obligó a sí mismo a respirar lentamente, tomando grandes bocanadas de aire, para refrenar la toma de oxígeno de su cuerpo y obligar, así, a que su corazón bombease más despacio. Tardó varios minutos en conseguirlo.
Lo que no podía detener era la furia que le ardía por dentro, nublándole por momentos la fría razón. Era incapaz de comprender como había sido posible que una de sus amadas Julietas hubiera huido de sus brazos. Pero las imágenes que habían captado las cámaras no dejaban lugar a dudas: se veía como una silueta verdosa se movía, cautelosa, por los pasillos de aquel lugar, tratando de encontrar una salida; la última imagen que tenía era aquella en la que se la veía subiendo a trompicones por la escalera que llevaba directamente al exterior.
Tenía que hacer algo... Lo que fuera...
Empezó a andar por ese pequeño espacio, intentando despejar la mente y dejar así que las ideas fluyesen. Pero una y otra vez le venían a la cabeza las imágenes de ella, andando, tropezando, subiendo... Escapando.
Se detuvo de golpe, preguntándose por qué no lo había visto antes.
— Las normas... —murmuró.
Había roto las normas, sus normas. Una oleada de placer salvaje le invadió. Por fin había conseguido el propósito que, hasta ayer mismo, le parecía casi imposible de alcanzar. Ahora podría hacerla suya y, después... Escuchar sus últimas bocanadas de aire, sentir sus espasmos agónicos, ver sus ojos turbándose ante la llegada de la infinita oscuridad...
Por fin podía llevar a cabo su más anhelado sueño. Pero para hacerlo realidad, tenía mucho trabajo por delante. Y lo primero era averiguar dónde estaba ella. Para ello, necesitaría paciencia, mucha paciencia. Pero no le importaba en absoluto.
Sonrió de satisfacción.
* * *
Comisaría central de Boston. 11:38h
Un móvil sonó en la sala de conferencias.
— Dinos, García —dijo Hotch, poniendo el manos libres.
— A ver, chicos, he estado investigando la vida de Samantha Kaplance y os prometo que no me gustaría estar en su piel —empezó a explicar García—. Es una historia de lo más triste...
— ¿Qué has encontrado, preciosa? —Inquirió Morgan.
— Samantha Kaplance. 22 años. Nació en Beech Grove, Indiana, pero cinco años después la familia se trasladó a Richmon, Virginia —García les iba contando todo lo que había hallado en su búsqueda—. Tiene un hermano seis años menor que ella, Isaac. Cuando ella tenía once años, su padre, Samuel Kaplance, murió en un accidente de coche.
— Samantha iba con él —interrumpió Hotch, más afirmando que preguntando.
— Sí —confirmó García—. Otro conductor se durmió al volante y su coche fue directo hacia el del padre de Samantha. Ella iba en el asiento del copiloto. El padre lo evitó, dando un volantazo, y chocó con la parte trasera de un camión cisterna que iba un poco más adelante; murió en el acto, aplastado por el amasijo de hierros de su propio coche. Las fotos de cómo quedó el coche son horribles... —lanzó un largo suspiro— Samantha, en el momento del accidente, no llevaba puesto el cinturón de seguridad y eso la salvó; por el contrario, se fracturó el cráneo, una pierna, un brazo y varias costillas, aparte de múltiples heridas menores. Del impacto con los bajos del camión, los cristales laterales se hicieron añicos y varios trozos de éstos se le clavaron en los párpados, atravesándolos y dañando gravemente los ojos. Según el informe médico, el ojo izquierdo quedó ciego y el derecho con un 40% de visión. Poco después, los médicos intentaron recuperar parte de la visión de ojo derecho, pero la operación no fue bien y el ojo derecho también quedó ciego. Pobrecilla...
— No me extraña que odie tanto a los médicos y los hospitales —comentó Prentiss—. Por su culpa perdió la poca visión que le quedaba.
— Yo tampoco se lo perdonaría —continuó diciendo García—. La madre llevó a juicio al hospital por mala praxis y ganó el caso. Durante dos años, Samantha fue a un psicólogo para recuperarse del doble impacto de perder a su padre y la vista a la vez. Y, por lo que dice en el informe del psicólogo... —García tecleó unas cuantas órdenes en los ordenadores— Consiguió superarlo en gran parte. Como todo este tema del juicio tuvo tanto eco en los periódicos de la zona, una fundación privada se ocupó de la nueva formación de Samantha: enseñarle a leer y escribir Braille e integrarse de nuevo en la sociedad. Terminó sus estudios a los diecinueve años y se trasladó a vivir a Boston, sola, para estudiar en Harvard Literatura moderna. Qué valiente... —tecleó un par de órdenes más— En junio terminó el segundo año. Y sacó muy buenas notas, por cierto.
