Aviso: Potterverso sorg-expandido. No encontrarás personajes de Rowling, sino la sociedad mágica española, donde la magia funciona bajo los mismos parámetros mágicos pero el resto, incluida la educación, es diferente a la inglesa ¿por qué tenía que ser igual?

Dramatis Personae de capítulo:

- Cecilia y Alberto, of course.

- Almudena: la atribulada hermana menor de Cecilia.

- Ana: la madre de ambas, que ve con resignación como mientras se atisba la salida de la adolescencia de su hija mayor, la de la segunda ya se anuncia.

Capítulo 3

En otras ocasiones, pensar en una chica le había distraído un montón de sus estudios. Sin embargo, esta vez fue un acicate para estudiar el examen de Lengua y Literatura Española, una asignatura que no le gustaba nada. Alberto se fue a la cama a las diez y media más satisfecho que nunca consigo mismo, dedicó un último pensamiento agradecido a su musa y se durmió profundamente, sumido en un hermoso sueño en el que, por supuesto, ella era la protagonista.

Cecilia, por su parte, no tuvo tanto tiempo para acordarse de lo que le había sucedido aquel día. A medio camino de casa, su hermana cayó en la cuenta de que se había dejado en el colegio el cuaderno con los deberes de inglés, así que tuvieron que dar media vuelta y volverse a toda prisa, para a continuación convencer a la malencarada monja de la portería para que la dejara subir a clase. Cecilia se quedó en la portería, sentada en una silla junto a la enorme mochila de su hermana pequeña. De repente pensó que era demasiado mamotreto para una cría de séptimo de EGB, y sin pensárselo dos veces la abrió.

Almudena llevaba dentro todo lo que se suponía que debía llevar, excepto, claro está, el cuaderno de Inglés que se había dejado en clase. Estaban los libros, la carpeta, el estuche.... y un grueso volumen con un marcapáginas que lucía en la portada en gruesas letras Obras Completas de Emilio Salgari. Cecilia observó en el canto la referencia de la biblioteca del colegio y a continuación abrió la página de respeto, donde la monja bibliotecaria pegaba con pegamento de barra una hoja en la que iban constando los nombres de los lectores y las fechas de préstamo y de devolución. Bajó la vista hasta la última fila escrita, en la que figuraba el nombre de su hermana y el lunes de aquella semana como fecha en la que había sacado el libro. Alzó las cejas sorprendida del cálculo. ¿Era posible que en cuatro días Almudena se hubiera leído dos tercios de un volumen de unas ochocientas páginas?

- ¡Qué haces!

La voz irritada de Almudena la hizo levantar la vista. Su hermana, con el rostro colorado y la respiración jadeante de haber subido y bajado corriendo, la miraba con expresión furiosa mientras aferraba entre sus brazos el dichoso cuaderno.

- ¿Te has leído todo esto desde el lunes?

- ¡No tienes derecho a mirar dentro de mi mochila!

Cecilia tuvo que conceder que Almudena tenía razón.

- Pesa como un demonio.

- Eso no te autoriza a cotillear. – Almudena, ahora roja de ira, bajó la cabeza y metió dentro de la enorme mochila su cuaderno con manos temblorosas. Cecilia, sin decir nada, le tendió las Obras Completas, que ella se apresuró a guardar para a continuación, y no sin trabajo, cerrar la cremallera.

Las dos hermanas volvieron a salir del colegio sin hablarse. Habían avanzado una manzana cuando Cecilia volvió a la carga, constatando que aquello era demasiado peso para una cría menudita y flacucha como su hermana.

- ¿De veras te has leído dos tercios del libro?

- Si ¿Qué pasa? – Espetó Almudena enfadada.

- Es que es muchísimo. Y no te lo he visto en casa.

- En casa casi no tengo tiempo, con los deberes del colegio y de las clases de magia...- Contestó Almudena casi en un murmullo mientras aceleraba el paso.

La educación mágica española era dura, porque se simultaneaba con la muggle. Aunque se comenzara a los siete años y existieran campamentos mágicos de verano, requería sacrificios que, sobre todo a ciertas edades, podían convertirse en una pesada carga.

- Entonces ¿Cuándo lees?

- En ratos libres, en el cole.

- ¿Dedicas los recreos a leer?

- ¿Qué tiene de malo?

Para Cecilia, con sus casi dieciséis años, aquello podía tener mucho de malo. Porque a su edad la amistad ocupaba un lugar central en la vida, y los mejores momentos de compartir confidencias eran precisamente los recreos y los diez minutos de los cambios de clase.

- ¿Y tus amigas? -. Preguntó empezando a preocuparse.

- Las niñas hablan de cosas que no me interesan...

Cecilia se paró en seco y miró fijamente a su hermana menor. No le había pasado desapercibido que no había mencionado la palabra "amigas". Algo pasaba con Almudena y no le gustaba nada, nada.

- ¿De qué hablan?

Almudena suspiró.

- Últimamente, hablan de un montón de actores y cantantes, de películas que mamá no me dejaría ir a ver, aunque tampoco me interesan mucho, y también de ropa... sobre todo de ropa interior... y de niños...

Cecilia, por primera vez en su vida, empezaba a darse cuenta de cómo se percibe la adolescencia desde fuera, señal inequívoca, aunque ella no lo sabía, de que empezaba a cerrar la suya propia para acomodarse en una juventud ya adulta.

- ¿No hay otras niñas que no tengan esos intereses? -. Preguntó sorprendiéndose a sí misma por el tono de madurez que salía de sus propias palabras.

