Dramatis Personae del capítulo:

- Alberto y Cecilia, of course.

- Almudena y Lucía, la hermana de la anterior y su prima.

- Ana y Amaia, la madre y la tía.

- Los abuelos de Cecilia.

- La madre de Alberto.

Aviso: Potterverso Sorgexpandido. No encontrarás ni a Harry ni a ninguno de sus compañeros del abultado reparto por aquí.

CAPITULO 5

Cuando Cecilia y Almudena llegaron a casa aquel viernes se encontraron con cierta algarabía. Su madre se había dado prisa en sus gestiones, y allí estaba su tía Amaia, sentada a la mesa de la cocina tomando café con su hermana, y Lucía, la prima de ambas, acompañada de un enorme bolsón de viaje. Almudena puso una enorme sonrisa de oreja a oreja, se desprendió del enorme mochilón y corrió a abrazar a su prima favorita, que también estaba encantadísima de encontrarse allí, mientras Cecilia, más formal puesto que era la mayor, se acercaba a besar a su tía.

- Estás monísima, sobrina-. Dijo Amaia sonriendo mientras Cecilia reparaba en algo que siempre había estado delante de sus narices: las dos hermanas se parecían mucho, si bien la tía Amaia tenía el pelo muy rubio y los ojos del mismo color azul oscuro y brillante del abuelo Santiago, mientras que Ana, su madre, tenía el pelo más tirando a castaño y los ojos marrón verdoso de la abuela. Las diferencias entre su hermana y ella, en cambio, eran más acusadas, ella se parecía más a su abuela paterna mientras que Almudena era más como su madre. Y pensando en aquello desvió la mirada hacia su hermana y su prima y el corazón se le encogió: Lucía sacaba su buena media cabeza a su hermana, aunque su aspecto y maneras eran igualmente aniñados. Totalmente ajena a la preocupación de su hermana mayor por su incipiente complejo de baja, una excitada Almudena ya estaba intentando ayudar a Lucía a trasladar el equipaje hasta su cuarto.

- Tranquilas. Ya lo haremos nosotras-. Dijo la tía Amaia sacando su varita.

- Mándalo al cuarto de Almudena, como siempre-. Dijo Ana. Y la tía de Cecilia murmuró tranquilamente "trasládate" mientras apuntaba con su vara al equipaje, el cual procedió a desaparecerse obedientemente con una especie de "puff". Las niñas entonces salieron corriendo al cuarto de Almudena.

- Lucía se va a quedar aquí parte de las vacaciones-. Explicó Ana a su hija mayor.

- ¿No tiene colegio el lunes?

- Si -. Dijo su tía tranquilamente mientras se llevaba la taza de café a los labios.

- ¿Y no va a ir?

- ¿Quién te ha dicho que no va a ir? -. Preguntó su tía sonriente. Cuando se reía, se le hacían hoyuelos en las mejillas. Cecilia alzó una ceja, comprendiendo. Sus tíos vivían en un caserío del norte de Navarra, pero eso, obviamente, siendo lo que era la tía Amaia, no era ningún obstáculo para que Lucía no perdiese clase. El tío Fernando, por su parte, era chef. Cecilia cayó en cuenta, por segunda vez en aquella tarde, de otra cosa que siempre había estado ahí, delante de sus narices: su tía era la única de la familia casada con un muggle. Y por lo que ella sabía eran un matrimonio feliz. El tío Fernando hacía muchas bromas alusivas a la brujería. Por ejemplo, le encantaba decir que la bruja moderna debía abandonar la escoba y pasarse a la aspiradora. O que en la era de la imagen la pinta de anciana horrible, verruga peluda incluida, estaba totalmente fuera de lugar, y lo que se llevaba era el aspecto despampanante. Eso lo solía decir mirando de arriba abajo sin ningún recato a su tía, la cual, invariablemente, soltaba una buena carcajada.

