Cementerio de la universidad. 08:14h
El frío nocturno aún se resistía a abandonar las zonas iluminadas por el sol de la mañana, que ya empezaba a hacer notar su calor, pero persistía en las sombras, permitiendo que el rocío de la hierba mojara el calzado y los bajos de los pantalones.
Morgan, Hotch y Reid cruzaron la cinta amarilla que delimitaba el escenario. Prentiss había dejado la tarea de vigilar y proteger a Samantha en manos de JJ y se había unido a los demás; Hotch así lo había dispuesto. El inspector Mattson los esperaba a pocos pasos.
— El escenario ha cambiado —dijo sin preámbulos el inspector.
Los agentes se acercaron a observar. Un poco más adelante, frente a un mausoleo de aspecto lóbrego, había el cuerpo de un chico tumbado en el suelo; sus ojos sin vida estaban fijos en el cielo.
— ¿Han tocado algo? —Quiso saber Hotch, girándose hacia el inspector.
Éste negó con la cabeza.
— No hay chica ni ninguna nota —dijo Morgan agachado al lado de la cabeza del chico.
— Pero está la rosa —repuso Prentiss.
Reid sacó algunas fotografías de los demás escenarios de su cartera.
— Pero la rosa está colocada donde debiera estar el cuerpo de la chica y no en la mano —apuntó Reid observando alternativamente las imágenes que tenía en la mano y el escenario que tenía a sus pies—. El brazo y la mano estirados del chico parecen que quisieran coger la rosa y no pudiesen.
— Cierto —asintió Hotch—. Demasiados cambios en sólo dos días.
— ¿Y eso qué significa? —Inquirió el inspector Matsson.
Nadie respondió.
* * *
Comisaría central de Boston. 09:05h
— Gracias, JJ —dijo Prentiss antes de colgar el móvil.
— ¿Qué quería? —Inquirió Hotch apartando la mirada de las fotografías e informes que tenía entre manos.
— Samantha le ha contado cómo consiguió escapar del sudes —respondió Prentiss. Toda la atención estaba fija en ella, por lo que siguió hablando—. Samantha dedujo que las drogaba cuando les daba de comer e intentó averiguar donde la metía para evitar tomársela. Descubrió que estaba dentro de la bebida. La noche que se escapó fingió atragantarse y escupió la bebida...
— Evitando así tomar la droga —no pudo evitar decir Reid.
— Exacto —asintió Prentiss—. Después fingió que se dormía como las demás y esperó todo lo que pudo y escapó de allí hasta que se encontró con la patrulla de policía.
— ¿Y cómo pudo soltarse de las cadenas? —Quiso saber Morgan.
— El sudes las soltaba una a una antes de darles de comer para llevarlas al baño —explicó Prentiss—. Cuando las devolvía a su sitio y les ordenaba que volvieran a atarse, Samantha simuló que lo hacía rodeando sus tobillos con la cadena y cerrando los grilletes para que el sudes no sospechara.
— Supongo que si ha contado todo esto, será porqué estaba más tranquila, ¿no? —Dedujo el inspector.
— Sí —afirmó Prentiss—, aunque la noche la ha pasado bastante intranquila, como si tuviera pesadillas. Una de ellas la ha despertado y me contado algo que nos puede ser de ayuda. Me ha dicho que la sala donde estaba encerrada cree que estaba en un sótano, ya que tuvo que subir algunos tramos de escaleras. Cuando llegó arriba, sintió que el espacio en el que se encontraba era inmenso y estaba vacío, como si fuera un almacén o una vieja fábrica. Dijo que se había perdido varias veces intentando encontrar una salida.
— Hasta que la encontró, por suerte para ella y para nosotros —añadió Mattson.
El móvil de Morgan empezó a sonar.
— Dime, García —dijo éste nada más descolgar.
— ¿Cuándo es tu día de suerte? —Preguntó ésta al otro lado de la línea.
— El día en que tú me llamas, preciosa —contestó Morgan con una gran sonrisa. En el otro extremo se oyó una risa vivaracha—. Pongo el altavoz, guapa.
— Hoy es vuestro día de suerte, chicos —empezó a decir García—; he encontrado el modo en que el sudes escoge a sus víctimas —todos en la sala de conferencias prestaron atención—. He buscado en todos los artículos del periódico de la universidad los relacionados con el grupo de teatro y nada.
— ¿Nada? —Repitió Reid, extrañado.
