Jet privado. 00:41h.

El rugir del motor se oía apagado dentro del avión mientras las estrellas desfilaban por las ventanillas. Aunque todos los miembros del equipo estaban agotados, ninguno de ellos dormía. En la parte delantera, Morgan, Reid y JJ charlaban a media voz; JJ lucía un vendado en la cabeza, cosa que le aplastaba su larga cabellera rubia.

— En serio, Morgan, no sé como puedes aguantar todos los tortazos que recibes capturando criminales —dijo JJ con una sonrisa.

— Uno se acostumbra a los golpes —respondió Morgan también con una sonrisa—. Aunque aquí en la unidad no he recibido tantos como cuando era policía en Chicago.

— Es que siendo poli de calle tienes más probabilidades que te ataquen los delincuentes que frente a una mesa sentado en tu sillón —dijo Reid casi de sopetón.

— Ya salió el estadista —se burló Morgan.

— Ya... —suspiró JJ— Pero las estadísticas no te libran de ni de un ataque por sorpresa ni de un buen chichón en la cabeza —se tocó levemente la zona hinchada e hizo una mueca de dolor.

— En eso tienes razón —admitió Morgan—. Pero lo del ataque sorpresa, Doyle lo tenía muy bien planeado, ¿no?

— Sí —asintió Reid—. Hizo un fusible casero con aluminio, plomo y cinta aislante y lo conectó a la toma general del hotel; lo hizo de tal modo que pudo calcular antes de conectarlo que tendría tiempo suficiente para llegar hasta vuestra habitación. También cortó los cables del teléfono. Luego sólo tuvo que subir hasta la planta donde estabais y esperar que la electricidad se cortara.

— ¿Y cómo supo fabricar una cosa así? —Quiso saber JJ.

— Había estudiado electricidad y electrónica y en la fábrica donde había trabajaba se dedicaba a diseñar cuadros generales de luces para edificios en construcción —explicó Reid—; conocía a la perfección todos los elementos eléctricos y electrónicos que se usan actualmente.

— Como tú —señaló Morgan con burla mientras alborotaba el pelo del doctor.

Reid apartó con gestos bruscos y cara medio enojada la mano de su compañero. JJ reía por la situación.

— Muy gracioso, Morgan —replicó Reid con sarcasmo mientras trataba de recolocarse de nuevo el pelo.

JJ, de repente, puso mala cara, cerró los ojos y se puso una mano en la cabeza. Reid y Morgan se dieron cuenta.

— ¿Qué te pasa? —Preguntó Morgan, preocupado.

— La risa... —fue la respuesta de JJ— Al reírme he sacudido la cabeza y me he mareado un poco, eso es todo. Estoy bien —aseguró con una leve sonrisa en los labios.

— Mejor que duermas un rato —sugirió Reid.

— Sí, será lo mejor —asintió Morgan al tiempo que le daba una pequeña almohada a JJ—. Ya te despertaremos cuando aterricemos.

JJ se acomodó lo mejor que pudo en su asiento, puso la almohada a un lado y se recostó en ella. Al cabo de muy poco, estaba ya durmiendo. Reid y Morgan la observaron en silencio unos momentos.

— ¿Qué crees que quiso contarle Sam a Hotch cuando salimos de los sótanos de la fábrica? —Inquirió Morgan, curioso.

— Creo que había podido recordar donde había oído la voz de Doyle en la universidad —respondió Reid.

— ¿Ah sí? ¿Dónde?

— En un ensayo del grupo de teatro.

— ¿Cómo? —Morgan no comprendía nada— Pero si Sam no estaba en ninguna lista que nos facilitó el decano de la universidad.

— No, no estaba en el grupo de teatro —negó Reid—. Pero fue varias veces a los ensayos para pedirles los textos de algunas obras que no encontraba en ninguna parte para que la fundación que le pagaba los estudios le pasaran los textos a Braille; necesitaba esos textos para sus clases.

— Así coincidió con Doyle y éste pensó que encajaba en su perfil de posible Julieta, ¿no? —Dedujo Morgan.

— Sí —admitió Reid. Se revolvió, incómodo, en su asiento, como si hubiera recordado algo doloroso—. ¿Crees que Sam lo superará? El secuestro, quiero decir.