— Pero no llegó a empezar el tercero —dijo Morgan—. El sudes la secuestró antes.
Los demás asintieron en silencio.
— He estado buscando alguna denuncia que hubieran puesto cuando desapareció Samantha... Pero no ha habido suerte, chicos —dijo García, algo apenada.
— Eso quiere decir que no tiene novio ni muchos amigos por aquí —destacó JJ—. Nadie la echó en falta. Ni tan siquiera su propia familia.
— ¿Y qué hay de la madre y el hermano? —Preguntó Hotch.
— Siguen viviendo en Richmon. La madre se la puede considerar una habitual consumidora de antidepresivos —respondió García—. Nunca ha llegado a superar la muerte de su marido y la ceguera de su hija. También ha tenido problemas con el alcohol y sus cuentas están en números rojos.
— ¿Y el hermano?
— Se descarriló poco después de la muerte del padre. Empezó a pelearse en la escuela y provocar actos de vandalismo; le expulsaron varias veces de ella. Al llegar a los catorce, empezó con pequeños hurtos y trapicheos de droga. Hace seis meses le pillaron y se encuentra en un correccional, donde cumple dos años de internamiento.
— Gracias, García —dijo Morgan—. Sigue buscando los nombres que te hemos pasado.
— Eso no tenías ni que decírmelo, guapo —dijo García antes de colgar.
— ¿Qué opinan de Samantha Kaplance? —Preguntó el inspector Mattson, que había estado todo el rato en silencio.
— Que es una luchadora —respondió Hotch—. Consiguió superar las secuelas del accidente, continuando con su vida aún siendo ciega. Todo lo contrario del resto de su familia. No le asustan las adversidades.
— Por eso ha resistido tanto tiempo al cautiverio en el que el sudes la mantenía y, de algún modo, consiguió huir de él —añadió Prentiss.
— ¿Y creen que nos servirá de ayuda para encontrar a Sarah Talbot? —Volvió a preguntar Mattson, algo receloso.
— Puede que no nos pueda indicar el lugar donde estuvo secuestrada, pero la información que tenga sobre el sudes nos ayudará a encontrarle —dijo Reid—. Y si capturamos al sudes, encontraremos a Sarah Talbot.
El inspector asintió, comprendiendo. Hotch se giró hacia Morgan y JJ.
— ¿Cómo os ha ido la búsqueda de nombres? —Les preguntó.
— Hemos encontrado los nombres de todas las chicas en las listas de miembros del grupo de teatro de la universidad —explicó JJ—. También hemos hecho una lista con todos los miembros que aparecen más de un curso: son unos cincuenta en total, entre hombres y mujeres. La mayoría son estudiantes y los demás son profesores o trabajadores de la universidad.
— Le hemos pasado la lista a García para que los investigue, a ver si encuentra alguno que encaje en el perfil, sobre todo en los hombres —siguió contando Morgan—. De las mujeres, le hemos pedido que investigue a hermanos, novios, amigos... por si su relación con el grupo de teatro fuera indirecta.
Hotch asintió.
— Pero tenemos un pequeño problema —objetó JJ—. Samantha Kaplance nunca ha sido miembro del grupo de teatro.
— ¿Cómo? —El inspector Mattson no daba crédito a lo que había oído.
— Lo hemos estado mirado una y otra vez, pero no aparece por ninguna parte —dijo Morgan.
— Eso quiere decir que una parte del perfil no encaja —reconoció Prentiss.
— No lo creo —replicó Reid—. Lo único que no encaja en el perfil del sudes es Samantha Kaplance.
— Hay que averiguar por qué —dijo Hotch—. Morgan, Prentiss, id al apartamento de Samantha, a ver si encontráis algo que nos ayude a saber porque el sudes la secuestró. Si no entró en contacto con ella en el grupo de teatro hay que averiguar cómo lo hizo —Morgan asintió e hizo un gesto a Prentiss para que le siguiera; ambos marcharon a grandes pasos—. Los demás buscaremos el motivo por el cual el sudes escogió a estas chicas —siguió diciendo, señalando con la cabeza las fotografías de las chicas muertas.
— Está claro que por el físico no es —apuntó Reid, observando las fotos de las chicas colgadas en el corcho.
