CAPITULO 14

- ¿Qué ha pasado? -. Inés era poco cotilla y nada entrometida. Pero se trataba de su hermano mayor. Y su hermano mayor, en aquellos momentos, mostraba una imagen desoladora, casi como la de un alma en pena.

- He roto con Cecilia-. Contestó Alberto lacónicamente.

- Pero… ¿por qué? -. Preguntó ella patidifusa. Todo parecía ir tan bien entre los dos… había pensado que eran la pareja ideal… hasta se había empezado a creer que Cecilia acabaría por ser su cuñada.

- Ha sido cosa mía-. Dijo Alberto sin ser capaz de mirarla a los ojos.

- ¿Definitivo? -. Desconcertadísima, Inés siguió preguntando, un poco temerosa de que Alberto se hartara de tanta pregunta y la mandara a hacer gárgaras.

- Definitivo-. Sentenció Alberto.- Si me disculpas, tengo que estudiar-. Y Alberto se refugió en sus matemáticas, en su dibujo técnico y demás. Era lo único un poco potable en un mundo feo, contaminado, gris. Un mundo sin ella.

En el colegio, Inés tampoco pudo sonsacar nada a Cecilia.

- Lo hemos dejado-. Fue lo único que dijo con una expresión descolocada, tan extraña en ella que ni siquiera la ruidosa Patricia se atrevió a insistir.

Cada uno volvió como pudo a sus rutinas, procurando que no se notara mucho, aunque el profesor de latín le preguntó a Cecilia si le pasaba algo después de que sacara un siete en un examen, una nota miserable teniendo en cuenta su brillantísimo expediente, y que a ella le pareció un gran logro, habida cuenta de lo difícil que le resultaba concentrarse con aquella pena dentro.

Se acercaba mayo, y con ese mes, el cumpleaños de Cecilia. Había creído que celebraría sus dieciséis años con Alberto, que soplaría las velas con él al lado. Porque había imaginado ese día como el perfecto para presentarlo en casa, aprovechando que además caía en sábado. En lugar de aquello, veía acercarse la fecha con total indiferencia, sin ninguna ilusión. Miró el reloj. ¡Qué tarde! ¿Qué demonios estaría haciendo Almudena, que no llegaba?

Almudena apareció corriendo, con su mochilón al hombro, como siempre, y la bolsa de deportes en la otra mano. Llevaba todavía el chándal del colegio puesto, así que el uniforme debía ir arrugándose dentro de la bolsa.

- ¡Ya son horas! ¿Por qué has tardado tanto?

Almudena soltó el mochilón y se detuvo a respirar fuerte unas cuantas veces, hasta que recuperó algo de fuelle.

- Me ha tocado recoger los balones después de la clase de deportes. No me ha dado tiempo a cambiarme. Vamos.

Cecilia echó a andar junto a su hermana, observando que el pantalón del chándal dejaba asomar sus buenos tres dedos de calcetín blanco. ¡Qué cosas! Mientras ella languidecía, su hermana se dedicaba a crecer.

El sábado siguiente, a una semana exacta del cumpleaños de Cecilia, la sacaron de clase de Encantamientos Avanzados antes de la hora.

- Tu hermana está en la enfermería. Ha tenido un accidente con un geranio colmilludo. Es mejor que la acompañes a casa.

Cecilia, preocupada, recogió sus cosas a toda velocidad y salió pitando a la enfermería, donde una cariacontecida Almudena la estaba esperando.

- Se acercó sin prestar ninguna atención a una maceta con brotes muy nuevos.

Cecilia se estremeció. Los brotes tiernos eran especialmente voraces.

- Le ha roto el cúbito. Le he dado poción pegahuesos, le he puesto una esencia curativa en las heridas y un yeso, que servirá para que esté más cómoda hasta que lleguéis a casa. Esta nota es para tu madre. Tiene que llevarla al hospital esta tarde.

Y con aquellas, Almudena se bajó lentamente de la camilla con el brazo en cabestrillo y una expresión de dolor contenido, cogió su mochila y siguió a su hermana.

Entraron en la boca del metro muggle pasando sus Abonos Transporte mágicos. Los tornos, dócilmente, se aflojaban como consecuencia del hechizo de aquel carnet tan peculiar. Una vez traspasado el vestíbulo, en cada estación se abría un paso mágico al andén correspondiente del 3M. Y una vez allí, bastaba con señalar con la punta de la varita la estación a la que uno quería ir. Mientras el metro mágico llegaba, un cartel luminoso indicaba cuántas estaciones tendrían que pasar hasta llegar a la suya. Hicieron el trayecto en silencio, Almudena alternando entre sujetarse el brazo izquierdo, que era el herido, y mirando el reloj, que se había pasado al derecho. De vez en cuando suspiraba.

- ¿Te duele mucho?

- Psss.

Cuando llegaron a su parada, Cecilia quiso cargar con la mochila de su hermana, pero ella no la dejó. Salieron a la superficie y caminaron unos metros, Almudena por detrás y mirando mucho el reloj.

