Aviso: Potterverso sorg-expandido. No encontrarás personajes de JK Rowling, salvo quizá algún cameo, ni la sociedad mágica inglesa. Esto es la Magia Española y cómo se organiza, que no es igual que la británica ¿por qué habría de serlo?
Dramatis Personae del capítulo:
- Cecilia y Alberto: claro, es su historia.
- Inés: la hermana de Alberto.
- Patricia y Belén: un par de simpáticas adolescentes amigas de las arriba mencionadas. La Belén de las anginas es otra.
Capítulo 4
Patricia y Belén, las dos chicas que habían hecho el turno siguiente, contaban entre carcajadas cómo se les había roto la máquina para poner la cinta adhesiva de embalar. Cecilia no dijo nada. Se limitó a sonreír, divertida y cómplice. Había ocurrido tal y como Alberto había predicho.
- Si le hubiera pasado a mi hermano seguro que lo apaña.- Dijo Inés resistiendo a duras penas verse irremisiblemente arrastrada por la marea de carcajadas -. Siempre lo arregla todo.
- Por eso será que va para ingeniero-. Casi gritó Patricia-. Por cierto, que ahí está. Llámalo, Inés.
La hermana de Alberto levantó la mano y le hizo una seña. El sonrió y empezó a sortear grupos de chavales con coca- colas y patatas.
- Hola, Alberto-. Voceó Patricia, aún a distancia. Mientras, Belén preguntaba también a media voz si iban a quedar esa tarde. Como era viernes, no había clases después de comer.
- Yo tengo que ir con mi madre de tiendas.- Decía Inés a la vez que su hermano se situaba junto a ella, a tiempo para oír cómo quedaba la cosa.
- Y yo me tengo que quedar con el enano de mi hermano-. Soltó Patricia.
- Entonces hablamos el sábado.
Las cuatro asintieron con la cabeza mientras Alberto las observaba sin perder detalle. Sobre todo de una de ellas.
De alguna manera, la conversación se desgajó en dos partes. Patricia y Belén, por un lado, seguían erre que erre contando tonterías y riendo a carcajadas, mientras Inés, sorprendida, observaba a su hermano y a Cecilia. Los dos hablaban con voz queda mirándose fijamente, un intercambio de miradas que a la chica le resultó significativo. Inés quería a su hermano y no le caía mal Cecilia, así que, en cuanto vio la ocasión, enganchó a cada una de sus amigas por un brazo.
- Acompañadme un momento-. Murmuró procurando que la pareja en ciernes no se diera cuenta.
- ¿Qué pasa? -. Preguntó Patricia a voz en grito.
- ¡Shhh!-. chistó Inés arrastrándolas lejos de la pareja.- ¡Ahora volvemos! -. Les gritó a modo de despedida. Probablemente, ellos ni se enteraron.
- ¡Qué pasa! -. Esta vez, las dos chicas corearon la misma frase. Inés puso los brazos en jarras.
- ¿No os habéis dado cuenta? ¡Están ligando!
- ¡Qué dices! ¿Tu hermano y Cecilia?
- Mira tu misma ¡Pero disimula, tía, que se van a dar cuenta!
Patricia oteó entre la multitud. Los dos chicos seguían como los habían dejado, hablando tranquilamente, sin dejar de mirarse a los ojos.
- ¡Ostras!
Las dos amigas de Inés volvieron a partirse de risa. Inés esperó cinco largos minutos hasta que el ataque de hilaridad pasó.
- Y ahora ¿qué hacemos? -. Dijo Patricia mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo.
Inés miró el reloj.
- Dejarles otros cinco minutos y después volver a aparecer. Esta fiesta termina dentro de diez.
- ¿Y por qué no desaparecemos del todo? Al fin y al cabo, me parece que no nos van a echar de menos-. Belén empezó a reírse otra vez y arrastró a Patricia.
- Porque queda feo, tía.- Dijo Inés un poco enfadada.
Patricia y Belén la cogieron cada una de un brazo.
