El enfrentamiento de los mugiwara con las familias de los perjudicados está a punto de suceder… ¿qué ocurrirá?
Capítulo 5 - Reencuentro
Omei era un pueblo pequeño pero con bastantes casas dispersas a las afueras, y edificios de dos plantas en lo que sería la ciudad en sí. El suelo era empedrado salvo los caminos que llevaban a las casas de las inmediaciones, que eran de tierra.
Los mugiwara caminaban por la ciudad en silencio. No se veía un alma, y menos mal, porque daban una imagen un poco peligrosa.
Encaminaba la marcha Luffy, yendo por el centro de la calle como si fuera el amo del mundo y como si fuera a enfrentarse a su peor enemigo. A su lado caminaba Zoro, alto, corpulento, con sus inseparables katanas, sumido aún en sus pensamientos y sin saber qué decir exactamente a su familia; su expresión era tan seria que quien lo viera en ese momento seguramente escapaba corriendo. Nami y Robin caminaban tras los dos piratas observando con detenimiento la ciudad, sus tiendas cerradas, las casas cerradas a cal y canto… Y a la retaguardia iba Sanji, para proteger a sus chicas en caso de que pasara algo, porque con ellos en la ciudad nunca se sabía.
Sabían que en el pueblo no había ninguna base de la marina, por lo menos mientras Zoro vivió allí, y que la casa de la familia del espadachín era una de las que estaban a las afueras.
Se adentraron por una de las estrechas callejuelas y salieron a uno de los caminos polvorientos que llevaban a las granjas. Por ese camino se llegaba a la casa familiar de Roronoa Zoro.
- Tienes un pueblo muy bonito, espadachín – habló Robin para romper aquel tenso silencio. – ¿La casa de tu familia está muy lejos?
- Si no recuerdo mal está pasando la curva de allá delante – masculló señalando una enorme curva que describía el camino a unos 300 metros de dónde se encontraban en aquellos momentos.
- ¿Cómo son? – quiso saber Nami – Tu familia, me refiero. ¿Se tragarán esta farsa?
- No lo sé, espero que sí por mi bien.
- ¿Qué pasa si no se creen que Nami es tu prometida, Zoro? – preguntó Luffy.
- Intentarán casarme como sea con Arane. Pueden llegar a cualquier cosa con tal de cumplir la ley.
- Pues entonces tenéis que poneros tiernos delante de ellos – rió el capitán – así no habrá ninguna duda.
- ¡Luffy! – dijo alarmada la navegante - ¡que yo no me presté para eso!, ¡sólo me presté para hacer de prometida!, ¡y de p-a-l-a-b-r-a!
- Venga, Nami, si Zoro no está tan mal – siguió riendo a gusto.
- Luffy –intervino finalmente el espadachín – no necesito que hagas de celestina, gracias. Estoy seguro que el plan saldrá adelante.
-Creo que el capitán tiene razón – habló Robin – No estaría de más que os cogiérais por la cintura como por descuido u os acariciarais las manos, sería algo muy normal en una pareja de prometidos.
- ¡Robin! – Nami estaba escandalizada por todo lo que estaba oyendo. No sabía que sentía exactamente por su nakama pero no quería llegar a tales extremos. El plan empezaba a no gustarle demasiado. Se maldijo mil veces por aparecer tras la tormenta en el mar del Este.
- Navegante, espadachín… sabeis que tengo razón.
No dijeron nada, simplemente siguieron caminando hacia la casa de Zoro.
Una casa de dos plantas de piedra y de aspecto cuidado apareció ante ellos, la rodeaba un pequeño jardín repleto de flores y plantas. Las ventanas estaban cerradas, parecía que sus habitantes aún dormían.
- ¿Es aquí? – susurró Nami dirigiéndose hacia Zoro.
No contestó, simplemente hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
- ¡Uoooo, Zoro! – gritó entusiasmado Luffy con estrellitas brillantes en los ojos - ¡menuda casa tienes! – y salió disparado hacia la entrada principal.
- ¡Luffy! – lo llamó Nami, pero el capitán del Sunny no le hizo caso y siguió corriendo hasta llegar a la puerta cerrada de la casa.
Antes de que nadie pudiera decir esta boca es mía, Luffy abrió la puerta principal.
- ¡¿Pero qué narices haces, idiota?! – le gritó Sanji al ver que la puerta se abría sin dificultad alguna.
Corrieron hacia la casa sólo para descubrir que Luffy ya había entrado y gritaba a pleno pulmón.
- ¡Holaaaaa!, ¡familia de Zorooooo!
- ¡Luffy! – lo calló Nami de un sopapo, que acabó con el capitán en el suelo de la casa con un chichón en la cabeza.
Escucharon movimiento en el piso superior. Zoro se tensó a la espera de quién aparecería y de cómo lo recibirían. Los demás mugiwara también esperaban casi conteniendo la respiración.
La silueta de una mujer menuda vestida con un sencillo vestido azul y de larga cabellera oscura con hebras plateadas apareció en lo alto de la escalera. Clavó sus ojos oscuros en los intrusos que esperaban en su recibidor.