— Nada de nada. En ninguna lista de los actores, aparte de la noticia que encontré, aparecen los nombres de nuestras víctimas femeninas —aclaró García—. Así que he llamado al responsable del grupo de teatro y le he preguntado por el papel que las víctimas tenían en las obras. Y me ha respondido que todas ellas eran sustitutas de los papeles principales que hacían de relleno en el fondo del escenario durante las representaciones o interpretaban personajes secundarios, con poco texto en la obra.
— Por eso las elige el sudes —dijo Prentiss—. Porqué cree que son como él: chicas que no destacan entre las demás, que no tienen ningún papel importante y las han relegado a un segundo plano en las obras del grupo de teatro.
— Y al secuestrarlas las convierte en protagonistas —añadió Hotch.
— Pero Samantha Kaplance no es como las demás chicas —objetó García—. No estaba en el grupo de teatro. Ni aparece en ninguna otra noticia relacionada con el grupo.
— No encaja en el perfil de víctima del sudes. Ése fue su primer error —dijo Morgan.
— García —dijo Hotch—, busca en los alrededores de donde se encontró a Samantha los empleados de los almacenes y fábricas cerrados en los últimos diez años y compáralos con la lista reducida del grupo de teatro y el perfil del sujeto. Es posible que haya alguna relación.
— Marchando, que es gerundio —asintió García antes de colgar.
Un agente entró y entregó una bolsa de pruebas con un papel dentro al inspector y le comentó algo a media voz que los demás no pudieron oír.
— Gracias —dijo éste antes que el agente volviera a salir por la puerta.
— ¿Qué es, inspector? —Preguntó Hotch, intrigado.
— Es un papel parecido al que dejaba el sudes en los escenarios —explicó Mattson—. Hay escrito algo.
— ¿Puede leerlo, por favor? —Pidió Reid inmediatamente.
— Claro —asintió el inspector—. "Tu pulso cesará; / no seguirá su ritmo, sino que cesará; / ni hálitos ni suspiros indicarán que vives, / tus sonrosados labios y mejillas / como ceniza palidecerán; se cerrarán ventanas en tus ojos, / como morir cuando apaga el día de la vida; / todos tus miembros, sin poder moverse, / han de tornarse rígidos y duros, fríos como la muerte"*.
— Es otro fragmento de Romeo y Julieta —se apresuró a confirmar Reid. El inspector dejó la bolsa sobre la mesa—. Es un pasaje de Fray Lorenzo cuando le da un brebaje a Julieta para hacerla parecer muerta. Pero no entiendo muy bien...
Dejó la frase a medias y cogió el ejemplar de la obra que había encima de la mesa para buscar y releer con atención otra vez ese pasaje. Prentiss cogió la bolsa y examinó su interior. Morgan se puso a su lado y la imitó.
— ¿Dónde encontraron este papel? —Quiso saber Prentiss levantando la vista de la bolsa— No recuerdo haberlo visto en la escena.
— Está muy arrugado —remarcó Morgan.
— Estaba dentro de la otra mano del chico —explicó el inspector—; lo tenía cogido muy fuerte. El forense ha tenido que partir algunos huesos para extraerlo y el rigor mortis no ayudaba. Y... ¿qué puede significar este otro cambio en su conducta? ¿Qué quiere decir este trozo de papel dentro de la mano del chico?
— Rabia —respondió Prentiss—. Una de sus víctimas ha conseguido huir y eso le ha puesto furioso.
— Pero una persona furiosa se vuelve descuidada, comete errores —razonó Morgan—. Ted Bundy lo hizo al seguir asesinando después de salir de la cárcel: había estado sometido a mucho estrés en los dos años que estuvo en la cárcel y eso hizo que la prisa por matar de nuevo cuando salió hiciera que su modus operandi no fuese tan perfecto como antes; por eso lo capturaron. Pero éste sigue siendo metódico, no ha cometido ningún error. No tiene ningún sentido.
— No lo tiene para nosotros pero sí lo tiene para el sudes; sólo ha dejado las pistas que quería que encontrásemos, como en los otros escenarios —dijo Hotch—. Hay que averiguar qué significa este cambio de comportamiento.
* * *
Calles de Boston. 10:35h
Desde la seguridad de las sombras y aislado de los transeúntes, observaba casi con deleite el edificio que se alzaba a poca distancia de donde estaba él, todo cemento y cristal. No le prestaba ninguna atención a la arquitectura, sino a lo que se escondía en su interior, en alguno de los muchos rincones y recovecos que tenía la construcción.
Había sido el destino, más que la casualidad, lo que le había permitido averiguar lo que con tanto ímpetu había estado buscando y que ya pensaba que había perdido para siempre. La noche anterior, después de haberse rendido, tras buscar y buscar infructuosamente, había pasado por esa misma calle de camino a su refugio y el amado destino había querido que la viera entrar en aquel edificio, acompañada, por lo que supuso, dos policías.
