CAPITULO 12
Alberto miró la grada del polideportivo con cierta melancolía. Como siempre, había poca gente: algún que otro compañero que no jugaba pero quería ver el partido, algún hermano menor que venía a animar al mayor, algún padre pesado y progre de esos que se empeñan en avergonzar a los hijos diciendo que "soy amigo de mi hijo y voy a sus partidos"... Y las chicas. Las chicas que venían a ver los partidos de fútbol-sala podían clasificarse en dos grupos: las que intentaban ligar y las que acompañaban al novio. Las primeras, invariablemente, se dejaban los ojos en la cancha y llenaban el ambiente de risas histéricas. Las segundas, generalmente, hacían corros en las gradas y se pasaban el rato hablando entre ellas de a saber qué cosas, sin prestar ni la más mínima atención a lo que pasaba en el terreno de juego.
Alberto le había insinuado una y otra vez a Cecilia que fuera a verlo jugar algún sábado. No le importaba que ella no le dedicara ni un segundo a él y a su juego. Simplemente, quería tenerla ahí, recogerla después de la ducha, derrengado y puede que derrotado, pero feliz de poder pasarle la mano por la cintura, y llevarla después a La Chocita del Loro, un bareto situado tres manzanas más allá del colegio donde al terminar los partidos iban los tíos a tomar unas cañas con patatas bravas y a echar unas risas.
Al principio, fueron las excusas escolares: un trabajo pendiente, preparar un examen, hacer deberes de matemáticas o leer un libro que había mandado la de Literatura. Después, las familiares: tengo que ir con mi madre a no se dónde, tengo que acompañar a Almudena a tal sitio, mi padre quiere que le ayude con no sé qué...
Finalmente, el fondo del asunto.
- Es que no me gusta el fútbol. No le veo la gracia a contemplar a una colección de tíos en calzones corriendo detrás de una pelota y pateándola.
Vale, pensó Alberto. Como la mayoría de las tías. No le gusta el fútbol. Pero es que no tenía por qué gustarle para ir. Y le explicó lo que hacían las novias en la grada, que no era otra cosa que andar de cháchara en corrillos hasta que se daban cuenta de que ya no había nadie en la pista y deducían que el partido debía haber terminado.
- Bueno... ya me lo pensaré-. Fue la pobre penúltima respuesta que se le ocurrió a Cecilia. A ella no le gustaba ni el quidditch, que a priori era un deporte muchísimo más emocionante que el fútbol. Pero claro, eso no se lo podía decir. Por otra parte, prácticamente todos los sábados por la mañana ella tenía más clases. Y eso tampoco se lo podía decir.
- No me encuentro del todo bien-. Fue la última.
- ¿Estás enferma? -. Alberto, inquieto, había vuelto a insistir aquel sábado. Y Cecilia, que estaba sosteniendo el teléfono con el hombro mientras metía con prisas el libro de Pociones y Ungüentos Mágicos en la mochila, le dijo la verdad. Suspiraba por cierto brebaje que tendría que tomarse antes de salir para sus clases.
- No, no es nada.
- Pero ¿Qué te duele?
- La tripa-. Ahora era el turno del Bestiario Mágico Europeo. Cecilia le dedicó una mirada desganada. Los bichos mágicos no estaban entre sus preferencias.
- ¿Te ha sentado algo mal?
- No-. Cecilia comprobaba a la vez que tenía una Supergoma Mágica Borratodo en el estuche.
- ¡No será apendicitis!
El grito de Alberto, aún con línea telefónica de por medio, hizo peligrar el precario equilibrio del teléfono en la oreja de Cecilia.
- ¡Porras!
- ¡Cecilia! ¿Qué pasa?
- Nada, que casi se me cae el teléfono.
- ¿No deberías ir al médico?
Si Alberto hubiera estado en la misma habitación, la habría visto elevar una ceja en un gesto muy suyo de total escepticismo. ¿Un médico? ¿Un médico muggle? ¿Ella? Si hablaran de Almudena, que la pobre cogía prácticamente todas las enfermedades corrientes de los muggles... pero ¡ella! Ella tenía un estupendo sistema inmunitario, incluso para las enfermedades mágicas. Con una excepción. Y eso le recordó que aún tenía que meter otra cosa en la mochila.
- No-. Contestó lacónicamente mientras sacaba de un cajón la bolsa donde tenía guardados los guantes de piel de dragón. Los necesitaba para sus clases, aunque no podía tocarlos directamente porque era terriblemente alérgica a la escama de dragón. Ese era el tendón de Aquiles de su estupenda salud mágica. Pero teniendo cuidado de no entrar en contacto directo, no había por qué preocuparse. Comprobó que tenía también guantes de látex.
- Si estás enferma...-. Alberto, preocupado, insistía otra vez.
- No estoy enferma.
- Entonces, no entiendo qué te pasa.