- ¿Qué quereis? – habló con un tono elevado y muy serio - ¿Por qué habeis irrumpido en mi casa? – parecía que no había reconocido al espadachín.
- ¿Quién es? – le susurró Nami a Zoro, que lo tenía al lado.
- Mi madre.
- ¿Es tu madre, Zoro? – casi gritó Luffy que había escuchado aquel intercambio de palabras.
La pregunta de Luffy llegó a oídos de la mujer, que clavó la vista en los muchachos de aspecto peligroso que esperaban de pie delante de la puerta. ¿Había escuchado bien?, ¿entre aquella gente se encontraba su hijo perdido? No podía creérselo. Había rezado durante años para que regresara, para que se casara con Arane y creara una familia en el pueblo. ¿Se habían cumplido sus deseos? Sabía que su hijo Zoro era un pirata, había visto los carteles de se busca, pero podía perdonárselo si había regresado.
Entonces uno de los muchachos le llamó la atención. Era muy alto, tenía el cabello verde, como su hijo, y llevaba 3 katanas. Algo le dijo que aquel joven era Zoro, siempre le habían gustado las espadas, pero sus ojos reflejaban un increíble frialdad.
- ¿Zoro? – se atrevió a preguntar empezando a bajar las escaleras.
- Hola, madre – la saludó el espadachín con un leve movimiento de cabeza.
- ¡Has vuelto! – gritó echándose a llorar, y ante el asombro de todos y cogiéndolos desprevenidos se arrojó a los brazos de Zoro. Éste la abrazó un instante antes de retroceder un par de pasos.
- ¡Cómo me alegro de verte!, ¡de ver que estás bien! – siguió la mujer secándose las lágrimas con la manga del vestido.
- Sólo estoy de paso, madre – la informó antes de que empezara a hacerse ideas extrañas.
- ¿De paso?, pero… pero…
- Sabes que soy pirata, ¿verdad? – ella hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza – Entonces te imaginarás que sólo he venido por algo urgente, no tengo pensado quedarme aquí.
- Pero… pero… ¿y Arane?
Nami rechinó los dientes al oir aquel nombre. Así que aún andaba en el pueblo y por lo que había dado a entender la mujer seguía bien soltera.
- Zoro, Arane te ha estado esperando todos estos años, sabía que regresarías, por lo menos tenía la misma esperanza que yo. – Guardó silencio un momento - ¿O acaso te has olvidado de que estais comprometidos desde la infancia?, sabes que tienes que casarte con ella por ley, ¿no es cierto?
Todos dejaron de respirar a la espera de la contestación del espadachín. Luffy quería contestar pero Sanji lo hizo callar gracias a un par de buenos coscorrones.
- No me puedo casar con Arane – fue la escueta respuesta de Zoro.
- ¡Estás obligado por ley! – se le enfrentó la madre - ¡No puedes negarte!
Nami no aguantó más y sin saber por qué iba a hacer algo semejante, dio un paso hasta quedar al lado de su nakama.
- Señora – habló educadamente la navegante con una sonrisa que intentaba ser cordial, aunque por dentro sentía que ardía de rabia – permita que me presente. Soy Nami, navegante del Thousand Sunny y nakama de Zoro.
- Mucho gusto, Nami.
- Verá, señora, Zoro no puede casarse con esa Arane porque está comprometido conmigo – y le cogió de la mano en un gesto efusivo, sintiendo la calidez de la piel del espadachín contra la suya.
- ¡¿Cómoooo?! – la mujer casi se desmaya de la impresión – pero… pero… Arane te ha estado esperando, no puedes hacerle algo semejante.
- Después de tantos años fuera debísteis imaginar que no iba a regresar, ¿no?
- Lo pensamos – reconoció – pero como sabíamos como era tu sentido de la orientación…
Aquella frase hizo que Luffy estallara en carcajadas. Así que Zoro siempre había sido así.
- Lo siento, madre, pero voy a casarme con Nami – aquellas palabras casi se le atragantan en la garganta. Seguía poniéndole los pelos de punta la idea de casarse.
- Arane no se lo merece, Zoro.
- Yo no pedí que me comprometiérais con ella. Ese compromiso está roto. Voy a casarme con otra mujer, y será mejor que lo asumais.
- Me has desilusionado, hijo – susurró la mujer – Has quebrantado las leyes de Omei. Esta familia dará que hablar. Será mejor que os marcheis ahora – y se giró hacia la escalera – Ah, y será mejor que se lo digas a Arane – y negando con la cabeza desapareció en el piso superior.
Los mugiwara salieron de la casa familiar de Zoro en silencio.
- Pues sí que se lo ha tomado mal - habló Nami.
- Ya os dije que no iba a ser tan fácil – dijo el espadachín.
- ¿Vamos junto Arane? – intervino Sanji, deseoso de conocer a esa enigmática joven.
- Será lo mejor.
Y sin saber qué pasaría volvieron a la ciudad para hacer frente a Arane y a la familia de ésta.
Continuará…
Espero que os haya gustado. Pronto el siguiente capítulo.
Gracias por los reviews.