Apenas había podido dormir de la emoción y, para matar el tiempo, había preparado algunas cosas que podían serle de utilidad. Cuando el sol empezó a despuntar, él ya estaba allí, montando guardia por si acaso salía, pero no lo hizo.
El destino. Era lo que justo deseaba.
Ahora sólo le faltaba lo más difícil, pero no tenía miedo al fracaso. Seguro que el destino seguiría estando de su parte.
* * *
Comisaría central de Boston. 12:12h
En la sala de conferencias, prácticamente todo seguía igual. Reid seguía analizando por enésima vez el fragmento que el sudes había dejado en su última víctima y lo comparaba con los demás fragmentos y el ejemplar de Romeo y Julieta, cada vez más manoseado. Hotch y Morgan repasaban otra vez el perfil que ellos mismos habían hecho, buscando coincidencias que tenía con lo que les había contado Samantha, e intentaban encajarlo todo con lo que habían visto en su última escena.
Prentiss y el inspector Mattson aparecieron en ese momento por la puerta; acaban de llegar del laboratorio forense.
— Tenemos el informe de la autopsia preliminar —anunció Mattson sacudiendo ligeramente una carpeta que tenía entre manos—. Muerte por ingestión de arsénico, según todos los indicios. Igual que los demás chicos.
— ¿Lo han identificado? —Inquirió Morgan.
— Le he enviado las huellas a García —respondió Prentiss.
Hotch ya había cogido su móvil y estaba llamando.
— Si me llamáis por la identidad del último chico —soltó García antes de que Hotch dijera palabra—, ya la tengo. Según las huellas que me ha enviado Prentiss, se llamaba Ralph Brooks, 25 años. Nacido en San Antonio, Texas. Por el registro de su tarjeta y los datos de la Seguridad Social, había viajado por la mitad este del país trabajando cuando se quedaba sin dinero. Había llegado a Boston hacía tres semanas y había empezado a trabajar como mozo de almacén en un supermercado.
— No tiene nada en común con los demás chicos —dijo Morgan sin dirigirse a nadie en particular—. Elegido al azar.
— Quizá no tan al azar, chicos —puntualizó García.
— ¿Qué quieres decir? —Quiso saber Morgan.
— Tengo en pantalla las fotografías de los chicos muertos por este tipo y todos tienen el pelo negro, ojos azules o verdes y no eran precisamente feos —explicó García—. De hecho, Ralph Brooks y Adam Jones eran realmente guapos... —suspiró— Qué pena...
— Gracias, García —le agradeció Hotch.
— A disponer —dijo García antes de colgar.
Todos se tomaron unos momentos de silencio para cavilar sobre lo que se había dicho. Prentiss fue la primera en tomar la palabra.
— Incluso escoge a los chicos siguiendo un perfil específico.
— Y lo hace siguiendo unas características físicas —arguyó Morgan—, mientras que las chicas las escoge porque le recuerdan a él. Son las versiones femeninas de sí mismo.
— ¿Pero esto nos ayuda en algo? —Quiso saber el inspector.
— No —negó Hotch—. Para encontrar a nuestro sujeto debemos seguir buscando a hombres de la lista del grupo de teatro o que tengan relación indirecta con él que encajen en el perfil.
— ¿Y si pidiéramos ayuda a los ciudadanos? —Propuso Mattson.
— No es una buena idea —dijo Reid sin levantar la vista de las hojas y el libro que tenía frente a sí—. Debemos evitar que nadie más se entrometa en este caso.
— ¿Qué quiere decir?
— ¿Has descubierto algo? —Preguntó Morgan, interesado.
— Aún no tengo muy claro el significado del último fragmento de Romeo y Julieta, pero sí que comprendo porque deja los fragmentos —todos le miraban con interés. Reid sintió las miradas fijas en él y levantó la cabeza—. Por lo que nos contó Samantha, el sudes contempla el secuestro como un ensayo de su particular obra mientras que los asesinatos son la puesta de escena, su modo de mostrar al público su arte.
— ¿Y quién es el público? —Inquirió Mattson.
— Aquellos que ven realmente su arte y, según piensa él, lo comprenden —contestó Reid.
— Nosotros —dijo Hotch—. Todos los que ven la escena del crimen. Si difundimos el perfil del sudes entre los ciudadanos, el sudes podría hacer cualquier cosa al haber perdido el control que le confiere la situación actual. Además, si no difundimos ningún tipo de información, el sudes no podrá averiguar qué es lo que ya sabemos de él, lo cual nos da cierta ventaja.
