Interior de la fábrica. 16:39h
Los tres grupos habían entrado a la vez a una orden de Hotch. Éste y Prentiss, junto con una docena de miembros del SWAT, se encontraron en la zona de producción de la antigua fábrica. Había enormes máquinas que ocupaban gran parte del espacio unidas entre ellas por cintas transportadoras acorde con las máquinas; todo estaba cubierto de suciedad, óxido y polvo a partes iguales. El sol de la tarde entraba difuso por las ventanas rotas de la parte alta de la nave industrial, casi dotándola de un halo de nebulosa irrealidad. Se podía respirar un pesado silencio de mal agüero que caía a plomo sobre los hombros de los agentes.
Las máquinas dificultaban la visión de toda la zona, por lo que Hotch, con un gesto, hizo desplegar a los SWAT entre ellas para inspeccionar cada rincón. Él y Prentiss, con las armas desenfundadas, también se separaron para inspeccionar la zona que tenían delante suyo, pero sin perderse de vista. En ese momento, sus radios crepitaron.
— Nada en las oficinas —dijo Mattson a media voz.
— Recibido —respondió Hotch—. Entre la maquinaria tampoco hemos encontrado nada.
— Hotch —le llamó Morgan por los comunicadores—, en una de las salidas de mercancías hemos encontrado una furgoneta. El motor aún está caliente.
— ¿Algún indicio que indique donde ha llevado Doyle a Samantha? —Inquirió Hotch.
— Hay unas marcas irregulares en el polvo del suelo, como si hubieran arrastrado algo —explicó Morgan—. Parece que se dirigen hacia un acceso del sótano.
Ahí estaba la prueba que Doyle había llevado a Samantha hacia las entrañas de la nave abandonada, quizás al mismo lugar donde Doyle había mantenido a Samantha secuestrada tanto tiempo.
— Entendido. Buscaremos en esta zona si hay otro acceso. Ése quizás no debe de ser el único.
Hotch casi no había terminado de hablar cuando Prentiss, que también había oído la conversación, le hizo una señal, indicándole que se acercara a donde ella estaba. Hotch se acercó y vio que allí había otras escaleras que conducían a las profundidades de la fábrica.
Empezaron a bajar.
* * *
Un sótano oscuro. 16:40h
Samantha se había sobrepuesto al dolor de los golpes que marcaban su piel y se había alejado a rastras de la puerta todo lo que le permitían las cadenas. Oía las respiraciones aterrorizadas de Torrence y Sarah, pero apenas les prestaba atención. Tenía puestos sus cuatro sentidos orientados hacia los pasos que se acercaban a aquel sótano, unos pasos que anunciaban su muerte.
Las bisagras de la puerta se abrieron con un leve chirrido y los pasos cruzaron el umbral; volvieron a oírse las bisagras. Unas de las chicas, quizá Sarah, dejó escapar un jadeo agónico, como si lo que estuviera viendo superase con creces el significado del pavor. Una corriente fría de aire secó la frente de Samantha, perlada de sudor. Los pasos se acercaban más y más, cada vez más lentos, deliberadamente lentos. Samantha trató de alejarse aún más, pero las cadenas ya no daban más de sí y se hundían sin piedad en su carne.
Al final, los pasos se detuvieron a apenas unos centímetros de sus manos inmovilizadas. Se atragantó con su propio terror de tal forma que durante unos segundos sus pulmones se quedaron sin aire.
Había llegado su hora. Y nadie podría evitarlo.
* * *
Pasillos oscuros. 16:41h
Los haces luminosos de las linternas sólo hacían que la oscuridad se volviese aún más impenetrable. Hotch y Prentiss avanzaban en paralelo por un pasillo que parecía enroscarse sobre sí mismo, comprobando cada sala y pasillo secundario que encontraban. Sabían que Morgan y Reid hacían lo mismo en otra parte, aunque todavía no se habían encontrado; realmente, aquello era un laberinto.
— Hotch... —susurró Prentiss señalando algo con la luz de la linterna.
En el suelo había un camino libre de polvo y suciedad, provocado seguramente por el paso habitual de unos zapatos. El camino se internaba en una gruesa puerta metálica cerrada. Hotch asintió y cada uno se colocó a ambos lados de la puerta, con las armas bien dispuestas. Prentiss, a una señal de Hotch, abrió la puerta y éste entró raudo. Prentiss lo siguió un segundo después.
