CAPÍTULO 17
- ¿Estás nervioso?
- No.
- ¿En serio?
- Totalmente en serio.
Cecilia se tomó un minuto antes de volver a la carga. No estaba del todo convencida de que Alberto realmente estuviera como si tal cosa la víspera de ser presentado a un aquelarre completo formado por padres, una astuta hermana, abuelos, algunos tíos y un número por determinar de primos.
- Tanta gente pendiente de uno…
- Y también de ti.
- Pero a mi me conocen. Tú eres la novedad.
- Y ellos son mi novedad. Deja de preocuparte. Yo no lo estoy.
- No estoy preocupada. No son ni vampiros ni arpías.
Alberto soltó una risita, aunque en el fondo de su ser alguna neurona especialmente despierta e inquieta le lanzó la pregunta sobre si los vampiros y las arpías existían o era simplemente una forma de hablar. Otra neurona más prudente la acalló. Y una tercera puso en marcha una contestación para quedar bien con su musa y su peculiar parentela.
- He hablado con tus abuelos. Tu hermana es una chica la mar de tratable y también conozco de vista a tus padres. No parecen la familia Addams, y aunque lo fueran, bueno, serían los que te han producido a ti… así que no podrían ser en el fondo tan terribles.
- Me tomaré eso como un cumplido. Pero, en serio, no tendrán ningún motivo para contenerse de hacer magia en tus narices.
- ¿Puede ser peligroso? -. Preguntó un poco preocupado ante la pertinaz insistencia de Cecilia.
- No, claro que no. Llamativo, inesperado… sorprendente…
- ¿Cómo de sorprendente?
- Pues… pues tal vez hagan flotar algo… o desaparecer algo…
- Mientras no me lo hagan a mi…
- ¡No, hombre! ¡Estamos civilizados!
- Ah, bueno. Entonces insisto en que no te preocupes, que yo no estoy nervioso.
Aquella tarde de un viernes de mayo, vísperas del cumpleaños de Cecilia, era soleada y alegre. La primavera rezumaba por todas partes, y aunque los exámenes finales estaban encima, la perspectiva del fin de semana le subiría la moral a cualquiera. Especialmente si se trataba de un par de adolescentes totalmente colgados el uno por el otro. Caminaron hasta un parque cercano y se sentaron en un banco cogidos de las manos y mirándose a los ojos. Cecilia quiso besar a Alberto, pero él no la dejó.
- Primero quiero darte tu regalo.
- ¿Ahora?
- Si. No estoy seguro de que mañana tengamos suficiente privacidad en algún momento.
- No vamos a pasarnos toda la tarde en mi casa.
- Pero me has dicho que habrá bastante gente. Si hay primos tuyos quedaría feo que nos largáramos solos ¿No?
- Supongo…
- ¿Lo ves? Es mejor que te lo de ahora.
Y sin más, Alberto se metió una mano en el bolsillo de la cazadora y extrajo dos paquetitos.
- ¿Dos?
- Dos en uno. O uno en dos.
- ¿Por cual empiezo?
- Por el que quieras.
- ¿Por cual empezarías tu?
- Probablemente por el más grande. Pero porque soy así de bruto.
Cecilia se rió.
- Bien, entonces, por el más grande.
Cecilia abrió una caja que contenía unos pendientes. Eran sencillos, unas perlas montadas en oro. Cecilia no dijo nada. Se llevó las manos a su oreja derecha y retiró el arete de oro que hasta entonces jamás se quitaba y lo sustituyó por una perla. A continuación repitió la operación con el otro. Después le miró sonriente.
- ¿Te gusta?
- Cecilia, a mi me gustas tu. En cuanto a los pendientes, es a ti a quién tienen que gustar.
- Me gustan-. Y Cecilia besó suavemente los labios de Alberto, que esta vez sí se dejó besar.
- No olvides el otro paquete, que igual siente celos.
- No lo olvido.
Cecilia abrió el segundo paquete. No pudo reprimir una carcajada cuando vio un solitario pendiente, una diminuta y sencilla estrella de oro.
- ¡Te habías dado cuenta!
- Claro. Eres mi novia. ¿Cómo no iba a fijarme en todos los detalles? Los disponibles, claro.
Dos veranos atrás, antes de empezar el BUP, Cecilia se hizo un solitario agujero en la oreja izquierda. Fue pura casualidad. Dos amigas habían decidido hacerse un agujero adicional, y para ello habían ahorrado el coste de acudir a una farmacia para que les perforaran los lóbulos. Pero en último momento, mientras contemplaba a la boticaria aproximarse con el aparato, a una le entró pánico y le ofreció a Cecilia, acompañante casual, que aprovechara la ocasión. A ella no le pareció mal. Además sabía que su madre no pondría el grito en el cielo porque era en la oreja, una parte del cuerpo aceptable puesto que ella misma ya se había encargado de que se las perforaran de bebé, y además lo habían hecho en una farmacia, y no como una de sus primas mayores que lo hizo enfriando con hielo la oreja y pasando después un hilo de lana mediante una aguja de coser. Una semana más tarde sustituyó el pendiente hipoalérgico por uno de los suyos de infancia que habían quedado desparejados, una bolita de coral que se despegó antes de Navidad, poco después de lo de las cajas. Y aunque había pensado varias veces en sustituirlo, lo cierto era que no lo había hecho. Pero Alberto se había fijado en la diminuta marca en su lóbulo izquierdo.
