CAPÍTULO 7

- ¡Cuenta! ¡Cuenta!

Patricia la miraba como si estuviera en el circo y ella fuera la atracción principal. Cecilia, por su parte, mantenía su calma habitual. Belén a duras penas contenía una risilla histérica e Inés, incómoda, miraba para todos lados no sabiendo muy bien qué hacer.

- No recomiendo Alien 3. Es más de lo mismo... más de viscosidad.- Dijo alzando una ceja y mirando fijamente a Patricia. La chica soltó una risa histérica que provocó que unos chicos de unas mesas más allá las miraran y empezaran a cuchichear.

- ¡Venga ya! ¡Cuenta de lo otro!

- Pues que el Sabor los viernes también está hasta los topes...

- ¡¿Se te ha declarado?! – Patricia chilló, incontenible. Aquello superó el nivel de tolerancia de Inés, que sin ningún disimulo le sacudió una patada por debajo de la mesa. Cecilia, como siempre, se mantuvo imperturbable, aunque en el fondo de su alma agradeció la muestra de solidaridad de la hermana de Alberto.

- ¿Cómo se me va a declarar, si sólo ha salido conmigo una tarde?

- ¡Pero le gustas!

Inés estuvo a punto de decir algo, colorada como un tomate maduro. Pero finalmente cerró la boca al cruzar la mirada con la de Cecilia, que parecía decir "tranquila, de esto ya me encargo yo".

- Esto es la vida real, Patricia. No se trata de un culebrón de esos que echan por la tele, en los que se intercambian rendidas miradas y a continuación ya están besándose. He ido al cine con el hermano de Inés, aquí presente, a ver a Sigourney Weaver haciendo el chorra en el espacio exterior. Alberto ha sido educado y correcto, un auténtico caballero, como por otra parte es lo normal y lo que cabía de esperar de un hijo de buena familia. Puede que ahora esté pensando que soy la tía más borde del planeta. O que no pego con él ni con el más potente superglue.

- Pero a ti ¿te gusta?

Cecilia empezó a cansarse, pero se contuvo de decir nada salido de tono.

- A mi Alberto me parece un chico la mar de agradable con quién se puede hablar de cualquier cosa tranquilamente. Una persona tratable, no como el patán de Mendoza. O como otras...

Patricia no se dio por aludida.

- Venga, Cecilia. Está clarísimo que a él le gustas. ¿De verdad que no te ha pedido salir?

- Vamos a ver-. Decidió cortar por lo sano.- A fecha de hoy, entre el hermano de Inés, aquí presente, y yo, no hay NA-DA.

- ¡Entonces te gusta! -. Patricia, erre que erre, seguía pesadísima con aquello. Cecilia suspiró, harta.

- Mira, Patricia. Ya te he dicho lo que pienso de él. Anda, bebe un poco de coca-cola, a ver si la cafeína y el azúcar te ayudan a procesar el concepto. De verdad, no es tan complicado.

- ¡Venga! ¡Que no me lo creo! ¡A ti te gusta! Con sus gafitas y sus rizos...- Patricia adoptó un tono melodramático con el que no consiguió provocar a la siempre controlada Cecilia.

- Oye, no solo estamos hablando de Cecilia y sus posibles admiradores. Se trata de mi hermano, por si no te has percatado. Mi hermano. No del vecino de enfrente-. La que ya no se podía contener era Inés, que dándose por aludida por la consanguinidad tuvo que intervenir.

- ¿Y qué? Es un chico ¿no? Un CHI-CO.

- Mi hermano.

¡Qué situación tan tonta! Pensó Cecilia. Dos de sus mejores amigas andaban a la gresca porque ella había ido al cine con el hermano de una de ellas. Aquello empezaba a parecerse terriblemente a uno de esos programas de cotilleos que salían en la tele y que causaban furor entre casi toda la población, especialmente la universitaria. Total, tampoco había mucho que contar. Salvo lo que no había contado, claro, que incluía que Alberto le había pedido volver a salir y que ella había quedado en llamarlo el domingo.