- ¡Ceci! -. Gritó de pronto.

- ¿Qué pasa?

- ¡Tengo que ir a Peláez! ¡Necesito un montón de material! ¡Es urgentísimo!

- ¿Ahora? Ya iré yo por la tarde.

- ¡No!

- Pero…

- Pues me voy yo sola.

- ¡Almudena!

Cecilia tuvo que correr para alcanzar a su hermana, que muy resuelta se había dado la vuelta y marchaba, casi corriendo, hacia la papelería. Y mirando mucho el reloj.

Almudena se demoró bastante en la tienda, para exasperación de Cecilia. Por alguna razón, no terminaba de decidirse sobre tal o cual cartulina de color. Cecilia pensó que no debía dolerle mucho el brazo, y eso que el mordisco y la fractura eran de aúpa. Y además miraba bastante hacia la puerta de cristal, como esperando que entrara alguien. La próxima vez que girara la cabeza, Cecilia estaba decidida a preguntar qué es lo que rayos esperaba ver. Pero no le dio tiempo, porque Almudena se decidió de sopetón por un portaminas birrioso que pagó con el precio exacto, tomó su mochila y salió como una bala.

- ¡Pero bueno! ¡Almudena!

Cecilia aceleró el paso hasta alcanzarla.

- ¿Tu estás bien de la azotea?

Y en ese momento, Almudena empezó a hacer muchos aspavientos, a gemir y a quejarse del brazo. Cecilia se empezó a preocupar. A ver si Almudena resultaba alérgica al veneno del geranio. O tal vez le estaba doliendo el brazo roto. Tenían que llegar a casa inmediatamente, para que su madre la llevara al hospital.

- Vamos, Almu, yo te cojo la mochila.

- ¡Ayyyyyyy! -. Almudena se retorcía de dolor. Las lágrimas le empezaron a correr por las mejillas y Cecilia se empezó a angustiar.

- ¡Ayyyyyy! Vámonos, por favor…

Cecilia tomó a su hermana por el brazo, solícita. No se percató de que por la acera de enfrente los del fútbol sala, que habían terminado el partido de turno, se encaminaban parsimoniosamente hacia La Chocita del Loro. Almudena, en cambio, sonrió para sus adentros satisfecha con su actuación. Bien era verdad que el brazo le dolía como si la estuvieran entrenando para faquir profesional, pero lo daba por bien empleado. Aunque le hubiera gustado poder mirar de frente al chico que las miraba desde la otra acera, sin saber muy bien qué hacer.

Almudena hubiera pasado mejor tarde si se hubiera enfrentado a un tsunami. Primero fue soportar la cura, que aunque se la hizo su tía, fue bastante dolorosa. Para admiración de Cecilia, no soltó ni un chillido. Después vino la bronca de Ana, que fue mayúscula. La profesora de Almudena había acompañado una nota. Al parecer, había hecho pellas de la clase de Pociones para meterse en los invernaderos, donde en un descuido la mordió el geranio.

- ¿Por qué no estabas en clase? -. Dijo su madre mirándola fijamente. Almudena le sostuvo la mirada.

- Porque quería ver a un chico que estaba en el invernadero.

- ¡Acabáramos, Almudena! ¡No se falta a clase para ir a ver a un niño! ¡Estás castigada sin salir hasta nueva orden!

Amaia, la tía de las niñas, puso una mano conciliadora en el brazo de la sulfurada madre. Ana respiró hondo, antes de volver a hablar con la menor de sus hijas.

- Deberías aprender de Cecilia, que es bastante más sensata que tú.

El lunes por la mañana, Almudena salió pitando para el colegio porque decía que tenía un examen a primera hora y estaba nerviosa. Su madre volvió a enfadarse.

- ¡Se ha ido sin que le de la esencia cicatrizante! ¡Ahora tardarán mucho más en irse las marcas del mordisco! En fin, ¿Sabes qué te digo? Que si se las ve algún compañero, allá Almudena y que explique lo que se le ocurra.

Cecilia se sintió solidaria con su hermana menor. Le estaba pareciendo que su madre era más dura con Almudena de lo que había sido con ella, y eso no estaba bien. Cuando su madre no miraba, cogió el bote de esencia y lo metió en el bolsillo. Si encontraba a Almudena, ella misma le daría la crema en un cuarto de baño de chicas.

Pero no hubo suerte. Almudena permaneció esquiva todo el día. Y a última hora, con el chándal puesto para su última clase, pasó corriendo para decirle que no la esperara, que tardaría en salir porque tenía que planificar un trabajo con otros compañeros. ¿Otro niño? Pensó Cecilia extrañada.

