CAPITULO 13
Cecilia también estaba frustrada. Pero por motivos distintos. Aunque se lo había pasado bien, toda la tarde había estado añorando a Alberto. Le hubiera gustado presentarlo a todos como lo que a sus ojos era: su novio formal, e incorporarlo a la diversión como uno más de la familia. Pero había reglas. Reglas derivadas de lo que eran. Por supuesto, se podía invitar a un muggle, pero había que avisar con antelación para que no quedara ni el más mínimo rastro de la magia a su alcance, para que todos estuvieran avisados y no hicieran el más mínimo gesto mágico ni el más leve comentario. Y todo aquello, por primera vez en su vida, la abrumaba. Ella quería que pudieran mostrarse todos como realmente eran delante de Alberto. Su Alberto. También, por primera vez en su vida, pensó en él en aquellos términos. Alberto era el hombre de su vida, con el que se encontraba bien, quién sacaba de ella lo mejor. Con él el mundo era un lugar lleno de maravillosas posibilidades. No quería estar con otro. Y resolvió que aquella espinosa cuestión no podía demorarse más.
- Quiero verte-. Le dijo el domingo por la mañana, por teléfono, con unos nervios que a duras penas pudo contener.
Alberto no había pasado buena noche con todo aquello. Se había dormido muy tarde, dándole vueltas al asunto de que posiblemente Cecilia ya se habría cansado de él. Y ahora, esta llamada. Ese "quiero verte" perentorio. Ya no le cupieron dudas. Iba a romper con él. Bueno, al fin y al cabo, había logrado mucho más que Mendoza y que la mayoría. Y aquel pensamiento, lejos de consolarle, le hizo ponerse a llorar desconsoladamente, encerrado en su dormitorio. Acudió a recogerla serio y demacrado, pero mentalizado de que aguantaría el tipo como un hombre.
Cecilia estaba muy nerviosa. Extremadamente nerviosa. En realidad, había decidido ir por la directa, encomendarse a todo el santoral y lanzarse a la piscina, a ver qué pasaba, porque tras darle muchísimas vueltas al asunto, y pasar casi toda la noche en vela, no había sido capaz de ingeniar ninguna estrategia mejor que ir con la verdad por delante.
- ¿Vamos a tomar un café a algún sitio? -. Propuso con el corazón en vilo.
- Bueno.
Cecilia se metió en el bar de la esquina de su casa. No estaba mal. Tenía mesitas discretas y no solía haber gente del colegio por allí. Se sentaron en una que estaba un poco apartada y pidieron dos cafés con leche.
- ¿Qué tal el partido? -. Preguntó intentando mostrar interés por el fútbol. Y calmarse un poco.
- Como siempre.
- ¿Ganasteis?
- Perdimos.
- Vaya. ¿Por mucho?
- Dos-tres.
- Bueno, no es mucho. ¿Cómo vais clasificados?
- Terceros.
- No está mal.
Con aquella nimiedad del fútbol llenaron el tiempo que tardó el camarero en servirlos. Entonces, Cecilia tomó aire.
-Alberto...
- Hay algo de lo que tenemos que hablar ¿no?
- Si. Eso es. Sabes... ¿sabes que hay gente que puede hacer levitar un objeto? Esta taza, por ejemplo...
- No veo a qué viene...
- Pues viene a cuento de que yo misma podría-. Cecilia estaba lanzada.
- ¿Qué?
- Que podría. Que no me resultaría difícil.
- Bueno. Con unos hilos de esos de nylon invisible supongo que puede montarse la cosa bastante bien.
- No me estás entendiendo. Hay gente que hace cosas raras. Yo puedo hacer cosas raras. Es cosa de familia.
Alberto la miró desconcertado.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues eso. Que podría hacer levitar esta mesa si me concentrara un poco. No aquí, por supuesto, que hay mucha gente. Además no dispongo de... el material adecuado.
- Ya.
¡Qué bien se lo estaba tomando Alberto! Cecilia no se podía creer su suerte.
- También puedo... a ver cómo te lo explico... abrir una puerta sin tocarla, hacer que se encienda una luz o... convertir un alfiler en una cerilla. O podría hacerte flotar a ti....
Alberto le dirigió la mirada más triste de su vida.
- ¿Me estás diciendo que eres una chica rara?
- Muy, muy rara. Alberto. No todo el mundo... cualquier chico no podría... le resultaría difícil aceptarlo...
- Entiendo...
- ¿De veras? -. Cecilia no podía creerlo. Sobre todo porque Alberto la estaba mirando con la expresión más triste que ella había visto en su vida.
- Si.
- Y... ¿No te importa?
- No.
- Pero...
- Vamos, te acompañaré a casa. Si quieres, claro.
