La desaparición de Nami ha dejado a los mugiwara sumergidos en la desesperación… ¿qué le pasará realmente?

Capítulo 13 – Las lágrimas de Nami

Los mugiwara estaban reunidos en la cocina del Sunny. Sanji estaba preparando un poco de café e infusiones para sus nakamas, incluso pensó en hacer algo de comer pero parecía que nadie tenía hambre, incluido Luffy.

- Zoro, ¿no escuchaste nada? – le preguntó Usopp al espadachín, que apoyado en la pared bebía en silencio directamente de una botella.

- No. Como ya os expliqué nos pusimos a dormir después de… bueno, al cabo de un rato. Yo me dormí enseguida e imagino que Nami también, estábamos agotados – medio sonrió al recordar la causa principal de su cansancio. – Aprovecharon que estábamos rendidos para secuestrarla.

- Es raro que navegante no despertara – habló Robin pensativa. – Seguramente la drogaron para que no armara alboroto y te despertara, a ti o a nosotros.

- Mataré a quién quiera que le haya hecho daño a Nami-san – casi rugió sanji mientras vaciaba el café recién hecho en una jarra de porcelana.

- Yo no voy a estar aquí de brazos cruzados esperando – masculló Zoro poniéndose en pie y dejando la botella vacía encima de la mesa.

- Nos estarán esperando, Zoro – dijo Luffy – Por una vez, tenemos que esperar. Yo también deseo echar ese sitio abajo pero nos arriesgamos a que le hagan daño a Nami si vamos sin un plan.

El espadachín miró a su capitán, cuando se ponía así de serio no parecía la misma persona.

- Y si tardamos a lo mejor cuando lleguemos ya es demasiado tarde.

- Te gusta de verdad, ¿eh, Zoro? – murmuró Luffy.

El espadachín no dijo nada, solamente se limitó a mirarlo un momento y salió a la cubierta.

- ¿Qué vamos a hacer, capitán? – quiso saber Robin. – Espadachín tiene razón, cuanto más tardemos más peligroso es para navegante.

- Ya lo sé – y quitándose el sombrero de paja se pasó una mano por su cabello negro.

En la casa de Arane, la muchacha rubia hablaba por un moshi-moshi con alguien. Su voz era baja, como para que nadie del servicio escuchara sin querer nada de aquella conversación. Parecía que ultimaba los detalles de la venta de Nami. Estuvo un buen rato escuchando en silencio con una media sonrisa, ¡por fin se iba a deshacer de aquella estúpida pelirroja!, ¡Zoro sería de ella después de tantos años!... estuvo a punto de soltar una carcajada pero se contuvo en el último momento.

- No se preocupe – susurró finalmente Arane – Para esta tarde tendré a esa chica preparada. Mande a gente fuerte para llevársela, está aún brava – y soltó una risita. – Les espero. Adiós – y colgó mostrando ahora una enorme sonrisa. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien.

"Maldita, maldita" – se decía Nami una y otra vez mientras daba vueltas en la pequeña habitación – "pero, ¿quién se cree que es?"

Había revisado cada cosa que había en el lugar, puertas de armarios, el suelo… todo. Pero parecía que sólo se podía salir por la puerta cerrada con llave.

Arane debía saber que antes de convertirse en uno de los piratas de los sombrero de paja había sido una ladrona porque cualquier objeto que pudiera haber utilizado como una ganzúa había desaparecido… en definitiva, que no había manera de abrir esa puerta a no ser que la echara abajo y ella no era lo suficientemente fuerte para algo así, aún si estuvieran Zoro, Luffy o Sanji, incluso Franky con uno de sus puñetazos… Se dejó caer en medio de la habitación y se tapó la cara con ambas manos.

"Chicos, ¿dónde estáis?" – se dijo notando como una lágrima salía de sus ojos marrones.

En aquel momento la puerta se abrió cogiendo a Nami desprevenida. Levantó la mirada, sobresaltada, y vio entrar a Arane cargada con unas prendas que dejó sobre una silla de madera.

- Por la tarde vendrán a buscarte – le dijo a Nami con una voz llena de odio y una media sonrisa. – Vístete con esto y no armes más alboroto. No tengo ganas de ordenar que te tranquilicen – la amenazó.

- Juro que te mataré por esto – le contestó poniéndose en pie la navegante y dando un paso hacia Arane.

- Detente – le ordenó la rubia. – No des un paso más. – no parecía asustada ante la cara de mala leche de la pelirroja.

Nami no le hizo caso, sólo pensaba en escapar de allí, en regresar junto a Zoro y los demás. ¿Por qué no la habían rescatado?, ¿qué mentira les habría dicho a sus nakamas? Sabía que hubieran echado la casa abajo si supieran que estaba allí retenida.

- ¿Qué has hecho con mis nakamas? – le dijo parándose a un palmo de la rubia.

- Se han marchado – Arane sonrió con suficiencia – Parece que no les importas demasiado.

- Eso te crees tú.

- De todas maneras es inútil. Ya he cerrado la venta. Esta tarde marcharás hacia tu nuevo hogar – y soltó una carcajada.

- ¿Me has vendido? – ahora estaba pasmada. Había pensado que todo era una mentira de la chica para meterle miedo y resultaba que ya lo había hecho.

