Potterverso sorg-expandido: no encontrarás al elenco pottérico, pero sí la Magia Española inspirada por la Rowling... aunque sólo un poco...
Dramatis Personae:
- Cecilia y Alberto. Si la historia es suya...
- Ana, la atribulada madre de Cecilia.
CAPITULO 6
- Estooo....¿Te apetece volver a quedar el finde? -. Alberto se atrevió preguntar mientras Cecilia sacaba sus llaves del bolso.
- Me encantaría, pero no puedo.
El chico sintió cómo si se abriera el suelo a sus pies. La había llevado de vuelta a las nueve en punto, con una puntualidad que admirarían los británicos, después de haber visto una peli llena de efectos especiales como a él le gustaban y de haberse tomado una coca cola en un bar cercano al que solía ir toda la chavalería después del cine. Ella había estado simpática. Se había reído con algunos de sus comentarios de las escenas y le había dicho que le gustaba su jersey. Esperanzado, había preguntado con timidez e ilusión. Se había tomado la negativa de ella como algo de más calado. Cecilia le estaba mirando a los ojos. Los ojos de Alberto, empequeñecidos bajo los cristales graduados de sus gafas, eran de un marrón oscuro que le recordaba a un tazón de chocolate caliente de la Floriana, el establecimiento más popular del barrio mágico, donde sin duda habrían recalado esa tarde su hermana y su prima. De repente, se dio cuenta de que el chico la había malinterpretado, y tragando saliva empezó a explicar.
- Mañana por la mañana tengo que... que acompañar a mi hermana a hacer unas cosas-. Cecilia maldijo su falta de soltura para el regate corto. En realidad, tenía clase de Historia Contemporánea de la Magia. Pero claro, eso tampoco se lo podía decir.- Por la tarde vamos a quedar las amigas y el domingo tengo que estudiar porque el lunes tengo examen de Sociales.
- Vale... vale-. Balbució él-. Bueno, esto, supongo que ya es la hora que te han dicho tus padres...
- Si.
- Vale. Entonces, hasta el lunes.
Alberto llegó a echar un pie adelante, pero se detuvo en seco al sentir la presión de la mano de ella en su codo.
- Alberto... te llamaré el domingo. ¿Vale?
Por un momento, el se la quedó mirando, estupefacto, sin capacidad de reacción, hasta que su cerebro le indicó claramente que eso era estupendo. Entonces sonrió de oreja a oreja.
- Vale.
Se marchó de allí sintiendo adoración por su codo rozado mínimamente por la mano de Cecilia.
Ella esperó el ascensor sintiéndose bastante rara. La inmensa mayoría de sus amigas y conocidas necesitaban alimentar su ego con la existencia de un novio en sus vidas, aunque fuera el tío más insoportable del planeta. Cecilia no era de esas. Siempre había pensado que saldría con un chico cuando le apeteciera y porque se sintiera a gusto con él, no por el mero hecho de pertenecer al segmento masculino de la población. Algunas decían que Cecilia era, en ese sentido, rara. Pero a ella siempre le importó tres pimientos. Por una sencilla cuestión: claro que era rara y diferente del resto. Pero por otras razones bien distintas. Ella podía hacer una serie de cosas que las demás no llegaban ni a imaginar. El chico que estuviera con ella podía tener o no tener esas habilidades, en realidad, eso le daba exactamente igual. Pero tenía que estar cómodo con ella y ella con él, de eso estaba absolutamente convencida. Y con esos pensamientos abrió la puerta de su casa y se encaminó hacia su habitación después de lanzar un "hola" general.
- ¿Y bien? – Ana, su madre, estaba casi arreglada del todo. De hecho, estaba poniéndose un pendiente largo en la oreja cuando la encaró en su mismísima habitación. Cecilia la miró asombrada.
- ¿Qué, mamá?
- ¿No tienes nada que contarme?
- ¿Qué quieres que te cuente?
- Para empezar, Cecilia, por qué me has mentido.
- ¿Mentido? ¡Yo no te he mentido!
- Oh, si. Cuando te he preguntado con quién ibas al cine, me has soltado un rollo sobre la Operación Kilo. No has ido con los compañeros, has ido con un chico.
- ¡Oh, mamá! No me estarías escuchando. Te dije que íbamos a quedar todos pero que Patricia no podía, Inés tampoco...
- No te pregunté qué iban a hacer las demás, Cecilia.
- Pero...
- ¿Quién es ese Alberto?
¡Maldita sea! La abuela. La abuela se había chivado. Le habría faltado tiempo para contarle todo a su madre. Y la abuela era como un escáner. Habría registrado hasta el color de los zapatos de Alberto. Cecilia suspiró, pero decidió plantar batalla.
- Es el hermano de Inés. Hicieron equipos de dos para empaquetar comida y nos tocó juntos.
Cecilia pensó, por un nanosegundo, que aquello bastaría. Pero todavía era una adolescente y no medía el alcance de todo lo que decía.
- ¿El hermano de Inés? Entonces es un chico mayor que tu.
El precipicio interior volvió a abrirse en sus carnes.
- Es de COU.
- A estas edades, se nota mucho un par de años. Especialmente entre un chico y una chica. No conozco a ese tal Alberto pero puede que ya haya tenido unas cuantas novias. Algunos no van buscando precisamente un bonito romance con las más jóvenes...
- ¡Oh, mamá! – Cecilia no podía creer que estuviera teniendo semejante charla con su madre, la misma madre que unas horas antes la había tratado como una adulta. Le vino a la memoria el episodio de Mendoza, del año anterior. Una historia que no le había contado. ¿Para qué? ¿Para que se llevara un disgusto sin motivo? Ya se había encargado ella de poner al cretino en su sitio, y eso le dio una idea.