— Es más fuerte de lo que pensamos. Ya pasó por algo parecido, al perder a su padre y la vista. Tardará un tiempo, pero lo hará —Morgan miró a Reid a los ojos—. Igual que tú.

Reid hizo un leve asentimiento con la cabeza y giró la cabeza hacia la ventanilla.

*

Un poco más atrás estaban Hotch y Prentiss sentados uno frente a otro, en silencio. Prentiss paseaba, distraída, la mirada por el pedazo de noche que se veía por su ventanilla; Hotch escuchaba a medias la conversación con la barbilla apoyada en una mano.

— Doyle perdió parte de su poder y autoridad que alimentaban su ego cuando la fábrica cerró y tuvo que trabajar como empleado de mantenimiento en la universidad —dijo Prentiss con voz queda, apartando la mirada de la ventanilla y fijándola en su jefe.

Hotch asintió casi sin cambiar de posición.

— Y terminó de perderlos y le impulsó a secuestrar y matar cuando, al repartir los papeles de la obra de teatro que iban a representar cuando él se apuntó, no le dieron ningún papel protagonista —añadió Hotch—. No hace falta decir que la obra era...

Romeo y Julieta —Prentiss no tuvo ni que pensarlo dos veces—; por eso estaba tan obsesionado con esa obra. Fue el detonante que lo convirtió en asesino. Además, robaba el arsénico y los somníferos de los laboratorios de la universidad. Los frascos donde los han encontrado aún llevaban las etiquetas de la universidad. Como empleado de mantenimiento tenía acceso a todos los laboratorios y almacenes de la facultad.

Hotch volvió a asintir en silencio, sin mirarla, sumiéndose en sus propios pensamientos. Prentiss se irguió en su asiento, como preparándose para cambiar de tema.

— ¿Qué te hizo reaccionar de esa manera cuando oímos ese grito en los sótanos? Murmuraste "Sam" y saliste corriendo.

Hotch se volvió hacia Prentiss sin mostrar sorpresa alguna por la pregunta.

— Quien gritó fue Sam —respondió Hotch con voz queda—. ¿No entendiste qué gritó? —Prentiss le miró interrogativamente, esperando la respuesta— Gritó "Papá" —Hotch se sentó mejor en su asiento y miró de frente a Prentiss—. Lo primero que me dijo en el hospital fue que mi voz le recordaba a la de su padre; ahora es el único recuerdo que le queda de él.

— ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te lo dijo?

Hotch tardó un poco en responder.

— En Jack; no pude evitarlo —hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Pensé qué recuerdos conservaría mi hijo de mí si me pasase algo, si muriera, y si sería capaz de recordarlos tanto tiempo y con tanta nitidez como ha hecho Sam con los recuerdos de su padre.

— Por eso cuando Samantha gritó "Papá" en los sótanos... —empezó a decir Prentiss.

— Actué por instinto —le cortó Hotch.

— Te moviste por los mismos impulsos que cualquier otro padre. No hay nada de malo en ello.

— No, supongo que no —admitió Hotch con un suspiro después de un breve silencio—. Además, creo que Sam pensó que si yo oía ese grito, esa palabra, lo entendería; entendería que estaba en peligro y que debía ayudarla. Que debíamos ayudarla.

— Si hubiera gritado "Socorro" o "Ayuda", Doyle habría sospechado que estábamos más cerca de lo que él quería creer y pensar y la hubiera matado antes de que llegáramos; y quién sabe si también hubiera matado a las otras chicas. Pero Doyle estaba más ciego que la propia Sam: la subestimó y fue su perdición. Creo que ni tan siquiera se dio cuenta que Sam no veía.

— Es verdad; estaba ofuscado en su fantasía, pensando solamente en las palabras de Shakespeare y lo que éstas le inspiraban. Pero a veces, todos estamos más ciegos que cualquier ciego. Y Sam nos lo ha demostrado.

Los dos agentes guardaron silencio, agradeciendo el merecido descanso que se habían ganado. Prentiss cerró los ojos, soñolienta. Hotch, pero, no dejaba de pensar en la primera vez que vio los ojos de Sam. Eran unos ojos que nunca más verían una puesta de sol, el paso de las estaciones o el rostro de alguien amado, pero aún así transmitían miedo, esperanza, recuerdos, sueños... Pasado, presente, futuro... En definitiva, eran unos ojos que hablaban de vida.

Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón. (William Shakespeare)

The end.


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