CAPÍTULO 11

- Excelente, Cecilia-. Dijo el profesor devolviendo el trabajo de Historia de la Magia con un hermoso diez escrito en rojo en la portada-. Quédate un momento al terminar la clase, que quiero comentarte un par de cosas.

Cecilia estaba contenta por sus notas e intrigada por lo que quisiera decirle el profesor, aunque pensó que, si le había puesto la máxima calificación y además la había felicitado en público, entonces no podía ser nada malo.

Enero tocaba a su fin, y ella había dejado de negar lo evidente. Su madre no volvió a sermonearla sobre los peligros que pueden suponer los chicos de casi dieciocho para las chicas de casi dieciséis, aunque periódicamente, cuando salía de casa para reunirse con Alberto, le soltaba un "pórtate como una señorita" que le repateaba muchísimo. ¿Qué creía su madre, que Alberto era un demonio tentador que la llevaría irremisiblemente a la perdición?

Sus amigas, por su parte, también dejaron de prestar atención al asunto, una vez éste se hizo oficial. Al fin y al cabo, era mucho más interesante cuando se trataba de un cotilleo no confirmado y se podía especular o pinchar a la interesada. Y había olvidado por completo que podía invitar a Alberto a comer.

- ¿Has pensado en lo que vas a hacer cuando termines el colegio?-. Había concluido la clase, y el profesor, como había anunciado, quería hablar con ella.

- Todavía no.

- Cecilia, tienes muchas aptitudes y podrías dedicarte a cualquier cosa. Pero no se si has considerado la abogacía mágica.

- Pues no, la verdad- Cecilia no había pensado en esa profesión. Por una sencilla razón, no había letrados mágicos en la familia. Su abuelo paterno, al igual que su abuela materna, eran antropólogos mágicos; su otra abuela, su tía Amparo y su propio padre eran fabricantes de pociones; su abuelo Santiago era ingeniero mágico; su madre, periodista especialista en economía mágica; Su tía Amaia era sanadora, y su tío Javier, el hermano de su padre, era un conocido editor. El más original, seguramente, había sido uno de sus bisabuelos, que en sus tiempos mozos había sido toda una leyenda del Quidditch nacional. Pero no había ni una sola persona viva dedicada al Derecho. Cecilia, simple y llanamente, no había tenido en su vida ni una sola referencia a ese campo.

- Aun te quedan un par de años para pensártelo-. Dijo el profesor-. Pero me parece que deberías considerarlo. Hay pocos buenos letrados mágicos, sobre todo en el ámbito del Ministerio. La mayoría acaban por dedicarse al sector privado porque hacen más dinero, pero creo que tú serías una estupenda abogada. Toma-. Y le tendió un folleto del Ministerio de Magia donde se especificaba la formación, las salidas profesionales y demás. Cecilia lo cogió musitando un tímido "gracias" y lo depositó cuidadosamente en la mochila.

- Eso es todo, Cecilia. Hasta la semana próxima.

Una vez en casa, Cecilia extrajo de la mochila su trabajo, ese que le había hecho meditar tanto sobre cómo se le dice a un muggle que su novia es una bruja. El tiempo pasaba, y ella cada vez estaba más segura de lo que sentía. Alberto era bueno, cariñoso, comprensivo, tranquilo, simpático y trabajador. Incluso ahora le parecía una monada de niño, aunque vagamente recordaba que en tiempos pensó que era un chico corriente, incluso tirando un poco a feo. Y estaba clarísimo que la quería.

Suspiró profundamente mientras se deleitaba en aquella maravillosa certeza. Su chico la quería. Y ella a él. Y fue entonces cuando tuvo clarísimo que tendría que decírselo. Y pronto. Alberto tenía que saberlo porque era parte de ella. Una parte tan importante que determinaría su futuro, eligiera hacer lo que fuera, porque Cecilia nunca dudó que se dedicaría a algo dentro de su particular reducto social. Y además, dejando a un lado todos los razonamientos lógicos, ahí estaba el amor. ¿Qué clase de amor podría sostenerse, edificarse sobre bases sólidas, ni con él ni con nadie, si mantenía semejante secreto? ¿Cómo podía ocultarle algo así? Era casi, casi como mentirle. Cecilia repentinamente pensó en las clases de religión de cuando era más pequeña: se puede pecar tanto por acción como por omisión. Le costó entender qué era aquello de la omisión. Ahora, que era más mayor, sabía lo que era. Y le pareció que omitirle a Alberto su condición era una inmoralidad como la copa de un pino. Una falta de escrúpulos tremenda. Apurando, hasta le parecía un pecado gordísimo.

Todos aquellos razonamientos la hicieron sentirse muy, pero que muy agobiada. Aunque algo se tranquilizó ante la certeza de lo que tenía que hacer. Pero inmediatamente volvieron las preocupaciones, porque no sabía cómo hacerlo.

Antes de la hora de comer, Cecilia había llegado a dos conclusiones. La primera, que no buscaría el consentimiento de ningún adulto mágico. Era una cuestión personal entre Alberto y ella, y como tal debía permanecer, sin intromisiones de terceros. Era un asunto de pareja, aunque eso sonara rimbombante, pretencioso o incluso pareciera otra cosa, de esas que escandalizarían a su madre.

La segunda conclusión era que Alberto tendría que creerla sin una prueba. Porque Cecilia había descartado el único entorno con otros magos cerca en el que su magia no llamaría la atención, que era su propia casa. Porque aún recordando que tenía carta blanca para invitarlo, no habría forma de estar a solas con él.

¡Dios Bendito! – Pensó Cecilia-. ¿Cómo se lo digo? Y lo que es todavía más importante ¿qué va a pensar?

Y se pasó una buena media hora pintarrajeando un folio mientras dejaba la mente divagar como si estuviera haciendo hipótesis para resolver un problema de matemáticas. Con la terrible espada de Damocles encima de que, la solución que sobre el papel pudiera parecer la más satisfactoria, en la práctica podría resultar un completo fiasco. Porque dependía de cómo se lo tomara Alberto. De su reaccion.

Y empezó entonces a anotar posibles reacciones.

- "A esta tía se le va la olla". Anotó en primer lugar. Añadió una flecha. - A. sale corriendo.

- "Esta tía es un monstruo". Puso a continuación. Otra flecha. - A. sale corriendo.

- "Hay gentes con facultades paranormales" - C. podría calificarse como una de ellos. - A. piensa que la vida con esas personas es demasiado difícil - A. sale corriendo.

- ""Hay gentes con facultades paranormales" - C. Podría calificarse como una de ellos. - A. piensa que también los hay altos, bajos, atletas olímpicos y tuertos - A. acepta los hechos.

Cecilia pasó un boli rojo una y otra vez por la última opción, intentando convencerse de que era la que más iba con la personalidad de Alberto. En realidad, intentaba darse ánimos.

Fue una liberación que su madre llamara a su puerta recordándole que era la hora de comer. Guardó el folio en lo más recóndito del cajón y decidió dar un respiro a sus agobiadísimas neuronas. Tal vez con un chute de proteínas, féculas, azúcares varios y demás zarandanjas que, según decía la de Biología, eran la esencia del guiso de carne con patatas que su madre había cocinado se le ocurriera una idea feliz. Al menos, el aroma que venía de la cocina era estupendo.