El sonoro timbrazo del teléfono la sacó de sus elucubraciones. Como una flecha, abandonó la cocina voceando, para que las pequeñas también la oyeran, que "ya lo cogía ella". Y se alegró, porque era Alberto. Aunque la charla duró muy poco, el tiempo necesario para acordar la película, el cine, que estaba cerca de la casa de ambos, y que pasaría por ella a las cuatro y media. Cecilia colgó el teléfono y miró el reloj. Se llevó un buen susto. Eran las cuatro menos cuarto. Salió disparada hacia su cuarto, tropezando con su madre que preguntaba quién había llamado. "Era para mi", se limitó a contestar.

Media hora más tarde ¡Por fin! se daba el visto bueno en el espejo de la puerta interior de su armario. Se había puesto una falda, medias negras, zapatos con un poco de tacón y una pashmina que estuvo colocando y colocando alrededor del cuello durante varios minutos hasta que le satisfizo. Y se había pintado ligeramente el rostro: un maquillaje muy, muy suave, un poco de color, una sombra azul que realzaba sus ojos y brillo en los labios. Se dio el visto bueno y cogió el chaquetón.

Cuando salió del cuarto faltaban diez minutos para la hora. No calculó que en ese tiempo podían pasar muchas cosas. En primer lugar, se topó con los comentarios de la hermana y la primita.

- ¿Has quedado con un chico? -. Soltó Lucía tan campante.

- ¿Por qué te has pintado? -. Preguntó a la vez Almudena.

Si a las dos niñas plantadas frente a ella e interrogadoras como si fueran agentes de la CIA, se añadía el run run que empezaba a intensificar su presencia en su interior, el resultado, aún tratándose de Cecilia, la adolescente con nervios de acero, podía ser explosivo.

- ¡Dejadme pasar! -. Gritó. Al instante lo lamentó, porque ya estaban allí su madre y su tía, alertas a lo que pudiera estar pasando.

- ¡Caramba, sobrina! Te has puesto muy mona.

- ¿Dónde vas, Cecilia? -. Su madre no se anduvo con chiquitas. Cecilia suspiró resignada. La habían interceptado antes de irse, así que ahora tendría que responder al "formulario" habitual materno.

- Voy al cine. Estaré aquí antes de que os marchéis. No me he olvidado de que salís a cenar-. Dijo muy deprisa mientras intentaba sortear a su madre. Pero ella no se dio por aludida.

- ¿Qué película vais a ver?

- Una de ciencia ficción que ponen en los multicines de aquí al lado.- contestó otra vez muy deprisa.

- ¿Quiénes vais?

Ahí, la precaria calma de Cecilia se tambaleó.

- Ehhh-. Cecilia sopesó la contestación -. Es... los que hemos estado con lo de la operación kilo...íbamos a quedar... Belén Martín, Patricia e Inés al final no podían, así que...-. dijo atropelladamente. Afortunadamente, en ese momento sonó el timbre del telefonillo y Cecilia, viendo el cielo abierto, murmuró que era para ella y salió disparada como una flecha. Por supuesto, no tenía un ojo en el cogote, pero a pesar de ello estaba absolutamente segura del tipo de mirada que su tía y su madre se estaban intercambiando. Y además oía las risitas de su hermana y de su prima. Bajó las escaleras corriendo a toda velocidad, a pesar de los zapatos de tacón, y eso que eran siete pisos.

Alberto esperaba abajo, en la calle, enfundado en una cazadora acolchada, unos pantalones de pana fina que su madre le había comprado hacía un mes y que hasta entonces habían quedado olvidados en una percha en el armario, y zapatos mocasines en lugar de sus habituales deportivas. Todo había sido culpa de Inés. Cuando colgó el teléfono, satisfecho de la vida, su hermana se le encaró.

- ¿Vas a salir, Alberto?

- Si -. Contestó lacónico.

- Con una chica ¿verdad?

- Eso, perdona que te diga, pertenece al ámbito de mi vida privada.

- Vale -. Dijo Inés apoyándose en el quicio de la puerta del dormitorio de su hermano -. Si yo fuera tu, y tuviera una cita con una chica, una especialmente guapa, querría estar bien -. Y sin más, Inés se dio media vuelta y enfiló hacia su cuarto.

