CAPITULO 2
Diciembre de 1992
Había pasado otro curso y ya era casi Navidad. En el colegio había Operación Kilo y Belén Carmona, que siempre estaba en todos los saraos, se puso mala con anginas. Alguien la tenía que suplir en su turno de embalar alimentos, y la monja, la madre Esperanza, pensó en ella porque al fin y al cabo era tan buena estudiante que podía darse el lujo de perder una clase.
Cecilia, ahora en segundo de BUP, seguía obligada a llevar el uniforme, una falda tableada de cuadros escoceses en tonos azules, camisa blanca y calcetines y jersey del mismo color azul marino. Como todas y todos, estaba deseando llegar a COU para apear el dichoso uniforme y vestir de calle. En aquellos momentos, mientras avanzaba por el corredor hacia el cuarto donde acumulaban las cosas que habían llevado los alumnos para embalarlas en cajas que enviarían a los comedores de Cáritas, se iba arremangando los puños cuidadosamente, buscando deliberadamente que parecieran un tanto descuidados. Cuando terminó con ellos ya casi había llegado. Ocupó los últimos metros en recogerse la larga melena casi negra en una coleta. Al fin y al cabo, se suponía que iba a empaquetar, así que quería estar cómoda – se dijo mientras asía el pomo de la puerta. Pero no abrió inmediatamente porque, repentinamente, se dio cuenta de que ignoraba con quién compartiría la hora.
Abrió la puerta con cierta expectación que se desinfló inmediatamente. Allí, cerrando cajas con cinta de embalar, estaba ese chico. Lo conocía de vista, era el hermano de Inés, por tanto hijo de la hueso de físicas que le daba clase a Belén. Ricitos castaños y gafas, aspecto ni fu ni fa e inseparable del enano que se le declaró el año pasado sin saber ni cómo se llamaba. Hasta ahí, podía pasar. Pero lo peor era que lo ha visto también con el imbécil rubiales que se pensó que ella era una chica fácil y que se pasó mucho tiempo insinuando que debía ser de la otra acera, el muy patético, incapaz de digerir unas merecidas y bien dadas calabazas. Y lo que Cecilia no estaba dispuesta a tolerar era otro elemento de esa naturaleza. Sin poder contenerse, se puso tensa.
- Hola, Belén está enferma, vengo a suplirla.- saludó con voz seca mientras respiraba hondo preparándose para aguantar una hora con un presunto idiota. El chico levantaba la cabeza. Estaba despeinado y los faldones de la camisa, de rayitas, le asomaban por un lateral de los vaqueros, que llevaba un poco caídos por debajo de una incipiente tripa. Se tropezó con una caja cuando se acercó a saludarla, azorado. "Empezamos mal", pensó ella.
Alberto la contempló embelesado una décima de segundo, sin poder creer la suerte que había tenido y registrando a una velocidad increíble todos los cambios que ella había experimentado en un curso. Sus rasgos se habían afinado suavizando su mandíbula; aún había crecido un centímetro o dos mas; y su silueta, que seguía siendo delgada, era más definida, más de adulta, más de mujer. La conclusión de Alberto fue la mar de satisfactoria, al menos para él: pensó que, si cabía, estaba aún más guapa que el año anterior.
- Hola, me llamo Alberto. Tu eres Cecilia ¿No? ... – Comentó sin atreverse a darle un par de besos, mas que nada porque estaba semi encerrado entre enormes cajas de cartón medio llenas de comida.
- Ya se que eres…- Empezó a espetar Cecilia con el mismo tono seco que había comenzado empleando. Nervioso, y lejos de sentirse halagado porque supiera quién era, no la dejó terminar la frase.
- Ya… bueno, espero que mi madre no te las haya hecho pasar demasiado mal. Tiene fama de hueso.
- Tu madre no me ha dado clase nunca. Lo que te iba a decir es que ya sabía que eres el hermano de Inés-. Terminó ella tajante. El se quedó cortado, pero ella pareció no reparar en aquello y paseó la vista al entorno de paquetes y cajas a medio preparar.
- Ya has hecho parte del trabajo. Supongo que las has cerrado a conciencia -. Comentó mirando fijamente dos cajas cerradas con exceso de cinta de embalar y una tercera a medio llenar. Alberto alzó la mano en la que sostenía el aparato que servía para colocar la cinta adhesiva.
- Tenía un eje torcido. Me he dado cuenta después de cerrar la primera. Por eso me ha quedado tan mal.- Dijo posando la vista en la misma caja que Cecilia estaba mirando, un contenedor sólidamente cerrado con una cantidad ingente de cinta adhesiva que aparecía retorcida.
