Hospital de Boston. 16:26h
— He cogido algo de ropa de tu apartamento —dijo Prentiss con la bolsa deportiva en una mano. Detrás suyo estaba Morgan, en silencio—. Te la dejo en la silla, a tu izquierda.
— Gracias —fue la respuesta de Samantha, sentada en la cama, dentro de las sábanas.
Prentiss dejó la bolsa en la silla y se detuvo a los pies de la cama.
— ¿Quieres que te ayude a vestirte? —Preguntó.
— No, gracias. Puedo yo sola —contestó la chica con firmeza.
Prentiss asintió en silencio, sin darse cuenta que Samantha no captaría el gesto. Ambos agentes salieron de la habitación y cerraron la puerta.
Llevaban allí más de dos horas, esperando casi estoicamente que los médicos le dieran el alta a Samantha. Al llegar, habían sido informados del tiempo que podrían tardar en tener los resultados de las últimas pruebas y darle el alta. Los dos agentes habían aprovechado la espera para comer algo en la cafetería del hospital e informar al resto del equipo sobre la situación de Samantha. Finalmente, el doctor que atendía a Samantha les había llamado para decirles que le daban el alta y que podían entrar a verla. También les había preguntado si habían contactado con su familia, a lo que Morgan había contestado que ya estaban en ello. El médico les había entregado el informe de Samantha antes de atender a sus otros pacientes.
Antes de entrar en la habitación, los dos agentes habían leído el informe. En él constaba el estado de salud de la paciente: tenía algunos golpes y moratones, así como un pequeño esguince en el tobillo derecho; sus reacciones motoras en las extremidades, sobre todo las inferiores, eran un poco más lentas de lo normal como consecuencia de una prolongada inactividad física; los análisis mostraban una falta de vitaminas, proteínas y hierro.
Mientras aguardaban que Samantha se vistiera, una enfermera se les acercó y les entregó un par de frascos con pastillas para la anemia y la falta de vitaminas a nombre de Samantha; Prentiss los cogió.
Diez minutos más tarde, la puerta de la habitación se abrió. Samantha salió con la bolsa de deporte en la mano y miró hacia donde estaban ellos.
— ¿Nos vamos, agente Prentiss? —Preguntó Samantha.
— Sí, claro —respondió ésta—. ¿Recuerdas mi nombre?
— Ustedes recuerdan y reconocen a la gente por sus caras. Yo lo hago con las voces. Si alguien intentara engañarme imitando su voz, agente Prentiss, lo descubriría —Samantha giró un poco la cabeza hacia Morgan—. ¿Quién es el agente que le acompaña? No es ninguno de los agentes que vinieron antes con usted.
— ¿Cómo sabes que es un hombre? —Inquirió Prentiss, algo atónita— ¿Y que es otro agente?
— Por los zapatos. Lleva botas de estilo militar; ni el agente Hotchner ni el agente Reid las llevaban —Samantha hizo un amago de sonrisa—. Y dudo que una mujer del FBI las lleve.
Morgan y Prentiss cruzaron una miraba, algo anonadados por las deducciones de la chica.
— Soy el agente Morgan —fue lo único que se le ocurrió decir.
— Ya te cojo la bolsa —dijo Prentiss, agachándose un poco y asiéndola suavemente. Samantha le dejó hacer—. ¿Cómo te encuentras?
— Cansada, pero me han dicho que me recuperaré —admitió Samantha—. ¿No habrán cogido el bastón de guía de repuesto de mi casa? Es blanco y negro...
— ¿Plegable y estaba guardado en el armario de la entrada de tu apartamento? —Terminó Morgan por ella.
— Sí —asintió Samantha, asombrada—. ¿Lo ha traído?
— Toma —dijo Morgan dejándolo en la palma abierta de la chica—. ¿No prefieres cogerte de mi brazo? Así irás más segura, sino te encuentras bien.
— Gracias, pero cuando necesite su ayuda, agente Morgan, se la pediré —fue la resuelta y enérgica respuesta de Samantha mientras desplegaba el bastón con una facilidad propia de la costumbre—. ¿Podemos irnos ya de este maldito hospital?
* * *
Comisaría central de Boston. 17:03h
La sala de interrogatorios era fría, pero ni a Hotch, Prentiss o Samantha pareció importarles mucho. Al otro lado del cristal tintado, Morgan, Reid, JJ y el inspector Mattson vieron como Prentiss ayudaba a Samantha a sentarse en una de las dos sillas que había a cada lado de una mesa de metal. Encima de la mesa, alguien había dejado un vaso de agua. Prentiss se sentó en la otra silla, mientras Hotch se quedó de pie al lado de la mesa, cerca de Prentiss.