- ¡Espera! -. Gritó Alberto.

Y así, Inés rescató los pantalones, los zapatos y le hizo cambiar la camisa y el jersey. Lo que sí fue cosa de Alberto fue el afeitado. Todavía bastante gente llevaba las barbitas de dos días, pero por alguna razón, sospechó que igual a Cecilia los pelos en la cara no le gustaban. Concienzudamente, estuvo diez largos minutos rasurándose cuidadosamente las mejillas y combatiendo ferozmente los pelos de alrededor de su nuez y de la base del cuello, que eran los especialmente recalcitrantes. Concluyó echándose un after shave de su padre sobre una piel que no tenía nada que envidiar a la de un bebé.

Cuando su madre lo vio listo para salir de casa, simplemente preguntó divertida "¿Quién es la afortunada?". Alberto se puso colorado hasta las orejas cuando su hermana rompía el embarazoso silencio en el que había caído.

- Cecilia Pizarro -. Dijo Inés tranquilamente.

- ¡Ah! Pues pórtate como un caballero.

Alberto también bajó por las escaleras a toda velocidad, con las manos en los bolsillos y bastante ruborizado.

Se dijeron simplemente "hola", los dos bastante azorados, y echaron a andar, uno al lado del otro, hacia el cine.

- Estás muy guapa -. Le dijo tímidamente. Cecilia sonrió y a Alberto le pareció que el día, que estaba bastante nublado, se abría dejando paso a un brillante sol. Ella iba a contestar, diciendo que él también estaba muy elegante, cuando se abrió otro socavón en su interior. Por la misma acera, frente a ellos, venían a buen paso sus abuelos.

"Oh, no", pensó Cecilia cuando su mirada gris se cruzó con los ojos felinos de su abuela Sara. La habían visto, no había forma de escapar. Cecilia suspiró.

- Esos... esos que vienen por ahí son mis abuelos -. Consiguió explicar a Alberto. El chico dejó de mirarla para fijar la vista en la dirección que ella señalaba.

- ¡Caramba! ¡Si parecen muy jóvenes!

Cecilia sintió un escalofrío. La magia de sus abuelos era antigua, y una de sus manifestaciones era que envejecían más lentamente de lo que sería normal. Era posible que murieran largamente centenarios. Pero no podía ponerse a contarle a Alberto esas cosas. Afortunadamente, una lucecilla se iluminó en su mente.

- Se casaron muy jóvenes...- medio explicó. Era verdad. Dieciocho años tenía la abuela de Cecilia cuando se casó, y veinte para veintiuno su abuelo. Catorce meses después de la boda ya eran padres de la tía Amaia.

- ¡Pues podrían pasar por tus padres!

Cecilia no tuvo tiemopo de contestar y sonrió a sus abuelos que ya estaban a su lado.

- Hola, Cecilia-. Dijo el abuelo sonriente.

- Errr... – fue lo primero que salió de la boca de la nieta.

- Somos los abuelos de Cecilia-. Intervino su abuela mirando con unos ojos que parecían poseer visión de escáner a Alberto. Cecilia se sintió mal. ¿Por qué tenía su abuela que avergonzarla de esa manera?

- Encantado, me llamo Alberto y soy un compañero de colegio. Hemos quedado para ir al cine-. Como una ametralladora, él se presentó y dio unas explicaciones que no le habían pedido. Cecilia lo miró asombrada y aliviada.

- Muy bien-. Intervino el abuelo de Cecilia-. Nosotros vamos a llevarnos por ahí a tu hermana y a tu prima.

- No me había dicho nada mamá-. Consiguió balbucirm Cecilia.

El abuelo miró su muñeca.

- Bueno, chicos, se hace tarde. Pasadlo bien. Encantados, Alberto.

Otra vez azorados y silenciosos, uno al lado del otro pero sin rozarse, reanudaron su camino calle abajo, mientras Cecilia se preguntaba por qué diablos sus abuelos no se habían aparecido en la terraza. ¿Para qué rayos, si no, vivían en un ático?