En el polideportivo, Almudena se demoraba para marcharse. Hacía tiempo mientras los chicos del COU iban llegando para jugar un partido. Había estudiado cuidadosamente los calendarios y los horarios, y ese era el momento propicio. Ahora, o nunca, había pensado. Por fin divisó a Alberto entrando por la puerta y empezó a corretear en pos de un balón perdido que había que guardar, dando muchas voces para que nadie ignorara que había por allí una chillona de séptimo. Con el rabillo del ojo, vio que tenía su atención. ¡Qué buena actriz era! ¡Digna de un Oscar, un Bafta y un Goya, todo junto!

- ¡Hola, Alberto!-. Lo saludó desde la pista moviendo mucho los brazos. Especialmente el izquierdo. Alberto la miraba asombrado, procesando en su mente todo aquello. ¿Qué era aquello? ¿Tendría alucinógeno la sopa que le había puesto la asistenta? Porque, el había sido testigo, dos días atrás Almudena tenía un brazo en cabestrillo. Y le dolía espantosamente. Repentinamente, tomó una decisión. Bajó a la pista y se dirigió con paso resuelto hacia Almudena.

- ¿No tenías un brazo roto? -. Soltó sin más preámbulos.

- Ya no-. Contestó ella con total naturalidad y sin ningún disimulo- Está perfectamente-. Y diciendo aquello se arremangó la chaqueta del chándal y movió el brazo una y otra vez delante de las narices de Alberto. De repente, detuvo la mano, haciendo como que miraba la hora, tiempo suficiente para que él procesara que había unas cicatrices la mar de extrañas y terroríficas.

- ¡Uy! ¡Qué tarde! Me tengo que ir. ¡Adiós, Alberto!

- ¡Almudena, espera!

- ¿Qué? -. Dijo ella, alejada ya varios metros.

- ¿Qué te ha ocurrido?

- Cosas... cosas... raras, si quieres... cosas de brujas…sí, es una buena definición. Pero no tengo tiempo ¡Adiós! -. Y como si fuera la final olímpica de los cien metros lisos, Almudena desapareció a toda velocidad.

Alberto procesó. Cosas raras. Cosas que a la mayoría de la gente no le pasan… Hacer levitar una taza… transmutar una cerilla… abrir una puerta sin rozarla… ¿romperse un brazo y soldar el hueso en dos días? ¡Soldar un hueso! Podía formar parte de… ¿Cosas de brujas? ¿había dicho eso? ¿ESO?

Alberto se dio media vuelta y salió corriendo.

- ¡Eh! ¡Que tenemos que jugar la semifinal!

- Se me han olvidado las botas.

- ¡QUÉ!

Alcanzó a Cecilia casi en la puerta de su casa.

- ¡Cecilia! ¡Espera!

A ella le dio un vuelco el corazón. Hacía tres semanas, cuidadosamente contadas, que no oía su voz. Se giró lentamente, temerosa de lo que se iba a encontrar.

- ¿Qué le ha pasado a tu hermana?

- ¿A mi hermana? ¿Le ha pasado algo? -. Cecilia se preocupó. Por supuesto, no había relacionado lo que decía Alberto con lo que había ocurrido el fin de semana.

- El sábado tenía el brazo enyesado. Y parecía reciente. Y hoy anda por ahí meneándolo como si tal cosa.

- Te.. te habrás equivocado… ella no, no tiene nada en el brazo.

- Si que tiene. Unas cicatrices que ya las quisiera Spielberg para una toma en primer plano de Tiburón.

Cecilia se quedó helada. ¿Cómo sabía…? Una vez más, decidió cortar por lo sano. Respiró hondo y le miró fijamente a los ojos. A esos ojos como el chocolate de la Floriana por los que se había pasado tanto tiempo suspirando.

- No tengo nada que aclararte, Alberto, que no te haya intentado explicar ya.

- Ya… Cosas raras ¿verdad? Cosas… ¿cómo dijiste? ¿Rarezas de familia?

- No hay nada más que hablar.

- Tu hermana, en cambio, lo llama "cosas de brujas".

Cecilia palideció.

- Adiós, Alberto.

- ¡Espera!

Pero Cecilia aceleró el paso, con la cabeza gacha y conteniendo un torrente de lágrimas.

- ¡Era verdad! ¿No? ¡Es verdad!

Fue lo último que le escuchó decir, porque salió corriendo y no paró hasta su casa. En el portal, decidió que estrangularía a Almudena ¿Qué había hecho esa mocosa?

Alberto la dejó marchar sintiéndose el chico más miserable del planeta. No la había creído porque estaba predispuesto a entender otra cosa. En el fondo, mientras Cecilia miraba aquella taza, algo en su interior le había dicho que no le estaba tomando el pelo, pero él se hizo el sordo y el dolido por la memez del fútbol. No es que no la hubiera creído porque era increíble lo que decía, sino más bien porque su ego de macho se sentía tocado por no poder exhibirla como un trofeo ante los otros chicos. Y ahora Cecilia no quería saber nada de él. ¿Cómo reconquistar a la chica de su vida? Marchó a casa desolado, pensando qué hacer para recuperarla. Se había comportado como un burro, un auténtico burro.