Era una sala de tamaño medio abarrotado de tantos y variopintos objetos que la hacían empequeñecer. Prentiss y Hotch comprobaron que no había nadie allí antes de inspeccionar todo lo que albergaba esa sala.
Había una pequeña cama con las sábanas sucias y enmarañadas, una mesa en forma de L que ocupaba dos paredes enteras, un par de sillas ocupadas por sendos montones de ropa sucia y desgastada y varias cajas de cartón con material eléctrico y electrónico diverso; un rincón estaba habilitado como cocina, pero era tan pequeño que apenas se le podía dar ese nombre. Encima de la larga mesa había varios televisores, todos ellos apagados, un ordenador con una pantalla plana bastante grande y un equipo sorround conectado a él, además de otros aparatos que no supieron identificar, muchos libros gastados de tanto uso de las obras de Shakespeare, algunos de ellos repetidos y con pasajes subrayados, y otros tantos que analizaban dichas obras, hojas manuscritas con una letra prácticamente ilegible y varias cajas de DVD's, todos ellos con títulos de algunas de las obras más conocidas de Shakespeare llevadas al cine. Pero lo que más llamaba la atención eran las paredes; estaban cubiertas por una aplastante cantidad de imágenes de todas las medidas posibles, de tamaño poster a diminutas como fotos carné, de cuadros, grabados, dibujos y esbozos de todos los estilos pictóricos con un único tema en común: Romeo y Julieta.
Hotch y Prentiss se quedaron inmóviles y algo impresionados al contemplar todo aquello, viendo hasta qué punto era la obsesión de Doyle por la obra de Shakespeare. Habían hallado su guarida; ahora tenían que encontrarlo a él.
* * *
Un sótano oscuro. 16:42h
Doyle se agachó casi perezosamente, escuchando a la chica forcejeando con las cadenas cada vez con menos fuerzas, como si supiera lo que iba a ocurrir. No le sorprendió; de hecho, le excitó aún más. Cogió el manojo de cadenas que inmovilizaba a la chica y tiró para sí con fuerza. Encontró algo de resistencia en la chica pero no podía compararse con la que había exhibido antes. Vislumbró que su silueta medio agazapada estaba a escasos centímetros de él, pero no era suficiente: quería ver su cara desencajada de pánico, sus ojos llenos de terror, sus labios tartamudeando de miedo, sus manos temblando de pavor. Así que dejó una luz de campaña que llevaba en su mano libre en el suelo, a una distancia prudencial de la chica pero lo suficientemente cerca para iluminar todo lo que quería ver, y la encendió.
La luz tardó un poco a llegar a su máxima potencia, pero Doyle pudo darse cuenta del miedo y nerviosismo que mostraban las otras dos chicas al poder ver lo que ocurría en el centro de la sala, al contrario de quien realmente quería ver con miedo, que permanecía con los ojos bien cerrados y sumida en una extraña calma, como si estuviera en trance. Pero eso no iba a durar demasiado.
— "Luz, más y más luz... más y más negro es nuestro pesar"* —declamó Doyle con fingida voz trágica. Calló un instante antes de aclarar en voz baja—. Aunque el pesar es más tuyo que mío. Yo sólo veo gozo.
La frente de la chica se llenó de arrugas, como si tratase de controlar el miedo que la amenazaba; sólo hubo un leve estremecimiento en sus hombros. Doyle quedó algo decepcionado: esperaba que la reacción de la chica a sus palabras fuera más espectacular. Ya que parecía que quería retarle una última vez, no iba a decepcionarla: subiría el listón. Se giró hacia las otras dos chicas; ambas tenían las manos tapándose los ojos.
— Ya conocéis las normas: si hacéis cualquier ruido, el que sea, seréis las siguientes —amenazó Doyle con un susurro inquietante—. ¿Entendido?
Las dos chicas asintieron rápidamente mientras se arrebujaban aún más en sí mismas. Doyle se permitió una sonrisa de superioridad al verlas tan sumisas y complacientes a sus caprichos. Se volvió hacia su verdadero objetivo y dedicó un momento a contemplarla con absoluta lujuria. Acto seguido, sacó lentamente un afilado cuchillo dentro de su vaina de detrás de sus pantalones y acarició lentamente el rostro de la chica con él. La chica permaneció inmóvil, si bien Doyle pudo ver que todos sus músculos se tensaban como cuerdas de piano.