Cecilia había terminado de meter sus cosas en la mochila. Y como ahora ya no tenía que dividir su atención, se centró plenamente en la conversación con Alberto. Su cerebro resumió: Alberto quería que fuera al partido de fútbol, ella se había ido por los cerros de Úbeda insinuando que, al encontrarse mal, no iba a salir de casa. Era verdad que no se encontraba del todo bien. Y ahora Alberto estaba preocupado. Cecilia respiró hondo. Y tomó una decisión marca de la casa: cortar por lo sano.
- Le ocurre al cincuenta por ciento de la población, porcentaje entre el cual tu no te incluyes.
- ¡Ah!
Alberto había entendido. No insistió más en lo del partido.
Cecilia se tomó una cocción de hierbas conocida por las brujas desde antaño para el dolor menstrual, tras lo cual se encontró estupendamente, y se marchó a clase con Almudena, olvidando por completo tanto sus molestias menstruales como que Alberto, en el fondo, lo que quería era que ella fuera al partido.
Todo hubiera quedado ahí, en una cosa la mar de intrascendente, si no hubiera sido porque al regresar de clases de magia Almudena recordó que necesitaba unas cartulinas para un trabajo que tenía que presentar el lunes. Así que, cuando salieron del metro (de la boca del metro muggle, pero realmente de la línea del 3M o Metro Mágico de Madrid), en lugar de ir a casa fueron a Peláez, una papelería cerca del colegio donde los alumnos compraban la mayor parte del material escolar.
Almudena, que había visto el mogollón de chicos mayores del colegio frente a la puerta de la Chocita abrió la boca para decir algo, pero Cecilia la agarró del brazo y la arrastró hacia casa.
- Venga, que se hace tarde.
Almudena no volvió a decir nada. Le parecía que había visto a Alberto en el mogollón, pero no estaba totalmente segura. Es más, le parecía que Alberto las había visto. Pero cuando volvió a mirar, ya no lo localizó.
Alberto, decepcionado, pagó su caña y se largó inmediatamente. ¿Por qué Cecilia le había mentido? Porque, en la mente de Alberto, ella le había dejado claro que no saldría aquella mañana porque no se encontraba bien, y ahora la había visto tan pancha con su hermana. Al menos, Alberto se dijo, no la he visto con otro tío. Y puede que se haya tomado algo, alguna de esas pastillas que toman las chicas cuando están con esas cosas. Cuando llegó a su casa, decidió llamar a Cecilia.
- ¿Te encuentras mejor? -. Preguntó con timidez.
- ¿Qué?-. Cecilia ya se había olvidado por completo de sus dolencias matinales.
- De eso... de eso que te pasaba esta mañana...
- ¡Ah! Si. Completamente olvidado. Hay productos ¿sabes?
Si, Alberto sabía. Tenía madre y hermana. Y que fuera un tío no quería decir que fuera un tonto. Pero sí era un tío con la susceptibilidad a flor de piel. La contestación de Cecilia no hizo otra cosa que debilitar un poco más su ya precario ánimo. ¿Por qué no le había dicho que podía ir a verlo jugar después de tomarse lo que fuera que se tomaban las chicas?
- ¿Vamos al cine esta tarde? -. Preguntó casi atemorizado por la posible contestación.
- No puedo.
La tierra se abrió bajo los pies de Alberto y le pareció contemplar la boca del infierno echando llamaradas.
- ¿No quieres ir al cine conmigo?
- No es eso. Es que viene la familia. Me lo ha dicho mi madre hace un momento. Queda feo que deje plantados a mis primos...
Alberto se sintió fatal. Cecilia buscaba excusas para no verlo. Colgó sumido en la más absoluta tristeza.
Aquella tarde fue con Pedro a ver una chorrada cómica que le pareció patética. Lo peor fue que vio a Cecilia con gente. Eran los primos, sin duda, porque en el grupillo de los que habían salido juntos estaba también Almudena. Y otra cría un poco más alta que la hermana de Cecilia que también parecía más pequeña. Cecilia reía y se la veía feliz. La familia de Cecilia estaba formada por pijos altos, guapos, divertidos, gente con verdadera clase, no como Menendez. Y volvió aquella idea que parecía desterrada para siempre, como un susurro en sus neuronas: no estaba a la altura. Cecilia era picar demasiado alto.
Alberto, en el cuarto de baño de su casa, se miró al espejo. Tal vez era demasiado peludo, pensó mirándose las piernas, los brazos y el pecho. Al menos, pensó, no tenía pelos por los hombros y la espalda. Tal vez era demasiado fofo para los gustos de Cecilia, pensó haciendo pinza en su tripa. Tal vez era demasiado bajo. Tal vez era demasiado feo. Demasiado miope. Demasiado soseras. Demasiado petardo...
Alberto se fue a la cama pensando que no era el tío adecuado para Cecilia.
