EPÍLOGO
Diciembre de 1997
Se sentía tremenda. No se veía los pies, los dedos de las manos los notaba hinchados y aquella frase de "ir con el bombo", que nunca había entendido, ahora cobraba pleno sentido. Para rematarlo, la niña no hacía más que moverse y moverse. Nacería, si todo iba conforme lo previsto, en la primera quincena de febrero, y le pondrían Isabel, como la madre de Alberto. Cecilia era consciente de que iban a ser padres muy jóvenes, mientras la mayoría de sus amigos seguían estudiando, o comenzaban a trabajar, entraban y salían y lo pasaban bien. Pero también sabía que no eran como los demás. Y sobre todo, lo que ambos sabían era que su amor era sólido.
Para consternación de Alberto, que llevaba una bufanda bien cerrada alrededor del cuello, Cecilia se abanicó.
- ¿No es Mendoza ese que viene por ahí? -. Dijo ella antes de que él expusiera su terror a que enfermara de frío.
- ¿Quién? ¿Ese medio calvo?
- Ajá.
Mendoza los vio. Cecilia se dio cuenta de que iba a pasar de largo haciéndose el sueco, pero entonces reparó en su enorme barrigón pre mamá y aquello fue superior a sus fuerzas. Sonrió de oreja a oreja y abiertamente se encaminó hacia ellos.
- Vaya, vaya, cuanto tiempo…- Dijo extendiendo la mano a Alberto mientras miraba de arriba abajo a Cecilia. Ella se puso muy derecha, orgullosa de su volumen. ¿Qué se creía Mendoza? ¿Qué su niña era un descuido o algo vergonzoso?
Mendoza iba acompañado de una chica muy joven. Era evidente que se trataba de casi una adolescente, a pesar del kilo de maquillaje y los tacones de aguja. La chica, desde un segundo plano impuesto por Mendoza, que la presentó con un brevísimo "esta es Mónica", sonreía con timidez, sin atreverse a decir ni mu.
- Vaya, Fernández, parece que hay que darte la enhorabuena. ¿Habéis salido a celebrarlo?
Como siempre, un auténtico cretino, pensaron los dos a la vez.
- Pues casi aciertas. Efectivamente, hemos salido a celebrar algo. Nuestro primer aniversario de matrimonio.- Dijo Alberto con una interminable sonrisa en la boca.
- ¿Un año casados? Pero ¿Has acabado la carrera?
- Pues si. No nos va mal. ¿Y tu?
- Eh… mi plan es de seis años.
- Supongo que con muchas posibilidades en perspectiva ¿No?
- Por supuesto, Fernández.
- Pues te deseo mucha suerte, Mendoza. Y si ahora nos disculpáis, tenemos una reserva y no está bien llegar tarde. Encantados.
Se marcharon con toda la dignidad del mundo, sin importarles ni un pimiento lo que Mendoza pensara o dejara de pensar. Aunque Alberto volvía a preocuparse porque Cecilia no se acatarrara, con tanto desabrocharse el abrigo.
En marzo del año anterior, 1996, al padre de Alberto le diagnosticaron una insuficiencia renal aguda. Temporalmente podría aguantar con diálisis tres veces por semana, pero la única solución, si la había, era el trasplante. Aquello fue el catalizador que aceleró lo que ambos ya tenían decidido hacía tiempo. Se casaron a principios de diciembre, en una ceremonia estrictamente familiar, con un frío horroroso que ninguno de los dos percibió y que Almudena, en cambio, les recordaría durante años. Por aquel entonces Alberto llevaba un año alternando estudios y trabajo en una empresa de informática donde estaban tan contentos con él que ya le habían ofrecido otro puesto para cuando terminara la carrera, y Cecilia, por su parte, también cobraba en el Ministerio mientras continuaba su formación jurídica, aunque a los conocidos muggles les habían dicho que estudiaba Derecho mientras trabajaba a tiempo parcial en los negocios de la familia. Para el padre de Alberto, ver a su primogénito felizmente casado fue una inyección de moral.
La única esperanza, el trasplante, gracias a Dios llegó in extremis en marzo del año siguiente. En mayo, cuando ya se hizo evidente que el padre de Alberto se recuperaría y la tensión latente se relajó, Cecilia se quedó embarazada. Se lo dijo a Alberto en junio, el día que concluyó el último examen de la carrera. Guardar el secreto durante los quince días en que solamente ella lo supo fue un gran esfuerzo que sobrellevó a duras penas. Fue por entonces cuando cogió la manía de llevarse la mano izquierda a su pendiente impar cada vez que tenía algo en la cabeza durante demasiado tiempo.
Y ahora ahí estaban, pasando por las narices de Adolfo Mendoza su felicidad cinco años después de que, sin darse cuenta, empezaran a construir los cimientos de su relación entre cajas de cartón. Estaba ella, una chica guapa, una mujer inteligente, una bruja seductora y poderosa; estaba él, un muggle, un chico de aspecto normal y corriente, trabajador, cariñoso y bueno. Y estaba su pequeña Isabel, que nacería si todo iba como se esperaba en la primera quincena de febrero. Y que posiblemente heredaría de su madre sus facultades mágicas.
FIN