- Lo que queda feo es que volvamos para interrumpirlos-. Dijo Belén divertida.
Inés, a regañadientes, tuvo que reconocer que tal vez tendrían razón.
Cecilia, por su parte, había roto el fuego contando a Alberto lo que les había pasado a sus compañeras y el comentario de Patricia sobre su capacidad para arreglar cosas. Los dos también se habían reído, pero a diferencia de las dos chicas, no lo hicieron con fuertes carcajadas. Después se enteró de que Alberto lo que quería estudiar era ingeniería informática y que disfrutaba haciendo programas en un IBM con pantalla oscura y letras verdes que tenía en su casa.
- Pues yo todavía no se qué quiero estudiar.- Comentó Cecilia-. Pero me parece que no me va la ingeniería-. Claro estaba que el tipo de ingeniería a la que Cecilia se refería había producido, entre otras cosas, la red Glu que permitía a los magos desplazarse por los sistemas de calefacción de las grandes ciudades como Madrid o el 3M, el metro mágico de la capital. Estuvo a punto de decirle que su abuelo era ingeniero, pero se mordió la lengua. Si el chico empezaba a preguntar detalles ¿cómo iba a explicarle?
- ¡Bueno, chicos! -. El vozarrón del jefe de estudios resonó por encima de las voces de aquella muchedumbre apartando a Cecilia de aquel escollo que contemplaba delante de sí misma y que, por primera vez, se planteaba cómo sortear sin tener que mentir descaradamente-. ¡Todos habéis hecho un estupendo trabajo, y esperamos que lo hayáis pasado bien!
Los chavales prorrumpieron en una salva de aplausos y silbidos. Cuando se acallaron un poco, el jefe de estudios retomó su papel.
- ¡Pero lamento deciros que es hora de volver a clase!
- ¡OHHHHHH! -. Volvieron a corear como una sola voz. Perezosamente y a regañadientes, los grupos empezaron a caminar hacia la puerta del comedor. Alberto aprovechó que el ambiente se despejaba un poco.
- Esto... Cecilia... ¿Quieres venir conmigo al cine esta tarde?
Cecilia alzó una ceja. Parecía poco impresionada, incluso sorprendida, pero por dentro el corazón le latía con fuerza. Alberto se inquietó un poco, pensando que tal vez a ella le había parecido demasiado atrevido.
- Bueno, como no vais a quedar esta tarde... para celebrar que nosotros superamos la prueba del chisme... -. Empezó a justificarse. No podía evitar sentirse la mar de ridículo. De repente le pareció evidente que Cecilia contestara con una negativa, y sólo le cupo esperar no ponerse colorado.
Cecilia no se esperaba aquella excusa, ni tampoco la cara que Alberto estaba poniendo, y se echó a reír.
- Un exitazo, Alberto. Un exitazo. Mira por donde, es nuestro futuro. ¡Empaquetadores de comida!
Alberto se rió con timidez, inseguro sobre si eso era un sí o un no con tomadura de pelo incluida.
- Vale-. Dijo ella de pronto con una calma pasmosa y una sonrisa capaz de derretir el iceberg que mandó a pique al Titanic.- Pero tendrá que ser la primera sesión. Mis padres salen a cenar esta noche, y no puedo volver tarde.
El corazón le dio un brinco al chico.
- Vale. ¿Qué quieres ir a ver?
- No se qué ponen. Podemos mirarlo esta tarde.
- Muy bien. Esto... ¿te importa darme tu teléfono? Para terminar de quedar...
Cecilia le dio su número, apuntado en una servilleta de papel que Alberto guardó cuidadosamente en el bolsillo de la camisa, emocionado. Alberto no tenía una gota de sangre mágica, por tanto no tenía, o se suponía que no tenía, ni una sola gota de vidente. No sabía que conservaría aquella servilleta, en su cartera, durante mucho, mucho tiempo. Pero intuía que aquel birrioso papel contenía algo trascendente.