— "¡Cuán alto es el precio! Mi enemigo es dueño de mi vida."** —susurró Doyle al oído de la chica, mientras que con el cuchillo mantenía el rostro de ella pegado al suyo—. Vamos, Julieta, repítelo en voz alta —la chica negó lentamente con la cabeza. Empezaba a ponerse pálida—. Dilo —repitió Doyle todavía en un susurro pero cargado de airada insistencia.
La chica volvió a negarse, más tensa y pálida que antes. Eso enfureció a Doyle. Se puso de rodillas al lado de la chica y lanzó la vaina del cuchillo a un lado con furia. Agarró a la chica por detrás del cuello con su mano libre mientras introducía el cuchillo por debajo de la camiseta de la chica y empezaba a desgarrarla lentamente con el filo del arma.
— "¡Cuán alto es el precio! Mi enemigo es dueño de mi vida.". Vamos, dilo —la media voz áspera y llena de rabia contenida de Doyle se confundía con el desgarro de la camiseta de la chica.
La chica se vino abajo como un castillo de naipes y lanzó un chillido agudo con todas sus fuerzas.
* * *
Pasillos oscuros. 16:43h
El grito incomprensible resonó y reverberó por todos los rincones de aquellos laberínticos sótanos, provocando un eco lúgubre que se apagó deprisa. Durante unos segundos todo permaneció en silencio.
Hotch se había quedado mirando al vacío, como si hubiese comprendido algo en aquel grito inconexo que Prentiss no había captado.
— Sam... —dijo Hotch sin aliento antes de salir corriendo de la guarida de Doyle.
— ¡Hotch! —Le llamó Prentiss a media voz yendo tras él.
Pero éste no se detuvo y siguió corriendo, internándose en los laberínticos pasillos, persiguiendo el origen de aquel grito. Prentiss corrió tras él, intentando no perderle de vista.
*
En otro pasillo, no muy lejos, Morgan y Reid también escucharon el angustioso grito. Habían estado siguiendo unas marcas recientes en el suelo empolvado de dos personas corriendo y que después, al parecer, habían regresado sobre sus pasos. Se miraron un momento y, antes que ninguno de los dos pudiera decir o hacer nada, una voz resonó en sus radios.
— ¿Qué ocurre ahí abajo? —Quien hablaba era el inspector Mattson.
— Hemos oído un grito —explicó Reid a toda prisa mientras seguía los pasos de Morgan, que trataba de descifrar donde se había producido el grito—. Necesitamos refuerzos aquí abajo. Sigan las pisadas que se vean en el polvo del suelo.
— Recibido.
Reid cortó la comunicación y se colocó al lado de Morgan para comprobar que, tras cada esquina que doblaban, el pasillo que seguían estaba despejado. Avanzaron con paso rápido y ágil, atentos a cualquier ruido.
* * *
Un sótano oscuro. 16:44h
— Ya puedes gritar todo lo que quieras —dijo Doyle a media voz con un tono que indicaba que su paciencia se estaba agotando—. Aquí no va a venir nadie a ayudarte.
Terminó de romper la camiseta con el cuchillo. La chica volvió a gritar mientras trataba frenéticamente liberarse de él a base de puntadas de pie. Doyle empezaba a hartarse de aquellos estallidos de gritos y golpes por parte de ella: o la ponía en vereda enseguida o todo lo que había estado soñando y anhelando se iría al traste.
Como seguía teniendo a la chica cogida por detrás del cuello, apretó aún más esa mano y tiró hacia atrás la cabeza de la chica para que cayera de espaldas al suelo, con los brazos por encima de su cabeza. La chica, esta vez, no gritó pero se revolvía tanto que un par de veces Doyle estuvo a punto de soltarla. Doyle le dio un puñetazo en la mejilla con la mano que sujetaba el cuchillo; la chica, del golpe, se quedó momentáneamente aturdida, cosa que aprovechó Doyle para sentarse a horcajadas sobre ella.
Ahora la chica ya no podía moverse; empezó a sollozar en silencio. Era el turno de Doyle para divertirse.
* * *
Pasillos oscuros. 16:45h
Hotch oyó unos pasos que se acercaban apresuradamente por un pasillo a su derecha. Ralentizó su carrera y levantó su arma y la linterna a la altura de sus ojos. Giró la última esquina y se encontró a Morgan y Reid de frente con idéntica posición a la suya. Los tres bajaron las armas al reconocerse. Un par de segundos más tarde, apareció Prentiss por detrás de Hotch, también con su arma preparada, que bajó al ver a los demás.