- ¿De veras me crees tan ingenua como para dejarme engatusar por un caradura? -. Contestó muy serena, sin levantar la voz, mirándola fijamente a los ojos, los mismos ojos felinos de la abuela. Y de Almudena.
Ana respiró hondo y se sentó en el borde de la cama de su hija.
- Ven aquí, Cecilia.
Ella obedeció y se sentó a su lado.
- Hija, te cuento las cosas que pasan para que saques alguna lección que te pueda servir en la vida. Yo no puedo tomar decisiones por ti, ni tampoco te puedo encerrar en una jaula. Pero en la medida de lo posible no quiero que te lleves disgustos ni peques de ingenua.
Cecilia tragó saliva.
- Alberto y yo no somos novios, mamá. - Al menos de momento, se sorprendió pensando.- Nos hemos pasado un montón de tiempo haciendo una labor social en el colegio y hemos salido a celebrarlo. Además, él no intentaría aprovecharse de mi. Y si lo intentara, descuida que lo pondría en su sitio.
- Está bien, Cecilia. Confío en ti.
La última frase de su madre le sentó como cien patadas en el estómago. Le resultó una especie de presión psicológica denigrante. Normalmente, hubiera saltado con algún comentario sarcástico, pero se le ocurrió otra cosa. Una cosa la mar de aventurada.
- No lo conoces, mamá.
- ¿Y tu? ¿tu sí lo conoces?
Sorprendida de la certeza interior que la invadía, contestó con mucho aplomo.
- Al menos, bastante más que tu. Pero si tanto te preocupa, tiene fácil solución. Puedes conocerlo en cuanto quieras, no creo que él ponga ninguna pega a venir a casa-. Cecilia, prudentemente, omitió "a pasar por tu tercer grado", que era justamente lo que estaba pensando.
Ana se encontró de pronto fuera de juego. Cecilia era madura para su edad. Siempre lo había sido. Su edad del pavo no había sido nada escandalosa, a pesar de que era una chica que llamaba la atención. Siempre había llamado la atención. Pero seguía siendo su hija. Siempre lo sería. Y ahora, de repente, se le ponía al mismo nivel, de mujer a mujer. Lo que decía, aunque Ana se resistiera a admitirlo, tenía su sentido. Podía imponer su autoridad y decirle que esa sugerencia era impertinente, pero decidió estar a su altura, de mujer a mujer.
- Si tu consideras que es oportuno, puedes hacerlo cuando quieras. Ya sabes que no cerramos las puertas a vuestros amigos. También conoces las reglas. Hay que avisar primero si viene un muggle a casa.
Cecilia la miró fijamente, sin decir nada. No se esperaba invitar a Alberto a su casa sin que él lo supiera, ni tampoco que su madre diera carta blanca. Afortunadamente su padre vino buscando a Ana. Ya era hora de marcharse.
- Tus abuelos vendrán de un momento a otro con tu hermana y tu prima. Ellos se encargarán de la cena -. Dijo Ana levantándose.
- Pasadlo bien-. Cecilia omitió que ellas solas se apañarían estupendamente, algo en su mente le indicó que daría igual, que eso había sido decisión de su abuela.
Ana permaneció un segundo de pie, mirándola fijamente. Después se inclinó sobre la frente de su hija y, acariciando su pelo, depositó un beso maternal.
- Buenas noches, cielo.
Cecilia se quedó pensando que le importaba bien poco el historial romántico de Alberto. Lo que verdaderamente importaba era si tenía o no novia en esos momentos. Estaba segura de que no era así, pero descubrió de pronto que la sola hipótesis de que pusiera sus ojos castaños en otra le producía un sentimiento hasta el momento desconocido que le producía un terrible malestar y deseos de estrangular a la imaginaria rival.
Pero poco después llegó el resto de la familia, y con la fortuna de que nadie sacó el tema de su acompañante masculino, sus historias y andanzas de la tarde la entretuvieron. Se relajó y pasó una velada agradable en familia.
Su siguiente escollo apareció al día siguiente, durante su clase de Historia Contemporánea de la Magia. Era la última clase antes de las vacaciones de Navidad.
- Os recuerdo que al final de la clase tenéis que entregarme una hoja con el tema sobre el que vais a trabajar durante las vacaciones.- Dijo el profesor.
¡Mierda! Pensó Cecilia. ¡Se le había olvidado por completo el dichoso trabajo! Eso tenía el estudio de la magia en España, que era "evaluación continua". Pero de otro modo no habría podido compatibilizarse con la educación muggle. Era el precio que pagaban para poder vivir entre los muggles, en lugar de tener que aislarse del resto del género humano. Cecilia puso sus neuronas a trabajar inmediatamente. Se trataba de estudiar la realidad práctica de algún aspecto del Estatuto Internacional del Secreto, un texto de mil setecientos y pico.
No se le ocurrió nada hasta que llegó el final de la clase y el profesor, de pie en la tarima, fue exigiendo las hojas. Entonces escribió deprisa lo primero que le vino a la mente. "El conocimiento de la existencia de la magia que se permite a los muggles". Escribió a toda prisa, anotó su nombre a los pies del folio, recogió sus cosas y antes de marcharse entregó el papel al profesor. Cecilia observó que dejaba caer la vista y leía en silencio, algo que, a su entender, no había estado haciendo con el resto del alumnado y que la hizo detenerse un momento, preocupada. Pero el profesor finalmente levantó la vista sin decir nada, así que ella simplemente se despidió hasta después de vacaciones.