- Algunas, pero son todas unas idiotas. Y está esa tonta de Maite Losada, que me llama enana a todas horas...

A estas alturas, Cecilia se dio cuenta de que su hermana estaba a punto de echarse a llorar, así que le echó el brazo protectoramente sobre el hombro.

- Así que lo que les pasa es que ahora parecen extraterrestres.

Almudena asintió con la cabeza y añadió - Y además, tienen la regla.

- Todavía no has cumplido los trece años. A mi me ocurrió a esa edad, igual que a mamá. Debe ser cosa de familia, no creo que debas preocuparte. Además, piensa en la cantidad de engorros que te quitas.

Pero convencer a Almudena en ese momento no era tarea fácil.

- Es que me llaman enana.

- Tu vas a crecer durante más tiempo que ellas.

Almudena no dijo nada. Las dos se limitaron a llegar a casa, cada una sumida en sus pensamientos. La mayor, casi con cargo de conciencia, pensando que quizás, solamente quizás, durante los últimos años había prestado poca atención a su hermana pequeña, y la pequeña envuelta en sus miserias. Cuando llegaron a casa, su madre se dedicó a perseguir a Almudena para que merendara mientras Cecilia se ponía un chándal viejo y sacaba los libros para estudiar. Fue entonces cuando le vino a la mente Alberto. ¿Qué haría él ante una situación así? Fue un pensamiento extrañísimo, porque por un momento se lo imaginó como padre de una pre púber. Y ella se imaginó en el papel de madre. Inmediatamente pensó que aquello era una tontería y se levantó dispuesta a hablar con su madre.

- Tengo ojos en la cara, Cecilia. Ya me he dado cuenta de que tu hermana, hace por lo menos un año que es la más baja de la clase. Pero, como tu bien dices, está muy aniñada.- Dijo su madre mientras trajinaba en la cocina.

- Ya se que ya crecerá. Y además se puede poner tacones cuando sea mayor. Pero es que se siente un bicho verde, y se dedica durante los recreos a leer, en lugar de jugar o hablar con sus amigas.

Ana, la madre de Cecilia, suspiró.

- Llegan las vacaciones de Navidad. Hablaré con tu tía Amaia, a ver si Lucía puede quedarse con nosotros. Siempre se han llevado muy bien.- Dijo Ana dejando delante de su hija mayor un tazón de Colacao caliente que Cecilia se apresuró a rodear con ambas manos para sentir el reconfortante calorcito.

- ¿Crees que eso es una solución? -. Preguntó al cabo de unos instantes.

- Temporal. Pero precisamente, lo que necesita Almudena es que pase el tiempo. ¡Afortunada ella! Es justamente lo contrario de lo que nos pasa a los demás, que parece que se nos escapa entre los dedos.

La tía Amaia era la hermana mayor de la madre de Cecilia. Tenía dos mellizos, chico y chica, ambos de la misma edad que Almudena. Lucía, la niña, desde siempre había hecho muy buenas migas con su prima Almudena.

- Creo que debería prestarle un poco más de atención. Me parece que hace tiempo que no le hago mucho caso-. Reflexionó Cecilia en voz alta. Ana sonrió a su hija mayor.

- Almudena era un bebé diminuto que costaba horrores que durmiera. Tu padre y yo estábamos agotados y casi desesperados, y cuando al fin la habíamos dormido, apareciste tu, un repollo de tres años, más parlanchina que una cotorra, y mirando con deleite a tu hermana en su capazo nos soltaste que hasta que ella había nacido tu no sabías lo que era querer.

Cecilia estuvo a punto de atragantarse.

- ¿Esa cursilada la solté yo?

Ana se echó a reír.

- Eras muy redicha. Pero nos hizo gracia.

- Creo que a mi me habría sentado mal.

- Ya, pero tu padre y yo estábamos absolutamente derrengados. Fue difícil de criar.

- ¡Pobre Almudena!

- No, nada de pobre. Es una niña afortunada y más fuerte de lo que parece. Nadie puede saltarse la adolescencia. Estaremos ahí, pasando el trago con ella, aunque a ella le parezca otra cosa, como hemos hecho contigo. Y seguiremos haciendo, señorita, que aunque no te lo creas, la tuya aún dará algún coletazo.

Cecilia se llevó el tazón a los labios sorprendida de sí misma y de haber tenido una charla en la que su madre la había considerado plenamente adulta. O casi. Volvió a sus quehaceres escolares algo más reconfortada... Y de repente volvió de fondo aquel agradable run run...

El día siguiente amaneció para Alberto bastante problemático. Su maravilloso sueño en el que conquistaba el corazón de su amada, había tenido sus consecuencias propias de la edad. Afortunadamente era viernes, el día que Antonia, la señora que se encargaba de las tareas domésticas, cambiaba las sábanas, así que él mismo las retiró y las metió en la lavadora. Por otra parte, no había soñado ninguna barbaridad ni nada salido de madre como le había ocurrido otras veces dejándole el corazón un poco encogido. Por primera vez en su vida, uno de aquellos sueños eróticos había sido, sobre todo, un sueño de amor.

En casa de Cecilia, por otro lado, la mañana presagiaba un buen día. Almudena se había levantado contenta y risueña, y ella había recordado que los voluntarios de la operación Kilo estaban invitados a una merendola a la hora del recreo en el comedor del colegio. Patatas fritas y coca-cola, como siempre, nada del otro jueves, pero lo bueno era que, casi seguro, que allí vería a Alberto.