— Samantha... —empezó a decir Prentiss con suavidad.
— Llámeme Sam —le interrumpió ella.
— De acuerdo, Sam... —corrigió Prentiss— Necesitamos que nos cuentes todo lo que puedas recordar sobre la persona que te secuestró.
Samantha cerró los ojos lentamente y frunció levemente las cejas, como si el concentrarse para recordar supusiera un esfuerzo para ella. Estuvo así unos segundos, sumida en el silencio de sus pensamientos.
— Era un hombre —susurró, al fin, Samantha, sin abrir todavía los ojos—. Apenas hablaba con nosotras y cuando lo hacía, siempre entre susurros, alteraba su voz para que no pudiéramos saber quién era.
— ¿Le reconociste? —Preguntó Prentiss, recordando lo que le había dicho Samantha en el hospital sobre reconocer las voces de la gente.
— No, pero su voz me era vagamente familiar, como si la hubiera oído otras veces pero sin prestarle atención. No sé si me explico... —Samantha intentaba encontrar las palabras adecuadas. Prentiss no la presionó— Esa voz, en mi memoria, es un ruido de fondo que, de tanto oírlo, ya no lo escuchaba.
— ¿Y dónde la habías oído? —Inquirió Hotch.
Samantha abrió los ojos y los fijó en Hotch, vacíos de toda expresión.
— En la universidad —respondió ésta, algo dubitativa.
Hotch y Prentiss cruzaron una mirada.
— ¿En qué lugar de la universidad?
— No lo sé... En muchos, quizás... Pero no sé en cual exactamente... Aunque tampoco estoy del todo segura que fuera en la universidad...
Samantha empezó a ponerse nerviosa; aferró con fuerza su bastón.
— Samantha —la llamó Prentiss, intentando transmitirle tranquilidad con su voz—, respira hondo, cálmate... Ya verás como dentro de poco lo recordarás...
— ¡No! No me voy a acordar —replicó Samantha, alzando la voz y más nerviosa que antes—. Las personas como yo identificamos a la gente que conocemos recordando su voz, y jamás, jamás se nos olvida, por más años que pasen. Y si no recuerdo la voz del hombre que me secuestró, ¡es que no me acuerdo! ¡No me acuerdo! ¡No me acuerdo...!
Samantha cerró con fuerza los párpados, se tapó los oídos con las palmas de las manos, dejando caer el bastón al suelo, agachó la cabeza y recostó los codos en la mesa; todo, en un par de segundos. Prentiss se medio levantó. El ruido de la silla al moverse fue suficiente para que Samantha se encogiera más en su posición. Prentiss, al verlo, volvió a sentarse con lentitud; miró a Hotch. Éste se acercó a Samantha con un par de pasos. Cogió el vaso de agua. Observó un instante la postura acurrucada de la chica antes de posar suavemente su mano libre en el hombro de ella.
Samantha se encogió un poco más como acto reflejo. Hotch no quitó su mano del hombro; no hacía ninguna fuerza, simplemente tenía la mano ahí. Poco a poco, la tensión de Samantha fue desapareciendo: las manos dejaron de hacer fuerza contra las orejas y, lentamente, subió la cabeza; no abrió los ojos. Las manos se quedaron alrededor del cuello y los codos encima la mesa.
— Toma, bebe —dijo Hotch a media voz, ofreciéndole el vaso de agua.
— ¿Cómo es posible que se haya calmado tan rápido? —Preguntó el inspector Mattson, atónito, al otro lado del cristal, mientras veía como Samantha cogía el vaso y bebía un par de sorbos.
Morgan y JJ miraron a Reid, esperando una respuesta. El inspector también se giró a mirarlo.
— No tengo ni idea —admitió Reid sin perder detalle de lo que ocurría dentro de la sala de interrogatorios—. Cuando estuvimos esta mañana en el hospital, Samantha quiso hablar a solas con Hotch.
— ¿Por qué? —Quiso saber JJ.
Reid negó con la cabeza, ignorándolo.
— Hotch no nos dijo mucho sobre lo que habían estado hablando al salir de la habitación... —la voz de Reid fue apagándose al percatarse de algo al otro lado del cristal tintado. Tardó unos segundos en seguir hablando— Pero fijaos, hay algo entre los dos —Morgan y JJ se apresuraron a mirar en la misma dirección que el doctor—. Algo de lo que hablaron en el hospital creó una especie de vínculo entre ambos, especialmente de Samantha hacia Hotch. Es muy posible que ese vínculo sea el responsable que Samantha se haya calmado con tanta rapidez.