Cecilia sonrió y tanteó con la punta hasta encontrar el agujero. Como había pasado tiempo estaba algo cerrado y le costó un poco meterlo. Le dolió un poco, pero no se quejó. Pidió ayuda a Alberto para enroscar la tuerca por detrás.
Cuando volvían a casa de Cecilia, paseando lentamente, ella no pudo resistir la tentación de mirarse en el retrovisor de un coche. Entonces se hizo la promesa de llevar siempre aquella estrella. Y la mantuvo.
Alberto, que había estado ahorrando para unas botas de fútbol sala que eran la repera, pensó que el nuevo destino de sus ahorros había merecido sobradamente la pena. Cecilia estaba radiante y feliz. Y lo más importante, junto a él.
- ¿Aquellas no son de la clase de Almudena? -. Preguntó Alberto al ver a un corrillo de niñas alborotadas en una esquina.
- Me parece que si. Es mas, me parece que la veo.
- ¿Dónde?
- A la derecha. Lleva una camiseta azul.
- ¡Ah! Ya la veo… Parece que discuten ¿No?
Cecilia apretó el paso y se llegó hasta donde estaba su hermana, un poco apartada del resto.
- ¿Qué pasa?
Almudena le contó lo ocurrido. Como una catarsis, un grupo de chicas de séptimo, hartas del maltrato psicológico de Maite Losada, la habían rodeado en la calle y habían empezado a insultarla. Almudena había querido mantenerse al margen, por lo que decidió contemplar la escena a cierta distancia. Y entonces se dio cuenta de algo. Maite Losada no solamente llevaba el pelo teñido con agua oxigenada para parecer rubia. O mucho se equivocaba Almudena, o llevaba lentillas de color. Y se lo comentó a otra víctima que estaba a su lado, y esa a otra, y a otra… total, que se corrió la voz y la mayoría quería comprobar si era verdad. Ahora, algunos dedos amenazadores se aproximaban a los globos oculares de la chica haciéndolos peligrar. Almudena le dijo a su hermana que estaba preocupada. Una cosa era reírse de una niña por llevar lentillas de colores a los doce años y otra muy distinta dejarla tuerta.
De repente, una chica salió corriendo del grupo mientras las demás redoblaban sus risotadas.
- ¿No era esa la prima de Mendoza? -. Preguntó Alberto, que había quedado un poco descolgado y se había enterado a medias.
- Pues me parece que si-. Murmuró Cecilia mientras su hermana la miraba estupefacta. Cecilia supo que había sido ella porque sintió la magia accidental, y eso que ya no tenía edad para eso. De hecho, hacía muchos años que no le ocurría. Pero ocurrió. Las dos lentillas de Maite Losada salieron disparadas y se quedaron pegadas, una en el dedo más entusiasta y decidido por la comprobación radical y la otra en la blusa de otra de las chicas vociferantes. La carcajada fue general y el bochorno de la niña, mayúsculo. Salió corriendo, llorando, mientras las otras se reían escandalosamente. Ahora la primita de Mendoza sabía lo que era sentirse humillada por las coetáneas.
- ¿Cómo lo has hecho? -. Murmuraron Almudena y Alberto a la vez.
- Ha sido totalmente accidental-. Contestó ella, reflexionando que puesto que no había empleado su varita no era posible que se supiera por las autoridades mágicas. Entonces se dio cuenta de otra cosa.
- ¿Cómo lo has sabido? -. Preguntó sorprendida a Alberto.
- He sentido como un escalofrío. ¿Pasa mucho?
- No.
- Cuando uno se hace adulto, desaparece del todo -. Añadió Almudena. Alberto procesó la información y alguna pregunta fue surgiendo en su cabeza, aunque en ese momento no quiso indagar más.
- Bueno, ha sido inesperado, pero creo que ha sido estupendo-. Volvió a hablar Almudena.
- Espero que aprenda de la vergüenza.
- Yo también. ¿Por qué no me invitas a un helado?
- So fresca. ¿Por qué iba a hacerlo?
- Porque mañana es tu cumpleaños. Porque tienes pendientes nuevos, tres en concreto, que supongo son un regalo muy especial, porque vas muy bien acompañada, porque hay que celebrar que hace buen tiempo, porque soy tu hermana… ¡yo qué se!
Por fin el tiempo empezaba a mejorar, preludio de la primavera. Una primavera que se prometía ilusionada y radiante, aunque Alberto tuviera que examinarse de la Selectividad. El primer gran escollo, que él asumiera lo que ella era, había sido superado. En esos momentos ni ella ni él dedicaron un segundo a pensar en todo lo que vendría después, aunque lo sabían. En la familia de Alberto, sobre todo. Porque también llegaría el día en que ellos tuvieran que saberlo y asimilarlo. Pero aquella tarde de primavera era la tarde de la ilusión. Los siguientes peldaños, cuando llegara el momento de enfrentarlos, también serían capaces de subirlos juntos, de la mano, como un equipo. Porque al fin y al cabo estaban enamorados. Se fueron a la heladería escuchando a una divertidísima Almudena narrar con pelos y señales todos los antecedentes del brillante episodio de las lentillas.
