CAPÍTULO 16

- Me parece que tu y yo tenemos que hablar.

- ¿De qué? ¿De tu regalo de cumpleaños?

- ¿Ha sido un regalo de cumpleaños, entonces?

Almudena, sentada con las piernas cruzadas en la alfombra, andaba practicando hechizos con su varita cuando su hermana se apoyó en el quicio de la puerta. En concreto, andaba convirtiendo unos céntimos de euro en plumas con acierto desigual.

- Bueno… ha sido casualidad.

Cecilia entró en la habitación de su hermana y se sentó en el suelo, a su lado.

- Voy a decirles a papá y a mamá que Alberto lo sabe. Lo he invitado a comer el día de mi cumpleaños y no quiero que tengamos que disimular.

- Bueno. No se cómo se lo tomarán, la verdad.

- Tendrán que aceptarlo. También quiero decirles que no te perdiste una clase de Pociones por ver a un niño, sino para ayudarme.

- No creo que debas.

- Pero deberían quitarte el castigo.

- No me lo van a quitar. Incluso puede que digan que fue una auténtica locura y te castiguen a ti también. Y ahora que has hecho las paces con Alberto, sería tremendo que te castigaran sin salir.

Cecilia sopesó las palabras de su hermana. Era cierto. Su madre pondría el grito en el cielo si supiera que Almudena se dejó morder ex profeso para que Alberto la viera con el brazo roto y mordido, y después con él sano.

- Pero no es justo tu castigo.

- No me importa estar castigada. Todo lo contrario, es la excusa perfecta.

- ¿La excusa perfecta?

- Mis amigas solamente quieren ir a la sesión infantil de Pachá. Y la verdad, a mi, hoy por hoy, las discotecas me parecen un rollo. Así no tengo que mentir para no ir.

- ¡Ah!

Almudena consiguió transmutar un par de céntimos. Con el tercero no le salió. Cecilia sacó su varita y lo hizo en su lugar.

- Fue un plan arriesgado-. Siguió hablando con su hermana.

- Pero salió bien. Estuve estudiando los horarios de los partidos de fútbol sala y los hábitos del equipo. Hasta que apareció una fecha perfecta. Fue una suerte que el equipo de Alberto se clasificara para la semifinal ¿Pasaron?

- No, perdieron estrepitosamente.

- Qué le vamos a hacer.

- Almu...podía haber fallado cualquier cosa. Alberto podía no haber ido a jugar, podíamos no haber coincidido en la calle…

- Pero no falló nada.

- Era un plan ambicioso y astuto.

- Y salió bien.

Cecilia observó cómo su hermana fallaba otra vez con el hechizo.

- Es la muñeca, Almudena. Aprietas demasiado la varita. Este es un hechizo muy fluido. Prueba otra vez.

Almudena siguió las instrucciones de su hermana, y aquello funcionó.

- Vaya, gracias. Creo que eso de la muñeca suelta no lo ha dicho el calvo.

El calvo era el mote universal del profesor de transfiguraciones, alusivo por supuesto a su reluciente cráneo.

- No, es que nunca se le ocurre decirlo. Es un tanto mediocre. A mi me lo explicó la prima María.

- Ah.

- Almudena… ¿Sabes que la abuela dice que hubiera sido inglesa habría estudiado en ese colegio estrambótico que tienen en la casa de las astutas serpientes?

- Lo se. La abuela es astuta y ambiciosa. Pero no es inmoral.

- No. ¿Sabes? Me parece que no sería la única de la familia.

Almudena medio sonrió.

- Bueno, hay cosas peores. ¿Quién ha dicho que la astucia y la ambición son per se malas? Además, estoy muy orgullosa. Era de justicia, Cecilia.

Las dos hermanas estuvieron transmutando monedas en silencio otro rato.

- ¿Ceci?

- ¿Si?

- Luego no vayas por ahí con la cursilada de que salvé tu historia de amor, o chorradas similares.

- No pensaba hacerlo.

- Mejor.

- Valoro mucho lo que has hecho, pero ya se que es solo el primer paso.

- Efectivamente. Le queda un montón al pobre. Y a su familia directa hasta "nosecuantos grados por consanguinidad o afinidad"

- ¿Estuviste repasando el cuadro aquel?

- Claro. Tenía que comprobar que no hay nada sobre mostrar los efectos de la magia, que es cosa muy distinta que mostrar la magia en sí... Nos hemos quedado sin monedas.

- Y en su lugar tenemos una colección de plumas.

- Podemos dedicarnos a invertir el hechizo.

- Podemos.

- ¿Qué es mejor? ¿El mismo hechizo de transmutación o un buen Finite?

- Creo que debemos probar primero con un buen Finite. Al fin y al cabo es mucho más práctico. Si no funciona, entonces volvemos a lo de antes.

- Me parece una idea sensata.

Su madre las encontró sentadas en la alfombra, en un mano a mano de hechizos, plumas y céntimos de euro. Almudena se levantó del suelo y otra vez resultó evidente que los pantalones se le quedaban cortos. Cecilia sonrió. Su hermana daría que hablar, seguro. Un día, Almudena daría mucho que hablar. Ya apuntaba maneras.