— ¿Y eso es bueno o malo? —Inquirió Morgan.
Reid, por toda respuesta, se encogió de hombros.
— ¿Más tranquila, Sam? —Quiso saber Prentiss, dentro de la sala de interrogatorios.
Samantha asintió con lentitud. Dejó el vaso en la mesa, frente suyo.
— Siento haberme puesto de esa manera —musitó Samantha bajando la cabeza, avergonzada.
— No te preocupes —dijo Prentiss, quitándole importancia—. Es normal que alguien que haya pasado por tu situación tenga estos cambios de humor tan repentinos —tomó aire, suficiente para que Samantha recuperara la compostura—. Cuéntanos todo lo que recuerdes.
— Estaba llegando a mi apartamento; había subido en ascensor —empezó a relatar Samantha con lentitud—. Estaba poniendo la llave en la cerradura cuando oí unos pasos desconocidos acercarse rápidamente hacia mí. No tuve tiempo de hacer nada porque un brazo me cogió del cuello y sentí un golpe en la cabeza. Lo siguiente que recuerdo fue recuperar la consciencia tumbada en un suelo frío y rugoso, lleno de pequeños fragmentos de plástico y con unos grilletes alrededor de mis tobillos; eran rudimentarios, caseros y estaban unidos a una cadena. Estaba muy asustada e intenté quitármelos pero dos chicas me suplicaron que no lo hiciera.
— ¿Dos chicas? —Repitió Prentiss. Al otro lado del cristal, la noticia de que el sudes había llegado a retener a tres chicas a la vez, sorprendió bastante — ¿Cómo se llamaban?
— Jessie y Lauren —contestó Samantha—. Estaban tan asustadas como yo porque él se había llevado a su compañera, Susan, y a un chico, y no habían vuelto. Les pregunté donde estábamos, pero ninguna de las dos lo sabía.
— ¿Por qué te pidieron que no intentaras liberarte?
— El hombre que nos había secuestrado había impuesto unas normas que no podían romperse jamás. Y una de esas normas era que no podíamos liberarnos.
— ¿Qué otras normas había? —Samantha se estremeció. Prentiss estiró su mano para coger la de Samantha; sintió que la mano de la chica temblaba ligeramente— Sabemos que es duro para ti recordar estas cosas en estos momentos, pero necesitamos saberlo para poder cogerle.
— Eres la única persona que puede hablarnos de él, Sam —añadió Hotch.
Samantha se quedó inmóvil un instante. Asintió lentamente.
— De acuerdo —musitó.
— Tómate el tiempo que necesites —dijo Prentiss.
Samantha volvió a asentir al tiempo que inspiraba profundamente. Dejó escapar el aire muy despacio antes de empezar a hablar.
— La primera vez que me trajo la comida dijo que era una de las candidatas para la selección de talentos y que todo eso no era más que unas pruebas que debía superar. Añadió que eran unas pruebas muy duras pero que el resultado final merecía el esfuerzo. Después, me enumeró las condiciones que debían respetarse estrictamente durante la selección que duraría mientras estuviera allí —Samantha tragó saliva con dificultad—: no se podía hablar en voz alta ni hacer ruidos fuertes porque debía respetarse la concentración de las demás candidatas; tampoco podía moverme del lugar que me había asignado ya que cada una tenía su propio espacio y no se podía invadir el espacio de las demás candidatas —Hotch volvió a acercarle el vaso de agua, arrastrándolo por la mesa. Samantha lo rechazó con un leve gesto de cabeza; no quería detenerse una vez había empezado—. También dijo que de vez en cuando vendría algún chico a hacer una prueba con nosotras y que en ese momento nadie más que él podía hacer ruido y que seríamos nosotras quien le evaluaríamos, ya que era nuestra obligación porque era muy posible que en un futuro trabajáramos juntos. La evaluación, puntualizó, debía realizarse por los gestos que hacía o por la voz; nunca por ambas a la vez. Antes de irse, dijo que si incumplía alguna de esas normas, la que fuera, quedaría automáticamente descalificada.
— ¿Te dijo todo eso con esas palabras? —Inquirió Prentiss, medio anonada por lo que acababa de escuchar.
Samantha asintió en silencio; sus manos volvían a temblar.
— ¿Y dónde están las normas? —Quiso saber el inspector Mattson, girándose hacia Morgan y Reid.
— El sudes, en su fantasía, quería hacerle creer, al igual que él mismo cree, que eso no era más que una audición para una obra de teatro —interpretó Morgan.
— El sudes es el director de la obra, de su particular obra —añadió Reid.
