CAPITULO 8

Cecilia contempló con estupor a su hermana menor, que se aproximaba cargada con una ingente pila de libros. Almudena, casi con la lengua fuera, los depositó pesadamente junto a ella, en la mesa larga de la gran sala de lectura de la biblioteca de estudiantes de la Casa de las Tradiciones. Por fin habían llegado las vacaciones de Navidad, y puesto que tenían, como siempre, abundantes deberes de sus clases de magia, su madre las había acercado hasta Toledo, donde radicaba aquella institución, para que se proveyeran de material de consulta y bibliografía en la biblioteca de consulta habilitada al efecto.

No era ninguna maravilla de biblioteca, y seguramente preguntando a la familia podrían hallar mejores fuentes de consulta, pero pasar de vez en cuando por la Casa de las Tradiciones formaba parte de la esencia de ser mágico en España. La primitiva casa de las Tradiciones se había fundado en la Toledo de los reyes Godos, como un lugar de encuentro de magos de las distintas etnias y formas de hacer magia que confluían en la península Ibérica: magos de los pueblos que poblaban las Hispanias antes de la conquista de Roma, como los suevos, los astures o los vascones, que conocían los secretos de las plantas y los animales mágicos; judíos expertos en qabalah y en la construcción de aparatos mágicos complejos, como las clepsidras retro temporales, antecesoras de los giratiempos; hispano-romanos versados en las formas más clásicas, que a la postre se impondrían en toda Europa con sus hechizos estandarizados en latín, o gentes de origen germánico y ascendencia goda. Posteriormente, a ellos se sumaron magos de procedencia árabe e islámica, los sufitas, con sus conocimientos de astronomía y otras ramas de la magia igualmente interesantes.

La Casa de las Tradiciones constituía el antecedente del actual Ministerio de Magia, y guardaba en su interior auténticas reliquias mágicas, como la Mesa de Salomón, así como una de las mejores bibliotecas de magia del mundo. También disponía de una serie de fondos de carácter general, de consulta y préstamo para estudiantes. La magia se estudiaba en pequeñas escuelas, y el Ministerio se encargaba de homologar los estudios mediante pruebas oficiales cada cierto tiempo y por niveles. Cecilia, que necesitaba información para su trabajo de Historia Contemporánea de la Magia, se había hecho con cuatro volúmenes sobre la regulación jurídica del conocimiento de la existencia de la magia por los muggles. Uno se titulaba "El Estatuto internacional del Secreto: guía para profanos", y era de tipo divulgativo; otro era de carácter histórico: "La magia y los no mágicos: evolución de las relaciones entre ambas comunidades"; un tercero era un "Estudio Comparativo de la normativa aplicable a familiares no mágicos" y el cuarto era un "Código Civil Mágico comentado". Almudena, por su parte, llevaba de todo.

- Hay que hacer algo con eso, Almu-. Dijo Cecilia-. No puedes ir cargada con todo ese peso.

- Los necesito todos.

Cecilia sacó su varita. Puesto que estaban en un torno exclusivamente mágico, estaba autorizada a hacer su magia.

- No, si no digo que los dejes. Digo que así no es práctico llevarlos. Anda, hazte a un lado, que los voy a reducir-. Almudena se apartó, expectante, mientras Cecilia separaba el primer libraco y apuntaba con su varita.

- "Reducto"-. Dijo con voz firme. Y el libro, tras experimentar como un pequeño temblor, se convirtió en un volumen del tamaño de una libretilla de notas.

- Siguiente-. Dijo Cecilia extendiendo una mano. Almudena no se hizo de rogar y le tendió otro. Cuando tenía listo el tercero, Cecilia la miró fijamente.

- ¿Qué pasa?-. Preguntó Almudena.

- Ahora te toca a ti.

- ¿A mi? ¡Pero si no tengo ni idea de cómo se conjura ese hechizo!

- De eso nada. Ya me has visto invocarlo dos veces. ¡Hala! Pon a punto tu varita y ... tu misma.

Almudena extrajo su varita de abedul del fondo de su mochila y frunció los labios mientras Cecilia colocaba sobre la mesa el siguiente volumen y le hacía un gesto indicativo de que podía intentarlo en cuanto quisiera. Almudena apuntó sin tenerlas todas consigo.

- Reducto

Al principio, la benjamina de la casa tuvo sus dudas, pero finalmente el libro, obediente, se quedó reducido a otra libretilla. Cecilia observó cómo cambiaba la expresión del rostro de su hermana, que se iluminaba con una sonrisa de oreja a oreja.

- Hala, tu solita, que puedes.

Estuvo observándola hasta que Almudena mermó y guardó en su mochila toda aquella colección de libros, preguntándose cómo habría hecho para convencer a la bibliotecaria de que necesitaba sacarlos todos.

Cecilia estaba contenta e ilusionada. En menos de dos semanas su vida había dado un completo giro. Varias salidas con Alberto habían confirmado que los dos se gustaban y que estaban bien juntos. El día anterior, precisamente ¡por fín! Alberto se había decidido. Cecilia se preguntaba cuándo y cómo lo haría, y finalmente había ocurrido, aunque no fue de manera muy romántica, que digamos. Pero sí muy tierna. O al menos, eso era lo que ella pensaba al rememorarlo.