Hotch preguntó con un gesto a Morgan si habían oído los gritos. Morgan asintió y se dispuso a inspeccionar con una ojeada el lugar donde habían confluido todos. Era una pequeña sala donde desembocaban tres pasillos; el tercer pasillo no parecía llevar a ningún sitio, ya que terminaba a pocos metros de la sala en un minúsculo retrete, como bien pudo comprobar Prentiss. También había una puerta de metal ajustada. Por la rendija podía verse que dentro había una luz y sombras que se movían delante de ella; también se escapaban algunos tenues ruidos inconexos.
Hotch hizo un gesto con la cabeza a sus compañeros para que se acercaran lenta y sigilosamente a la puerta. Morgan se colocó para abrir la puerta con Hotch frente a él y el arma lista. Prentiss y Reid se situaron detrás de cada uno. Morgan miró un instante a Hotch antes de abrir la puerta de golpe.
* * *
Un sótano oscuro. 16:46h
El impacto de la puerta contra la pared hizo que Doyle levantara la cabeza, sorprendido. El cañón del arma de Hotch le apuntaba directamente a poca distancia.
— Doyle, aléjate de ella —dijo Hotch con frialdad.
Doyle no se movió ni un ápice: miraba fijamente a Hotch, aferrando con más fuerza el cuchillo. Reid, Prentiss y Morgan, a ambos lados de Hotch, también apuntaban a Doyle. Doyle bajó la mirada hacia Sam, que estaba inmóvil y tensa, atenta y pendiente a todo lo que ocurría a su alrededor.
— Deja el cuchillo y apártate de la chica, hijo de perra —masculló Morgan—. No tienes escapatoria.
Doyle volvió a alzar la cabeza y volvió a fijar la mirada en la de Hotch. Estuvieron escasos segundos observándose mutuamente, analizando las intenciones del otro. Doyle fue el primero en desviar los ojos, volviéndolos a fijar en Samantha.
— Suelta a la chica, Doyle —dijo Hotch—. Esto no es ninguna obra teatral.
Doyle volvió a mirar a Hotch, pero de una forma distinta. Todos se dieron cuenta y se pusieron en tensión.
— La obra no ha llegado a su final —replicó Doyle.
— Esto es el final, Doyle —aseguró Hotch, dando un paso hacia Doyle.
— "¡Oh, dulce puñal!" —Declamó Doyle con voz rota y aguda, levantando de repente el cuchillo por encima de su cabeza, dispuesto a clavarlo en el abdomen de Sam— "Soy tu morada. Descansa en mí. Dame la..."***.
El disparo de Hotch dejó a Doyle con la última palabra en la boca. Una de las chicas chilló. Doyle se quedó un instante erguido, con el rostro congestionado por el estupor y un orificio en la frente, antes de desplomarse hacia un lado, quedando parcialmente encima de Sam.
Todo el sótano quedó un segundo en silencio hasta que Sam soltó un sollozo ahogado, como si hubiera estado conteniendo la respiración. Hotch enfundó rápidamente su arma y se acercó al centro del sótano. Apartó el cuchillo de Doyle, más por procedimiento que por necesidad, y quitó el cuerpo de encima del de Sam, que lloraba convulsivamente.
— Somos nosotros, Sam —la tranquilizó Hotch, sabiendo que ella le había reconocido—. Todo ha terminado.
Morgan y Prentiss estaban con las otras dos chicas, hablándoles con palabras tranquilizadoras. Reid miró el sistema de cadenas y observó los candados que aprisionaban las tres chicas; se acercó al cuerpo de Doyle y buscó en sus bolsillos las llaves de los candados. Hotch ayudó a Sam a sentarse en el suelo e, impulsivamente, le pasó un brazo por los hombros para que se tranquilizara; Sam, inconscientemente, recostó su cabeza en el hombro de Hotch. Hotch miró a Reid, que ya había encontrado las llaves del candado, y le alargó su mano libre para que le diera las llaves. Buscó la llave correcta y liberó a Sam.
— Llévaselas a Morgan y Prentiss —le dijo Hotch a Reid, devolviéndole el manojo de llaves.
Reid asintió mientras oía pasos en los pasillos que corrían hacia ellos.
* Versos originales de Romeo and Juliet: "More light and light: more dark and dark our woes."
** Versos originales de Romeo and Juliet: "O dear account! My life is my foe's debt."
*** Versos originales de Romeo and Juliet: "O happy dagger! / This is thy sheath; there rust, and let me die."
