CAPÍTULO 9
Cecilia escribía con su letra pulcra en el lado izquierdo de un din-A-3. En seguida se había dado cuenta de que necesitaría papeles grandes para extraer toda la información necesaria para su trabajo sobre el Estatuto del Secreto, de manera que había agrandado mágicamente un paquete de folios. Nunca se había planteado que aquel asunto pudiera desglosarse en una casuística tan extensa. Los muggles no tienen que saber. Y punto. Eso era lo que cualquier mago o bruja asumía. Pero realmente, se estaba dando cuenta entonces, con la ley mágica en la mano, había numerosas excepciones.
Por ejemplo, estaba el caso de los Jefes de Estado y de Gobierno, a los que según el Estatuto debía notificarse la existencia de la correspondiente Comunidad Mágica, así como los cambios en quién ostentara la titularidad del órgano de gobierno. Todo ello, sin perjuicio del respeto a los límites nacionales no coincidentes, como era el caso de Transilvania, con autonomía mágica dentro de Rumanía, que a su vez tenía otra comunidad mágica propiamente rumana. O bien en cuanto a las organizaciones político administrativas nacionales, en cuyo caso el nivel de conocimiento se decidía nacionalmente. Cecilia se preguntó si cada uno de los 17 presidentes de Comunidades Autónomas de España, más los de las dos Ciudades Autónomas, sabrían o no de su existencia. Y que pasaría en el caso de los länder alemanes. En fin, solamente con la aplicación en el ámbito público tendría de sobra para rellenar los veinte folios que el profesor había establecido como extensión, a título orientativo. Pero Cecilia consideraba otro aspecto mucho más interesante. Al menos, en cuando a lo que a ella personalmente le atañaba.
En efecto, estaban también los muggles que saben a título particular. En principio, la regla era la general: los muggles NO saben. NO se puede hacer magia delante de ellos, porque eso les revelaría su existencia. Y luego, la catarata de excepciones repartidas por el Estatuto.
a) "En caso de riesgo grave para la vida del mago y/o del muggle, puede hacerse magia delante de ellos". Faltaría más, pensó Cecilia, que uno se tuviera que dejar matar por no poder blandir la varita ante un muggle que por lo que fuera estuviera presente. "Cuando se revele la existencia de la magia bajo esta premisa se estará a la aplicación de lo dispuesto en el artículo 54 de este Estatuto". Cecilia pasó hojas hasta llegar al apartado en cuestión, que establecía la posterior desmemorización de los muggles testigos.
b) "La aplicación del Secreto a los familiares no mágicos de magos o brujas, hasta segundo grado, directo o colateral, por consanguinidad o afinidad, puede quedar exenta siempre que se de alguna de las siguientes condiciones:
- Que el mago o bruja haya alcanzado la mayoría de edad". ¿Qué demonios sería eso del segundo grado colateral por afinidad y demás? Se preguntó Cecilia. Y tomó el Código Civil Mágico comentado y volvió a rebuscar. Anotó en un folio aparte cómo se contaban los grados de parentesco. Aquello de la afinidad venía de los parientes políticos, pero ¿y si no existía matrimonio? ¿si se trataba de una pareja de hecho?
- "Que el mago o bruja, siendo menor de edad, tenga edad legal de emancipación" Cecilia descubrió que en España con 15 años tenía edad legal mágica de emancipación. También se encontró con el hecho de que si hubiera nacido inglesa alcanzaría la mayoría de edad mágica a los 17, en lugar de los 18 establecidos en España. ¿Y si se iba a Inglaterra con 17? ¿Podría entonces, bajo su sola responsabilidad, contarle su secreto a su amor?
- "Que el mago o bruja sea menor de edad, pero con el conocimiento consentido de un mago o bruja mayor de edad". Este apartado, obviamente, debía estar redactado para los hijos de muggles. Al fin y al cabo, no había otro modo de que los padres no mágicos supieran, si no acudía un mago o bruja adulto para revelar que su vástago poseía el don.
Y así, Cecilia, iba leyendo y desgranando todo aquello. Llegó a la conclusión de que a sus 15 años, en teoría solamente podría contarle a Alberto su secreto si tenía el consentimiento de un mago o bruja mayor de edad, y que aunque en principio se pensase otra cosa, no tenía que ser quién ostentara la patria potestad. Vamos, que podía convencer a una de sus tías o de sus primas ya mayores de edad, y valía. Pero ¿qué pasaba si no lo hacía? Pues en realidad, Cecilia concluyó, no pasaba NADA. Porque no había forma, o al menos ella no la encontraba, para que alguna autoridad mágica lo supiera, siempre que lo hiciera solamente de palabra, claro. Porque si lo hacía por la vía de hecho, se detectaría que una bruja menor de edad estaba haciendo magia en un entorno no mágico y en ausencia de un mago o bruja adulto. Claro que eso planteaba otro caso posible: si había un mago presente, pero no se enteraba de que ella estaba haciendo magia ¿saltaría el hechizo de traza de la magia menor de edad?