* * *
Apartamento de Samantha Kaplance. 13:02h
Morgan y Prentiss esperaban, pacientes, que el casero de Samantha Kaplance encontrara el manojo de llaves donde se suponía que estaba la llave de repuesto del apartamento de la chica. Durante la espera, observaron la puerta y el cerrojo de ésta, comprobando que el sudes no la había forzado. Dedujeron, pues, que el sudes había atacado a Samantha cuando estaba llegando a casa, antes de abrir la puerta.
— Esperando pacientemente en aquel rincón, le habría sido muy fácil atacarla —dijo Morgan señalando un recoveco oscuro del rellano, casi invisible desde la puerta del ascensor—. Y como Samantha no ve, no se percató del peligro hasta que fue demasiado tarde.
— Eso si la secuestró aquí —objetó Prentiss.
— ¿Por qué no debería haberlo hecho? —Quiso saber Morgan— En los demás casos, las atacó en sus casas.
— Quizás quería cambiar de modus operandi...
— ¿Para luego seguir con el mismo de antes? No, no me encaja.
Ambos dejaron de discutir al oír al casero subir por la escalera con el manojo de llaves. Los dos agentes se sacaron unos guantes de látex del bolsillo y empezaron a ponérselos. El casero pasó entre ellos y abrió la puerta.
— ¿Ha entrado o venido alguien desde que la señorita Kaplance desapareció, o preguntando por ella? —Preguntó Prentiss.
— No —respondió secamente el casero—, pero todos los meses me han seguido llegando los cheques del alquiler.
— ¿Quién los envía?
— No lo sé ni me importa. Sólo me importa que los inquilinos paguen puntualmente el alquiler o los echo a la calle.
— Gracias, amigo —dijo Morgan.
— Cuando hayan terminado, cierren la puerta de golpe —dijo el casero antes de desaparecer escaleras abajo.
— Menudo carácter... —suspiró Prentiss cuando el casero ya no podía oírla.
— ¿Crees que es la fundación quien paga el alquiler de Samantha? —Inquirió Morgan.
— Probablemente —admitió Prentiss al tiempo que cruzaba la puerta hacia el interior del apartamento.
Morgan la siguió.
El apartamento estaba en penumbra, con la mayoría de las persianas y cortinas echadas. Prentiss fue a abrirlas mientras Morgan esperaba. Cuando la luz del mediodía penetró en el apartamento, ambos agentes pudieron observar con claridad todo lo que les rodeaba. El habitáculo en el que ambos se hallaban era un salón-comedor-recibidor bastante grande con una cocina americana. Al lado de la puerta de entrada había un pequeño mueble con un par de cajones, encastado en un muro bajo que dividía la entrada del resto de la estancia. En el resto del espacio había una mesa de madera para cuatro personas, una mesa grande y una silla de estudio, un pequeño sofá y un mueble que ocupaba todo el ancho de la pared, frente a la cocina, lleno de estanterías y puertas. Encima de la mesa de estudio había un ordenador, dos impresoras, una de ellas bastante rara, y una máquina de escribir bastante peculiar. En el mueble había una televisión no muy nueva y un pequeño equipo de música; también había algunos libros amontonados desordenadamente y un tablero de ajedrez con todas las casillas agujereadas y las piezas clavadas en ellas. Esparcidos por encima de la mesa del comedor había varios libros gordos y voluminosos encuadernados con espiral; algunos estaban abiertos. Había una capa de polvo por todas partes.
— ¿Para qué necesitará dos impresoras? —Dijo Morgan en voz alta, sin ocultar su sorpresa.
— Una de ellas es bastante normal, pero la otra... —respondió Prentiss acercándose a su compañero—. Quizás es para imprimir en Braille lo que escribe en el ordenador.
— Supongo que la máquina de escribir será también para hacerlo en Braille, porque sólo tiene siete teclas y ninguna tiene nada escrito. Me recuerda a las máquinas de taquigrafía.
Prentiss volvió a su deambular por la estancia.
— Por como están las cosas, se ve que el sudes no ha estado aquí —insinuó Prentiss, pasando detrás de la barra americana, mirando el estado de los muebles de la cocina.
— Lo que yo te decía —perseveró Morgan viendo que el cuadro de luces general estaba intacto—. El sudes atacó a Samantha antes que ésta pudiera entrar en su casa.
— Voy a mirar el resto del apartamento —repuso Prentiss, yendo hacia la puerta entreabierta que había al lado de la cocina.
Cruzó la puerta y se encontró en un diminuto recibidor con tres puertas, una a la derecha y dos al frente, una al lado de otra. La de la izquierda daba a un pequeño fregadero donde estaban la lavadora y la secadora, aparte de algunas cajas apiladas y utensilios y detergentes de limpieza, mientras que la puerta de la derecha era el baño, de dimensiones reducidas, pero completo. La puerta de la derecha era la puerta de la habitación de Samantha.