Cecilia, anonadada, se levantó y se puso el chaquetón sorprendida mientras Alberto se dirigía a la barra y pagaba. Salieron a la calle en silencio, uno al lado del otro sin rozarse. Cecilia no podía con sus nervios. Algo no cuadraba. Tuvo que preguntar.
- ¿Estás bien?
- Si. Estoy bien.
- Yo...
- No hace falta que digas nada.
Caminaron otro poco en silencio. Ya casi estaban en el portal de la casa de Cecilia cuando ella ya no pudo más.
- Pero ¿no quieres que te hable de...?
- No Cecilia-. Y Alberto se detuvo en seco, se giró y se la quedó mirando.
- No tenías que inventarte esa historia para espantarme. Solamente tenías que haberme dicho que ya no querías seguir saliendo conmigo, y lo hubiera entendido perfectamente. Así que no insistas con ese rollo que te has montado. No te volveré a dar la lata.
Cecilia, tan capaz para todo, se encontró totalmente desconcertada y fue incapaz de reaccionar. Se quedó de piedra, en el portal, viendo como Alberto se marchaba cabizbajo, mientras digería mentalmente lo que había pasado.
Subió en el ascensor totalmente descolocada, empezando a comprender que él había creído que lo que ella quería era romper, y para eso se había montado una película gótica que no se le habría ocurrido ni al mismísimo Tim Burton, a ver si él huía despavorido mientras ella se tronchaba de risa. Le pareció tremendo. ¿Cómo podía Alberto pensar que ella fuera tan malísima persona? Si hubiera querido romper con él, se lo habría dicho a las claras, como siempre, cortando por lo sano. Entró en su habitación temblando. Arrojó el bolso y el chaquetón sobre la cama, se sentó en su mesa y sacó del cajón el folio donde había anotado sus hipotéticas opciones.
- "Quiere romper y de paso reírse en la cara de uno". Escribió debajo. Flecha. A., que no es tonto, acusa recibo y toma la iniciativa. Flecha. C... No sabía qué escribir a continuación. ¿Qué haría C.? Pues de momento, echarse a llorar.
Unos golpecitos sonaron en su puerta. Cecilia sorbió mocos, se limpió las lágrimas con un pañuelo y procuró que las emociones no se delataran en su voz.
- ¿Si?
- ¿Ceci? ¿Puedo pasar?
Era Almudena. Cecilia respiró hondo y decidió dejarla entrar. Al fin y al cabo era su hermana. Y ella, de siempre, desde el día en que la vio, minúscula y coloradota en su cunita, la había querido mucho. Volvió a limpiarse los ojos y fue a abrirle la puerta. Almudena, delgaducha y con piernas como alambres embutidas en unos vaqueros que empezaban a quedarle cortos, mas plana que una tabla y con las gafas que necesitaba para leer puestas, la miró fijamente.
- ¿Me dejas entrar?
- Claro...
Almudena entró y cerró la puerta con cuidado. Se fue a la cama y se sentó, mirándola fijamente, mientras ella permanecía de pie.
- Se lo has dicho ¿Verdad?
Cecilia estaba asombrada. ¿Cómo lo sabía Almudena?
- Y no se lo ha tomado bien-. Añadió la pequeña vidente.
- No, no se lo ha tomado bien-. Cecilia decidió que no ganaba nada mintiendo.
- ¿Qué es lo que ha pensado? Bueno, si me lo quieres contar,...- dijo Almudena con tacto.
- Se ha pensado que le estaba tomando el pelo y lo que quería era romper con él.
Almudena la miró fijamente.
- Vaya... una forma de romper un poco complicada y absurda ¿no?
- Pues ya ves.
- No es justo.
- ¿Qué no es justo, Almu?
- Que una no pueda demostrárselo a quién quiere.
- ¿Habría ayudado?
- Claro. Habría visto con sus propios ojos que no le tomabas el pelo.
-En fin, Almu. Si no me va a creer cuando le cuente cosas... a lo mejor es que Alberto no es para mí... o que yo no soy para él, que tanto da -. Y lo dijo Cecilia con nula convicción. Almudena se lanzó entonces a los brazos de su hermana mayor y la abrazó fuerte. Cecilia se sintió reconfortada. Almudena era cálida, como su madre, como su abuela... como Alberto.
- No es justo, Ceci, no es justo...- Murmuró Almudena con la mejilla sobre su hombro.
No, no era justo. Pero ¿qué se podía hacer? El no la creía. Es más, la veía como un mal bicho dispuesto a reírse en su cara de su persona, ¡ella que precisamente había pensado que era mezquino callárselo! Cecilia decidió que no perseguiría a Alberto para mendigarle su tiempo con explicaciones ampliadas. Con el corazón roto, concluyó que ella no era la chica adecuada para él.