- Con la segunda, supongo, has tratado de arreglar el cacharro... – Añadió ella paseando la vista por otra caja cerrada bastante mejor que la primera.
- Prueba y error. Creo que ahora está más o menos bien el eje, aunque no creo que dure mucho.
Cecilia alzó una ceja, un gesto que él interpretó como de escepticismo. Pero ella en realidad lo que expresaba era asombro mientras intentaba recordar cuándo fue la última vez que un chico, nada más presentarse, había comenzado una charla de la manera más normal del mundo, tratándola como lo que era, una persona, en lugar de cómo un espécimen femenino con el que había que intentar ligar a toda costa.
En realidad, ninguno sabía hasta qué punto había acertado con el fondo del otro. Ella, por ejemplo, ignoraba que él tenía muy presente en esos momentos una mañana de septiembre de hacía mas de un año, en la que llegó a la conclusión de que no tenía sentido sumarse a la legión de tíos que intentaba llamar la atención de Cecilia como si fueran pavos reales. Y él, por su parte, desconocía por completo que precisamente esa actitud había despertado cierta curiosidad en ella.
- Bueno. Pues vamos a comprobar si tienes que volver a arreglar ese chisme.- Dijo ella al fin, mientras tomaba con resolución un paquete de lentejas y un cartón de leche. Alberto sonrió. Por los comentarios de su hermana, sabía que Cecilia podía ser sarcástica e incisiva. También había recordado que sacaba buenas notas y solía ser muy práctica. Algo le decía que formarían un estupendo equipo de embaladores de comida.
Durante más de dos horas, que se les hicieron a ambos un suspiro, estuvieron guardando comida en cajas como si llevaran haciéndolo muchísimo tiempo juntos. Cuando llegaron Patricia y Belén, las dos chicas que tenían el siguiente turno, Cecilia hasta casi lo lamentó, porque sin poder decir que se lo había pasado de cine, se había sentido cómoda.
Cecilia se sorprendió al descubrir, cuando sola enfilaba el pasillo que conducía a su clase, que se sentía diferente. No se daba cuenta realmente de lo que le estaba pasando. En realidad, lo que ella percibía claramente era que aquella naturalidad, que desde hacía cosa de un año sólo sentía realmente entre la familia, había vuelto a entrar en su vida de la mano del hermano de Inés. Y se sentó en su pupitre pensando que resultaba que aquel chico no había estado dándole la murga todo el tiempo intentando caerle bien. Alberto tampoco había intentado forzarla a ser locuaz y simpática. De hecho, hubo ratos que permanecieron en silencio, o simplemente pidiendo una bolsa de judías o un "pásame esa lata de espárragos". Sacó la carpeta recordando cómo le decía que la gente no llevaba casi dulces de Navidad, y que los necesitados también merecían unos turrones, en lugar de tanto arroz y tanto garbanzo, cosa que en su momento le pareció una chorrada y que ahora, que se le venía a la mente a saber por qué, le resultaba llena de sentido. A pesar de que tenía latín, una de sus asignaturas favoritas y de que el profesor le entregó un examen en el que había sacado un diez, le quedó un extraño run run por dentro que no fue capaz de acallar del todo durante el día… y un extrañísimo deseo de cruzarse por el pasillo con él, de intercambiar otro par de nimiedades, de comprobar esa primera impresión: que con ese chico se estaba bien.
Alberto, por su parte, se fue levitando mentalmente. Había pasado dos deliciosas horas a solas con la chica más guapa del colegio, la que mandó a la porra al guaperas de Mendoza. Claro que la parte racional de su cerebro le recordaba con una tenue vocecita que había pasado dos horas empaquetando comida, entre sudores, bolsas y cajas y hablando poquísimo. Y que se habían despedido con un simple "bueno, vale, esto ya está". Pero daba igual, dos horas para él que otros no habían tenido ni tendrían jamás. Y además, nada indicaba que ella no quisiera volver a hablar con él.
Durante el resto del día el destino, misteriosamente, se empeñó en que se cruzaran por los pasillos una y otra vez, cuando durante meses ni se habían avistado en la lejanía. La última de todas ocurrió cuando se marchaban a casa. Alberto sabía que Cecilia tenía una hermana menor, y que siempre se iban juntas. Además, vivía en la dirección contraria a la suya. No se atrevió a ofrecerse a acompañarlas un poco, pero se ganó una dulce risa de Cecilia, divertida.
- ¡Vaya! Parece que hoy nos tenemos que ver a todas horas. ¡Hasta mañana, Alberto!
Y con la voz de ella pronunciando su nombre en sus oídos, con una sonrisa de oreja a oreja en los labios y aquel prometedor "hasta mañana" Alberto se fue a casa deseando que al día siguiente medio colegio estuviera con anginas.