Prentiss entró en la habitación. Era amplia y acogedora, con un precioso armario de madera clara a juego con la cama, la mesilla de noche y la cómoda. Había una silla en un rincón con un montoncito de ropa encima. Una grande y gastada alfombra cubría gran parte del suelo. Un ventanal tapado con unas finas cortinas se abría sobre la cómoda. Aunque todo estaba cubierto por una fina capa de polvo, todo estaba ordenado y en su sitio. Lo único que faltaba en esa habitación, y de hecho en todo el apartamento, era la decoración.
— No hay ningún cuadro, ni un mísero marco de fotografías, ni tampoco ningún objeto decorativo —dijo Morgan al tiempo que cruzaba el umbral de la habitación—. Lo poco que hay es funcional. Un platillo de porcelana para dejar las llaves en el mueble de al lado de la puerta, un cuenco de mimbre para los colgantes encima la cómoda...
— Sí, ya me había dado cuenta de ello —asintió Prentiss—. ¿Para qué quieres decorar el lugar donde vives si nunca podrás ver cómo queda?
Morgan no respondió y se giró hacia la puerta.
— Voy a llamar a Hotch —dijo saliendo de la habitación.
Prentiss le siguió al cabo de unos segundos hacia el comedor.
— Dime, Morgan —oyó decir a Hotch nada más descolgar.
Morgan había puesto el manos libres y la voz de Hotch se oía por todo el comedor.
— Hemos inspeccionado el apartamento de Samantha Kaplance —explicó Morgan—. No hay ningún signo de lucha por ninguna parte. Pienso que el sudes la atacó en la escalera, antes que pudiera entrar en el piso.
— Tampoco hay nada que indique su relación con el grupo de teatro —añadió Prentiss—. Lo único que hay aquí es polvo de tres meses.
La línea quedó en silencio un segundo.
— Bien —dijo Hotch al fin—. Id al hospital y esperad a que den el alta a Samantha Kaplance. Luego llevadla a comisaría.
— Entendido —dijo Morgan antes de colgar.
Prentiss volvió hacia la habitación.
— Buscaré algo de ropa para que pueda vestirse antes de salir del hospital —le dijo a Morgan—. No tardaré mucho.
— Te espero en la puerta —contestó éste.
Prentiss miró encima del armario y bajo la cama hasta encontrar una pequeña bolsa deportiva. Después, rebuscó en el armario y en algunos de los cajones de la cómoda, cogiendo algunas prendas y un par de zapatillas deportivas. Lo puso todo dentro de la bolsa y fue a reunirse con Morgan en la puerta de entrada. Lo encontró con una vara corta blanca y negra en la mano.
— ¿Qué es eso? —Quiso saber Prentiss.
— Lo he encontrado en este armario —explicó Morgan señalando el armario del lado de la puerta—. Es un bastón de guía; es plegable. Creo que Samantha puede necesitarlo.
— Es muy independiente; seguro que lo necesitará —asintió Prentiss.
* * *
Calles de Boston. 14:45h
Llevaba la radio puesta, atento a las noticias que se decían acerca del último asesinato ocurrido en uno de los cementerios de Boston, pero sobretodo con la aparición de una chica la madrugada pasada que podía estar relacionada con los asesinatos, ya que supuestamente podría haberse escapado del asesino. También se había dicho que estaba en uno de los hospitales de Boston, pero ninguno de ellos no daba ningún tipo de información acerca de si la chica se encontraba o no entre sus pacientes.
Él, como habían hecho los periodistas antes que él, había peregrinado de hospital en hospital, colándose en cada uno de ellos, indagando, buscando cualquier indicio que le revelara que ella, su Julieta, estaba allí: un policía en la puerta de una habitación, un comentario cogido al vuelo de alguna enfermera o algún médico... Pero no había habido suerte.
Había montado en cólera al fracasar en su búsqueda y, durante un rato, le había sido imposible seguir pensando con claridad. Al final, había conseguido calmarse lo suficiente como para encontrar un modo de hacerla salir de su escondite.
Buscó un lugar apartado donde aparcar su vehículo antes de internarse en aquella zona de la ciudad y buscar su objetivo. No tenía tanto tiempo como las otras veces pero confiaba que sería capaz de encontrar con lo que buscaba, y más en aquella zona. Comprobó que llevaba todo lo que podía necesitar y salió a buscar un Romeo que estuviese a la altura de sus expectativas.