De todo aquello, sin embargo, la que salió ganando fue Belén, que mientras ellas discutían se dedicó a intercambiar sonrisitas y gestos con los chavales de otra mesa, hasta que acabaron invitándola a sentarse con ellos, cosa que hizo dejando a las otras tres enfrascadas en aquella estúpida discusión.

- ¿Te pasa algo en el codo? – El padre de Alberto preguntó un tanto inquieto a su hijo mayor al observar que se llevaba la mano una y otra vez a aquella articulación.

- ¿Eh? ¡Ah! No, no me pasa nada-. Se apresuró a contestar, azorado. ¿Cómo decirle a un padre que todavía tenía la carne de gallina en el punto exacto en el que su adorada y admirada musa le había rozado con su maravillosa mano? Aunque lo hubiera hecho con camisa, jersey y cazadora gruesa puestos. Y aunque hubiesen pasado dos días desde aquello.

Cuando llegó a casa el viernes, su madre le había preguntado qué tal le había ido con aquella chica, y él había contestado con un lacónico "bien". Su madre, afortunadamente, no había insistido. Por su parte, Inés también había sido sumamente correcta, incluso el sábado por la noche detectó en su hermana una especie de apoyo silencioso y solidario, totalmente discreto. Ignoraba en ese momento qué le habría contado Cecilia, aunque algo le decía que habría dicho simplemente que habían ido a ver Alien 3, y que después se habían tomado una coca-cola en el Sabor. A estas alturas del domingo, sabía ya que eso era, exactamente, lo que había ocurrido. Cecilia había dicho justamente eso ante las preguntas insistentes de sus amigas, especialmente de la escandalosa Patricia, mientras Inés se hinchaba a darle patadas por debajo de la mesa. El ya se había dado cuenta de que Cecilia prefería atajar las cosas por lo sano antes de que se desmadraran, y por eso no le sorprendió que, de manera muy sintética, le resumiera lo ocurrido. Lo mejor era que había percibido que debajo de la apariencia distante y de aquella pasmosa capacidad de mantener la calma ante cualquier situación un tanto complicada, también le había mostrado otra faceta: Cecilia se había mostrado, mientras le narraba todo aquello por teléfono, entrañable. Y por supuesto sumamente leal. Tal vez por eso había sido tan exigente y distante con los chicos, a pesar de tenerlos a puñados, porque debajo de aquella fachada pétrea se guardaba una mujer sumamente afectuosa.

Y envuelto en aquel pensamiento tan reconfortante Alberto había recalado en un sillón orejero, frente a su padre, que hasta ese momento había estado leyendo un grueso volumen de Derecho Administrativo. Alberto quería mucho a su padre. Era Abogado del Estado, una oposición difícil y de prestigio que, por lo general, abría las puertas a puestos importantísimos tanto en la función pública como en la empresa privada. Pero el buen hombre padecía desde hacía años de una serie de problemas renales bastante serios, por lo que había renunciado a una exitosa carrera profesional para no dañar aún más su precaria salud.

- ¿Qué tal con esa chica? -. Dijo sonriendo a su primogénito mientras depositaba cuidadosamente el libraco en una mesita auxiliar.

Alberto sintió que se le subían los colores antes de ser capaz de articular alguna palabra. Su padre sonrió.

- Bien.- Consiguió murmurar.

- Me alegro-. El padre de Alberto esperó un par de segundos por si él quería añadir algo, y a la vista de su silencio cambió de tema y empezó a hablar de fútbol. Su hijo necesitaba todavía saborear su incipiente amorío él solo, sin intromisiones de progenitores cotillas. Cada vez que estaba convaleciente de alguno de sus problemas renales, cosa que ocurría cada poco, rememoraba aquellos maravillosos tiempos convulsos del inicio de la democracia en España, cuando casi todos los jóvenes discutían exclusivamente de política mientras él, un brillante estudiante de Derecho de la Complutense, se afanaba en cortejar a una chica que estudiaba Físicas y que parecía inaccesible. Un recuerdo maravilloso, un valiosísimo tesoro que con el tiempo fue el germen de su familia, sin duda su mayor logro. No, no privaría a su chico del deleite de saborear en privado las primeras bocanadas del amor.