Alberto, nerviosísimo, había aprovechado un semáforo en rojo. En medio del frío y la llovizna, mientras esperaban para poder cruzar, se había aproximado al rostro de Cecilia y le había depositado un rapidísimo beso a medias entre los labios y la mejilla. No había tenido que inclinarse, porque Cecilia era casi tan alta como él, lo cual le produjo alivio. Parecía por otra parte como si lo hubiera calculado, porque inmediatamente cambió el semáforo y él, sin decir ni mu, la había tomado por el brazo y había echado a andar. Cecilia tampoco dijo nada, pero sonrió para sus adentros y siguió con la conversación que llevaban como si tal cosa. Cuando llegó el siguiente semáforo, decidió que era su turno. Tomó la barbilla de Alberto entre los dedos de la mano, le giró suavemente la cara y depositó en sus labios un pequeño beso. Después le sonrió. Alberto, nervioso, volvió a cogerla por el brazo para cruzar, y cuando llegaron a la otra acera ya no pudo contenerse, la abrazó y la besó en condiciones, aunque se estaban mojando de lo lindo. Cuando separó sus labios de los de ella sin soltar su cintura, su rostro estaba tan sonriente e iluminado como la cara que ahora tenía Almudena.

- Te quiero, Cecilia-. Había susurrado él en su oído.

- Hmmm-. Contestó Cecilia-. Yo también te quiero pero...-. Sus ojos grises, traviesos se rasgaron mientras ella sonreía un tanto pícara.

- Pero ¿Qué? -. Preguntó él sorprendido.

- Pero pinchas un poquillo.

Alberto la miró un momento un tanto desconcertado mientras ella se echaba a reír y le pasaba la mano por la mejilla rasposa.

- Lo siento-. Murmuró mientras, más tranquilo e infinitamente feliz, le echaba el brazo por la cintura. Cecilia hizo lo propio. ¡Qué caramba! ¿Acaso no era su novio?

Ahora tenían por delante una serie de días de vacaciones en los que, en contra de lo que pudiera pensarse, no podrían verse a todas horas. Por una parte, las obligaciones escolares de Cecilia que Alberto desconocía ocuparían parte de su tiempo, como ocurría esa mañana en la que había tenido que excusarse con él diciendo que tenía que acompañar a su hermana y a su prima Lucía, cosa que tenía su parte de verdad. Por otro lado, buena parte de los días de vacaciones los iban a pasar en la casa que los abuelos de Cecilia tenían en la sierra de Madrid. Los dos enamorados aceptaron la separación temporal con resignación. Cecilia anotó el teléfono de la casa de sus abuelos y además le prometió que haría todo lo posible porque la autorizaran a desplazarse a Madrid alguna tarde. Total, solo eran 40 kilómetros y había varias líneas de autobús que hacían el trayecto. No le dijo nada de que tenía carta blanca para invitarlo. Eso quedaría para cuando pasara la Navidad y estuviera de vuelta en casa de sus padres.

Alberto siempre había sacado buenas notas, pero aquel trimestre fue el mejor de toda su vida y por ende, de toda la clase. Las notas, en teoría, eran algo privado y personal que se entregaba a los alumnos de BUP y COU en sobre cerrado destinado a ellos y a sus padres. Pero por alguna misteriosa razón, según se repartían los sobres todo el mundo conocía con detalle las calificaciones de todo el mundo. Y en la clase de Alberto, el que tenía que ser el mejor de todos en todo era Mendoza. El susodicho se acercó a él con el rostro medio congestionado por la rabia.

- Vaya, Fernández, felicidades. Parece ser que cuando se aproxima la hora de entrar en la universidad, el parentesco con el claustro cuenta.

Alberto no dijo nada. Para empezar, su apellido era compuesto, Fernández de Lama, un apellido con solera oriundo de las montañas cántabras, donde se había forjado a fuerza de espadón y reconquista. En segundo lugar, su madre no había tenido nada, absolutamente nada que ver, con sus notas. Había sido su musa, su reina, su maravillosa y fantástica novia, que le hacía concentrarse como nunca, acicateado por el deseo de estar a la altura de merecerla. No se hizo la miel para la boca del asno, pensó Alberto recordando lo que Mendoza había intentado con Cecilia.

- ¿Hablas de tu tío el cura? Es el nuevo encargado de Pastoral ¿No? – Preguntó con tono ingenuo. Mendoza lo miró con odio.

- En fin, la valía de cada uno se verá en Selectividad-. Soltó a media voz Mendoza mientras se echaba para atrás su flequillo rubio, haciendo alusión al examen oficial nacional que daba acceso a la Universidad.

Se le van a quemar las raíces del pelo de tanta agua oxigenada, pensó Alberto. Y se quedará calvo. Y dedicándole una sonrisa beatífica contestó.

- Cierto. Llegará la Selectividad.

Y si todo iba como hasta ahora, Alberto seguiría teniendo a su lado a su maravillosa musa.