Cecilia concluyó, y no había hecho más que empezar su trabajo, que aquello tenía infinidad de lagunas y vericuetos que al final permitían, con un poco de picardía, que una hiciera lo que le viniera en gana. Siempre, claro está, que calculara minuciosamente cómo hacerlo.
Se sintió un poco agarrotada y decidió levantarse y bajar un rato a la planta baja. Mientras descendía por la escalera iban ocurriéndosele infinidad de posibilidades y preguntas sobre si sería o no posible actuar de tal o cual manera. Cecilia entonces no era consciente, pero el gusanillo del Derecho Mágico acababa de hacer acto de presencia en su vida, algo que determinaría a la postre su profesión. Y la de su hermana, aunque ella tampoco lo sabía.
En el salón de sus abuelos en esos momentos solamente estaba su tía Amaia, sentada cómodamente en el sofá con los pies sobre un escabel y leyendo un grueso volumen sobre Antídotos. Su tía levantó la vista de su lectura y le sonrió. Cecilia, sin decir nada, se sentó a su lado.
- ¿Tienes un caso entre manos, tía? -. Preguntó. Su tía era sanadora y trabajaba en el Hospital de Enfermedades Mágicas.
- No. Pero hace tiempo que tengo ciertas dudas y ahora parece que dispongo de tiempo.
- Entonces te he interrumpido.
- Oh, no pasa nada. Tu eres más importante que la retahíla de propiedades de la manzanilla común.
- ¿Viene la manzanilla común?
- Pues sí, aunque no te lo creas, debidamente tratada puede ser utilísima.
Un escándalo enorme se escuchó entonces proveniente de la cocina. Su tía, sorprendentemente, ni se inmutó.
- ¿Qué pasa? -. Preguntó Cecilia.
- Lo de todos los años. Que tu tío Fernando está echando de la cocina a todo el personal femenino.
Efectivamente, de allí salieron la tía Amparo, que era la otra hermana de la madre de Cecilia, y por ende de la tía Amaia, sus dos hijas y Lucía, que protestaba bastante alto.
- Tu marido, como siempre. Nos ha largado a las mujeres-. Soltó la tía Amparo.- En cambio, ha enganchado a Jaime y no lo ha dejado marcharse, y eso que él sí quería escaquearse.
La tía Amaia sonrió.
- No se por qué te molestas. Ya sabes que lo hace siempre. Solo chicos en la cocina si está él al frente de los fogones.
- ¡Almudena! -. Se hizo el silencio mientras se oía al tío Fernando-. He dicho que aquí no quiero mujeres.
- Yo no soy una mujer-. La voz de Almudena se escuchó con claridad.
- Entonces ¿qué eres? ¿Un hadita de jardín? -. Ese era Jaime, que salió empujando a Almudena.
- Tu regresa aquí, que tienes que hacer de pinche-. Bramó el tío Fernando desde los fogones.
- Pero yo tengo cosas urgentes que...
- Oye Jaime, que yo te he cambiado pañales. ¿Quieres que cuente aquella vez que...?
- Déjalo.
Jaime, resignado dio media vuelta y desapareció por la puerta de la cocina.
La tía Amparo, que era la madrina de Almudena, se había acercado inmediatamente a consolar a su atribulada sobrina, que había intentado argumentar su ausencia de desarrollo, cosa que empezaba a acomplejarla, para quedarse en la cocina, sin ningún éxito obviamente. Lucía, por su parte, había desaparecido detrás de sus primas mayores, dándoles la lata con alguna historia relacionada con una escoba. Así que la fortuna consintió en que, en una casa atestada de gente, Cecilia se quedara a solas con su tía.
Tia Amaia sonrió divertida.
- Siempre pasa lo mismo. Ellas quieren aprender de un cocinero profesional y él dice que son demasiadas mujeres en su cocina. Y Jaime siempre se intenta escaquear.
- ¿Qué es lo que iba a contar el tío Fernando que el tío Jaime no quiere que se sepa?
- La verdad es que no tengo ni idea. Cualquier cosa. Ten en cuenta que él y yo, cuando éramos novios, sacábamos a Jaime a pasear en su sillita, y la gente se creía que era nuestro hijo, como me llevo 20 años con él...