— ¿Romeo y Julieta? —Dedujo el inspector.
Morgan le miró significativamente antes de responderle.
— Las chicas que secuestra son candidatas para interpretar esa obra, para interpretar, en definitiva, a Julieta. La selección, al contrario de lo que quiere hacer creer, significa la muerte. Es el final de la obra y lo representa lo más explícitamente posible.
— Del mismo modo que sucedía en la Antigüedad —explicó Reid, acelerando las palabras por momentos—. En las representaciones de las tragedias griegas en la época romana, durante toda la obra el personaje que sufre un destino trágico, normalmente el protagonista de la historia, es un actor. En la última escena, cuando la tragedia va a producirse, se sustituye el actor por un reo a muerte y es éste último quien sufre en carne propia el destino que marca la tragedia, como Ícaro cayendo del cielo u Orfeo devorado por un oso —el inspector le miraba medio incrédulo—. Sí, el reo moría en el escenario delante de cientos de personas.
— Qué bárbaro... —resopló JJ a media voz.
— Por eso cada pareja que han encontrado en los cementerios presentaban la misma muerte que Romeo y Julieta en la obra de Shakespeare: Romeo envenenado y Julieta apuñalada —terminó Morgan antes de volver a centrar su atención en lo que sucedía al otro lado del cristal.
Reid, JJ y el inspector le imitaron.
— ¿Sabías qué pasaba si alguna de vosotras incumplía las normas? —Inquirió Hotch suavemente.
La respuesta fue fulminante. Samantha aplastó las manos contra las orejas; sus párpados apenas se veían por la fuerza que hacía para cerrarlos. En su cara se reflejaba el más puro y terrorífico horror. Hotch y Prentiss cruzaron una mirada, comprendiendo al instante que la actitud de Samantha revelaba que sí sabía lo que les sucedía a las otras chicas; sino todo, al menos una parte. Prentiss se levantó de la silla y se acercó a Samantha; se agachó a su lado y la cogió delicadamente por el brazo. Miró su rostro congestionado: un par de lágrimas escapaban entre las pestañas, resbalando lentamente hacia abajo.
— Tranquila, tranquila, Sam... —musitó Prentiss, sabiendo que ella podía oírla— Ya pasó...
Las lágrimas empezaron a brotar con más fuerza en los ojos de la chica.
— ¡No, no pasó! ¡No pasó! —Gritó Samantha con la voz rota— ¡Ya no podía más! ¡No podía más! ¡No, no...! —Inspiró aire a espasmos, como si le costara hacerlo— La primera vez creí que eran imaginaciones mías hasta que le oí a él gemir como un salvaje mientras Jessie...
Hotch se acercó a la mesa, atento a cada palabra; Prentiss se puso en tensión.
— ¿Qué pasó después? —Inquirió Prentiss con lentitud, obligando así a Samantha a no detenerse en aquellos recuerdos.
— Cuando trajo a Emma y la puso en el lugar de Jessie... Lo supe... Supe lo que había pasado. Como también supe que Lauren no había oído nada porque se preguntaba una y otra vez donde estaba Jessie y qué le había ocurrido. No tuve el coraje ni la fuerza suficiente para decirle la verdad... —Samantha calló para intentar contener los ríos de lágrimas, pero la brutalidad de los recuerdos se lo impedía una y otra vez. Hotch fue a interrumpir su discurso pero Samantha se le adelantó y siguió hablando, tratando de ese modo sacar fuera parte del veneno de aquellos recuerdos— Aún no sé cómo pude soportar lo que les hizo a Emma y Lauren, pero con Maggie... —se le rompió la voz y nuevas lágrimas resbalaron mejillas abajo, incendiándolas aún más. Su voz se convirtió en un murmullo ronco y medio ahogado— Con ella se ensañó hasta que ya no pudo más. Creo que Maggie intentó escapar y eso le enfureció y se lo hizo pagar con creces... Fue demasiado para mí...
Samantha quitó las manos de las orejas y las puso encima de sus ojos, ocultando el llanto; los sollozos le sacudían el cuerpo.
— ¿Qué pasaba cuando llevaba a los chicos?
Samantha tardó medio minuto en contestar, hasta que logró encontrar la fuerza necesaria para hacerlo.
— Los chicos... Con ellos tenía menos compasión aún. Los ataba en medio de aquella sala y los golpeaba con los puños y con un bate o una barra metálica hasta que sus gritos se convertían en gemidos afónicos. A veces duraba poco, pero otras veces era tan larga la agonía, que se iba durante largas horas, dejando al chico incapaz de moverse y gimiendo de dolor, hasta que decidía regresar y rematarl... —las últimas sílabas fue bajando cada vez más la voz hasta que sólo movió los labios en silencio. Apoyó los codos en la mesa y bajó la cabeza hacia el pecho, sin separar las manos de la cara— Ya no podía más...
