CAPITULO 15

Para decepción de Cecilia, Almudena había llamado diciendo que estaba en casa de una amiga repartiendo un trabajo que tenían que hacer en grupos. Cecilia apretó los puños y la mandíbula. Alguien tenía que poner coto al pavo descontrolado de Almudena, e iba a ser ella.

Una hora después, su padre subió a casa con el correo de la tarde en la mano.

- Tienes una carta-. Le dijo con un guiño-. Me parece que es de un admirador.

- ¿Qué?

Pero el padre de Cecilia ya había desaparecido por el pasillo. Cecilia reconoció al punto la letra, sin tener que buscar remite y el corazón le dio un vuelco. Era una carta sin sello, echada en mano en el buzón. La abrió inmediatamente para no dar tiempo a que brotaran dudas en su mente. Para su sorpresa, contenía una fotografía.

Era una fotografía en color, aunque estaba un poco desvaída por el tiempo. Una foto de una función del colegio, un grupo de párvulos. Debajo de cada niño, una letra de adulto que probablemente correspondía a la profesora, indicaba el nombre, y en una esquina el curso y la fecha. Cuando la foto se tomó Cecilia era aún hija única. Los niños estaban disfrazados para la función de fin de curso como personajes de cuento. Una niña de larga melena oscura iba de hada, con alitas y una varita terminada en estrella; Menéndez, que para entonces ya tenía aquel pelo rubio oxigenado y bastante largo, llevaba un disfraz de príncipe que sin duda le habían comprado en una tienda, con capa y con espada, mientras que una niña de larga melena rubia era la princesa. Alberto, el pobre, había sido agraciado con el papel de burro. Con cara de puchero y gafas de pasta, enfundado en un verdugo marrón al que le habían puesto largas orejas de cartulina, unos pantalones de pana con rodilleras y un jersey, aparecía entre dos niñas, una vestida de flor y la otra de bruja. Cecilia no pudo evitar reírse y llorar a la vez. Dio la vuelta a la foto y encontró una nota de Alberto, a lápiz. "Creo que he vuelto a bordar el papel de burro". Cecilia volvió a reírse entre lágrimas.

Al cabo de un rato, cuando se calmó, se fue al teléfono. El contestó al segundo timbrazo, con voz de haber salido corriendo.

- Soy yo.

- Cecilia…

- He recibido la foto.

- Ya…

- Quiero verte.

- Yo también. Quiero decir que me parece bien.

- Voy a salir a comprar unos rotuladores de subrayar. ¿En la puerta de la papelería Peláez en quince minutos?

- Allí estaré.

Cecilia corrió por la calle, nerviosa, alcanzando el lugar cinco minutos antes de lo previsto. Alberto ya estaba allí. Cecilia sacó la fotografía del bolsillo y corrió hacia él agitándola.

- ¿Qué cuento era? – Preguntó cuando llegó a su lado. Alberto sonrió.

- No me acuerdo. Pero si recuerdo que Menéndez era el protagonista. Siempre lo era… Envidié su disfraz mucho tiempo. Tenía una espada chulísima.

- Tu disfraz era manual.

- Molan menos.

- Ya… Supongo que a tu madre no le gustaría perderla.- Le tendió la fotografía. Alberto hizo un mohín.

- No… no… era para ti...

- Yo prefiero quedarme con el original.

Alberto sonrió de oreja a oreja, extendió los brazos y ella se lanzó dentro de ellos, dejándose abrazar. Aquel abrazo confortable en el que se sentía segura, la mujer más feliz del mundo. ¡Cuánto lo había echado de menos! No quería perderlo nunca, nunca jamás.

Alberto la acompañó hasta su portal de la mano, mirándola cada poco.

- No podía guardármelo, Alberto. No habría sido sincera. No creo que a la larga hubiera sido bueno.

Alberto sonrió.

- ¿Son cosas muy raras, Cecilia?

- Bastante.

- ¿Por ejemplo?

- Lo de las escobas voladoras. Es verdad.

- ¿De veras?

- Totalmente cierto.

- ¡Ah! ¿Y qué más?

- Podría estar mucho rato contando.

- Por mi parte, puedo estar toda mi vida escuchando.

- Eso es muy reconfortante, porque me encantaría pasarme todo ese tiempo contándote.

Alberto la estrechó con fuerza.

- Pero tengo que recordarte que es cosa de familia-. Dijo Cecilia de pronto. Alberto volvió a sonreír. Esa era su chica, capaz de hacer una observación práctica cuando él estaba disfrutando de un momento idílico.

- ¿Quieres decir que puede pasarle a mis hijos?- Comentó intentando poner voz de resignación.

- Si, me temo que es así.

- ¿Cómo es de frecuente?

- Muy, muy infrecuente entre padres no mágicos. Pero posible.

- No me refiero a eso. Me refiero a nuestro caso.

Cecilia sonrió en su interior, plenamente consciente del matiz de las palabras de él. Con cara seria, como si fuera una genetista y la estuvieran consultando, contestó:

- Muy, muy frecuente. Es una combinación genética harto difícil, pero cuando aparece, es terriblemente persistente.

- Me tendré que ir haciendo a la idea. Menos mal que tenemos tiempo.

- Me alegro. Me refiero a lo de que tengamos tiempo. No me veo en el papel de mi madre, por ahora. Parece bastante duro.

Y Cecilia lo abrazó con toda la ternura de la que era capaz, que era mucha. Esa era su chica, volvió a pensar Alberto. Capaz de pasar del comentario más prosaico al gesto más cariñoso del mundo en cuestión de nanosegundos. Además de otras muchas cosas, claro está. Algunas, evidentes, como lo guapa que era. Otras, otras secretas, pero que formaban parte de su esencia. Así era Cecilia, la chica de la que se había enamorado.