Cecilia pensó que el tío Jaime había sido una sorpresa a deshora de sus abuelos. Su abuela lo había tenido con 39 años, lo que en realidad tampoco era tanto, pero claro, destacaba más porque a la primera la tuvo con 19. Era curioso imaginar a la tía Amaia y al tío Fernando como novios, ella una bruja y él un muggle de profesión cocinero, cuidando a un bebé rubicundo y de ojos azules, como debía haber sido el tío Jaime, y mágico por los cuatro costados. Y entonces le vino a la cabeza la idea y no se lo pensó dos veces.
- ¿Tía? ¿Cómo se lo dijiste?
- Decirle ¿qué? ¿a quién?
- Al tío Fernando. Que eras una bruja.
- ¡Ah! ¿Estás pensando en decírselo a ese chico? Alberto ¿No?
Cecilia se puso colorada y decidió optar por el ataque.
- La abuela es una bocazas.
- ¿Mi madre? ¡Qué va!
- ¿No? ¿Quién si no fue largando que nos había visto?
- Me parece, sobrina, que te estás precipitando.
Ante la mirada sorprendida, su tía sonrió.
- Mi padre, mi padre fue el que no se contuvo según llegó a casa de tus padres. Así que si tienes cuentas que reclamar, tienes que hacerlo con tu abuelo.
- ¡El abuelo Santiago! ¡Qué vergüenza! ¡Y parecía que era la abuela la que pasaba el escáner!
La tía Amaia soltó una buena carcajada ante la airada reacción de Cecilia.
- En realidad, tampoco vas tan desencaminada. Son como los reyes católicos "tanto monta..." en fin, sobrina, ¿Cuánto hace que sales con ese chico?
Cecilia volvió a sentir los colores subiendo por su rostro. Tragó saliva y trató de mantener el tipo.
- Quince días.
- Quince días... hmmmm... Y estás pensando en decírselo...
- Bueno... estoy considerando la posibilidad. También estoy estudiando el tema por un trabajo que tengo que hacer para Historia Contemporánea de la Magia...Por eso quiero saber cómo lo hiciste tú.
- Tienes quince años, Cecilia.
- Casi dieciséis.
- Muy bien, casi dieciséis. Hoy estás completa y perdidamente enamorada de él. Pero ¿y dentro de otros quince días, o de un mes? ¿Seguirás estando así o se te habrá pasado?
Cecilia se la quedó mirando, pensando en decirle que dentro de quince años, en su opinión, seguiría enamorada de Alberto. Y él de ella, o al menos eso pensaba.
- Tienes que estar segura, sobrina. Segura de que no es un enamoramiento adolescente pasajero, sino algo más sólido. Y en eso no te puedo ayudar, porque quién lo tiene que averiguar eres tu-. La tía Amaia hizo otra pausa.
- Y en cuanto a lo otro, me temo que tampoco puedo serte de gran ayuda. Yo no se lo dije a Fernando, fue él el que me lo dijo a mí.
- ¿Cómo dices?
- Éramos amigos desde la infancia. Cuando aquella amistad empezó a derivar a otra cosa, él me dijo que sabía lo que yo era, que lo había sabido de siempre.
- ¿Cómo podía saberlo?
- Es lo que tienen los ambientes rurales del norte. O lo que tenían. Allí en Bera todo el mundo creía a pies juntillas en la existencia de brujos y sorguiñas. Fernando me dijo que en su familia siempre había estado clarísimo que aquellos que llegaron en tiempos de mi bisabuela y construyeron el caserío nuevo eran brujos. Afortunadamente, siempre nos vieron como brujos benéficos, porque lo corriente era creer que habíamos hecho un pacto perverso con el diablo, que robábamos y asesinábamos bebés y ese tipo de tonterías-. Tía Amaia suspiró-. Así que, bueno Ceci, no te puedo ayudar.
- Bueno, sí que puedes.
- ¿Cómo, sobrina?
- Pues siendo discreta con mi madre-. Cecilia se sintió necesitada de hacer una confidencia-. No sé qué pensaría exactamente si le dijeras que hemos hablado de esto. No es que esté segura de decírselo a Alberto, pero...
- Ya veo. Necesitas tiempo para estar segura ¿No?
- Eso es, tía.
- Muy bien. Pero tienes que prometerme una cosa.
- ¿Qué cosa?
- Que no te vas a precipitar. Que seguirás siendo nuestra sensata y juiciosa Cecilia. Tómate tu tiempo para estar segura. Y cuando lo estés, si ese chico de verdad te merece, todo terminará saliendo bien. Y ten presente que si esa es tu elección, ninguno vamos a poner ni la más mínima objeción. En esta familia, Cecilia, se respeta mucho que las parejas se fundamenten en el amor.
- Eso ya lo se. No hay mas que verte.
Tía Amaia sonrió. Sus ojos azules, tan profundos como los del abuelo de Cecilia parecían despedir unas chispitas de algo que Cecilia no supo identificar del todo, pero que le pareció que era positivo y esperanzador.