— ¿Con cualquier cosa se refiere a que podría matar a las dos chicas que aún tiene secuestradas? —Dedujo Mattson. Hotch asintió— Iré a decirles a mis hombres que no comenten nada sobre el caso.
Hotch volvió a asentir en silencio. El inspector salió de la sala mientras Reid volvía a enfrascarse con los fragmentos de Romeo y Julieta y Morgan y Hotch en las hojas del tablón y de la mesa. Prentiss sacó su móvil.
— Voy a llamar a JJ para ver cómo está Samantha —dijo Prentiss mientras marcaba.
Hotch la miró un momento antes de asentir.
— Dime, Emily —dijo JJ nada más descolgar.
Prentiss la puso al corriente de las novedades en pocas palabras.
— ¿Cómo está Samantha? —Preguntó al final.
— Intenta estar lo más tranquila posible —explicó JJ—. Come, habla si le preguntas sobre cualquier tema trivial, se pasea por la habitación... Ahora mismo, está sentada en el sofá mirando la televisión.
— ¿Mirando la televisión? —Repitió Prentiss, incrédula.
— Bueno, la tiene encendida pero tiene cara de ausente. No creo que preste atención a lo que hacen.
— Sigue teniendo miedo.
— Se le nota en la cara; no puede ocultarlo. Sabe que el hombre que la retuvo los últimos meses sigue por ahí suelto.
— Y quien sabe si tarde o temprano volverá a por ella —Prentiss hizo una breve pausa—. Cuando averigüemos algo más, te llamaremos.
— Lo mismo digo —asintió JJ antes de colgar.
* * *
Habitación de hotel. 15:16h
El televisor seguía encendido; el volumen estaba muy bajo y los diálogos de una vieja telenovela eran apenas murmullos audibles. JJ estaba sentada en la mesa, con los platos vacíos de la comida frente suyo, mirando hacia el sofá, donde podía ver la figura acurrucada y dormida de Samantha con las luces intermitentes y cambiantes de la pantalla. Las cortinas de las ventanas estaban echadas para evitar que la viva luz del sol de aquella hora reptase a su antojo por la habitación. Una lámpara mortecina en un rincón daba toda la luz que se podía precisar.
Samantha se removió en sueños, aferrándose las manos al pecho, como protegiéndose de alguna oscura pesadilla o, simplemente, porque tenía frío. JJ se levantó en silencio y fue a buscar en el altillo del armario una manta fina para cubrir a la chica. Cuando la tuvo entre manos, la desplegó y se acercó cuidadosamente al sofá.
La lámpara del rincón se apagó con un invisible destello y las voces del televisor se esfumaron con un suspiro; toda la habitación se sumió en una inquietante penumbra. JJ, de la sorpresa, dejó caer la manta sobre Samantha. Ésta se despertó de un sobresalto.
— ¿Qué pasa? ¿Quién hay ahí? —Farfulló Samantha en un susurro cargado de miedo.
— Soy yo, Sam, la agente Jareau —la tranquilizó JJ, poniéndole una mano en el hombro—. Se ha ido la luz, nada más.
— Vale —dijo Samantha aún con un deje de intranquilidad en la voz.
— Llamaré a recepción, a ver si saben qué puede haber pasado —dijo JJ acercándose a la mesa de la lámpara del rincón, donde había uno de los dos teléfonos de la habitación. Descolgó; no había línea—. El apagón debe haber afectado también a los teléfonos. Bajaré a recepción. No te muevas de aquí, Sam; volveré enseguida.
— De acuerdo —asintió ésta, haciéndose un ovillo sentada en el sofá—. Pero cierre la puerta con llave por fuera, por favor, agente.
— Está bien —accedió JJ ya al lado de la puerta.
Abrió la puerta y comprobó que el pasillo estaba completamente a oscuras. Sólo parpadeaban las tenues luces de emergencia. Instintivamente, puso la mano encima de su arma. Salió al pasillo y, justo estaba cerrando la puerta de la habitación, cuando sintió un tremendo golpe en la base del cráneo. JJ se desplomó al suelo y todo se fundió en negro.
* Versos originals de Romeo and Juliet: "For no pulse / Shall keep his native progress, but surcease. / No warmth, no breath, shall testify thou livest. / The roses in thy lips and cheeks shall fade / To wanny ashes, thy eyes' windows fall / Like death when he shuts up the day of life. / Each part, deprived of suple government, / Shall, staff and stark and cold, appear like death."