- Allá te bajarán los humos – le dijo retrocediendo hacia la puerta, no se fiaba lo suficiente de la pirata como para darle la espalda. – Ya lo creo que sí.

- ¡Maldita hija de perra! – gritó lanzándose hacia la puerta, pero no llegó a tiempo. Arane había sido más rápida y había cerrado la puerta de un golpe.

- ¡Me acordaré de ti cuando me encuentre frente al altar con Zoro! – la oyó gritar riendo.

Nami se dejó resbalar por la puerta hasta acabar sentada en el suelo. La vista se le comenzó a poner borrosa y poco después las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. Dio rienda suelta a ese dolor y se desahogó como cuando era pequeña y habían matado a Belle-mere, llorando.

No podía ser cierto, ¿la había vendido como una esclava?, ¿con qué derecho? No le iba a poner las cosas tan fáciles. No se la llevarían tan fácilmente, antes montaría un buen escándalo, pero lo que Nami no sabía era que Arane ya había pensado en eso y tenía otro plan en marcha.

- Vamos, Zoro, intenta tranquilizarte – le dijo Sanji yendo junto un casi desquiciado espadachín que paseaba por la cubierta de césped.

Le clavó una mirada glacial, pero no dijo nada y siguió caminando. Estaba deseoso de ponerle las manos encima a la persona que había ideado secuestrar a Nami, no le entraba en la cabeza que la idea fuera de Arane, no podía ser, no podía ser tan cruel.

- Iremos esta noche – le dijo Sanji por enésima vez. – Romperemos unos huesos si hace falta.

- Romper unos huesos no me hará feliz, tendrán que rodar cabezas.

- Pues rodarán cabezas también, marimo.

- No quiero dejar a Nami tanto tiempo sola.

- Sabe defenderse. No le harán daño – o eso es lo que se repetía Sanji una y otra vez.

- ¿Cómo entraremos?, no nos dirán nada. Y no sabemos dónde la retienen.

- Haremos hablar al mayordomo, créeme – soltó el humo del cigarrillo lentamente – Ese sabe dónde está, y nos los dirá, oh sí que nos lo dirá.

Pero para cuando llegaran los mugiwara ya iba a ser demasiado tarde porque Nami ya había sido vendida.

Tras vestirse con la ropa que Arane le había llevado, la navegante esperó hasta que oyó pasos y palabras en voz baja. Ya se acercaban.

- Chicos, esta es – les dijo la rubia a un par de hombretones que la acompañaban. – Tened cuidado, es una gata que echa las uñas – y soltó una risita.

- No se preocupe, srta. Arane, enseguida será domesticada – habló uno de ellos con una risotada espeluznante.

Nami retrocedió. Estaba asustada, no se había esperado que Arane apareciera con esos hombres de aspecto tan peligroso. Supo que su estrategia de armarla no iba a surtir efecto. Le entraron ganas de echarse a llorar nuevamente. No sabía lo que había llorado, pero las lágrimas debían estar en reserva.

- No me toquéis – habló Nami intentando aparentar serenidad y alzando el mentón, desafiante.

- Vamos, gatita. Estarás muy bien con nuestro amo – habló uno de aquellos hombres acercándose a ella.

- ¡He dicho que no me toquéis! – e intentó darle una patada, pero el hombre la esquivó fácilmente.

- Mmm, eres salvaje, ¿eh? – rió mostrando unos diente blancos – El amo estará encantado contigo.

- ¡Yo no pertenezco a nadie! – gritó notando como los ojos volvían a llenársele de lágrimas.

- Ahora sí. Y por lo que veo ha hecho una muy buena compra.

Arane los observaba desde la puerta abierta, cruzada de brazos y con una sonrisa cínica en su atractivo rostro.

"Una competencia menos" – se dijo sonriendo – "Es bueno que papá tengo esta clase de amigos".

Minutos después Nami iba dormida en la parte de atrás de una carreta tapada con unas mantas para que nadie la viera, no querían testigos. Los dos hombres iban con mil ojos porque ya sabían que aquella pelirroja pertenecía a una peligrosa banda de piratas. No entendían cómo su amo había consentido en meterse en este lío. Los piratas la buscarían y cuando la encontraran ellos tendrían que luchar por su amo, algo que en aquellos momentos no les hacía mucha gracia.

La tarde estaba avanzada. Los sombrero de paja se encontraban en el Sunny acabando de prepararse para pelear con cualquiera que les amenazara. Iban dispuestos a todo.

- ¡Zoro! – se oyó desde el camino.

El espadachín se envaró al reconocer aquella voz. ¿Qué hacía allí?, ¿no había tenido bastante con la bienvenida?

Usopp y Sanji se miraron un momento al reconocer también aquella voz.

Se asomaron a la barandilla y vieron en el camino a una mujer menuda que se tapaba del frío del atardecer con un chal.

- ¿Madre? – habló Zoro incrédulo.

CONTINUARÁ…

Gracias por los reviews a Niebla, Ayame y Suigin Walker.

Niebla contrólate, que las pantallas de ordenador están caras… jajajaja. Y pronto habrá más lemon, no te preocupes, haber si también me inspiro para el siguiente XD.

Nos vemos.