Sam se puso a llorar en silencio.
— Sam, cuando conseguiste escapar, ¿quedó alguien en el sótano? —Preguntó Hotch a media voz. Samantha asintió en silencio— ¿Sabes como se llamaban?
— Torrence y Sarah —respondió Samantha con un hilo de voz—. Por favor, por favor, tienen que sacarlas de allí.
— Lo haremos, Sam, te lo prometo —aseguró Hotch.
Prentiss miró de reojo a su jefe con sorpresa antes de volver a centrarse en Samantha.
— Lo has hecho muy bien, Sam —la felicitó Prentiss en voz suave, acariciándole la espalda—. Nos has ayudado mucho.
Prentiss se irguió y se acercó a Hotch. Ambos salieron de la sala y encontrarse con los demás al otro lado del cristal. Hotch cerró la puerta tras suyo. Samantha no pareció darse cuenta que se había quedado sola en la sala.
— Desde el principio tenía tres chicas secuestradas a la vez... —dijo JJ, anonadada.
— Es muy audaz y atrevido —admitió Morgan.
— Debió y aún debe tener aterrorizadas a esas chicas —razonó Prentiss—. Sólo hace falta mirar a Samantha para ver el miedo que le producía ese hombre.
— Pero aún no ha contado cómo logró escapar del sudes... —empezó a decir el inspector.
— Mírela —le interrumpió Morgan, señalando con un ademán el cristal de la sala—. ¿Cree que ahora sería capaz de contarnos algo más, después de hacerle recordar la pesadilla en la que ha estado viviendo durante tres meses?
— Pero el inspector tiene razón —objetó Reid—: necesitamos saber cómo escapó, como pudo eludir al sudes. Puede que con lo que nos cuente podamos cogerle.
— Pero no ahora —replicó Prentiss—. Su mente ha llegado al límite, no puede más. Necesita descansar y tranquilizarse.
— Está bien —atajó Hotch—. Prentiss, JJ, llevadla a un hotel para que pueda relajarse y descansar. Si os cuenta algo nuevo, hacédnoslo saber.
JJ asintió.
— Bien —dijo Prentiss.
Las dos agentes entraron en la sala de interrogatorios para llevarse a Samantha.
— ¿No sería mejor que la llevaran a su casa? —Preguntó Mattson.
— Dudo que encuentre más segura su casa que una habitación de hotel —respondió Morgan con la voz apagada.
* * *
Un sótano oscuro. 20:17h
Las cadenas crujieron en el centro de la sala. Torrence y Sarah se encogieron en sus respectivos rincones, intentando hacer el menor ruido posible. Las cadenas volvieron a moverse, sonando como una campana fúnebre y desafinada; una queja débil y ahogada le siguió.
Las dos chicas habían sido testigos de cómo aquel retorcido tipo había entrado en esa sala arrastrando tras él a otra persona, más muerta que viva, más inconsciente que consciente. La había llevado hasta el centro de la sala, la había encadenado con calma, asegurándose que no podría escapar antes de irse por donde había venido, dejando a sus espaldas una incertidumbre difícil de apaciguar. Ninguna de las dos había pronunciado palabra; el dolor de sus golpes les recordaba vivamente las reglas que imperaban en aquel lugar.
Torrence tenía la cabeza hecha un lío. La experiencia le decía que el bulto atado en medio de todas las cadenas era un chico, pero el miedo le instaba a pensar que aquel hombre había encontrado a la tercera chica, la había vuelto a secuestrar y, tarde o temprano, recibiría algo más que unos pocos golpes por su osadía. Su mente bloqueada era incapaz de imaginar lo que podría hacerle.
Sarah ni tan siquiera era capaz de pensar. El terror le quemaba en las entrañas como un hierro candente. Sentía su alma arrastrada hacia la más profunda locura y la más acuciante desesperación le oprimía el pecho, impidiéndole a sus pulmones respirar rítmicamente. El aire rancio, viciado y cargado descargaba todo su peso en sus hombros, en un intento por aplastarla al suelo.
Otra queja, algo más audible, surgió del centro de la sala. Sarah, en un espasmo de terror, hizo crujir sus cadenas.
— Ha... Hay... ¿Hay alguien ahí? —Una voz temblorosa surgió indecisa del centro de la sala; era de chico.
La única respuesta que obtuvo fue un suave suspiro de alivio.
